La lírica en el Barroco. 2026

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By Víctor Villoria

La lírica en el Barroco: Góngora, Quevedo y Lope de Vega

I. Introducción

Aunque el epígrafe canónico del tema circunscribe el estudio de la lírica barroca a las figuras señeras de Luis de Góngora, Francisco de Quevedo y Lope de Vega, resulta imprescindible comprender el vasto entramado poético del siglo XVII para valorar en su justa medida las aportaciones de estos maestros. La proliferación de poetas, a menudo mal denominados «menores», obedece en parte al auge del mecenazgo aristocrático, que acogía a los escritores en sus cortes y academias, generando un clima de intensa producción y polémica literaria. Este contexto, marcado por la decadencia política y económica del Imperio español, paradójicamente estimuló una creatividad sin precedentes, alimentada por la temática del desengaño y la reflexión existencial. La lírica del Barroco no solo hereda las formas del Renacimiento, sino que las somete a una torsión expresiva que cristaliza en dos corrientes fundamentales: el culteranismo y el conceptismo, cuyo diálogo y confrontación definen la estética del período.

El presente estudio aborda, en primer término, el panorama general de la lírica barroca, atendiendo a sus corrientes poéticas, los criterios de clasificación de los autores y una agrupación ecléctica por escuelas y tendencias. Posteriormente, se profundiza en la obra de los tres grandes poetas, analizando su producción lírica desde una doble perspectiva: la clasificación temática y formal, y los rasgos estilísticos más característicos. Se trata, en definitiva, de ofrecer una visión integradora que ponga de relieve tanto la singularidad de cada autor como su inserción en un movimiento cultural más amplio, el Barroco, que en España alcanzó cotas de extraordinaria riqueza y complejidad.

II. Panorama general de la lírica barroca

1.1. Corrientes poéticas

La lírica barroca se asienta sobre el doble cimiento de la tradición popular y la herencia italianista del Renacimiento. La poesía tradicional experimenta un notable desarrollo gracias a la labor de poetas cultos que cultivan el romance, la letrilla y el villancico. El romance, en particular, se convierte en un vehículo de extraordinaria versatilidad: desde el «romance nuevo» de finales del XVI, con su carga narrativa y autobiográfica (Lope, Góngora), hasta el «romance novísimo» de los romancerillos tardíos, más lírico y musical, a menudo estructurado en cuartetas y con tendencia a la seguidilla. Temáticamente, el romance aborda asuntos amorosos, burlescos y religiosos, y en el teatro cumple funciones dramáticas esenciales. Paralelamente, el cancionero tradicional pervive en glosas y recreaciones, con poetas como Lope, que supo asimilar como nadie el tono y los motivos populares, dotándolos de una frescura y naturalidad inconfundibles.

La poesía culta en metros castellanos (décimas, redondillas, quintillas) encuentra su espacio preferente en el teatro, aunque también se emplea en composiciones satíricas o de circunstancias. Por su parte, la tradición italianista —sonetos, canciones, tercetos— no solo perdura, sino que se bifurca en dos direcciones principales: el formalismo exacerbado (o manierismo) y la «poesía vivencial» (Pilar Palomo). En la primera, poetas como el joven Góngora o Lope acentúan las correlaciones petrarquistas y la descripción mitológica, en detrimento de la expresión íntima. En la segunda, autores como Lope y Quevedo inyectan en los moldes clásicos una fuerte carga autobiográfica y afectiva, renovando el lenguaje poético sin renunciar a los tópicos amorosos neoplatónicos. Junto a estas, la poesía moral de raíz horaciana y neoestoica, representada por los Argensola o Fernández de Andrada, ofrece una reflexión serena sobre la fugacidad de la vida y la vanidad del mundo.

La gran novedad del siglo es, sin embargo, el culteranismo, cuya formulación más audaz se debe a Góngora. Frente al agotamiento del petrarquismo, el culteranismo propone una poesía de máximo artificio, basada en la acumulación de cultismos, hipérbatos violentos y metáforas lexicalizadas, que crean un mundo autónomo de belleza sensorial. Esta corriente, iniciada en poemas como la «Fábula de Acis y Galatea» de Carrillo de Sotomayor, alcanza su cenit en el Polifemo y las Soledades gongorinas. Como reacción, surge una poesía burlesca que parodia los temas y procedimientos petrarquistas y mitológicos, ridiculizando el lenguaje elevado. Góngora mismo cultiva esta vena en su «Fábula de Píramo y Tisbe», y Quevedo la lleva a extremos geniales en sus jácaras y en el «Poema de las necedades de Orlando». Esta dualidad —poesía grave/poesía burlesca, culta/popular— constituye uno de los rasgos más definitorios del Barroco literario español.

1.2. Criterios de clasificación

La ingente nómina de poetas barrocos ha sido objeto de diversos intentos de sistematización. El criterio generacional distingue tres grupos: los nacidos hacia 1560 (Lope, Góngora, los Argensola), que fusionan lo culto y lo popular; la generación de los discípulos, marcada por la polémica gongorina; y, finalmente, la figura solitaria de Quevedo (1580-1645), cuya influencia se proyecta sobre las promociones posteriores. Este criterio, útil para trazar una evolución diacrónica, presenta el inconveniente de agrupar a autores de tendencias muy dispares.

Otro criterio tradicional es la oposición entre «llanos» y culteranos o entre conceptistas y culteranos. Sin embargo, como han demostrado Dámaso Alonso, Lázaro Carreter y otros, esta dicotomía resulta simplificadora, pues existen amplias zonas de contacto entre ambas estéticas, ambas basadas en la agudeza y el ingenio. La polémica desatada en 1613 por las Soledades obligó a los poetas a tomar partido, pero muchos de los autodenominados «llanos» (como los Argensola) empleaban recursos cultos, y los culteranos (como Villamediana) no renunciaban al concepto. Por ello, la adscripción a una u otra corriente es más bien cuestión de énfasis que de exclusión.

Finalmente, el criterio de escuelas regionales (andaluza, aragonesa, madrileña) ha sido muy utilizado, aunque también adolece de generalizaciones. La escuela sevillana, por ejemplo, acoge tanto a poetas clasicistas (Arguijo) como a culteranos (Jáuregui) o estoicos (Rioja). A pesar de sus limitaciones, este criterio permite identificar afinidades y redes de mecenazgo, así como la pervivencia de tradiciones líricas locales. En cualquier caso, la clasificación más fructífera es aquella que combina varios puntos de vista, como veremos en el siguiente apartado.

1.3. Clasificación según un criterio ecléctico

Atendiendo a la confluencia de tendencias y a la influencia de los grandes maestros, podemos agrupar a los poetas barrocos en cinco núcleos fundamentales. El grupo antequerano-granadino, representado por Pedro Espinosa y Luis Carrillo de Sotomayor, actúa como puente entre el Renacimiento y el Barroco, anticipando el colorismo y la dificultad culterana. La escuela sevillana acoge a figuras como Juan de Arguijo, Rodrigo Caro (autor de la célebre «Canción a las ruinas de Itálica»), Andrés Fernández de Andrada (la sobria «Epístola moral a Fabio») y Francisco de Rioja, cuya poesía destaca por su pictoricismo. A estos se suman poetas menores como Francisco Pacheco o Juan de Salinas, junto a Juan de Jáuregui, quien osciló entre el clasicismo y el cultismo.

Los poetas aragoneses, encabezados por los hermanos Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola, se caracterizan por su claridad, concisión y tendencia moralizante, dentro de una línea horaciana y estoica. A ellos se unen Esteban Manuel de Villegas, autor de delicadas anacreónticas, y fray Jerónimo de San José. Por su parte, los petrarquistas seguidores de Lope forman un nutrido grupo en la corte madrileña, con nombres como Pedro Liñán de Riaza, José de Valdivieso, el conde de Salinas o Antonio Hurtado de Mendoza, quienes cultivan una poesía amorosa de tono íntimo y lenguaje llano, aunque no exenta de artificios conceptistas.

Finalmente, los poetas gongorinos constituyen un conjunto amplio y heterogéneo, que va desde los discípulos directos —el conde de Villamediana, Pedro Soto de Rojas, Gabriel Bocángel— hasta aquellos que, como Jáuregui o Paravicino, asimilaron parcialmente la estética del cordobés. Villamediana destaca por su «Cancionero blanco» y su fábula mitológica «Faetón»; Soto de Rojas, por su exquisito «Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos»; y Bocángel, por un cultismo más moderado. La nómina se completa con poetas tardíos como Francisco de Trillo y Figueroa, que prolongan el gongorismo hasta bien entrado el siglo XVII.

III. La lírica de los tres maestros

2.1. Obra lírica de Luis de Góngora

La personalidad intelectual y distante de Luis de Góngora (1561-1627) impregna toda su producción, marcada por una constante dualidad: la ironía escéptica frente a la exaltación embellecedora. Tradicionalmente se han distinguido dos etapas —una «clara» y otra «oscura»—, pero Dámaso Alonso demostró que los rasgos del segundo estilo (cultismos, hipérbatos, metáforas complejas) ya estaban presentes en obras tempranas, solo que intensificados progresivamente. Esta evolución culmina hacia 1610-1611 con la canción «A la toma de Larache», que anuncia el culteranismo de sus grandes poemas. Robert Jammes, por su parte, identifica cuatro actitudes en Góngora: la rebelde y satírica; la integrada (poesía cortesana y sacra); la petrarquista; y la más personal y atrevida, la de las Soledades y el Polifemo.

2.1.1. Clasificación de las obras

La producción gongorina abarca diversos registros. La lírica descendente agrupa las composiciones burlescas y satíricas, donde el poeta despliega un conceptismo corrosivo para desmitificar realidades sociales y literarias, sin intención moralizante, sino desde un epicureísmo escéptico. Destacan las letrillas y los poemas escatológicos, como los dedicados al río Esgueva, así como las expresiones de desengaño cortesano. En el romancero, Góngora cultiva tanto el romance lírico (el célebre «La más bella niña») como la parodia burlesca, que corre pareja a la creación seria. Su obra maestra en este ámbito es la «Fábula de Píramo y Tisbe» (1618), un extenso romance que funde la exquisitez culterana con lo grotesco, logrando una autonomía estética del género burlesco.

La poesía amorosa de Góngora, contenida en sonetos, sorprende por su perfección formal, pero adolece de frialdad sentimental, pues el autor no se identifica con el petrarquismo; más que el sentimiento, canta la belleza, como en el soneto «Mientras por competir con tu cabello», variación del carpe diem. Los poemas cortesanos y religiosos responden a encargos o compromisos, y solo en algún villancico navideño, como «Caído se le ha un clavel», alcanzan la emoción. La cumbre de su arte son los dos grandes poemas: la Fábula de Polifemo y Galatea (1613) y las Soledades (inconclusas). En el Polifemo, compuesto en 63 octavas reales, Góngora enfrenta la belleza de Galatea con la monstruosidad del cíclope, en un choque de fuerzas renacentistas y barrocas, mediante un lenguaje de máxima densidad sensorial.

Las Soledades, escritas en silvas, presentan a un peregrino sin psicología que deambula por una naturaleza idealizada y exuberante, ordenada por la mirada del arte. El poema, concebido en cuatro partes de las que solo se conservan dos incompletas, es una celebración de la belleza del mundo rural, pero también una reflexión sobre la caducidad y el desengaño, velada bajo la complejidad de alusiones mitológicas y cultismos. La silva, con su variedad de versos, refleja la «selva» temática y formal, haciendo de esta obra el máximo exponente del polimorfismo barroco y la culminación del estilo gongorino.

2.1.2. Rasgos del estilo de Góngora

El estilo de Góngora se define por una serie de procedimientos que buscan la intensificación expresiva y la creación de un lenguaje poético autónomo. El contraste y la antítesis son constantes, no solo a nivel léxico sino estructural (como en el soneto «Mientras por competir»). Las correlaciones y paralelismos revelan una tendencia a la perfección geométrica, especialmente en sonetos y octavas. El hipérbaton violento, rasgo más polémico, dificulta la lectura pero persigue efectos estéticos y rítmicos; va acompañado de construcciones sintácticas singulares: «ser + dativo» («a Polifemo choza es»), acusativo griego, aposiciones metafóricas («trompas de amor»).

El conceptismo gongorino se manifiesta en juegos verbales (retruécanos, dilogías) y en metáforas que sustituyen un término por otro, a veces con doble referente («cristal» = agua y cuerpo de Galatea). El léxico se enriquece con cultismos (neologismos, voces sonoras) y, simultáneamente, con términos bajos y disfemismos en la poesía burlesca («pedorreras», «cagalarache»). Góngora evita la designación directa, prefiriendo perífrasis que «destrivializan» la realidad, tanto para embellecer como para degradar. Las alusiones mitológicas cumplen idéntica función: realzan lo sublime o grotesco. En suma, el estilo gongorino es plural y en evolución, pero siempre regido por la búsqueda de la dificultad y la sorpresa.

2.2. Obra lírica de Francisco de Quevedo

La personalidad contradictoria de Francisco de Quevedo (1580-1645) se refleja en una lírica polarizada entre la más alta reflexión metafísica y la más soez sátira. Su obra, clasificable en cuatro grandes bloques (poemas existenciales, morales y religiosos; poemas amorosos; poemas burlescos y satíricos; poemas de ocasión y traducciones), muestra un dominio absoluto del concepto y una capacidad única para distorsionar el lenguaje. Frente a Góngora, Quevedo no busca la belleza sensorial, sino la expresividad conceptual y afectiva, lo que lo convierte en el máximo representante del conceptismo.

2.2.1. Clasificación de la obra

Los poemas existenciales giran en torno a la muerte, el tiempo fugitivo y la inconsistencia de la vida, con una mezcla de estoicismo y angustia cristiana. El Heráclito cristiano (1612) es la obra cumbre de esta veta: una serie de salmos donde el diálogo con Dios se funde con la meditación desengañada. Los poemas morales denuncian la apariencia y la vanidad, proponiendo el apartamiento del mundo, aunque el propio Quevedo no lo practicara; incluyen también advertencias sobre la decadencia española. La poesía religiosa, además del Heráclito, comprende glosas de la Pasión y poemas a santos, de menor valor.

Los poemas amorosos constituyen una paradoja, pues el misógino Quevedo escribió más de doscientos poemas de tema erótico, muchos de ellos siguiendo el petrarquismo introspectivo y el neoplatonismo. La amada, a menudo con nombre poético (Lisi, Aminta), parece más un arquetipo que una figura real, pero la pasión expresada resulta auténtica. Destacan los sonetos que abordan el amor más allá de la muerte y la ceniza enamorada, como el inmortal «Cerrar podrá mis ojos». Junto a estos, los poemas galantes y las definiciones del amor, llenos de antítesis y paradojas, revelan al conceptista.

La veta satírica y burlesca es la más extensa y popular. Incluye los poemas de «vida poltrona» (elogio de la vida del mendigo o el pícaro), las sátiras contra oficios y tipos sociales (médicos, cornudos, viejas), los poemas puramente burlescos (como el célebre soneto «Érase un hombre a una nariz pegado»), y las jácaras, género creado por Quevedo que canta las hazañas de rufianes y prostitutas en jerga de germanía. El «Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado» parodia los mitos caballerescos y el estilo gongorino, fusionando lo sublime y lo grotesco. Finalmente, los poemas de ocasión y las traducciones de clásicos (Marcial, Epicteto) completan su producción.

2.2.2. Rasgos del estilo de Quevedo

El estilo de Quevedo es esencialmente expresionista y distorsionador. Busca la máxima concentración conceptual mediante recursos fónicos (aliteraciones, paronomasias, anáforas estructuradoras), sintácticos (zeugma, elipsis, hipérbaton) y léxicos. Destaca la hipóstasis (uso de sustantivos como adjetivos) y las aposiciones metafóricas que condensan imágenes. La adjetivación tiende a cargarse de significado o a desaparecer, dando peso a verbos y sustantivos. El equívoco y la dilogía son recursos predilectos, especialmente en la sátira, para crear dobles sentidos y humor.

La desmesura se manifiesta en hipérboles y acumulaciones de sustitutos para un mismo referente, con sentido degradante (por ejemplo, las múltiples imágenes para la nariz). La antítesis y la paradoja dominan los poemas amorosos y metafísicos, mientras que la ironía y la ruptura de frases hechas caracterizan los burlescos. El vocabulario se expande con voces de germanía, disfemismos y neologismos de asombrosa inventiva («cabellecer», «protocornudos», «libropesía»). Esta riqueza léxica, unida a la agudeza conceptual, hace de Quevedo un innovador radical del lenguaje poético.

2.3. Obra lírica de Lope de Vega

En Lope de Vega (1562-1635), vida y literatura se funden de manera inextricable. Su lírica, impregnada de un vitalismo arrollador, es reflejo inmediato de sus experiencias amorosas, religiosas y familiares, al tiempo que el poeta se transmuta en personajes ficticios (Belardo, Tomé de Burguillos). Domina todos los metros y registros: desde la poesía tradicional (romances, villancicos) hasta la culta italianizante, pasando por la sátira y el poema épico. Dámaso Alonso distingue varios Lopes: el humano y apasionado, el petrarquista, el gongorino ocasional y el filósofo, que se entrecruzan a lo largo de su carrera.

2.3.1. Clasificación de la obra

La lírica popular de Lope se difunde a través de romances y canciones insertas en sus obras dramáticas o en novelas como La Arcadia. Los romances de juventud (moriscos y pastoriles) encubren sus amores con Elena Osorio («Filis») e Isabel de Urbina («Belisa»), y evolucionan hacia una mayor introspección y melancolía en los de madurez, dedicados a Marta de Nevares («Amarilis»). Las canciones tradicionales (villancicos, seguidillas) revelan una asimilación perfecta de la lírica popular, tanto en lo profano como en lo sacro, a menudo con función estructuradora en el teatro.

La lírica culta se inicia con poemas petrarquistas en La Arcadia y alcanza su plenitud en las Rimas (1602-1609), uno de los últimos grandes cancioneros petrarquistas. Tras la crisis religiosa de 1613, publica las Rimas sacras (1614), donde el erotismo se transfigura en devoción. En la década de 1620, influido por la moda culterana, escribe poemas descriptivos como «La Filomena» y, sobre todo, «La Circe» (1624), su obra más cuidada en este género. Finalmente, las Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos (1634) suponen una cumbre de la poesía burlesca, donde Lope, bajo un heterónimo, parodia su propio estilo y el de Góngora, logrando una síntesis de ironía y ternura.

En conjunto, la lírica lopesca se caracteriza por la naturalidad, la espontaneidad y la capacidad de transmutar la experiencia vital en arte. Su influencia fue enorme, tanto en sus discípulos directos como en el desarrollo posterior de la poesía española, que encontró en él un modelo de fusión entre lo culto y lo popular, lo trágico y lo cómico.


BIBLIOGRAFÍA

  • ALONSO, Dámaso: Poesía española: ensayo de métodos y límites estilísticos. Madrid, Gredos, 1971. Obra fundamental para el estudio de la lírica barroca, con análisis detallados de Góngora, Quevedo y Lope.
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  • LÁZARO CARRETER, Fernando: Estilo barroco y personalidad creadora: Góngora, Quevedo, Lope de Vega. Madrid, Cátedra, 1974. Ensayos que abordan la relación entre estilo y biografía en los tres autores.
  • PALOMO, Pilar: La poesía de la edad barroca. Madrid, Sociedad General Española de Librería, 1975. Visión panorámica de la lírica del XVII, con especial atención a las corrientes y grupos poéticos.
  • ROZAS, Juan Manuel y PÉREZ, Miguel Ángel: «La lírica barroca», en Historia de la Literatura Española, tomo 3. Madrid, UNED, 1989. Síntesis actualizada con enfoque didáctico.
  • ALARCOS LLORACH, Emilio: «Quevedo y la parodia idiomática», en Selección antológica de sus escritos. Valladolid, Universidad de Valladolid, 1965. Estudio clave sobre los recursos lingüísticos en la poesía burlesca de Quevedo.
  • CARRENO, Antonio: El romancero lírico de Lope de Vega. Madrid, Gredos, 1979. Análisis de los romances lopescos y su evolución temática y formal.

Autor

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    Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
    Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!

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