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ToggleCohesión textual: estructuras, conectores, relacionantes y marcas de organización
I. La cohesión textual
1.1. Tipos de cohesión
La cohesión textual representa la dimensión superficial de todo texto, aquella que depende de los mecanismos explícitos e implícitos mediante los cuales se conectan las unidades lingüísticas. Mientras que la coherencia —estudiada en el tema anterior— pertenece a la estructura profunda del discurso, la cohesión actúa en el plano de las formas concretas que vinculan enunciado con enunciado. Toda secuencia de oraciones constituye un texto únicamente cuando entre sus componentes y entre sí existen relaciones de cohesión que crean lo que la lingüística denomina textura o trabazón. Esta textura es, precisamente, lo que diferencia un texto auténtico de un conjunto caótico de secuencias inconexas.
La taxonomía clásica elaborada por Halliday y Hasan (1976) identifica varios tipos fundamentales de relaciones de cohesión: referencias —marcadores referenciales que establecen vínculos entre segmentos del discurso, sean endofóricas (anáfora y catáfora dentro del texto) o exofóricas (fuera del texto)—; sustitución, mediante la cual un término se reemplaza por una proforma o construcción equivalente; elipsis, donde se omite un elemento por economía lingüística en contextos proxímales; y relaciones léxicas basadas en extensiones semánticas. Cada una de estas modalidades cumple funciones específicas en la arquitectura del discurso, permitiendo que el receptor perciba las interdependencias entre los elementos textuales.
Las relaciones de cohesión se perciben mediante un proceso interpretativo donde una parte del texto se reconoce como dependiente de otra, manteniendo con ella lazos explícitos o implícitos que requieren que el lector los recupere simultáneamente. Cuando el receptor decodifica un segmento, necesariamente tiene presente el contexto anterior o posterior que lo sustenta. Estos mecanismos de cohesión no funcionan de forma aislada, sino que interactúan con factores pragmáticos, contextuales y con la competencia textual del usuario. La densidad y variedad de elementos cohesivos varían significativamente según el género discursivo, el registro y las intenciones comunicativas del emisor.
1.2. Condiciones de la cohesión
Un interrogante fundamental surge en el análisis textual: ¿es suficiente que un conjunto de oraciones presente marcas explícitas de relación cohesiva para constituir un texto coherente? La respuesta negativa resulta evidente al examinar secuencias aparentemente conectadas donde abundan pronombres anafóricos, repeticiones léxicas y sustituciones, pero que carecen de significación unitaria. Aunque tales secuencias poseen textura conectiva, carecen de coherencia textual genuina. El elemento decisivo no radica, por consiguiente, en la mera presencia de lazos formales de unión, sino en la existencia de una relación semántica subyacente que proporcione al conjunto la idea de «un todo» autónomo, coherente y pragmáticamente válido.
Para que un texto sea interpretado como coherente, el receptor debe poder ubicar su contenido dentro de un marco situacional, una escena que le permita atribuir sentido a la aparente desconexión. Es aquí donde emerge la distinción crucial entre estructura superficial (cohesión) y estructura profunda (coherencia): un texto puede poseer microestructura conectiva —relaciones entre oraciones inmediatas— sin disponer de una macroestructura capaz de unificar el significado parcial en un significado total. La macroestructura, en términos generativistas, corresponde a aquella estructura abstracta subyacente que posee las reglas capaces de unir los significados parciales, creando ese significado global que denominaremos coherencia genuina.
Resulta igualmente significativo notar que textos con escasos o nulos lazos formales de cohesión pueden, no obstante, ser interpretados coherentemente. El receptor, dotado de competencia textual y pragmática, establece conexiones por medio de esquemas mentales, marcos situacionales y conocimiento enciclopédico. Este hecho demuestra que la cohesión formal no es conditio sine qua non para la coherencia textual. Ambos fenómenos —cohesión y coherencia— operan en planos distintos pero interdependientes, siendo ambos necesarios pero ni uno ni otro, considerados aisladamente, suficientes para producir un texto verdaderamente coherente.
1.3. La cohesión oracional
El primer nivel observable de cohesión en el texto ocurre a nivel intraoracional, es decir, entre los elementos constitutivos de cada oración individual. Este nivel de cohesión oracional opera fundamentalmente mediante elementos léxicos que establecen lazos internos: concordancia entre núcleos sintácticos, relaciones semánticas entre constituyentes, paralelismos de estructura y repeticiones estratégicas. Aunque la cohesión oracional constituye un fenómeno gramatical en sentido estricto, su funcionamiento se extiende hacia niveles superiores, integrándose en la red cohesiva general del discurso. Las oraciones no funcionan como unidades aisladas en el texto, sino como eslabones de una cadena mayor cuya estructura depende de cómo se articulan internamente cada una de sus partes.
1.3.1. La cohesión léxica
La cohesión léxica constituye uno de los mecanismos más frecuentes de textualización. Mediante la repetición léxica, el emisor reitera un término en diferentes posiciones del discurso, generando un efecto de insistencia que refuerza la cohesión. Cuando Julio Cortázar escribe «Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera del borde de mi mano…», la reiteración de «boca» y «borde» crea una densidad semántica que amplifica el efecto estético. Alternativamente, mediante sustitución léxica sinonímica, un emisor puede evitar la reiteración presentando diferentes formas léxicas que encarnan la misma unidad semántica: lluvia, precipitación, aguacero, chaparrón cumplen esa función de variación dentro de la unidad.
Otras modalidades incluyen la presencia de términos relacionados por lazos semánticos o morfológicos complejos: hiperónimos (animal como término superordinado respecto a caballo), hipónimos (rosa como término subordinado respecto a flor), antónimos (día/noche), derivados (zapato/zapatería), metonimias (donde la voz pagada refiere a cantante). Las proformas léxicas o superhiperónimos —términos de máxima generalidad como persona o cosa— funcionan como sustitutos lexicales de amplio alcance. Finalmente, los lexemas pertenecientes a un mismo campo asociativo o conceptual crean redes significativas donde las palabras se relacionan mediante asociaciones semánticas, fónicas, contextuales o culturales, generando efectos de coherencia mediante similitud conceptual antes que mediante relación lógica explícita.
1.3.2. Los relacionantes. Cohesión mediante proformas
Los morfemas denominados proformas constituyen una clase fundamental de elementos cuya función específica consiste en sustituir términos previamente aparecidos en el discurso o presupuestos conocidos por los interlocutores. Los pronombres —personales, demostrativos, posesivos, indefinidos, relativos e interrogativos— funcionan como sustitutos de nombres o fragmentos oracionales completos. Cuando el emisor refiere «Juan es deportista; él practica tenis», el pronombre «él» sustituye a «Juan» en función anafórica. Los proadverbios desempeñan función análoga respecto a adverbios o segmentos adverbiales: «La cena se celebró en el jardín; allí conversamos hasta tarde» donde «allí» funciona como sustituto proadverbial del sintagma locativo.
Igualmente significativas resultan las formas no explícitas de cohesión, aquellas marcadas mediante lo que la lingüística denomina conjunto vacío, huella sintáctica o marca cero (representada convencionalmente como Ø). En enunciados como «Yo tengo coche pero mi hermano no Ø (tiene coche)» o «Mis padres llegaron a casa y Ø (ellos) nos encontraron», se omite la repetición de un sintagma por economía lingüística, fenómeno que confina con la elipsis. Este mecanismo opera especialmente en contextos de proximidad donde la recuperación del elemento omitido se realiza sin dificultad mediante el contexto inmediato. La capacidad del receptor para restituir estos elementos elípticos demuestra que la cohesión no depende exclusivamente de la presencia explícita de marcadores, sino también de la capacidad inferencial del lector.
1.3.3. Otros elementos de cohesión
Desde la perspectiva gramatical, los artículos funcionan también como formas de conectividad, cumpliendo roles específicos según su configuración. Los artículos indeterminados —un, una, unos, unas— actúan como presentadores reales del nombre, introduciendo entidades nuevas en el discurso: «Encontré una casa». Los artículos determinados —el, la, los, las— funcionan en su dimensión de reconocimiento, presuponen que el referente ya ha sido presentado o es conocido: «La casa tenía un jardín hermoso». Esta alternancia constituye un marcador crucial de progresión temática y de estructura informativa. Más allá de los artículos, los correlativos y distributivos —pares como «Unos… otros», «Por una parte… por otra», «Estos… aquellos»— crean estructuras de simetría y contraste que tejen la trama del discurso, guiando al receptor a través de las divisiones temáticas.
Sin embargo, la cohesión no reside exclusivamente en mecanismos lingüísticos formales. Los factores pragmáticos derivados de la situación comunicativa ejercen influencia capital sobre los procesos de cohesión. El conocimiento compartido entre emisor y receptor, las convenciones socioculturales, la experiencia común y la interpretación contextual funcionan como elementos cohesivos no-lingüísticos. Estos factores actúan en sinergia con los marcadores formales, permitiendo que textos aparentemente fragmentarios adquieran coherencia en marcos pragmáticos específicos. La frontera entre lo semántico-lingüístico y lo pragmático-contextual resulta, por tanto, difusa y permeable, reflejando la naturaleza fundamentalmente interactiva del procesamiento textual.
II. Estructuras
2.1. Determinación de la estructura
Para que exista verdadera textura en un discurso, es indispensable que el texto posea una estructura determinada, es decir, una organización interna que no es caprichosa sino que depende fundamentalmente de los componentes contextuales. La situación comunicativa y sus elementos constitutivos —el campo, el tenor y el modo— ejercen influencia determinante sobre cómo se estructura el texto. El campo refiere a la situación global en la que el texto funciona y a la actividad intencional del emisor; el tenor designa la estructura de roles o papeles que asumen los interlocutores; el modo distingue entre discurso hablado u escrito, así como entre géneros discursivos diversos (narrativo, didáctico, persuasivo, argumentativo). Estos tres factores no operan independientemente sino que interactúan determinando múltiples aspectos de la textualización.
Cada uno de estos factores situacionales genera consecuencias específicas sobre los significados que el texto produce. El campo determina el significado experiencial, es decir, las relaciones lógicas derivadas de la experiencia referida. El tenor influye decisivamente sobre el significado interpersonal, aquellas funciones del lenguaje relativas a relaciones sociales, expresión de actitudes e intenciones del emisor. El modo, finalmente, afecta al significado textual, comprende los recursos mediante los cuales el lenguaje crea coherencia textual. En una consulta médica, por ejemplo, el campo (situación profesional), tenor (médico/paciente con distancia social) y modo (oral, contacto visual) condicionan una estructura específica donde elementos como identificación, petición, oferta y confirmación resultan obligatorios, mientras que otros (saludo, pregunta, documentación) permanecen opcionales.
2.2. Estructuras supraoracionales
2.2.1. Los párrafos
Existe relación directa entre lo que el emisor desea expresar y los mecanismos formales mediante los cuales lo expresa, entre el contenido temático del discurso y su presentación textual. De este principio se derivan los marcadores formales mediante los cuales quien crea un texto señala a su interlocutor las diversas partes temáticas del mismo. Sin embargo, delimitar formalmente las secciones de un discurso escrito constituye tarea problemática puesto que el sistema lingüístico carece de categoría formal precisamente definida para este propósito. Los párrafos son estructuras marcadas por factores ortográficos variados —sangrado, cambio de línea, espacios en blanco— así como por condicionantes estilísticos, de impresión y de formato que difieren según autores, medios y géneros discursivos.
Investigaciones comparativas han demostrado que cada género discursivo posee marcadores formales específicos para indicar transiciones temáticas. En el discurso narrativo, por ejemplo, el párrafo suele iniciarse con expresiones adverbiales que indican sucesión temporal o evolución del proceso narrado, funcionando como auténticos indicadores de cambio temático y de cohesión textual: «Posteriormente», «Poco después», «Mientras tanto». Los conectores textuales que encabezan párrafos cumplen respecto al texto la misma función que cumplen los nexos conjuntivos entre oraciones: establecen relaciones de adjunción, disyunción, contraste, consecuencia. El paradigma de conectores textuales resulta amplísimo —no obstante, sin embargo, por el contrario, por lo demás, en primer lugar, por último, etc.— y permanece abierto a expansiones continuas. Como analistas, nuestra tarea consiste en reconocer los cambios de tema y su progresión apoyándonos en estos elementos formales de cohesión que el escritor ha marcado ya en el acto creativo.
2.2.2. Los paratonos. Conectores y marcas de organización
Lo analizado sobre párrafos escritos se aplica, mutatis mutandis, al discurso hablado. Si en el texto escrito el párrafo constituye la unidad más claramente discernible para señalar cambios temáticos, en el discurso oral existen unidades paralelas denominadas paratonos o párrafos de habla. Los paratonos funcionan como marcadores formales de estructura y de relaciones entre partes textuales, utilizando recursos prosódicos en lugar de ortográficos. Su percepción se sustenta en aspectos fonéticos específicos: la prosodia general (patrón de entonación), la entonación (variación de pitch), la intensidad (amplitud de volumen) y las pausas (silencio estratégico). El inicio de un paratono típicamente se señala mediante inflexión de voz prominente que puede abarcar la primera cláusula u oración con tono agudo, mientras que su cierre se marca mediante descenso tonal, pérdida de amplitud y pausa prolongada, aunque existen excepciones en enunciados interrogativos o exclamativos.
El hablante frecuentemente inicia el paratono con una expresión introductoria fonéticamente prominente que anuncia el tema próximo; para concluir, emplea a menudo una expresión resumidora que frecuentemente replica la introducción. Sin embargo, es crucial subrayar que, aunque identificamos estas marcas estructurales en el discurso oral, su aparición no se rige por reglas obligatorias. Constituyen indicios opcionales que escritores y hablantes pueden manipular estratégicamente para organizar su comunicación. Esta flexibilidad refleja la naturaleza fundamentalmente dinámica del lenguaje en uso, donde los patrones formales actúan como posibilidades en el sistema lingüístico que los usuarios adaptan a sus necesidades comunicativas específicas.
III. Formas fundamentales
3.1. Los nexos conjuntivos
Más allá de los relacionantes examinados previamente, la lengua presenta una serie compleja y sofisticada de marcadores explícitos de relación entre oraciones y unidades textuales superiores a la oración. Entre estos nexos lógicos supraoracionales destacan especialmente las conjunciones y locuciones conjuntivas, los adverbios y locuciones adverbiales, así como otras partículas, todos denominados asimismo conectores o conectivos textuales. Estos elementos funcionan como organizadores del significado subyacente del texto, como auténticos creadores de la textura del discurso. En el primer rango de estos conectores figura la categoría sintáctica de las conjunciones o locuciones conjuntivas, tanto coordinantes como subordinantes —y, o, pero, porque, para que—, cuya función primordial consiste en crear oraciones compuestas a partir de oraciones simples.
Un segundo conjunto significativo de conectores lo constituyen los adverbios sentenciales de tipología variada: sin embargo, no obstante, por consiguiente, así mismo, debido a, como consecuencia de, a pesar de. Estos elementos se forman mediante procesos diversos —preposiciones, conjunciones, estructuras nominalizadas— generando una heterogeneidad que complica su clasificación uniforme. Para ciertos especialistas, estos elementos no constituirían estrictamente conectores sino meramente marcas de organización. Un tercer grupo lo integran formas próximas a la categoría adverbial, interjecciones y partículas frecuentes —¿verdad?, ¿sí?, ¡eh!—, mientras que finalmente se puede expresar conexión mediante predicados de múltiples categorías: nombres (conclusión, consecuencia), verbos (concluyendo, añadiendo), adjetivos, sintagmas e incluso cláusulas enteras (en conclusión, podemos concluir que). Entre todos estos grupos, los más productivos resultan indudablemente los elementos conjuntivos y adverbiales, que pueden incluso fusionarse en construcciones sinergéticas como «y con todo», «pero no obstante» o «aún a pesar de esto».
3.2. La conjunción y conexiones lógicas
3.2.1. La conjunción
La gramática tradicional clasificaba las conjunciones en grupos expresivos de distintos tipos de conexión: conjunción copulativa, disyunción, contraste, concesión, condición, causalidad, finalidad y circunstancia. Una característica fundamental de los conectivos lógicos radica en su ambigüedad léxico-semántica: una misma conexión lógica puede expresarse mediante varios conectivos distintos, y recíprocamente, un único conectivo puede vehicular significados lógicos heterogéneos según contexto. La conjunción copulativa «y», clasificada formalmente como elemento de coordinación, puede encubrir significados lógicos diversos: en «Siempre le llamo y no contesta», el significado es adversativo (equivalente a «pero»); en «Me tomo una pastilla y me duermo», el significado resulta consecutivo (equivalente a «por tanto»). Esta polisemia funcional refleja la riqueza del sistema conjuntivo español y la necesidad de interpretar las conjunciones pragmáticamente, no meramente según su clasificación formal.
3.2.2. La disyunción
En la conexión disyuntiva, la condición de verdad lógica estipula que al menos una de sus cláusulas debe ser verdadera. La conjunción «o» admite dos interpretaciones fundamentales según la compatibilidad de las opciones. Cuando presenta carácter exclusivo, una de las cláusulas se realiza con negación necesaria de la otra: «O vienes o te quedas», «Atiende a la clase o vete a la calle». Contrariamente, en casos como «Puedes tomarte un zumo o una naranja», la disyunción es inclusiva: las opciones no se excluyen, sino que presentan como alternativas compatibles de las que al menos una debe ocurrir, pero sin marcar la exclusión de la otra. Ambas modalidades —exclusiva e inclusiva— presentan estructura simétrica entre pares de enunciados que permiten la conmutación de orden (A-B o B-A).
Existe, sin embargo, una tercera modalidad de disyunción de estructura asimétrica, próxima a la estructura condicional: «¡Ámame o déjame!», «¿Es esta la casa o me he perdido?». Estos enunciados resultan semánticamente equivalentes a condiciones con antecedente negado: «Si no me amas, déjame», «Si no es esta la casa, me he perdido». Esta disyunción asimétrica expresa, en realidad, una implicación lógica donde rechazar una alternativa conlleva necesariamente la otra. Finalmente, es fundamental destacar que entre los enunciados disyuntivos debe existir un tópico de conversación común, una conexión temática que evite secuencias inaceptables donde aparentemente se enumeran realidades inconexas: «Me voy a casa o tu tía estudia en Canadá» resulta incoherente justamente porque falta esa cohesión temática subyacente.
3.2.3. Contraste
Los nexos contrastivos expresan excepciones a lo que normalmente esperaríamos que ocurriera, presentando realidades divergentes respecto a nuestras expectativas habituales. Los conectores más frecuentes incluyen pero, si bien, aunque, con todo, no obstante, mientras que, a pesar de, sin embargo, de cualquier modo. En ejemplos como «Juan es muy mañoso, pero hizo la cama fatal» o «Aunque dormimos mucho, pudimos coger el autobús», observamos que el antecedente expresa una condición que normalmente sería suficiente para que se produjera cierto consecuente, pero que el consecuente de hecho no se produce o se produce inversamente. Las excepciones al transcurso lógicamente esperado de los hechos se fundamentan en que el antecedente enunciaría una condición suficiente para que se negara el consecuente, aunque en realidad ocurra. De esta estructura se deduce que los conectivos contrastivos requieren contextos pragmáticos específicos para resultar aceptables: «Se cayó del tercer piso, pero no le pasó nada» presupone expectativas sobre la causalidad física que hacen el contraste comprensible.
Los contrastivos expresan igualmente estados o sucesos no deseados o inesperados: «Fui de pesca, pero no pesqué nada» o «Aunque es buen futbolista, no le renovarán la ficha». Función adicional de estos conectores consiste en expresar la no satisfacción de condiciones posibles, probables o necesarias: «Mi hermano quiere comprar una casa, pero no tiene dinero», donde el deseo constituiría condición suficiente para la adquisición, pero su ausencia de recursos económicos obstaculiza la realización. Esta multifuncionalidad refleja la riqueza pragmática del sistema contrastivo español.
3.2.4. Causa, consecuencia, finalidad, condición y concesión
Este conjunto de relaciones —causa, consecuencia, finalidad, condición y concesión— constituyen lo que la lingüística moderna denomina relaciones de implicación lógica. Estas modalidades conectivas son consideradas «fuertes» puesto que los hechos referidos pueden verse determinados o condicionados entre sí en grados significativos. A diferencia de conjunciones, disyunciones o contrastes que establecen relaciones más débiles, estas estructuras presentan interdependencia semántica profunda donde cada componente presupone el otro. Algunos autores como Van Dijk las clasifican en un único grupo —relaciones condicionales— considerándolas variantes de una condición presupuesta común. La relación causal expresa la razón por la cual se realiza lo enunciado en la principal, ya sea causa real (relación objetiva entre hechos) o causa de dicto (representación subjetiva): «Tiene fiebre porque tiene una infección interna» versus «La ventana está apagada porque Juan no está en casa» (donde la causa es inferida más que real).
La relación de consecuencia presenta como proceso inverso al de causalidad: la subordinada expresa la consecuencia lógica inferida de lo dicho en la principal, donde lo enunciado en una constituye condición suficiente para derivar lo enunciado en la otra: «Ha llovido, luego la calle está mojada». La finalidad entraña enunciado subordinado que expresa el objetivo voluntario de la principal: «Riegan las calles para hacer la noche más agradable». Sin embargo, la finalidad presenta restricciones importantes: el verbo de la principal debe permitir un agente volitivo y el sujeto debe ser humano. La condición determina mediante su relación lo enunciado por la principal en modalidad hipotética. Distinguimos condicionales reales (donde la condición comporta la realización de lo condicionado: «Si apruebo, mi padre me compra una moto»), eventuales (donde la realización es dudosa: «Si vinieses mañana, te enseñaría las fotos»), e irreales (donde sabemos que la condición no se cumplió: «Si hubiera aprobado, me habrían comprado la moto»).
La concesión establece una ruptura en el significado implicado entre los enunciados: si se cumple cierto término, esperaríamos que se cumpliera otro, pero de hecho no ocurre. La subordinada expresa un hecho del cual no se deriva la consecuencia lógica esperada. Ejemplos como «Aunque es tan avaro, me regaló un reloj muy bueno» o «Aunque se cayó del quinto piso, salió ileso» ilustran cómo la condición expresada en la concesiva debería producir consecuencia inversa a la enunciada. Toda relación concesiva presupone implícitamente un patrón lógico que es quebrantado. Para que enunciados como «A pesar de ser rubio, siempre dice la verdad» resulten aceptables, deberíamos aceptar prejuicios como «todos los rubios son falsos», lo cual es pragmáticamente inaceptable en contextos normales, produciendo secuencias incoherentes o cómicas.
3.3. Las funciones textuales y sus marcadores
La estructura del texto opera como elemento organizador fundamental, mientras que las funciones textuales actúan como componentes organizadores de esa estructura. Por esta razón, resulta imprescindible relacionar funciones textuales con sus correspondientes marcadores exponentes, según ha sistematizado Manuel Casado Velarde. El repertorio de funciones textuales es amplio y diversificado: aclaración (mediante «explicación»), adición (y, además, asimismo, todavía más, incluso, también, por otra parte), advertencia (¡cuidado!, ¡ojo!, mira, oye), afirmación (sí, claro, exacto, cierto, evidente), aprobación (bien, bueno, vale, de acuerdo), asentimiento (claro, sí, en efecto, por descontado, desde luego, por supuesto). Estas funciones, aunque no exhaustivas, ilustran la multiplicidad de roles que los marcadores pueden asumir en la organización textual.
Otras funciones relevantes incluyen: atenuación (si acaso, en todo caso, siquiera, hasta cierto punto), corrección (bueno, mejor dicho, o sea, quiero decir), causalidad (pues, entonces, en consecuencia, por lo tanto), conclusión (en conclusión, en fin, a fin de cuentas), condición (si, a condición de que, con tal de que), consecuencia (de ahí que, así pues, en consecuencia, por lo tanto), contraste (por el contrario, sin embargo, ahora bien), enumeración (en primer lugar, en segundo lugar, primero, segundo, por último), evidencia (claro que, por supuesto, desde luego), explicación (es decir, o sea, esto es, en otras palabras), negación (no, tampoco, ni hablar, en absoluto, nunca), oposición (por el contrario, en cambio, no obstante, pero, sin embargo), y topicalización (en cuanto a, por lo que se refiere a, por lo que respecta a). La comprensión de estas funciones y sus marcadores proporciona al analista textual herramientas fundamentales para desentrañar la arquitectura del discurso y entender cómo el emisor organiza, articula y presenta su mensaje.
BIBLIOGRAFÍA
- Alarcos Llorach, Emilio: Gramática de la lengua española. Editorial Espasa Calpe, Madrid, 1994. Obra de referencia capital que proporciona sistematización exhaustiva de categorías gramaticales, esencial para comprender las estructuras conjuntivas y conectores textuales en profundidad.
- Austin, John Langshaw: Palabras y acciones. Cómo hacer cosas con palabras. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1971. Obra fundacional que establece la teoría de los actos de habla, base teórica indispensable para comprender las funciones pragmáticas de los marcadores y conectores textuales.
- Benveniste, Émile: Problemas de lingüística general II. Editorial Siglo XXI, México, 1977. Análisis profundo de mecanismos enunciativos y deixis que contextualizan el estudio de cohesión textual en teoría enunciativa moderna.
- Bernárdez, Enrique: Introducción a la lingüística del texto. Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1982. Síntesis accesible e integral que articula coherencia y cohesión textuales con atención especial a estructuras supraoracionales y determinantes contextuales.
- Brown, Gillian y Yule, George: Análisis del discurso. Editorial Visor Libros, Madrid, 1993. Obra que integra perspectivas pragmáticas y funcionalistas con análisis de conectores, con énfasis en negociación de significado en contextos reales.
- Casado Velarde, Manuel: Introducción a la gramática del texto español. Editorial Arco Libros, Madrid, 1993. Estudio especializado que sistematiza funciones textuales y sus marcadores, obra de referencia para análisis de conectores y organizadores del discurso.
- Halliday, Michael Alexander Kirkwood: Language as a Social Semiotic: The Social Interpretation of Language and Meaning. Editorial Edward Arnold, Londres, 1978. Obra que desarrolla sistematización de relaciones cohesivas, clasificación de tipos de cohesión y su función en la creación de textura discursiva.
- Van Dijk, Teun A.: La ciencia del texto. Editorial Paidós, Barcelona, 1983. Desarrollo sistemático de teoría de macroestructura y microestructura, conceptos nucleares para entender relaciones de cohesión como fenómenos de estructura profunda y superficie.
- Van Dijk, Teun A.: Texto y contexto. Editorial Cátedra, Madrid, 1983. Obra capital que articula dimensiones textuales con contexto situacional y pragmático, esencial para comprender cómo factores extralingüísticos condicionan cohesión y estructura textual.
- Lozano, Jorge, Peña-Marín, Cristina y Abril, Gonzalo: Análisis del discurso. Editorial Cátedra, Madrid, 1989. Manual integral que sintetiza perspectivas semióticas, pragmáticas y textuales para análisis comprehensivo de cohesión, conectores y estructuras organizacionales del discurso.
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Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!
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