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ToggleLA PROSA MEDIEVAL. LA ESCUELA DE TRADUCTORES DE TOLEDO. ALFONSO X EL SABIO Y DON JUAN MANUEL
INTRODUCCIÓN
El desarrollo de la prosa romance en la Península Ibérica constituye un fenómeno tardío si se compara con las manifestaciones de la lírica o la épica, que hundían sus raíces en la tradición oral de los siglos anteriores. Durante la Alta Edad Media, el latín, aunque ya muy evolucionado hacia las lenguas romances, mantenía su hegemonía como vehículo de cultura escrita, reservándose al romance un espacio casi exclusivamente oral y, por tanto, ajeno a la fijación literaria. Solo a partir del siglo XIII, y gracias a un complejo proceso de transformación cultural y política, el castellano comenzará a utilizarse de manera sistemática en textos de carácter histórico, científico y jurídico, adquiriendo paulatinamente la dignidad que hasta entonces se negaba a la lengua vulgar. Este cambio de paradigma no habría sido posible sin la confluencia de tres culturas —la cristiana, la judía y la árabe— en centros neurálgicos como Toledo, donde la labor de traducción y recuperación del saber clásico y oriental sentó las bases de la prosa artística castellana.
Las primeras manifestaciones de la prosa romance no nacen con una intención estética, sino ligadas a necesidades prácticas: documentos jurídicos, fueros, glosas explicativas en los márgenes de códices latinos. Son testimonios lingüísticos de enorme valor para la filología, pero aún carentes de la trabazón sintáctica y la voluntad de estilo que caracterizarán a la prosa alfonsí. Sin embargo, estos balbuceos escriturarios allanaron el camino para que, en la corte de Fernando III y, sobre todo, de su hijo Alfonso X, se abordara la ingente tarea de fijar el castellano como lengua de cultura. El presente tema analiza, por tanto, la evolución de la prosa medieval desde sus orígenes más humildes hasta la madurez alcanzada en el siglo XV, prestando especial atención a dos hitos fundamentales: la Escuela de Traductores de Toledo y las figuras de Alfonso X el Sabio y don Juan Manuel, quienes, con enfoques muy distintos, contribuyeron decisivamente a la configuración de la prosa artística y didáctica en lengua castellana.
I. LA PROSA MEDIEVAL
1.1. Primeras manifestaciones
El tránsito del latín al romance en la escritura no fue abrupto, sino que se produjo mediante soluciones mixtas en las que la lengua clásica recibía injertos vernáculos para facilitar la comprensión de términos oscuros. Estas anotaciones marginales, conocidas como glosas, constituyen el primer testimonio de una conciencia lingüística que diferencia entre el latín de los textos y el romance hablado. Entre las más relevantes se hallan las Glosas emilianenses y las Glosas silenses, datadas por Menéndez Pidal en el siglo X; las primeras contienen frases completas en romance, lo que las convierte en el documento más antiguo de prosa romance hispánica. Aunque su valor literario sea nulo, su importancia para la historia de la lengua es incuestionable, pues revelan el esfuerzo de los copistas por acercar el contenido de los códices a una comunidad que ya no comprendía el latín clásico.
Junto a las glosas, los documentos notariales y los fueros municipales ofrecen los primeros textos redactados íntegramente en romance. La Infeudación del Castillo de Alcozar (1156), conservada en el obispado de Osma, es considerada por Díez Borque el primer documento íntegramente romance, si bien su lengua presenta marcados rasgos orientales y aragonesismos. En el ámbito navarro-aragonés, el Liber Regum (h. 1200) supone un avance significativo al ofrecer una sucesión de reyes desde la Biblia hasta los monarcas contemporáneos, estructura propia de los anales pero ya con una voluntad de cohesión narrativa. Estas obras, aunque todavía toscas desde una perspectiva literaria, demuestran que el romance había adquirido la suficiente madurez como para afrontar discursos extensos, allanando el camino a las grandes empresas culturales del siglo XIII.
Mención especial merecen los Anales toledanos primeros, redactados a comienzos del siglo XIII, y la Fazienda de ultramar, una guía de peregrinos a Tierra Santa que combina descripciones geográficas con fragmentos bíblicos traducidos del hebreo. Esta última obra, fechable en la primera mitad del siglo XII si se acepta la autoría de Aimeric, anticipa ya la técnica de la traducción comentada que florecerá en Toledo. En conjunto, las primeras manifestaciones de la prosa romance se caracterizan por su carácter utilitario y por una sintaxis aún rudimentaria, pero en ellas se fragua el instrumento lingüístico que permitirá la eclosión cultural del reinado de Alfonso X.
1.2. La prosa en el siglo XIII
El siglo XIII representa el momento de consolidación de la prosa romance en Castilla, impulsada por una doble necesidad: la de ofrecer al pueblo una educación cristiana en su propia lengua y la de dotar al reino de instrumentos legales e históricos unificados. La producción literaria de este periodo se caracteriza por su carácter doctrinal y moral, así como por la aparición de las primeras colecciones de exempla y de traducciones bíblicas. Entre las obras más significativas se encuentran la Disputa de un cristiano y un judío, que inaugura el género del debate interreligioso en nuestra literatura, y los Diez Mandamientos, manual destinado a confesores redactado por un fraile navarro. Ambas obras, pese a su tosquedad formal, evidencian la voluntad de utilizar el romance como vehículo de adoctrinamiento.
Dentro de la literatura gnómica, derivada mayoritariamente del árabe, destacan el Bonium o Bocados de oro, que utiliza el recurso del viaje iniciático de un rey persa en busca de sabiduría para engarzar sentencias de filósofos clásicos y orientales, y la Poridad de poridades, colección de preceptos morales destinados a la educación de príncipes. El Libro de los cien capítulos, pese a su título, contiene solo cincuenta y presenta la novedad de incorporar breves apólogos dentro del discurso sentencioso. Estas obras, aunque de escaso valor literario intrínseco, son fundamentales para entender la asimilación de la tradición sapiencial oriental en la Península y su posterior recreación en autores como don Juan Manuel.
La colección de exempla alcanza su primera manifestación plena en el Libro de Calila e Dimna, traducido por encargo del infante don Fadrique en 1251, y en el Sendebar (1253), versión castellana de un original árabe perdido que contiene veintiséis cuentos misóginos. Ambas obras proceden de la tradición india y fueron transmitidas a través del árabe, lo que explica su compleja estructura de relatos enmarcados y su finalidad moralizante. El Calila, en particular, destaca por su hábil engarce de apólogos protagonizados por animales y humanos, y por su prólogo, donde se explicita la intención de mostrar el camino del bien y la ciencia. Junto a estas colecciones, la Disciplina clericalis de Pedro Alfonso, judío converso del siglo XII, gozó de enorme difusión europea y constituye el antecedente inmediato de los exempla hispánicos.
Finalmente, cabe mencionar la Historia de la donzella Teodor, obra a caballo entre la literatura gnómica y la didáctica, que deriva de Las mil y una noches y se estructura mediante el recurso de preguntas y respuestas. La esclava Teodor, mediante su sabiduría, salva su honor y la hacienda de su amo, convirtiéndose en un temprano ejemplo de heroína intelectual. Todas estas obras, procedentes en su mayoría del acervo oriental, serán la base sobre la que Alfonso X y, más tarde, don Juan Manuel construirán una prosa artística original, superando la mera traducción para alcanzar cotas de verdadera creación literaria.
1.2.1. Principales obras del siglo XIII
Además de las colecciones de exempla y la literatura gnómica, el siglo XIII asiste al desarrollo de una prosa histórica y jurídica de gran envergadura. La Fazienda de ultramar, ya mencionada, constituye un precedente de la fusión entre geografía y relato bíblico que alcanzará su culminación en las grandes crónicas alfonsíes. Los Anales toledanos segundos, compuestos por un mudéjar entre 1244 y 1250, y el Fuero de Brihuega (h. 1240), destacan por su mayor riqueza léxica y sintáctica, anticipando la madurez expresiva que caracterizará a la prosa notarial y legal de la segunda mitad de la centuria.
Dentro de la literatura sapiencial, el Libro de los doce sabios o Tratado de la nobleza y lealtad (h. 1240) se inscribe en la tradición europea de los specula principum, ofreciendo consejos de un grupo de sabios a un joven rey. Su originalidad radica en la adaptación de materiales árabes a un molde cristiano, y en la claridad expositiva que busca hacer accesibles conceptos políticos complejos. Por su parte, el Libro del consejo e de los consejeros, atribuido a un Maestro Pedro de difícil identificación, se aparta de las fuentes árabes para basarse en el Liber consolationis et consilii de Albertano de Brescia, mostrando la permeabilidad de la prosa castellana a las corrientes europeas.
Mención aparte merecen las traducciones de la Biblia, que se multiplican a lo largo del siglo y que constituyen un laboratorio lingüístico de primer orden. La versión contenida en la Fazienda de ultramar, realizada sobre un original hebreo del siglo XII, testimonia la existencia de una tradición bíblica romance anterior a las grandes empresas alfonsíes. Estas traducciones, a menudo parciales y destinadas a un uso litúrgico o catequético, contribuyeron decisivamente a fijar un léxico religioso en castellano y a crear los moldes sintácticos que luego aprovecharían los historiadores y juristas.
1.2.2. La prosa en el reinado de Sancho IV
El reinado de Sancho IV (1284-1295), hijo y sucesor de Alfonso X, no supuso una ruptura con la labor cultural paterna, aunque sí un cambio de orientación. Se continúa la compilación de fueros y se desarrolla la literatura didáctica, pero la obra más relevante de este periodo es la Gran conquista de ultramar, enorme crónica novelada de las Cruzadas que combina la traducción de fuentes francesas con la prosificación de cantares de gesta. Aunque su datación es discutida (Menéndez Pidal la sitúa en tiempos de Sancho IV, mientras que otros críticos la retrasan al XIV), la obra es fundamental por incorporar a la prosa castellana materiales épicos y legendarios, como la leyenda del Caballero del Cisne, y por establecer un puente entre la historiografía y la ficción caballeresca.
La Versión amplificada de la Primera Crónica General, redactada hacia 1298, es una continuación del proyecto historiográfico alfonsí, aunque con un estilo menos depurado y una mayor inclusión de elementos legendarios. Por su parte, los Castigos y documentos para bien vivir, atribuidos a Sancho IV aunque probablemente redactados por colaboradores, constituyen la principal obra doctrinal del reinado. Se trata de un espejo de príncipes que mezcla exempla orientales, tradición patrística y sentencias gnómicas, y que nos ha llegado en versiones interpoladas de los siglos XIV y XV. La obra revela la persistencia de la mentalidad didáctica medieval y la voluntad de formar al gobernante en valores cristianos y políticos.
Finalmente, el Lucidario (h. 1293) adapta el Elucidarium de Honorio de Autun al castellano, utilizando el recurso de preguntas y respuestas para abordar cuestiones teológicas y científicas. La obra refleja el interés por racionalizar los fenómenos naturales desde una perspectiva cristiana, y su estilo, aún rudimentario, anuncia ya la prosa didáctica del siglo XIV. En conjunto, la producción del reinado de Sancho IV se caracteriza por la continuidad con respecto a la labor alfonsí, pero también por una mayor apertura a la ficción y a la leyenda, rasgos que se acentuarán en la centuria siguiente.
1.3. La prosa en el siglo XIV
El siglo XIV asiste a una transformación profunda de la prosa castellana, impulsada por el ascenso de la burguesía y la crisis de los ideales religiosos y políticos heredados de la centuria anterior. La literatura se diversifica y aparecen fuertes personalidades autoriales que abandonan el anonimato medieval para reivindicar su propia voz. Don Juan Manuel y el canciller Pero López de Ayala son los máximos exponentes de esta nueva aristocracia culta que escribe para un público más amplio y con una conciencia estética hasta entonces desconocida. La producción se incrementa notablemente, y junto a las obras didácticas y religiosas, cobran importancia las crónicas individuales y la prosa de ficción.
Dentro de la literatura didáctica, Alfonso de Valladolid (1270-1349) escribe el Mostrador de justicia y el Libro de las tres creencias, obras polémicas destinadas a la conversión de judíos, mientras que fray Juan de Castrojeriz compone el Regimiento de príncipes (h. 1354), adaptación del tratado político de Egidio Romano. El Libro de la montería de Alfonso XI se inscribe en la tradición de la literatura cinegética árabe, y las colecciones de exempla continúan su desarrollo con el Libro de los exemplos por A.B.C. de Clemente Sánchez y el Libro de los gatos, este último una versión de las Fabulae de Odón de Cheriton con una fuerte carga satírica anticlerical. La variedad temática y la calidad estilística de estas obras evidencian la madurez alcanzada por la prosa didáctica.
La prosa religiosa también experimenta un notable desarrollo, con obras como el Viridario o Vergel de consolación del alma, traducción de un original italiano, y el Libro de las consolaciones de la vida humana del antipapa Benedicto XIII (Pedro de Luna). Las vidas de santos, como la Leyenda de Santo Tomás, y los manuales de confesores, hoy perdidos en su versión original, completan un panorama en el que lo religioso se tiñe a menudo de matices políticos y sociales. La homilía en romance, testimoniada por la obra de Pedro López de Baeza, indica que la predicación en lengua vulgar era ya una práctica consolidada, aunque los manuales teóricos se siguieran redactando en latín.
1.3.1. Obras didácticas y religiosas
Dentro del apartado didáctico, cabe destacar la figura de Alfonso de Valladolid, judío converso que escribió en defensa del cristianismo y en polémica contra el judaísmo. Su Mostrador de justicia es un extenso diálogo catequético, mientras que el Tratado contra las hadas (antes de 1349) ofrece un testimonio inestimable de las supersticiones populares y del habla coloquial de la época. Estas obras, aunque de escaso vuelo literario, son fundamentales para la historia de las mentalidades y para el estudio del léxico cotidiano. Por su parte, fray Juan de Castrojeriz, en su Regimiento de príncipes, sistematiza las obligaciones del gobernante justo, combinando la tradición aristotélica con la patrística y sentando las bases de la teoría política bajomedieval.
En el ámbito de la literatura sapiencial y ejemplar, el Libro de los exemplos por A.B.C. de Clemente Sánchez (h. 1400) constituye la colección más ambiciosa del siglo XIV, con 438 relatos ordenados alfabéticamente por conceptos morales. La obra es un verdadero repertorio de la cuentística medieval, que bebe de fuentes orientales, clásicas y europeas, y que revela la enorme difusión de los exempla en la predicación y en la literatura didáctica. El Libro de los gatos, por su parte, utiliza la fábula animalística para satirizar a los poderosos, especialmente a los eclesiásticos, en una línea que preludia el anticlericalismo del siglo XV.
La prosa religiosa alcanza cotas de mayor elaboración en el Viridario, tratado ascético que examina los pecados y las virtudes con un estilo cercano a la oratoria, y en el Libro de las consolaciones de la vida humana de Pedro de Luna, donde las miserias del mundo se contraponen a las esperanzas cristianas. Las obras hagiográficas, como la Leyenda de Santo Tomás, responden a la necesidad de ofrecer modelos de santidad en romance, mientras que las homilías, como la de Pedro López de Baeza, testimonian la adaptación de la predicación a un público no latinado. En conjunto, la producción didáctico-religiosa del siglo XIV refleja una sociedad en crisis que busca en la literatura respuestas morales y espirituales, pero también un entretenimiento cada vez más alejado de la mera ejemplaridad.
1.3.2. Obras históricas: el Canciller Ayala
La historiografía del siglo XIV experimenta un giro decisivo con la figura de Pero López de Ayala (1332-1407), canciller de Castilla y autor de las crónicas de los reinados de Pedro I, Enrique II, Juan I y Enrique III. Ayala no se limita a compilar anales, sino que concibe la historia como un género literario y moral, en el que los hechos se narran con viveza y se interpretan a la luz de las pasiones y los intereses humanos. Su formación humanística, que le lleva a traducir a Tito Livio y a conocer a Boecio y Boccaccio, impregna su estilo, sobrio y contenido, pero capaz de recrear diálogos, arengas y retratos psicológicos de gran eficacia dramática.
La Crónica del rey don Pedro es, sin duda, su obra maestra. En ella, la compleja personalidad del monarca —a quien Ayala sirvió antes de pasarse al bando de Enrique de Trastámara— se dibuja con una mezcla de admiración y reproche que otorga a la narración una tensión constante. El canciller justifica su propio cambio de bando, pero sin caer en el panegírico, y ofrece un retrato equilibrado en el que las luces y sombras del rey se explican por sus circunstancias políticas y personales. Las crónicas de Enrique II, Juan I y Enrique III, aunque de menor intensidad dramática, mantienen la misma calidad estilística y muestran la evolución de Ayala hacia un estilo más grave y sentencioso, con discursos políticos que son auténticas piezas de oratoria civil en romance.
Además de las crónicas, Ayala escribió el Libro de cetrería (1386), durante su cautiverio en Portugal, obra que combina la traducción de fuentes anteriores con observaciones personales y que testimonia la afición nobiliaria por la caza. Su labor como traductor de Tito Livio, Boecio y San Gregorio Magno contribuyó a introducir en Castilla las formas y los temas del humanismo italiano, preparando el terreno para el florecimiento de la prosa en el siglo XV. La obra de Ayala, en suma, representa la culminación de la historiografía medieval y el puente hacia una concepción más moderna de la historia, entendida como indagación en las causas de los acontecimientos y como retrato de los caracteres humanos.
1.3.3. La prosa de ficción: materia artúrica y troyana
La difusión de la materia artúrica en la Península, a través de versiones francesas de la Post-Vulgata, supuso la introducción de un universo narrativo idealizado, poblado de caballeros andantes, aventuras sobrenaturales y un código amoroso refinado. Aunque las versiones hispánicas originarias se han perdido, conservamos fragmentos como el Libro de Josep de Abarimatía, la Estoria de Merlín y el Lanzarote, todos de hacia 1313, así como un Tristán castellano del siglo XIV. Estas obras, traducidas y adaptadas, no solo satisficieron el gusto de la nobleza por la ficción caballeresca, sino que proporcionaron modelos narrativos y temáticos que influirían en la novela sentimental y en los libros de caballerías del siglo XV.
El Caballero Cifar (primeros años del XIV) es la primera novela caballeresca original escrita en España, aunque su carácter didáctico la distingue de las ficciones artúricas puras. La obra, dividida en cuatro partes, combina elementos bizantinos (dispersión y reencuentro de la familia), didácticos (consejos de un padre a sus hijos) y caballerescos (aventuras maravillosas protagonizadas por Roboán). Las fuentes son múltiples: desde la leyenda de San Eustaquio hasta la literatura sapiencial árabe, pasando por los exempla de la Disciplina clericalis. La figura del escudero Ribaldo, con su lenguaje refranero, ha sido vista como un antecedente de Sancho Panza, lo que subraya la originalidad del autor, probablemente Ferrán Martínez, clérigo toledano.
Junto a la materia artúrica, el tema troyano gozó de enorme éxito, impulsado por el Roman de Troie de Benoît de Sainte-Maure (h. 1160) y las versiones latinas de Dictis y Dares. La versión castellana mandada realizar por Alfonso XI, terminada en 1350 por Nicolás González, y las Sumas de Historia Troyana de Leomarte, testimonian la fascinación por la guerra de Troya y los amores de Paris y Helena, que se interpretaban a la luz de la ética caballeresca medieval. Otros libros de ficción, como los cuentos de emperadores Carlos Maynes y Otas, o la Historia de la linda Melusina, con su motivo de la metamorfosis, ampliaron el horizonte narrativo del público castellano, preparando el camino para la eclosión de la novela en el siglo XV.
1.3.4. Los libros de viajes
Los libros de viajes constituyen un género fronterizo entre la realidad y la ficción, en el que la descripción geográfica se entremezcla con la leyenda y la maravilla. El Libro del conoscimiento de todos los reinos, escrito por un franciscano español nacido en 1305, ofrece un itinerario ficticio por el mundo conocido, con noticias de tierras lejanas y seres fabulosos que responden más a la tradición libresca que a la experiencia directa. La obra, sin embargo, es valiosa por su afán compilador y por reflejar la imagen del mundo que tenía un hombre culto del siglo XIV, en la que convivían datos reales con mitos heredados de la antigüedad.
La Fazienda de ultramar, aunque del siglo XIII, puede considerarse el precedente de estos relatos, al combinar la guía de peregrinos con fragmentos bíblicos y descripciones de Tierra Santa. En el siglo XV, las Andanzas e viajes de Pero Tafur (1436-1439) supondrán la culminación del género, con un relato en primera persona que refleja la experiencia real del viajero y su curiosidad por las costumbres, la política y el arte de los países visitados. Entre ambos extremos, los libros de viajes del XIV mantienen un equilibrio inestable entre lo vivido y lo imaginado, constituyendo una fuente inagotable para el estudio de las mentalidades y de la percepción del otro en la Baja Edad Media.
1.4. La prosa en el siglo XV
El siglo XV representa la madurez y diversificación de la prosa castellana, impulsada por el influjo del humanismo italiano y por una nueva sensibilidad cortesana que valora el análisis psicológico y la expresión refinada. La historiografía, la didáctica moral, la sátira, la ficción sentimental y la reflexión filológica conviven en un panorama rico y complejo, en el que destacan figuras como el marqués de Santillana, Enrique de Villena, el arcipreste de Talavera y los novelistas sentimentales. La invención de la imprenta, a finales de siglo, contribuirá a fijar y difundir estos textos, muchos de los cuales circularon inicialmente en manuscritos.
La prosa histórica y biográfica alcanza cotas de gran calidad con las crónicas de reinados, como la Crónica de Juan II, de autoría múltiple, o la Crónica de los reyes Católicos de Hernando del Pulgar, que muestra una clara influencia de Tito Livio y una voluntad de estilo humanística. Las biografías colectivas, como Generaciones y semblanzas de Fernán Pérez de Guzmán y Claros varones de Castilla de Pulgar, inauguran el género del retrato literario, con una técnica que combina la descripción física, la moral y la narración de hechos para ofrecer una imagen completa del personaje. Estas obras, además de su valor histórico, son fundamentales para el desarrollo de la prosa artística, pues muestran un cuidado por la lengua y la estructura que preludia el Renacimiento.
La prosa didáctico-moral y religiosa continúa la tradición medieval, pero con nuevos matices. Enrique de Villena (1384-1434), figura puente entre la Edad Media y el Humanismo, escribe el Libro de los doce trabajos de Hércules, donde la mitología clásica se interpreta alegóricamente, y tratados sobre astrología, medicina y etiqueta cortesana, como el Arte Cisoria. Su curiosidad enciclopédica y sus traducciones de la Eneida anuncian ya el espíritu humanístico, aunque su fama de mago y la quema de sus libros por el obispo Barrientos oscurecieron durante siglos su verdadera talla intelectual. Otros autores, como Alfonso de la Torre con su Visión delectable, cultivan la alegoría filosófica, mientras que los tratados en defensa de la mujer, como el de Álvaro de Luna o el de Mosén Diego de Valera, reflejan el interés por temas sociales y de género.
1.4.1. Prosa satírica: Alfonso Martínez de Toledo
Alfonso Martínez de Toledo, arcipreste de Talavera, es el autor del Corbacho o Reprobación del amor mundano (1438), obra fundamental de la primera mitad del siglo XV y una de las cumbres de la prosa satírica medieval. A diferencia del Arcipreste de Hita, cuya tolerancia hacia el amor carnal es bien conocida, Martínez de Toledo adopta una postura rigorista y condena sin paliativos la lujuria y la malicia femenina. La obra, sin embargo, no es un mero tratado misógino, sino un complejo mosaico de materiales que van desde la tradición clásica (Andreas Capellanus) hasta la literatura ejemplar oriental, pasando por San Agustín y el propio Libro de Buen Amor.
Lo más valioso del Corbacho es, sin duda, su estilo. Martínez de Toledo, consciente de que escribe para un público amplio, utiliza un lenguaje popular lleno de giros coloquiales, refranes y expresiones vivas que contrastan con la sequedad de la tradición didáctica anterior. Las escenas de la vida cotidiana, los diálogos entre mujeres y los retratos caricaturescos de tipos sociales (la alcahueta, la casada infiel, el marido celoso) poseen una fuerza realista que anticipa la novela picaresca. El autor, que era predicador, conoce bien los recursos de la oratoria sagrada y los aplica a la sátira profana, logrando un estilo directo, plástico y enormemente eficaz.
A pesar de su título, el Corbacho no deriva directamente del Corbaccio de Boccaccio, sino que bebe de múltiples fuentes y las transforma en una obra original. Su intención explícita es reprobar el amor mundano y alabar el amor divino, pero el lector moderno disfruta sobre todo de la descripción de las costumbres y de la vivacidad del lenguaje. La obra, que circuló en numerosos manuscritos y ediciones tempranas, ejerció una influencia considerable en la literatura posterior, y su autor es hoy reconocido como uno de los prosistas más originales del siglo XV, capaz de aunar la tradición medieval con una mirada nueva y crítica sobre la realidad social de su tiempo.
1.4.2. La novela sentimental
La novela sentimental constituye la aportación más original de la prosa castellana del siglo XV al panorama europeo. Sus raíces son múltiples: la Fiammetta de Boccaccio, la Historia de duobus amantibus de Eneas Silvio Piccolomini, la lírica cancioneril, la literatura artúrica y el folclore. El género se caracteriza por el conflicto amoroso como eje central, la introspección psicológica, la estructura epistolar, el uso de la alegoría y un final casi siempre desdichado. La acción externa se reduce al mínimo para concentrarse en el análisis de las emociones, descritas con lentitud y minuciosidad, en un ambiente refinado y cortesano que abstrae a los personajes de la realidad cotidiana.
Juan Rodríguez del Padrón (o de la Cámara) es el iniciador del género con su Siervo libre de amor (h. 1430), obra que combina el relato autobiográfico de las desdichas amorosas del autor con una tercera parte, la Estoria de los dos amadores Ardanlier e Liessa, que entronca con la materia caballeresca. La influencia de la Fiammetta es evidente, pero Rodríguez del Padrón introduce elementos originales, como la fusión de lo autobiográfico y lo ficticio, que serán característicos del género. Diego de San Pedro, con el Tractado de amores de Arnalte e Lucenda (1491) y, sobre todo, con Cárcel de amor (1492), lleva la novela sentimental a su culminación. En Cárcel de amor, el autor aparece como intermediario entre los amantes Leriano y Laureola, y el intercambio epistolar sustituye casi por completo al diálogo. El final trágico, motivado por el conflicto entre el amor y el honor, y el suicidio del protagonista, otorgan a la obra una intensidad dramática que le valió un enorme éxito en España y en Europa, a pesar de la condena inquisitorial por sus supuestas irreverencias.
Juan de Flores, autor de Grimalte y Gradissa y Grisel y Mirabella (h. 1495), cultiva un estilo más artificioso, imitado de Diego de San Pedro, pero introduce novedades como la consumación del amor, aunque el desenlace siga siendo trágico. En Grimalte y Gradissa, Flores confiesa esconderse tras el personaje de Grimalte y continúa la Fiammetta de Boccaccio, estableciendo un diálogo intertextual que revela la madurez del género. La novela sentimental se prolongará en el siglo XVI, pero ya en el XV alcanza sus cotas más altas, influyendo en la novela pastoril y en el teatro, y preparando el camino para la gran narrativa renacentista.
1.4.3. Prosa filológica
El interés por la lengua y la poesía, propio del humanismo, se manifiesta en varias obras de la segunda mitad del siglo XV. La Carta Prohemio del marqués de Santillana al condestable don Pedro de Portugal es un breve pero sustancioso tratado sobre la poesía, en el que el autor clasifica los géneros en tres grados —sublime, mediocre e ínfimo— y defiende la utilidad de la ficción poética como «fingimiento de cosas útiles cubiertas con muy fermosa cobertura». La Carta es también una fuente inestimable para conocer el panorama literario de la época, con referencias a trovadores provenzales, poetas italianos y autores castellanos.
Enrique de Villena, en su Arte de trovar (dedicado a Santillana), ofrece una preceptiva poética que nos ha llegado fragmentariamente, pero que contiene valiosas noticias sobre los juegos florales y la influencia de la lírica provenzal en Castilla. Además, sus observaciones fonéticas sobre el romance constituyen el primer intento de descripción de la lengua vulgar. Alonso de Palencia, con su Universal vocabulario en latín y romance (1490), anticipa la labor lexicográfica de Nebrija, mientras que el Arte de poesía castellana de este último (1492) completa el panorama con una preceptiva destinada a enseñar a trovar, que incluye un breve compendio de historia poética.
La obra cumbre de la filología del siglo XV es, sin embargo, la Gramática sobre la lengua castellana de Antonio de Nebrija (1492), primera gramática de una lengua romance. Nebrija, consciente de que «siempre la lengua fue compañera del imperio», busca fijar las normas del castellano para facilitar su enseñanza y su uso en los territorios de la Corona, pero también para dignificarlo equiparándolo al latín. La obra, completada con un diccionario hispano-latino y una ortografía, sienta las bases de la filología hispánica y representa la culminación del proceso de dignificación del romance iniciado tres siglos antes. Con Nebrija, la prosa castellana alcanza la mayoría de edad y se prepara para su Edad de Oro.
1.4.4. Libros de viajes del siglo XV
El género de los libros de viajes alcanza en el siglo XV su expresión más lograda con las Andanzas e viajes de Pero Tafur, escritas a partir de 1453 pero basadas en los viajes realizados entre 1436 y 1439. Tafur, un noble cordobés, recorre Europa y el Mediterráneo por puro placer, y su relato, redactado muchos años después, combina la observación directa con la memoria y la reelaboración literaria. Al describir cada ciudad, Tafur se detiene en la riqueza del territorio, las defensas, el urbanismo, la organización política y las costumbres, y no duda en emitir juicios críticos sobre las obras de arte que más le impresionan. Su mirada, curiosa y desprejuiciada, lo convierte en un antecedente del viajero moderno.
El Viaje a Tierra Santa, impreso en Zaragoza en 1498, representa la otra vertiente del género: la guía de peregrinos ilustrada, que presta especial atención a las costumbres exóticas y a las particularidades lingüísticas de los países visitados. El traductor español no se limita a verter el original, sino que añade comentarios personales, enriqueciendo la obra con su propia experiencia. Estos relatos, que circularon ampliamente gracias a la imprenta, alimentaron la curiosidad de los lectores por tierras lejanas y contribuyeron a la formación de una mentalidad cosmopolita, preparando el terreno para los grandes descubrimientos geográficos del siglo XVI.
II. LA ESCUELA DE TRADUCTORES DE TOLEDO
La Escuela de Traductores de Toledo constituye uno de los fenómenos culturales más singulares de la Edad Media europea. Surgida en el siglo XII bajo el impulso del arzobispo Raimundo de Sauvetat (1126-1152), y continuada en el XIII por figuras como el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, la escuela no fue una institución formal con sede única, sino un conjunto de traductores que trabajaron en Toledo, a menudo en equipos interconfesionales, para verter al latín y al romance obras árabes, judías y griegas. La ciudad, conquistada por Alfonso VI en 1085, conservaba una importante población mozárabe y judía, y albergaba bibliotecas con tesoros del saber oriental que atrajeron a estudiosos de toda Europa.
La actividad traductora toledana se organizaba en equipos en los que un judío o un musulmán vertía oralmente el texto árabe al romance, y un cristiano lo traducía después al latín. Este método, utilizado ya por Domingo Gundisalvo y su colaborador Juan Hispano, permitió la incorporación al mundo latino de obras fundamentales de la filosofía (Aristóteles comentado por Averroes, Avicena, Algacel), la astronomía (Ptolomeo), las matemáticas y la medicina. La escuela toledana actuó así como puente entre Oriente y Occidente, y su influencia se dejó sentir en las universidades europeas, donde los textos traducidos en Toledo se convirtieron en base de la enseñanza durante siglos.
La labor de la escuela no se limitó a la traducción al latín. Desde tiempos de Alfonso X, y quizá antes, se realizaron también versiones al romance castellano, que servían como borradores para las latinas pero que adquirieron pronto entidad propia. Estas traducciones romances fueron decisivas para la creación de la prosa científica y filosófica en castellano, y para la fijación de un léxico abstracto hasta entonces inexistente. Toledo se convirtió así en el crisol donde se forjó la lengua de la cultura, y su influjo se extendió por toda la Península y Europa, manteniéndose vivo hasta el siglo XV, cuando humanistas como el propio Nebrija acudieron aún a sus manuscritos en busca de sabiduría.
III. ALFONSO X EL SABIO
3.1. Datos biográficos
Alfonso X nació en Toledo en 1221, hijo de Fernando III el Santo y Beatriz de Suabia. En 1252, a la muerte de su padre, heredó los tronos de Castilla y León, iniciando un reinado de treinta y dos años marcado por grandes ambiciones políticas y culturales, pero también por continuos conflictos civiles y fracasos dinásticos. Su sueño de ser elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, para lo que invirtió ingentes cantidades de dinero, nunca se cumplió, y sus últimos años se vieron ensombrecidos por la rebelión de su hijo Sancho, que le disputó el trono. Alfonso murió en Sevilla en 1284, abandonado por todos excepto por la ciudad que lo acogió, y fue enterrado en la catedral hispalense.
A pesar de sus fracasos políticos, Alfonso X es recordado como el Rey Sabio, título que le viene dado por su inmensa labor cultural. Hombre de vasta curiosidad intelectual, supo rodearse de los mejores sabios de su tiempo —cristianos, judíos y musulmanes— y dirigir personalmente empresas culturales de una envergadura sin precedentes. Su reinado representa el momento en que el castellano se convierte en lengua de cultura, equiparable al latín, y en que se sientan las bases de la prosa científica, histórica y jurídica en romance. La figura del rey, paradójicamente, ha quedado más vinculada a esta labor intelectual que a su gestión política, y su fama de sabio trascendió las fronteras de la Península.
3.2. La cultura en su corte
La corte alfonsí fue un verdadero centro de irradiación cultural, con dos finalidades principales: la enciclopédica, que buscaba recopilar todo el saber de la época en una unidad que abarcara derecho, historia, astronomía, poesía y entretenimiento; y la divulgativa, que perseguía hacer ese saber accesible en romance, elevando así el castellano a la categoría de lengua de cultura. Para ello, Alfonso X organizó talleres en Toledo, Sevilla y Murcia, donde equipos de colaboradores trabajaban bajo su supervisión. En Toledo continuaba la tradición de la escuela de traductores; en Sevilla se formó otro núcleo, del que salieron obras ilustradas con bellas miniaturas; y en Murcia, a partir de 1269, trabajó el sabio musulmán al-Ricotí con su equipo.
La organización del trabajo era compleja y jerarquizada. El rey, aunque no escribía personalmente la mayoría de las obras, elegía los temas, guiaba a los colaboradores, corregía los textos y financiaba las empresas. En las traducciones, un equipo de judíos vertía el original árabe al romance, y luego los cristianos lo trasladaban al latín, si era necesario. Los «apuntadores» o compiladores se encargaban de coordinar las fuentes y de asegurar la coherencia interna de las obras. Las miniaturas de los códices muestran al rey presidiendo las juntas de sabios, lo que subraya su papel de director, no de mero mecenas. Esta labor colectiva, pero fuertemente personalizada, dio lugar a una producción ingente y de una calidad excepcional.
La labor alfonsí no tuvo continuidad inmediata, aunque en el reinado de Sancho IV se completaron algunas obras comenzadas. Su verdadera herencia fue la fijación del castellano como lengua de cultura y la creación de modelos literarios que perdurarían durante siglos. La prosa alfonsí, con su esfuerzo por crear un léxico abstracto y una sintaxis compleja pero clara, sentó las bases de la prosa artística posterior. El rey, además, tuvo la habilidad de integrar las tres culturas de la Península en un proyecto común, demostrando que el saber no tenía fronteras religiosas y que la lengua romance podía ser el vehículo de una cultura superior.
3.2.1. La organización del trabajo
La metodología de trabajo en los talleres alfonsíes ha podido reconstruirse a partir de los prólogos de las obras y de las anotaciones en los manuscritos. El rey, una vez decidido el tema, encargaba la búsqueda de fuentes a sus colaboradores, que acudían a las bibliotecas reales, a los monasterios y a las aljamas judías. El material podía estar en latín, árabe, hebreo o romance. Los «trasladadores» realizaban una primera versión romance, que luego era corregida por el rey o por los «apuntadores». Si el resultado no satisfacía al monarca, se encargaba una nueva traducción a otro equipo. Las obras originales, no basadas en fuentes previas, se encomendaban a especialistas.
Esta organización permitió abordar empresas de gran envergadura, como las Siete Partidas o la General Estoria, que requerían el manejo de cientos de fuentes y la coordinación de equipos multidisciplinares. La intervención directa del rey en la corrección lingüística garantizó la unidad de estilo y la fijación de una norma toledana que evitaría los localismos excesivos. Alfonso X no solo supervisaba, sino que a veces dictaba personalmente pasajes enteros, como parece deducirse de algunas notas en los manuscritos. Esta implicación personal explica la coherencia de una obra ingente y variada, y justifica que se hable con propiedad de «prosa alfonsí».
3.2.2. Alfonso X y la creación de la prosa castellana
La decisión de Alfonso X de utilizar el castellano como lengua de las obras científicas, históricas y jurídicas fue revolucionaria. Hasta entonces, el romance se había empleado en textos menores o en traducciones ocasionales, pero nunca con la sistematicidad y la ambición de la corte alfonsí. El rey era consciente de que el latín resultaba inaccesible para la mayoría de sus súbditos, y que el romance, como lengua común a cristianos, judíos y musulmanes, podía ser un poderoso instrumento de unificación cultural y política. La elección del dialecto toledano, castellanizado pero no exclusivista, como modelo lingüístico, contribuyó a crear una norma supradialectal que se impondría en toda Castilla.
El esfuerzo por crear una prosa científica en romance planteó problemas léxicos y sintácticos de gran envergadura. Había que encontrar equivalentes romances para conceptos abstractos que solo existían en latín o en árabe. Alfonso X y sus colaboradores recurrieron a varios procedimientos: adaptación de palabras latinas (filosofía, teología), creación de neologismos (ayuntamiento por conjunción), o explicación del término extranjero seguido de su equivalencia romance. En sintaxis, aunque la prosa alfonsí aún adolece de cierta pesadez (abuso de la conjunción et, repeticiones), supone un avance considerable en la subordinación y en la claridad expositiva. La labor del rey fijó la grafía del castellano de tal modo que las normas alfonsíes se mantuvieron vigentes hasta el siglo XVI.
3.3. Obras
La producción literaria impulsada por Alfonso X abarca todos los campos del saber medieval. En el ámbito jurídico, el Fuero Real fue la única obra promulgada en vida del monarca, pero las Siete Partidas (1256-1265) constituyen el código legal más importante de la Edad Media hispánica. Divididas en siete partes que comienzan con las letras del nombre Alfonso, regulan todos los aspectos de la vida nacional: desde las obligaciones de los clérigos hasta los delitos y las penas, pasando por el matrimonio, la herencia y la administración de justicia. Las fuentes son múltiples: derecho romano, legislación eclesiástica, la Biblia, Aristóteles, Séneca, y la literatura ejemplar oriental. Las Partidas no tuvieron fuerza legal hasta 1348, pero su influencia posterior fue inmensa, tanto en España como en América.
En el campo de la historia, la Estoria de España (o Crónica General) y la General Estoria representan dos concepciones distintas de la historiografía. La primera, centrada en la Península, prosifica cantares de gesta y combina fuentes latinas y árabes para ofrecer una visión unitaria de la historia hispánica. La segunda, una historia universal desde la Creación, es la obra más ambiciosa de la corte alfonsí, con una enorme variedad de fuentes y un tratamiento crítico de las mismas. Ambas crónicas destacan por su estilo llano pero eficaz, y por su capacidad para integrar materiales épicos y legendarios en un relato coherente, salvando así para la posteridad numerosos poemas épicos perdidos.
Las obras científicas, en su mayoría tratados de astronomía y astrología, incluyen los Libros del saber de astronomía, las Tablas alfonsíes, el Lapidario y el Libro de las cruzes. Traducidas del árabe y basadas en el sistema ptolemaico, estas obras supusieron la introducción en Europa de los conocimientos astronómicos más avanzados, y las Tablas se utilizaron hasta el Renacimiento. Las obras recreativas, como el Libro de axedrez, dados e tablas, muestran el interés del rey por todos los aspectos del saber, incluidos los juegos. Finalmente, las Cantigas de Santa María, escritas en gallego, expresan la devoción mariana del monarca y constituyen un monumento de la lírica medieval, con sus más de cuatrocientas composiciones acompañadas de música y miniaturas.
IV. DON JUAN MANUEL
4.1. Datos biográficos
Don Juan Manuel nació en Escalona en 1282, hijo del infante don Manuel y sobrino, por tanto, de Alfonso X el Sabio. Huérfano desde muy joven, recibió una educación esmerada que combinó el aprendizaje de las letras (latín, teología, derecho) con el de las armas y la caza, propias de su estatus nobiliario. Llegó a ser uno de los nobles más poderosos de su tiempo, señor de amplios territorios y protagonista de las luchas civiles que asolaron Castilla durante los reinados de Fernando IV y Alfonso XI. Su ambición política y su habilidad para moverse en la compleja trama de alianzas y traiciones de la corte le granjearon tanto honores como desengaños.
A diferencia de otros nobles de su época, don Juan Manuel cultivó las letras con una dedicación y una conciencia de autor excepcionales. Fundó el convento de dominicos de Peñafiel, donde depositó sus obras y donde ordenó ser enterrado a su muerte, acaecida en 1348. Su testamento revela una preocupación por la conservación y transmisión de sus escritos que no tiene precedentes en la literatura medieval española. Mandó que si alguien encontraba errores en sus libros, acudiera a los manuscritos originales para comprobar que eran culpa de los copistas, no suya. Esta conciencia de propiedad intelectual y de responsabilidad autorial lo convierten en una figura moderna, adelantada a su tiempo.
4.2. Estilo y personalidad literaria
Don Juan Manuel es el primer prosista castellano con una conciencia clara de su oficio y de la originalidad de su obra. Su estilo se caracteriza por la búsqueda de la claridad y la concisión, pero sin sacrificar la precisión: cuando es necesario, no duda en extenderse en explicaciones. Utiliza un léxico rico y variado, que incluye términos populares si la ocasión lo requiere, y su sintaxis, ágil y bien construida, evita la pesadez de la prosa alfonsí. Para María Rosa Lida, don Juan Manuel es el creador de la prosa artística castellana, capaz de aunar la tradición didáctica medieval con una voluntad estética que mira ya al Renacimiento.
Su literatura se inscribe en la corriente didáctica, pero con una originalidad notable. Frente a otros moralistas, don Juan Manuel no se limita a predicar virtudes abstractas, sino que contrapone intereses materiales (honor, hacienda, posición social) al único interés espiritual: la salvación del alma. Esta tensión entre lo terreno y lo ultraterreno recorre toda su obra, desde el Libro de los estados hasta el Conde Lucanor. El autor se incluye a menudo entre los personajes, no por vanidad, sino para subrayar la ejemplaridad de lo narrado y para establecer un vínculo con el lector. Su período de mayor actividad se sitúa entre 1325 y 1335, aunque algunas obras son posteriores.
4.3. El Conde Lucanor
El Conde Lucanor (terminado en 1335) es la obra maestra de don Juan Manuel y uno de los hitos de la prosa medieval europea. Se compone de dos prólogos y cinco partes, aunque la primera —la colección de cincuenta y un exempla— es la más conocida y la que ha dado fama universal al libro. En cada enxemplo, el conde Lucanor plantea un problema a su ayo Patronio, y este lo resuelve mediante un relato del que se extrae una enseñanza aplicable al caso concreto. La estructura, heredada de la tradición oriental, se repite con escasas variantes, pero la maestría de don Juan Manuel consiste en dotar a cada cuento de una individualidad y una verosimilitud que lo alejan de la mera ejemplaridad abstracta.
Las fuentes de los enxiemplos son diversas: fábulas de Esopo y Fedro, cuentos orientales (Calila, Sendebar), tradición eclesiástica y crónicas históricas. Don Juan Manuel, sin embargo, no se limita a traducir o refundir, sino que reelabora los materiales con una originalidad que a menudo los hace parecer sucesos verdaderos. La actualización de los temas, la ambientación contemporánea y la profundidad psicológica de los personajes —incluso de los animales— son marcas de su estilo. Los versos que cierran cada cuento, a modo de moraleja, enlazan con la tradición gnómica, pero en muchos casos son creación original del autor.
Las partes segunda, tercera y cuarta del Conde Lucanor abandonan la narración para ofrecer series de sentencias, en un estilo deliberadamente oscurecido por consejo de su amigo Jaime de Xérica, que consideraba demasiado sencilla la prosa de los cuentos. El hipérbaton y los juegos de palabras preludian el conceptismo barroco, pero alejan estas secciones del gusto moderno. La quinta parte, dedicada a la salvación del alma, cierra la obra con una reflexión religiosa que conecta con la preocupación constante de don Juan Manuel por la vida eterna. En conjunto, el Conde Lucanor es un libro unitario en su diversidad, y su primera parte sigue siendo hoy un modelo de narrativa breve y de sabiduría práctica.
4.3.1. Otras obras de don Juan Manuel
Además del Conde Lucanor, don Juan Manuel escribió otras obras que confirman su versatilidad y su interés por los géneros más diversos. El Libro de los estados (o Libro del infante) es un tratado didáctico-novelesco dividido en dos partes: la primera, de carácter narrativo, entronca con la leyenda de Barlaam y Josafat; la segunda, expositiva, describe los estamentos sociales y sus obligaciones, con el fin de demostrar que la salvación es posible en cualquier estado si se cumplen sus deberes. El Libro del cavallero et del escudero, inspirado en Ramón Llull, utiliza el recurso de la pregunta y respuesta para instruir a un joven aspirante a caballero.
El Libro infinido (o Libro de los castigos y consejos a su hijo) es una breve colección de consejos morales y prácticos dirigidos a su hijo Fernando, en un estilo ágil y lleno de referencias personales. El Libro de la caza continúa la tradición alfonsí de los tratados cinegéticos, mientras que la Crónica abreviada es un resumen de la Crónica General que muestra su interés por la historia. El Tratado de la Asunción de la Virgen, probablemente su última obra, es una exposición teológica sobre el dogma mariano. Don Juan Manuel, pues, cultivó todos los géneros en prosa, dejando en cada uno la impronta de su estilo claro y de su preocupación por la ejemplaridad.
BIBLIOGRAFÍA
- ALBORG, J.L.: Historia de la Literatura española. Edad Media y Renacimiento. Madrid, Gredos, 1986. Vol. I. Obra de referencia fundamental, con un análisis detallado de los autores y obras del periodo, especialmente valiosa por sus síntesis críticas y su atención a la prosa didáctica.
- DEYERMOND, A.D.: Historia de la Literatura Española. La Edad Media. Barcelona, Ariel, 1985. Vol. I. Manual imprescindible que ofrece una visión actualizada de la literatura medieval, con especial atención a las corrientes críticas modernas y a la contextualización histórica.
- DEYERMOND, A. (ed.): Historia y Crítica de la Literatura Española. Edad Media. Barcelona, Crítica, 1991. Primer suplemento. Reúne artículos fundamentales de los mejores especialistas, con actualizaciones bibliográficas y nuevas perspectivas sobre los autores y obras del temario.
- DÍEZ BORQUE, J.M.: Historia de la Literatura Española. La Edad Media. Madrid, Taurus, s.f. Obra clara y bien estructurada, con un enfoque didáctico que facilita la comprensión de los fenómenos literarios y su evolución a lo largo de los siglos.
- GÓMEZ REDONDO, F.: Historia de la prosa medieval castellana. Madrid, Cátedra, 1998. 4 vols. Estudio exhaustivo y monumental de la prosa medieval, con análisis pormenorizados de todas las obras y autores, y una bibliografía actualizada.
- LACARRA, M.J. (ed.): Cuento y novela corta en España. Edad Media. Barcelona, Crítica, 1999. Antología comentada de los principales relatos breves medievales, con introducciones que sitúan cada obra en su contexto y valoran su importancia literaria.
- LIDA DE MALKIEL, M.R.: Estudios de Literatura Española y comparada. Buenos Aires, EUDEBA, 1966. Colección de ensayos imprescindibles para profundizar en la obra de don Juan Manuel y en las relaciones entre la literatura hispánica y las tradiciones oriental y clásica.
- MENÉNDEZ PIDAL, R.: Poesía juglaresca y orígenes de las literaturas románicas. Madrid, 1957. Obra clásica que sienta las bases del estudio de la épica y la lírica medievales, con importantes aportaciones sobre la prosificación de los cantares de gesta en las crónicas alfonsíes.
- RICO, F.: Alfonso el Sabio y la «General Estoria». Barcelona, Ariel, 1984. Estudio fundamental sobre la concepción historiográfica alfonsí y sobre las técnicas de compilación y redacción empleadas en la obra más ambiciosa del taller toledano.
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!




