Tomás de Iriarte. Fábulas literarias.

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La influencia de los autores clásicos y de los franceses fue muy importante en el neoclasicismo español. La literatura se convirtió en un instrumento para la educación y las fábulas de Iriarte son una prueba de ello.

El burro flautista

Esta fabulilla,

salga bien o mal,

me ha ocurrido ahora

por casualidad.

Cerca de unos prados

que hay en mi lugar,

pasaba un borrico

por casualidad.

Una flauta en ellos

halló, que un zagal

se dejó olvidada

por casualidad.

Acercóse a olerla

el dicho animal,

y dio un resoplido

por casualidad.

En la flauta el aire

se hubo de colar,

y sonó la flauta

por casualidad.

«¡Oh!», dijo el borrico,

«¡qué bien sé tocar!

¡y dirán que es mala

la música asnal!».

Sin reglas del arte,

borriquitos hay

que una vez aciertan

por casualidad.

Tomás de Iriarte, Fábulas literarias

 

 

Los dos conejos

Por entre unas matas,

seguido de perros,

no diré corría,

volaba un conejo.

 

De su madriguera

salió un compañero

y le dijo: «Tente

amigo, ¿qué es esto?».

 

«¿Qué ha de ser?», responde;

«sin aliento llego…;

dos pícaros galgos

me vienen siguiendo».

 

«Sí», replica el otro,

«por allí los veo,

pero no son galgos».

«¿Pues qué son?» «Podencos».

 

«¿Qué? ¿podencos dices?

Sí, como mi abuelo.

Galgos y muy galgos;

bien vistos los tengo».

 

«Son podencos, vaya,

que no entiendes de eso».

«Son galgos, te digo».

«Digo que podencos».

 

En esta disputa

llegando los perros,

pillan descuidados

a mis dos conejos.

 

Los que por cuestiones

de poco momento

dejan lo que importa,

llévense este ejemplo.

 

Tomás de Iriarte, Fábulas literarias

 

El galán y la dama

Cierto galán a quien París aclama,

petimetre del gusto más extraño,

que cuarenta vestidos muda al año

y el oro y plata sin temor derrama,

 

celebrando los días de su dama,

unas hebillas estrenó de estaño,

sólo para probar con este engaño

lo seguro que estaba de su fama.

 

«¡Bella plata! ¡Qué brillo tan hermoso!»,

dijo la dama, «¡viva el gusto y numen

del petimetre en todo primoroso!»

 

Y ahora digo yo: «Llene un volumen

de disparates un autor famoso,

y si no le alabaren, que me emplumen».

 

Tomás de Iriarte, Fábulas literarias

 

 

El ricote erudito

Hubo un rico en Madrid (y aun dicen que era

más necio que rico),

cuya casa magnífica adornaban

muebles exquisitos.

 

«¡Lástima que en vivienda tan preciosa»

le dijo un amigo,

«falte una librería!, bello adorno,

útil y preciso.»

 

«Cierto», responde el otro. «¡Que esa idea

no me haya ocurrido!…

A tiempo estamos. El salón del Norte

a este fin destino.

 

»Que venga el ebanista, y haga estantes

capaces, pulidos,

a toda costa. Luego trataremos

de comprar los libros.

 

»Ya tenemos estantes. Pues, ahora»,

el buen hombre dijo,

«¡echarme yo a buscar doce mil tomos!

¡No es mal ejercicio!

 

»Perderé la chaveta, saldrán caros,

y es obra de un siglo…

Pero ¿no era mejor ponerlos todos

de cartón fingidos?

 

»Ya se ve: ¿por qué no? Para estos casos

tengo yo un pintorcillo

que escriba buenos rótulos e imite

pasta y pergamino.

 

»¡Manos a la labor!» Libros curiosos

modernos y antiguos

mandó pintar, y a más de los impresos,

varios manuscritos.

 

El bendito señor repasó tanto

sus tomos postizos,

que aprendiendo los rótulos de muchos,

se creyó erudito.

 

Pues ¿qué más quieren los que sólo estudian

títulos de libros,

si con fingirlos de cartón pintado

les sirven lo mismo?

 

Tomás de Iriarte, Fábulas literarias

 

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