La ciudad y los perros de Vargas Llosa. 2026

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By Víctor Villoria

La ciudad y los perros de Vargas Llosa.

Un microcosmos de brutalidad, honor y supervivencia

1. Introducción: El seísmo literario de 1962

La publicación de La ciudad y los perros en 1962 no representó únicamente el nacimiento de una obra maestra, sino un auténtico cambio de paradigma en las letras hispánicas. Considerada por la crítica como el punto de partida real del Boom latinoamericano (fenómeno editorial y literario de los años 60 que proyectó la narrativa del continente a una audiencia mundial), la novela supuso la entrada definitiva de la literatura en lengua castellana en la modernidad técnica y temática. Ganadora del prestigioso premio Biblioteca Breve, otorgado por la editorial barcelonesa Seix Barral, la obra demostró una madurez literaria extraordinaria en un autor que apenas contaba con veintiséis años, consolidando a Mario Vargas Llosa como una figura de primera fila internacional.

La importancia de esta novela reside en su condición de novela total. En el ámbito de la teoría literaria, definimos la novela total como aquella obra ambiciosa que aspira a representar la realidad en todas sus dimensiones posibles: desde el plano individual al social, del psicológico al histórico, y de lo objetivo a lo subjetivo. Vargas Llosa no se limita a contar una historia de adolescentes en un cuartel; utiliza el Colegio Militar Leoncio Prado como un microcosmos (un mundo pequeño que reproduce a escala los conflictos de la sociedad mayor) de todo el Perú y, por extensión, de las estructuras de poder autoritarias en cualquier parte del globo.

La obra sigue siendo relevante hoy porque constituye una poderosa diatriba (un discurso violento e injurioso contra algo) contra la brutalidad y un ataque frontal al concepto erróneo de la virilidad. Vargas Llosa disecciona cómo una educación castrense malentendida intenta anular la sensibilidad del individuo, forzando a los jóvenes a una existencia marcada por el fanatismo, la rabia y la furia. En un contexto contemporáneo, donde el debate sobre las masculinidades y el acoso escolar (bullying) es central, La ciudad y los perros se lee con una urgencia renovada, advirtiéndonos sobre los peligros de los sistemas cerrados que premian la violencia sobre la empatía. Es, en palabras del autor, «el libro más violento» de su producción, pero una violencia que sirve como bisturí moral para denunciar las sombras de nuestra civilización.

2. El autor en su contexto: Disciplina y compromiso

Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) representa la voluntad inquebrantable del oficio de escribir. Su trayectoria es el resultado de una amalgama de influencias que él mismo detalla en el prólogo de la obra: la fe en la literatura comprometida de Jean-Paul Sartre (la idea de que el escritor debe usar su palabra como arma de denuncia social) y, sobre todo, la asimilación de las técnicas de la generación perdida norteamericana, con William Faulkner a la cabeza. De Faulkner, Vargas Llosa aprendió la importancia de la estructura y el uso del tiempo no lineal, elementos que convertiría en el sello distintivo de su prosa.

El momento vital en que escribe la novela es crucial para entender su profundidad. Tras haber sido cadete en el Leoncio Prado —experiencia que le proporcionó el «barro» inicial de la historia—, Vargas Llosa se traslada a Europa. Empieza la redacción en Madrid, en el otoño de 1958, y la concluye en una buhardilla de París en el invierno de 1961. Esta distancia geográfica respecto al Perú no fue una evasión, sino una herramienta de precisión; la perspectiva europea le permitió aplicar lo que él denomina disciplina flaubertiana (en referencia a Gustave Flaubert, autor que exigía una entrega total al trabajo técnico y una búsqueda obsesiva de la perfección formal) para organizar sus recuerdos y fantasías juveniles en una estructura narrativa revolucionaria.

Antes de esta novela, su actividad literaria se había concentrado en el cuento, destacando su colección Los jefes (1959), donde ya asomaba el interés por la psicología adolescente y el impacto del entorno urbano. Sin embargo, fue La ciudad y los perros la obra que permitió que su «sueño de llegar a ser algún día escritor» se hiciera realidad. Su carrera posterior ha sido una búsqueda constante de la novela total, con hitos como La casa verde (1966) o Conversación en la catedral (1969), obras donde la experimentación lingüística y la problemática social alcanzan niveles de complejidad técnica inigualables en la narrativa contemporánea.

3. Contexto histórico y literario: El amanecer de la renovación

Para situar correctamente esta obra, es necesario comprender la evolución de la narrativa hispanoamericana en el siglo XX. Durante las primeras décadas del siglo, predominaba una literatura apegada a la tierra y a los conflictos sociales directos, como la novela indigenista o la novela de la revolución mexicana. Estas obras utilizaban un realismo tradicional, con una estructura lineal (los hechos se cuentan en el orden cronológico en que suceden) y un lenguaje que a menudo buscaba retratar el habla local.

Sin embargo, hacia 1940 se produce lo que los especialistas llamamos la renovación narrativa. Los autores comienzan a alejarse de los espacios rurales para centrarse en el paisaje urbano y la complejidad mental del hombre moderno. Aparecen factores de cambio determinantes como la influencia del surrealismo y las filosofías existencialistas, además del peso de renovadores europeos como Joyce o Kafka. En este escenario surge el concepto de realismo mágico (incorporar lo maravilloso a la realidad cotidiana) y lo real maravilloso (buscar el componente fantástico dentro de la propia historia y geografía de América).

La ciudad y los perros se inserta plenamente en este clima de renovación, pero desde una vertiente de realismo crítico extremadamente depurado. La novela coincide con la instauración de la dictadura de Manuel Odría en el Perú de los años 50, un periodo de autoritarismo militar que permeó todas las capas de la sociedad. El Colegio Leoncio Prado, bajo este régimen, se convierte en el lugar donde el espíritu militar —definido por el capitán Garrido como «obediencia, trabajo y valor»— se desvirtúa para transformarse en una maquinaria de humillación.

Literariamente, la obra se sitúa en la vanguardia del Boom, compartiendo estantería con obras como Rayuela de Cortázar o Sobre héroes y tumbas de Sábato. Lo que caracteriza a este movimiento no es solo la calidad, sino la conciencia de que la novela debía ser un artefacto complejo, una estructura de significados que exigiera un lector activo o cómplice.

4. Argumento y estructura narrativa: La arquitectura del caos controlado

El argumento: Del robo a la desilusión

La trama de la novela se desencadena por un acto de transgresión: el robo de un examen de Química. Dentro del Leoncio Prado, un grupo de cadetes de quinto año ha formado una organización secreta llamada el Círculo, liderada por el Jaguar, para resistir el orden oficial y los abusos. La suerte decide que Porfirio Cava realice el robo rompiendo un vidrio, un error que dejará una huella física y moral en la sección.

Cuando las autoridades descubren el robo, suspenden las salidas de fin de semana como castigo colectivo. Ricardo Arana, apodado el Esclavo por su incapacidad para adaptarse a la ley del más fuerte, se encuentra en un estado de desesperación absoluta. Su necesidad de salir para ver a Teresa, una joven que simboliza su única conexión con la ternura y la «ciudad», lo lleva a romper el código de silencio (la norma no escrita entre los cadetes que prohíbe delatar a un compañero) y denunciar a Cava ante el teniente Huarina.

El clímax ocurre durante unas maniobras militares de tiro en el cerro. En medio de la confusión del ejercicio, Arana recibe un balazo en la nuca y muere días después. Mientras que las autoridades del colegio se apresuran a calificarlo como un «accidente» para salvaguardar el prestigio de la institución, Alberto, apodado el Poeta, sospecha que se trata de un asesinato cometido por el Jaguar como represalia por la delación. Alberto intenta denunciar el crimen ante el teniente Gamboa, el único oficial que cree genuinamente en el reglamento. Sin embargo, la estructura de poder institucional aplasta la verdad: el colegio chantajea a Alberto usando sus escritos eróticos para obligarlo a retirar la denuncia. La novela finaliza con una amarga sensación de impunidad (falta de castigo), donde cada personaje se reintegra a la vida civil habiendo asimilado, de una forma u otra, la mediocridad y el cinismo de la sociedad.

Estructura externa e interna

La novela se organiza externamente en dos partes y un epílogo (parte final que narra el destino de los personajes tras el desenlace). Pero lo verdaderamente revolucionario es su estructura interna, basada en el tiempo fragmentado. Vargas Llosa rompe el orden cronológico mediante el uso de:

  • Analepsis o flashbacks: Saltos al pasado que nos permiten conocer la infancia y adolescencia de los protagonistas en la ciudad, explicando por qué son como son en el presente.
  • Perspectivismo: La técnica de presentar la historia desde múltiples conciencias. La realidad no es única, sino que depende de quién la observe. Esto obliga al alumnado a ser un «re-creador» de la obra.
  • Vasos comunicantes: Un recurso técnico donde dos o más situaciones que ocurren en tiempos o espacios diferentes se funden en el mismo flujo narrativo para que sus significados se influyan mutuamente.

La polifonía de la obra se construye a través de tres tipos de voces:

  • Narrador omnisciente objetivo: Relata en tercera persona los hechos del colegio con una frialdad casi técnica.
  • Monólogos interiores: Accedemos directamente al fluir del pensamiento de los personajes, especialmente del Boa, cuya mente es un torrente de instintos y recuerdos sin apenas puntuación.
  • Narrador en primera persona (subjetivo): Pasajes que relatan la infancia de un joven y su amor por Teresa. Durante gran parte de la obra el lector cree que es Arana, pero el epílogo revela que es el Jaguar, humanizando retroactivamente al «matón» de la sección.

5. Personajes principales: Un crisol de identidades rotas

Alberto Fernández, «el Poeta»: La máscara y la claudicación

Alberto es el personaje que mejor encarna la hipocresía burguesa. Proveniente de un barrio acomodado de Miraflores, Alberto posee las herramientas intelectuales para comprender la injusticia, pero carece de la fuerza moral para sostener su denuncia hasta el final. Su apodo, «el Poeta», es irónico: escribe cartas de amor y «novelitas» pornográficas para sus compañeros a cambio de cigarrillos o dinero, utilizando la palabra como un mecanismo de supervivencia para integrarse en un grupo al que desprecia. Su evolución es una caída hacia el cinismo; tras intentar hacer justicia por Arana, termina aceptando el trato del coronel para salvar su futuro cómodo en Miraflores, regresando a una vida de apariencias donde el colegio militar es solo un mal recuerdo que borrará con un carro convertible.

El Jaguar: El código de honor en la selva

El Jaguar es la figura más imponente y compleja de la novela. Representa el arquetipo del líder forjado en la adversidad y la fuerza física. A diferencia de los otros cadetes, él nunca fue «bautizado» porque se defendió con una ferocidad inaudita desde el primer día: «se les reía en la cara. Y eran como diez». Su virilidad no es una pose, sino una coraza de supervivencia. Sin embargo, el epílogo revela una vulnerabilidad insospechada: su pasado de pobreza, su lealtad al flaco Higueras y su amor absoluto por Teresa. Su mayor dolor no es el castigo físico, sino la ingratitud de sus compañeros, quienes lo tachan de «soplón» injustamente, llevándolo a confesar su crimen ante Gamboa como un acto de asco hacia la sección y de redención personal.

Ricardo Arana, «el Esclavo»: La víctima propiciatoria

Ricardo es el contrapunto absoluto a la violencia del colegio. Tímido, sensible y marcado por una infancia de sobreprotección materna y autoritarismo paterno, Arana es incapaz de asimilar la ley del más fuerte. Su apodo, «el Esclavo», simboliza su falta de voluntad y su posición de víctima en el grupo. Representa el determinismo social: un ser «afeminado» a ojos del sistema que debe ser «templado» o destruido. Su muerte es el sacrificio que pone al descubierto la podredumbre moral de la institución, demostrando que en el Leoncio Prado la inocencia es un defecto mortal.

El teniente Gamboa: El idealismo derrotado

Gamboa es el único oficial que cree sinceramente en el honor militar y la disciplina reglamentaria. Para él, el reglamento es sagrado porque constituye el orden necesario para que una sociedad no se corrompa. Su función en la historia es demostrar que la integridad es imposible dentro de un sistema jerárquico que prioriza la imagen institucional sobre la verdad. Su derrota final y su traslado a una guarnición remota en la puna simbolizan el triunfo de la corrupción institucional; Gamboa es castigado no por fallar, sino por cumplir con su deber más allá de lo que convenía a sus superiores.

Personajes secundarios y simbólicos

El Boa: Personifica la animalización de los cadetes. Vive regido por instintos y su lealtad al Jaguar es casi canina. Sus monólogos sobre la perra Malpapeada reflejan una psique bruta donde la ternura y la crueldad se confunden.

Porfirio Cava: Es el «serrano» de la sección. Su expulsión tras el robo del examen de Química es el detonante de la trama. Cava simboliza el prejuicio racial dentro del colegio; es el chivo expiatorio sobre el que recae la primera desgracia de la sección.

Teresa: Es el único personaje femenino relevante. Aunque su presencia es pasiva, actúa como el eje sobre el cual giran las vidas de Arana, Alberto y el Jaguar. Teresa representa la ciudad y el deseo, un puente entre el pasado de los cadetes y su presente hostil.

El Coronel y el Capitán Garrido: Representan la autoridad vacía y la amoralidad del poder. Su preocupación no es la formación de los jóvenes, sino la «imagen» del colegio: «Los trapos sucios se lavan en casa». Son el arquetipo del burócrata militar que sacrifica la verdad por la conveniencia política.

6. Temas y significado: Una radiografía del poder y la moral

El tema central de la novela es la crítica al concepto erróneo de la virilidad. Vargas Llosa ataca frontalmente la idea de que ser hombre consiste en anular la sensibilidad y ejercer la fuerza bruta. En el colegio militar, la educación busca «templar» a los adolescentes, pero lo que consigue es desbocar su vehemencia hasta llegar a una furia fanática. Esta virilidad malentendida se resume en la frase que Alberto le dice a Arana: «lo que importa en el Ejército es ser bien macho… O comes o te comen, no hay más remedio». Este conflicto sigue siendo un debate actual sobre las masculinidades tóxicas y cómo las instituciones cerradas pueden deshumanizar al individuo.

Otro eje fundamental es el honor y el código de silencio. En el microcosmos del Leoncio Prado, el pecado supremo no es robar o matar, sino ser un «soplón». La delación se considera la mayor bajeza posible, un valor distorsionado que permite que el Círculo imponga su ley de terror bajo una apariencia de lealtad grupal. La novela muestra la tragedia de Arana, quien es empujado a la delación por un sistema que no le ofrece otra salida, y la paradoja del Jaguar, que acaba siendo víctima del mismo código que él ayudó a crear.

La corrupción institucional y la hipocresía social ocupan un lugar destacado. A través de la gestión de la muerte de Arana, Vargas Llosa denuncia cómo las instituciones prefieren sacrificar la verdad para mantener su «prestigio». La jerarquía militar —representada por el Coronel y el Mayor— utiliza el chantaje para silenciar a Alberto, demostrando que el poder no se basa en la justicia, sino en la conveniencia política y el mantenimiento de las formas sociales. El destino de Gamboa confirma que, en una estructura corrompida, el individuo ético es siempre un estorbo que debe ser eliminado.

Asimismo, la obra explora el determinismo social y la búsqueda de identidad. Los personajes están marcados por su origen: Alberto vuelve a su estatus burgués, el Jaguar se forja en la marginalidad de Bellavista y Cava carga con el estigma de ser el «serrano». La adolescencia se presenta como un rito de paso degradado, donde el aprendizaje de la madurez no es un crecimiento moral, sino una asimilación de las mentiras y la violencia necesarias para sobrevivir en la ciudad.

Finalmente, es imposible obviar el tema del racismo y el prejuicio de clase en el Perú de mediados de siglo. El Leoncio Prado es un campo de batalla donde conviven el «blanquifioso» miraflorino, el «serrano» andino y el «zambito» costeño, reflejando las fracturas de una nación que no logra integrarse.

7. Estilo literario y técnicas narrativas: El dominio de la forma

La prosa de Vargas Llosa en esta novela destaca por su precisión técnica y lo que él llama madurez literaria extraordinaria. El autor emplea una variedad de registros lingüísticos que aportan un realismo crudo a la obra:

  • Jerga militar y estudiantil: Uso de términos como «perros» (cadetes de tercer año), «imaginaria» (servicio de vigilancia), «consigna» (castigo sin salida) o «bautizo» (ritos de iniciación violentos).
  • Lenguaje popular y marginal: Se observa en los pasajes que transcurren en el Callao o en el jirón Huatica (zona de prostitución), cargados de modismos y vulgarismos que reflejan la dureza de la calle.
  • Registro burgués: El habla de los jóvenes de Miraflores, más cuidada pero también cargada de cinismo y malicia fina.

En cuanto a las técnicas narrativas, el uso del monólogo interior y el flujo de conciencia es magistral. Especialmente en los pasajes del Boa, donde el pensamiento fluye sin interrupciones gramaticales, reflejando una mente primitiva y animalizada: «Tengo pena por la perra Malpapeada que anoche estuvo llora y llora…». Por el contrario, los pensamientos de Alberto suelen aparecer en cursiva, intercalados en la narración omnisciente, mostrando su dualidad mental.

La animalización es un recurso literario frecuente. Los cadetes no solo son llamados «perros», sino que son tratados y se comportan como tales, viviendo en una jauría regida por instintos de supervivencia. Este simbolismo se extiende a la atmósfera de la novela: la neblina asfixiante de La Perla, el ruido amenazador del mar y la humedad del colegio actúan como símbolos de la opresión y la falta de libertad que envuelven a los protagonistas.

Finalmente, el autor domina el ritmo a través del estilo indirecto libre, donde la voz del narrador se funde con la del personaje sin marcas gramaticales claras, lo que confiere a la lectura una fluidez casi cinematográfica. Esta técnica, sumada al uso de los vasos comunicantes, permite que la novela capte la «esencia de la realidad» de una manera totalizadora y vibrante.

8. Fragmentos significativos: El bisturí de la palabra

A continuación, analizamos fragmentos clave de la novela que sirven como ventanas a su maestría técnica y profundidad temática.

Fragmento 1: El azar y la ley del más fuerte

«—CUATRO —dijo el Jaguar. Los rostros se suavizaron en el resplandor vacilante que el globo de luz difundía por el recinto, a través de escasas partículas limpias de vidrio: el peligro había desaparecido para todos, salvo para Porfirio Cava. Los dados estaban quietos, marcaban tres y uno, su blancura contrastaba con el suelo sucio».

Este inicio sitúa al lector de inmediato en la atmósfera de clandestinidad y miedo del colegio. El uso de los dados simboliza cómo el azar, en un sistema de brutalidad, puede condenar a un individuo. La mención a las «partículas limpias de vidrio» es una prolepsis (adelanto de un hecho futuro) del error de Cava, quien al romper una ventana sellará su destino y el de toda la sección.

Fragmento 2: La máscara de Alberto y la literatura como refugio

«—¿Estás cojudo? Voy a ser ingeniero. Mi padre me mandará a estudiar a Estados Unidos. Escribo cartas y novelitas para comprarme cigarrillos. Pero eso no quiere decir nada. ¿Y tú, qué vas a ser?»

En este diálogo entre Alberto y el Esclavo, observamos la construcción de la identidad del protagonista. Alberto, apodado «el Poeta», utiliza la literatura —en su forma más degradada, como son las novelitas pornográficas— como un mecanismo de supervivencia. Para él, escribir no es una vocación artística en este momento, sino una moneda de cambio para obtener cigarrillos y, sobre todo, para integrarse en un grupo donde la sensibilidad es motivo de burla. El fragmento revela la hipocresía burguesa: Alberto desprecia el entorno militar y se proyecta en un futuro acomodado en el extranjero, asumiendo su paso por el colegio como un simple trámite que no debe «contaminarlo».

Fragmento 3: La deshumanización y el «bautizo»

«—Para empezar, cante cien veces «soy un perro», con ritmo de corrido mexicano. No pudo. Estaba maravillado y tenía los ojos fuera de las órbitas. Le ardía la garganta. El pie presionó ligeramente su estómago. —No quiere —dijo la voz—. El perro no quiere cantar. Y entonces los rostros abrieron las bocas y escupieron sobre él…»

Este es uno de los pasajes más violentos y significativos de la obra, donde se narra el rito de iniciación o «bautizo» de los cadetes de tercer año. Aquí se hace explícita la animalización (recurso literario que consiste en dotar a personas de rasgos propios de los animales o tratarlas como tales), un tema central de la novela. Al obligar a los jóvenes a identificarse como «perros», el sistema militar y la jerarquía de los alumnos mayores buscan destruir la dignidad individual para sustituirla por una obediencia ciega basada en el miedo y la humillación.

Fragmento 4: El código de honor y la soledad del Jaguar

«—Creen que soy un soplón —dijo el Jaguar… Ni siquiera trataron de averiguar la verdad, nada, apenas les abrieron los roperos, los malagradecidos me dieron la espalda… Eran como mi familia, por eso será que ahora me dan más asco todavía».

Este fragmento, perteneciente al epílogo, es fundamental para entender el perspectivismo de la novela. Aquí descubrimos la herida moral del Jaguar. Paradójicamente, el personaje más violento y temido es el que posee el código de honor más rígido. Su sufrimiento no proviene del castigo físico o la expulsión, sino de la ingratitud de sus compañeros, que lo acusan de ser un «soplón» (delator) cuando, en realidad, él ha guardado silencio para protegerlos. La «familia» que él creía haber construido en la sección se revela como una masa egoísta que lo sacrifica sin dudarlo.

Fragmento 5: La derrota del idealismo en Gamboa

«—A mí me interesa el ascenso tanto como a usted, mi capitán… Pero si hay algo que he aprendido en la Escuela Militar, es la importancia de la disciplina. Sin ella, todo se corrompe, se malogra… Si es verdad que a ese muchacho lo mataron… yo me siento responsable, mi capitán».

En esta conversación con el capitán Garrido, el teniente Gamboa defiende su integridad ética. Gamboa representa el ideal del orden y la justicia dentro del ejército, pero su postura choca contra la corrupción institucional. El fragmento pone de relieve la tensión entre el deber moral y la conveniencia política. Garrido le pide que «interprete» el reglamento para ocultar el asesinato de Arana, pero Gamboa entiende que la disciplina no es una máscara para el crimen, sino un compromiso con la verdad. Su posterior fracaso y traslado simbolizan el triunfo de la impunidad.

Este pasaje es esencial para analizar el microcosmos social del Perú que propone la novela. A través de Gamboa, Vargas Llosa muestra que el sistema prefiere castigar al individuo honesto que poner en duda el prestigio de la institución. Didácticamente, este texto permite trabajar el tema de la ética profesional y las presiones que sufren quienes intentan denunciar irregularidades en entornos jerarquizados. La derrota de Gamboa deja un sabor amargo en el lector, confirmando que en el mundo de La ciudad y los perros, la justicia es una «utopía» (proyecto o deseo ideal que es muy difícil de realizar) aplastada por la estructura del poder.

9. Legado e influencia

El impacto de La ciudad y los perros en la historia de la literatura es comparable a un seísmo cuyas réplicas todavía se sienten en la narrativa contemporánea. Publicada originalmente en 1962, esta obra no solo supuso el lanzamiento internacional de Mario Vargas Llosa, sino que se erigió como el «libro básico para el estudio de la literatura hispanoamericana de la segunda mitad de este siglo». Su aparición marcó el inicio definitivo del Boom latinoamericano, un fenómeno editorial y literario que permitió que la novelística del continente traspasara sus propias fronteras para convertirse en un «referente obligado de tema y formas para la novelística en lengua castellana». La novela cerró una etapa de realismo costumbrista y regionalista para inaugurar una era de madurez literaria extraordinaria, caracterizada por una complejidad técnica que exigía, por primera vez de forma masiva, un lector cómplice. Este concepto de lector cómplice (aquel que debe participar activamente en la construcción del sentido de la obra) se convirtió en el estándar de calidad para las décadas siguientes, influyendo en toda una generación de escritores que vieron en Vargas Llosa el modelo de la novela total.

La influencia de esta obra en otros autores es incalculable. Vargas Llosa demostró que era posible tratar temas locales —como la vida en un colegio militar peruano— con una ambición universal y una vanguardia técnica que no envidiaba nada a los grandes maestros europeos o norteamericanos. Autores posteriores de la denominada Confirmación de la narrativa hispanoamericana (periodo entre 1970 y 2003) asimilaron la lección de la disciplina flaubertiana (la búsqueda de la perfección formal y la objetividad) presente en esta novela. La técnica del perspectivismo (contar una historia desde múltiples puntos de vista) y el uso del monólogo interior (reproducir el flujo del pensamiento) que Vargas Llosa perfeccionó en esta obra, se integraron en el canon literario (conjunto de obras consideradas modelos o clásicos de una lengua). Escritores como el peruano Alfredo Bryce Echenique, que en Un mundo para Julius realiza una disección de la oligarquía limeña, o el chileno Antonio Skármeta, deben gran parte de su libertad narrativa al camino abierto por los «perros» del Leoncio Prado.

En cuanto a su proyección en otros lenguajes artísticos, la novela ha tenido una vida fructífera fuera de las páginas. Como indican las fuentes, la incorporación de los textos del Boom al cine fue una de las razones de su internacionalización. La adaptación cinematográfica más célebre fue dirigida por Francisco Lombardi en 1985, capturando esa atmósfera de brutalidad y fanatismo que Vargas Llosa describe como un «ataque frontal al concepto erróneo de la virilidad». Además, la obra ha sido traducida a más de treinta idiomas, lo que demuestra su capacidad para emocionar a lectores de culturas radicalmente distintas, confirmando que el microcosmos del colegio militar es, en realidad, un espejo de la condición humana en cualquier rincón del planeta. El éxito de estas adaptaciones y traducciones consolidó el sitio de Vargas Llosa en la «primera fila entre los escritores contemporáneos», un lugar que culminaría décadas después con la concesión del Premio Nobel de Literatura.

¿Por qué merece la pena leer La ciudad y los perros hoy? La actualidad de la novela reside en su valiente exploración de temas que siguen en el centro del debate social. En pleno siglo XXI, cuando discutimos sobre la identidad de género y las masculinidades, la obra se presenta como una diatriba (un discurso violento contra algo) necesaria contra la educación que anula la sensibilidad del individuo para convertirlo en un engranaje de violencia. El retrato que hace Vargas Llosa de la adolescencia, con su «vehemencia y pasión que se desbocan hasta llegar a una furia», sigue siendo un testimonio desgarrador sobre lo difícil que es crecer en un entorno que premia la delación (traición a un compañero) o la fuerza bruta por encima de la integridad moral. La novela nos advierte que el silencio ante la injusticia, como el que guardan los oficiales ante la muerte del Esclavo, es la base sobre la cual se asienta la corrupción de las instituciones.

Además, la obra nos invita a reflexionar sobre la impunidad y la verdad. En un tiempo de noticias falsas y realidades fragmentadas, la técnica del perspectivismo de Vargas Llosa cobra un nuevo sentido: nos enseña que la realidad es un rompecabezas que debemos armar con cuidado, desconfiando de las versiones oficiales. La novela no solo nos cuenta la historia de Alberto, el Jaguar y Ricardo Arana; nos obliga a preguntarnos quiénes somos nosotros en ese sistema: ¿somos los que denuncian, los que callan o los que, como Alberto al final de la obra, terminan por adaptarse al cinismo de la «Ciudad» para salvar su propio porvenir? Esta capacidad de interpelar al lector es lo que define a un clásico, y La ciudad y los perros lo es en el sentido más vibrante de la palabra.

Para cerrar esta guía didáctica, quiero hacer una invitación entusiasta a la lectura. No os acerquéis a este libro como a una reliquia del pasado o un simple requisito escolar. Entrad en las cuadras del Leoncio Prado con los ojos abiertos, dispuestos a sentirlos incómodos, a vibrar con la rabia de los personajes y a maravillaros con una prosa que es, al mismo tiempo, un bisturí y una caricia. Leer esta novela es participar de un momento estelar de nuestra lengua, donde el «barro de la primera novela» se mezcló con la «fantasía y las ilusiones juveniles» para crear algo imperecedero. Es, en definitiva, una oportunidad para entender que la literatura es un fuego que quema las mentiras sociales para dejarnos frente a la verdad, por dura que esta sea. Como bien dice el propio autor, este es el libro que hizo realidad su sueño de «llegar a ser algún día escritor», y es, sin duda, el libro que os hará descubrir el poder transformador de una gran historia.

Autor

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    Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
    Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!

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