Coherencia textual: deixis, anáfora y catáfora

Foto del autor

By Víctor Villoria

Coherencia textual: deixis, anáfora y catáfora. La progresión temática

I. El concepto de coherencia textual

1.1. Coherencia y competencia textuales

La noción de coherencia textual constituye uno de los pilares fundamentales en el análisis lingüístico contemporáneo, aunque su definición precisa resulta compleja y multidimensional. Aunque diversas teorías semióticas consideran que la coherencia es un elemento intrínseco al propio texto y esencial para su análisis, conviene aclarar que se trata de un término polisémico que trasciende las meras propiedades lingüísticas superficiales. De manera general, la coherencia caracteriza a todo sistema de pensamiento, teoría o texto cuyas partes se relacionan entre sí de forma lógica y significativa, generando una estructura unitaria que el receptor es capaz de procesar e interpretar.

Un aspecto crucial para comprender la coherencia radica en distinguirla de la cohesión, términos que frecuentemente se confunden en la bibliografía especializada. Aunque esta separación es más metodológica que real, algunos autores sostienen que la coherencia guarda relación con elementos extralingüísticos de carácter contextual —situación, conocimientos de los interlocutores, marco espaciotemporal— mientras que la cohesión está ligada a la lógica interna y lingüística del discurso. Sin embargo, ambos conceptos resultan interdependientes: toda construcción que careciera de ellos sería considerada agramatical, inaceptable o contradictoria. No obstante, la literatura experimenta con textos aparentemente contradictorios que, sin embargo, se presentan como coherentes gracias a la competencia textual del lector.

La competencia textual constituye una capacidad fundamental del usuario lingüístico: no únicamente reconoce como agramatical un enunciado aislado, sino que percibe cuándo fragmentos múltiples carecen de interconexión o coherencia. Muchas obras del siglo XX presentan estructuras que simulan ser «no-textos» en su configuración superficial, pero que, insertos en un «todo coherente», logran transmitir significado pleno más allá de la cohesión convencional. Esta competencia funciona a nivel textual, es decir, cultural y pragmático, no meramente mental.

El teórico holandés Teun Van Dijk, en su obra fundamental Texto y contexto, define la coherencia como la «propiedad semántica de los discursos, basada en la interpretación de cada frase individual y relacionada con la interpretación de otras frases». Esta definición enfatiza que las relaciones entre enunciados —tanto los que preceden como los que suceden a una determinada oración— son en gran medida las que otorgan coherencia al conjunto textual. Numerosos especialistas han adoptado esta perspectiva relacional, situando la coherencia no en propiedades aisladas sino en las conexiones funcionales que estructuran el discurso.

1.2. Tipos de coherencia

Van Dijk establece una distinción fundamental entre dos niveles de coherencia que estructuran el análisis textual moderno: la coherencia global y la coherencia pragmática. El concepto de macroestructura, desarrollado por este autor, se define como una «estructura abstracta subyacente o forma lógica de un texto que constituye la estructura profunda textual». Esta teoría aplica al análisis textual los principios de la gramática generativo-transformacional, lo que explica el empleo de terminología con resonancias claras de esta escuela lingüística chomskyana.

La coherencia global opera en dos planos complementarios: la microestructura, que abarca las relaciones entre secuencias u oraciones contiguas, y la macroestructura, que engloba la estructura semántica global del texto, permitiendo concebirlo como un «todo único». Sin las macroestructuras y las reglas que subyacen a ellas, la coherencia se interpretaría erróneamente como un fenómeno meramente lineal. La macroestructura contribuye tanto a la coherencia global del texto como a la coherencia local en el nivel de las cohesiones oracionales. Las relaciones y dependencias mutuas entre estos dos niveles se realizan mediante reglas de supresión, generalización y construcción, que permiten al lector transformar, condensar y procesar la información textual.

La coherencia pragmática, por su parte, es aquella que el receptor asigna al texto durante los procesos de interpretación y comprensión del discurso. El tópico o tema constituye la estructura mínima de representación sintáctico-semántica del texto; sin embargo, el lector está «obligado» a proporcionar una interpretación mediante un proceso pragmático que involucra las reglas mencionadas. En esta labor de metacomunicación, el receptor no solo recupera la información semántica que el texto contiene, sino que incorpora todos aquellos elementos que cognitivamente posee: su competencia textual, incluso la competencia intertextual construida sobre todas sus lecturas y conocimientos anteriores. El lector, en definitiva, sitúa el contenido semántico del texto en su contexto situacional concreto.

II. Elementos de coherencia textual

2.1. La deixis

Siguiendo la teoría de Halliday y Hasan, puede definirse la deixis como un tipo de referencia textual que remite a algo no contenido en el propio texto en su aspecto lingüístico, sino ubicado fuera de él, en el contexto específico de enunciación. El término deíctico designa, pues, todo elemento que refiere al contexto extralingüístico del texto o discurso. En términos operativos, el deíctico constituye un indicador lingüístico que sitúa y señala en el espacio y el tiempo a personas, hechos, objetos o acciones, tomando como referencia la circunstancia comunicativa —quién habla, cuándo y dónde— en la que se produce el acto de habla.

Los elementos deícticos establecen típicamente tres categorías principales de referencias según su naturaleza: referencias personales, como pronombres personales y demostrativos empleados señaladoramente (yo, tú, éste, ése); referencias temporales, como adverbios que sitúan eventos en relación con el momento de enunciación (hoy, ayer, mañana, ahora); y referencias espaciales, como adverbios de lugar y demostrativos con significado locativo (aquí, ahí, allí, arriba, abajo). Para algunos autores, la deixis posee un campo más amplio que incluye la deixis textual, que mantiene claras implicaciones con la anáfora, así como los verbos con valor temporal absoluto que establecen referencias respecto al momento de la enunciación mediante distintos tiempos verbales.

En contextos multimodales —como mensajes publicitarios que combinan palabra e imagen— las referencias deícticas adquieren complejidad adicional. Las formas lingüísticas funcionan como señaladores para marcar contrastes entre elementos icónicos, reforzadas en medios audiovisuales por componentes gestuales. Estos casos implican los denominados «efectos de presencia» o «conmutación de niveles», donde el sujeto enunciador puede no estar presente en el texto; lo que permanece es el enunciado y un observador (lector u oyente). Para concluir, algunos autores identifican una deixis extratextual o social que marca relaciones jerárquicas entre participantes de la enunciación mediante formas de tratamiento, cortesía o distanciamiento.

2.2. Anáfora y catáfora

Halliday y Hasan establecen una clasificación fundamental de correferencias que resulta esencial para comprender estos fenómenos: la correferencia exofórica —que indica al receptor buscar elementos de referencia fuera del texto— y la correferencia endofórica —que sitúa el objeto de referencia dentro del mismo texto. La anáfora y la catáfora pertenecen al ámbito de las correferencias endofóricas, es decir, relaciones que se establecen entre elementos dentro del mismo texto. Por anáfora se entiende la relación que un elemento del discurso establece con otro que ha sido enunciado previamente, sustituyéndolo para evitar la reiteración innecesaria. La anáfora expresa una relación de identidad referencial o significativa con elementos mencionados con anterioridad.

Los elementos anafóricos por excelencia son las proformas —pronombres personales, demostrativos, posesivos, adjetivos determinativos, artículos, relativos y ciertos adverbios— que funcionan como mecanismos de referencia eficientes. No obstante, especialmente en el lenguaje hablado, las referencias anafóricas pueden establecerse mediante otras estrategias como la omisión de sustantivos o verbos. En contraste, la catáfora constituye la referencia inversa: cuando un elemento aparecido previamente remite a otro que será enunciado con posterioridad. Este fenómeno es menos frecuente que la anáfora en los textos ordinarios. El elemento referido, tanto por anáfora como por catáfora, puede ser de índole sumamente variada: el sujeto de enunciación, un objeto mencionado antes o después, un proceso descrito, una modalidad expresada, una circunstancia espaciotemporal, un tópico narrativo, o cualquier otro componente del texto y el contexto.

En la prosa narrativa y poética, estos mecanismos adquieren una sofisticación considerable. Un fragmento de Gabriel García Márquez, como el de El amor en los tiempos del cólera, demuestra cómo la anáfora teje una red compleja de referencias pronominales que mantiene la cohesión narrativa: «Así terminó pensando en él como nunca se hubiera imaginado que se podía pensar en alguien…». Las cadenas anafóricas funcionan como elementos estructuradores del discurso, facilitando la progresión temática y evitando la fragmentación referencial que dificultaría la comprensión.

2.3. Presuposición e inferencia

Para analizar cabalmente la coherencia comunicativa de un texto resulta imprescindible considerar la relación directa entre lo explícito y lo implícito, entre «lo que se dice» y «lo que se supone». La coherencia de numerosos discursos emerge precisamente de la interacción de estos dos planos: lo dicho —explícito y manifiesto— y lo no dicho —implícito o presupuesto. Se entiende por presuposición el significado de aquellas proposiciones cuya verdad se da por descontada en su uso, de modo que, aunque no se expresa explícitamente, es portadora de un significado de tipo convencional y pactado por los interlocutores. La presuposición constituye fundamentalmente un hecho pragmático: son los hablantes quienes lanzan y realizan presuposiciones que deben validarse en los discursos y oraciones.

Oswald Ducrot realizó una clasificación influyente de los presupuestos que continúa siendo referencial en el análisis textual: los presupuestos generales, que conectan con elementos extratextuales y representan supuestos convencionalmente aceptados sobre la realidad (como que el hombre es mortal); los presupuestos ilocutivos, cuyo cumplimiento depende de que la situación comunicativa lo permita (al preguntar, presupongo que mi interlocutor puede responder); y los presupuestos de lengua, ligados a la existencia de elementos lingüísticos específicos. Estos últimos subdivídense en existenciales (un artículo determinado presupone la existencia del referente), verbales (ciertos verbos indican estados sucesivos presuponiendo el primero), de construcción (frases que presuponen significados implícitos) y adverbiales (adverbios como «todavía» o «además» que permiten presuposiciones previas).

Existe, sin embargo, otra categoría de implicaciones menos codificadas y menos sintetizadas: las inferencias o sobreentendidos. Este tipo de implicación discursiva requiere que los interlocutores acepten reglas tácitas para interpretar «lo que se dice», «por qué se dice» y «con qué intención se dice». Mientras la presuposición podría generarse entre cualquier tipo de interlocutores, el sobreentendido exige un conocimiento más estrecho y una actitud cooperante más profunda. Una orientación útil propone que si lo implícito se interpreta mediante reglas convencionales lingüísticas y léxico-semánticas, se trata de presuposición; si, por el contrario, requiere reglas pragmáticas y contexosituacionales, constituye sobreentendido. El enunciado «¿Puedes pasarme la sal?» ejemplifica esta distinción: lingüísticamente es una pregunta, pero pragmáticamente constituye una solicitud.

2.4. Tema y rema

La arquitectura textual se ve condicionada por lo que puede denominarse «el problema de la linealidad»: mientras el emisor solo puede articular una palabra tras otra en la cadena hablada, debe seleccionar un punto de partida y estructurar el resto en consecuencia. El receptor experimenta una limitación paralela: lo que aparece primero condiciona la interpretación del resto. El orden de presentación de los elementos constituye, pues, una variable fundamental en la configuración del significado. Los conceptos de tema y rema —también denominados tópico y comento, lo dado y lo nuevo, presuposición y foco según distintas tradiciones teóricas— resultan esenciales para comprender esta estructuración.

El tema constituye el constituyente que aparece tipicamente en primer lugar de la secuencia, normalmente a la izquierda del enunciado, funcionando como el punto inicial del mismo. El rema designa todo lo que sigue al tema, cuyo propósito es afirmar, aclarar o desarrollar algo respecto a ese punto inicial. Aplicados al análisis oracional, el tema equivale a aquello de lo que se habla, mientras el rema expresa lo que se dice de él. En cuanto a su carácter informativo, el tema suele corresponder a información ya conocida, mientras el rema aporte información nueva. De manera general, aunque no siempre exactamente, el tema coincide con el sujeto gramatical en las oraciones declarativas, con la palabra interrogativa en modalidad interrogativa, y con la forma verbal imperativa en oraciones imperativas.

Sin embargo, la lengua ofrece infinidad de combinaciones posibles que permiten al emisor expresar un mismo contenido de formas radicalmente distintas mediante tematización —la operación de convertir un elemento del discurso en tema— y focalización —el proceso inverso, que convierte un elemento en rema o foco. Consideremos los enunciados «Juan pega a su hermano Sergio» o «Sergio es pegado por su hermano Juan» o «Lo que hace Juan es pegar a su hermano Sergio»: en todos existe un contenido básicamente idéntico, pero el modo de presentación varía notablemente. Los conceptos nacidos para análisis oracional fueron redefinidos para análisis textual, donde han mostrado mayor rendimiento en el estudio de unidades supraoracionales.

2.5. Otros elementos de coherencia textual

Más allá de los mecanismos lingüísticos explícitos, la coherencia textual se sustenta en estructuras cognitivas compartidas que organizan nuestro conocimiento de situaciones específicas. El marco constituye el conjunto de operaciones que caracterizan nuestro conocimiento convencional de alguna situación más o menos autónoma: una actividad, conjunto de personas, proceso o escenario. Define una situación estereotipada archivada en nuestra mente, que aplicamos como referencia para «encuadrar» nuevas situaciones y valorar si se adaptan o no a ella. El marco de «supermercado», por ejemplo, comporta implícitamente la noción de «lugar donde la gente entra para comprar mercancías diversas, tomándolas directamente y pagando en una caja a la salida». Muchos fragmentos que parecerían inconexos adquieren plena coherencia cuando se interpretan dentro de su marco apropiado, como el monólogo interior o discursos literarios experimentales.

Conceptos complementarios matizan y amplían la noción de marco. El guión, empleado con éxito por especialistas en Inteligencia Artificial, representa una secuencia estándar de acontecimientos que describe una situación; es decir, un estereotipo de acción más dinámico que el marco. El escenario describe «el dominio extendido de la referencia espacial»: cine, casa, clase u oficina constituyen escenarios específicos que permiten inferir qué acciones y personas resultan coherentes en ellos. El esquema, término más genérico, refiere a estructuras cognitivas complejas de alto nivel que funcionan convencionalmente en el lector u oyente, activándose según experiencia personal, género, intereses, valores, cultura y creencias. Los modelos mentales, finalmente, representan estructuras no estereotipadas sino individuales, vinculadas al conocimiento aprendido de la realidad pero mediatizadas por percepciones personales distintas según el individuo.

III. La progresión temática

3.1. Lo dado y lo nuevo

La progresión temática de un texto se configura como la articulación sucesiva de temas y remas concatenados de formas diversas. Esta progresión no es aleatoria, sino que responde a estrategias premeditadas del emisor destinadas a alcanzar efectos ilocutivos determinados. Una de las estrategias más productivas combina dos tipos de información: la «dada» —aparecida anteriormente en el discurso u originada en el conocimiento de marco situacional— se presenta como recuperable mediante referencias anafóricas o contextuales; la información «nueva», por el contrario, resulta focal y no es recuperable a partir del discurso precedente. Estos procedimientos de tematización —conversión de cualquier elemento en tema con marcación inequívoca— y focalización —conversión de cualquier elemento en rema con marcación lingüística— constituyen las operaciones fundamentales.

Los mecanismos disponibles en la lengua para ejecutar estas operaciones son diversos: el orden de palabras, la entonación en la lengua hablada, y determinados giros o construcciones de realce y énfasis. De manera general, el hablante coloca al principio de su discurso lo que considera información conocida, aunque frecuentemente «disloca» el orden lógico de la frase para conseguir efectos pragmáticos específicos. Así pueden tematizarse elementos sintácticos variados: el sujeto («Mi hermano estudia medicina»), complementos preposicionales («De mi hermano es este perro»), complementos indirectos («A vosotros os he traído esto»), complementos directos («Esto lo he traído para vosotros»), complementos circunstanciales («¿Dónde está lo que he traído?»), o mediante giros tematizadores («Por lo que a mí respecta, no se va a hacer»).

La focalización, en la lengua natural, opera mediante dos mecanismos fundamentales: la entonación y determinados giros sintácticos de énfasis. En la lengua hablada, la focalización se marca mediante inflexiones de voz elevadas y acentos de mayor intensidad que señalan qué elemento constituye información nueva. Construcciones como «Lo que hizo tu hermano fue insultarme» o «Fue dramático el viaje» ejemplifican esta estrategia. Estos fragmentos focalizados se dirigen solo al segmento enunciativo que establece rectificación a información que el hablante considera errónea o inadecuada, mientras el resto se recibe como información conocida.

3.2. La estructura informativa

La teoría de Halliday sobre la estructura informativa proporciona un análisis fundamental del discurso hablado, enfatizando el papel de la entonación y la realización prosódica como indicadores de intenciones focalizadoras. Este autor, desarrollando ideas de la Escuela de Praga, fue pionero en establecer que las sílabas tónicas focalizan la información nueva —concepto que denominó «unidades de información nueva». La teoría de Halliday fue posteriormente superada, pero legó un aporte decisivo: el reconocimiento de que lo prosódico —relativo a acentuación, pronunciación y enfatización de sonidos en el acto de habla— constituye un indicador capital de dónde el hablante «marca» la focalización. El ritmo articulatorio, la intensidad, el acento, las pausas, las inflexiones tonales y demás elementos paralingüísticos funcionan como rasgos que revelan la intención focalizadora del emisor.

Nadie cuestiona actualmente la importancia capital de estos elementos prosódicos como rasgos indicadores del foco textual. Son posibilidades que el sistema lingüístico presenta al hablante, quien las utiliza según sus intenciones comunicativas. Como oyentes o lectores de un texto, percibimos estos fenómenos cumpliendo la función de indicarnos el foco o información nueva. En textos escritos, aunque la entonación no esté presente, se emplean recursos tipográficos —cursivas, negritas, subrayados, signos de puntuación especializados— que cumplen funciones paralelas. Esta estructura informativa, basada en la distribución de nuevo y conocido, resulta fundamental para la coherencia global del texto.

La interacción entre estructura informativa y coherencia textual es ineludible: los textos que alteran de forma caprichosa o confusa la distribución de información vieja y nueva generan efectos de incoherencia o fragmentación. Por el contrario, aquellos que mantienen un equilibrio adecuado, presentando lo conocido como contexto sobre el cual se proyecta lo nuevo, facilitan la comprensión y generan efectos de unidad significativa. Los hablantes nativos dominan intuitivamente estas estrategias, adaptando la estructura informativa a los contextos y audiencias específicas.

3.3. Tipos de progresión temática

La estructura temática de un texto se constituye mediante el encadenamiento específico de temas y remas, de información dada y nueva. Las posibilidades son variadas, aunque algunas resultan más frecuentes que otras. La progresión lineal ocurre cuando el rema de un enunciado —o una parte de él— constituye el tema de la secuencia siguiente. Este tipo de disposición genera un encadenamiento o engarce entre segmentos del discurso en el que aparece continuamente información nueva sin perder los lazos de conexión con el contexto temático precedente. El segundo elemento de cada secuencia deviene el primero de la siguiente, de modo que la información nueva de una secuencia se presenta como conocida en la que sigue, frecuentemente referida mediante formas anafóricas. Un fragmento de Camilo José Cela ejemplifica magistralmente esta técnica: «El pueblo es un pueblo cualquiera, un pueblo perdido por las tierras de Castilla, no por la Castilla del páramo y el cereal, sino por la otra, por la del vino y el monte bajo…».

La progresión constante del tema ocurre cuando aparece información nueva pero siempre referida a un único tema o tópico que funciona como epicentro recurrente del texto. Nuevas cualidades, acciones o descripciones se acumulan alrededor de este eje temático, creando efectos de profundización o elaboración. En el fragmento celaniano de «La colmena», la obsesiva reiteración de referencias a «doña Rosa» como centro gravitacional permite acumular perspectivas diversas sobre el personaje mientras se mantiene la unidad temática. Contrariamente, la progresión constante del rema genera un efecto de «torbellino informativo»: la información nueva aparece de forma vertiginosa sin reposar sobre un tema estable. Este tipo de progresión, frecuente en textos de tonalidad onírica o caótica, requiere del lector mayor esfuerzo interpretativo. Un fragmento de Isabel Allende en «El plan infinito» («Gente. La guerra es gente. La primera palabra que me viene a la mente…») ejemplifica cómo el reiterado empleo de enlaces catafóricos genera esta sensación de progresión frenética.

Finalmente, la progresión constante de tema y rema se produce cuando ambos se suceden simultáneamente sin que exista especial tematización o focalización. En el fragmento magistral de «El ahogado más hermoso del mundo» de García Márquez («Mientras los hombres averiguan si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado…»), la progresión temática mantiene un equilibrio entre la presentación de nuevas acciones y su engarce con referencias temáticas previas, generando una narratividad fluida. Es notable también la presencia de elementos anafóricos persistentes —como el pronombre que se refiere al ahogado— que estructuran la coherencia, paralelamente a las cláusulas iniciales que marcan una evolución temporal progresiva. Muchas obras combinan estas progresiones en estructuras complejas, alternando entre progresiones lineales y constantes, lo que genera efectos sofisticados de coherencia textual.


BIBLIOGRAFÍA

  • Austin, J. L.: Palabras y acciones. Cómo hacer cosas con palabras. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1971. Obra fundamental que establece la teoría de los actos de habla, base teórica para comprender la coherencia pragmática y los efectos ilocutivos del discurso.
  • Benveniste, Émile: Problemas de Lingüística general II. Editorial Siglo XXI, México, 1977. Análisis profundo de los mecanismos de enunciación y deixis, fundamental para comprender las referencias personales y temporales en el texto.
  • Bernárdez, Enrique: Introducción a la lingüística del texto. Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1982. Síntesis accesible de los principios teóricos del análisis textual, con énfasis en coherencia y cohesión.
  • Brown, Gillian y Yule, George: Análisis del discurso. Editorial Visor Libros, Madrid, 1993. Obra que integra perspectivas pragmáticas y funcionalistas en el análisis de la coherencia discursiva, con especial atención a la presuposición e inferencia.
  • Coseriu, Eugenio: Teoría del lenguaje y lingüística general. Editorial Gredos, Madrid, 1978. Marco teórico integral que proporciona la fundamentación para conceptos como estructura informativa y coherencia textual desde una perspectiva funcionalista.
  • Van Dijk, Teun A.: La ciencia del texto. Editorial Paidós, Barcelona, 1983. Desarrollo sistemático de la teoría de macroestructura y microestructura, conceptos nucleares para el análisis de coherencia global y pragmática.
  • Van Dijk, Teun A.: Texto y contexto. Editorial Cátedra, Madrid, 1983. Obra capital que define la coherencia como propiedad semántica de los discursos, articulando la relación entre texto y contexto comunicativo.
  • Gutiérrez, Salustiano: Temas, remas, focos, tópicos y comentarios. Editorial Arco Libros, Madrid, 1997. Análisis detallado de la estructura temática y su relación con la progresión temática, indispensable para comprender las estrategias de organización informativa.
  • Lozano, Jorge, Peña-Marín, Cristina y Abril, Gonzalo: Análisis del discurso. Editorial Cátedra, Madrid, 1989. Manual integral que integra perspectivas semióticas, pragmáticas y textuales para el análisis de coherencia y cohesión en contextos múltiples.

Autor

  • yo e1742729738464

    Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
    Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!

    Ver todas las entradas

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies