Los teatros nacionales de Inglaterra y Francia. 2026

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By Víctor Villoria

Los teatros nacionales de Inglaterra y Francia en el Barroco. Relaciones y diferencias con el teatro español

Introducción

El estudio de los teatros nacionales en la Europa barroca exige partir de una consideración simultánea de las formas literarias, de las prácticas escénicas y de las condiciones socioculturales que las hicieron posibles. Entre finales del siglo XVI y buena parte del XVII, España, Inglaterra y Francia conocieron un extraordinario auge de la creación dramática, si bien cada una de estas tradiciones configuró una respuesta propia ante la herencia clásica, las influencias italianas y las expectativas de un público cada vez más amplio y diversificado. Esa pluralidad permite hablar de sistemas teatrales nacionales, dotados de perfiles estéticos e ideológicos inequívocos.

En el ámbito hispánico, la aparición de la comedia nueva supuso la fijación de un modelo dramático de enorme eficacia escénica, cuya formulación se asocia de manera decisiva a Lope de Vega. En Inglaterra, el teatro isabelino y jacobeo, culminado en la obra de Shakespeare, desarrolló una dramaturgia flexible, vigorosa y de extraordinaria densidad humana. Francia, por su parte, evolucionó desde formas barrocas de raíz popular o italiana hacia un clasicismo teatral cada vez más normativo, encarnado en Corneille, Racine y Molière. La comparación entre estos tres espacios dramáticos permite comprender mejor la diversidad interna del Barroco europeo.

No se trata únicamente de establecer semejanzas o diferencias externas, como la organización del espectáculo o el respeto de las unidades clásicas, sino de advertir cómo cada dramaturgia expresa una determinada concepción de la sociedad, del poder, del individuo y del conflicto. Así, mientras España e Inglaterra privilegian la libertad creadora y la mezcla de tonos, Francia irá afirmando el ideal del orden, de la contención y del buen gusto. Con todo, las tres tradiciones comparten un trasfondo común: la importancia urbana del teatro, la profesionalización progresiva de las compañías y la extraordinaria centralidad cultural de la escena en la vida colectiva.

I. Rasgos del teatro nacional español

A finales del siglo XVI y comienzos del XVII convivían en España diversas modalidades de práctica dramática: un teatro eclesiástico, vinculado a festividades litúrgicas; un teatro cortesano, representado en palacios; y un teatro popular, que acabaría atrayendo a los grandes escritores. La afirmación de este último constituye uno de los fenómenos culturales más relevantes del período, pues transformó la representación en un espectáculo regular, sometido a demanda constante y abierto a sectores amplios de la población urbana. Tal proceso se vio favorecido por la consolidación de lugares estables para la escenificación.

Los llamados corrales de comedias, instalados con frecuencia en patios interiores de viviendas, ofrecieron un espacio reconocible para la representación profesional. Valencia, Sevilla, Toledo, Barcelona y, sobre todo, Madrid, contaron con recintos de esta naturaleza, como el Corral de la Cruz y el del Príncipe. Aunque su factura era inicialmente rudimentaria, estos espacios permitieron articular una verdadera sociabilidad teatral: el patio reunía a los espectadores de pie, las gradas y aposentos ordenaban jerarquías, y la cazuela reservaba un lugar específico para las mujeres. El teatro se configuraba así como espejo de la organización social barroca.

También las compañías presentaban una organización todavía elemental, pero ya orientada a la profesionalización. La conocida clasificación de Agustín de Rojas Villandrando da cuenta de una pluralidad de agrupaciones, desde el bululú hasta la compañía propiamente dicha, según número de actores y complejidad del aparato escénico. Esta variedad revela una fase de transición entre la tradición juglaresca y la formación de colectivos estables capaces de sostener una cartelera continuada. De ello deriva, en buena medida, la amplitud cuantitativa del repertorio y la rapidez de producción exigida a los dramaturgos.

La estructura de la función contribuía además al atractivo del espectáculo. La representación solía abrirse con una loa, continuaba con la comedia en tres jornadas e intercalaba entremeses, jácaras y, a veces, bailes finales. Esta sucesión proporcionaba una experiencia escénica rica, variada y de fuerte impacto sensorial, donde coexistían palabra, música, danza y comicidad. La inmensa aceptación popular de este modelo favoreció una verdadera teatralización social, perceptible en la lengua, en el humor y en los comportamientos colectivos del Siglo de Oro. El teatro dejó de ser un mero divertimento ocasional para convertirse en uno de los grandes ejes de la cultura urbana.

1.1. Caracteres del teatro nacional de Lope de Vega

La aportación decisiva de Lope de Vega radica, en primer lugar, en su capacidad para construir una dramaturgia de alcance nacional a partir de materiales muy diversos. El dramaturgo emplea asuntos religiosos, episodios de la Antigüedad, temas pastoriles, motivos caballerescos, leyendas, crónicas medievales y elementos del romancero; sin embargo, esa diversidad no se traduce en dispersión, sino en una unidad de tono marcada por la adaptación de todo asunto a la sensibilidad hispánica. Puede hablarse, por ello, de una auténtica españolización temática, en virtud de la cual incluso los materiales de procedencia extranjera quedan sometidos a los valores, hábitos y expectativas del público peninsular.

Lope no se limita a elegir asuntos variados: los reinterpreta a la luz de una cultura vivida como inmediata. En sus piezas comparecen fiestas locales, costumbres reconocibles, danzas tradicionales y modos de hablar asociados a grupos sociales concretos. Esa apropiación cultural es inseparable del dinamismo de la sociedad barroca española, profundamente consciente de su identidad política y religiosa. El teatro de Lope no busca reproducir un pasado arqueológico ni un exotismo distante, sino convertir cualquier materia en experiencia dramática cercana. En ello reside una de las claves de la eficacia de la comedia nueva.

La formulación teórica de este modelo quedó expuesta en el Arte nuevo, texto capital para comprender la poética lopesca. Allí se legitima la ruptura con los preceptos aristotélicos cuando estos se oponen al gusto del auditorio. De este modo, la mezcla de lo trágico y lo cómico, la flexibilización de las unidades de tiempo y lugar, el uso del decoro lingüístico o la polimetría dejan de ser anomalías para convertirse en principios orgánicos de la dramaturgia. Lope asume que el teatro es, ante todo, un espectáculo eficaz, y que su primera obligación consiste en conmover, entretener y sostener la atención del público.

Desde esa perspectiva, la peripecia amorosa, el enredo, los golpes de efecto y la gradación emocional no son recursos accesorios, sino mecanismos esenciales de una estética dramática orientada a la comunicación inmediata. La presencia de músicas, bailes o disfraces, así como el aprovechamiento del papel escénico de la mujer, intensifican el atractivo del espectáculo. En consecuencia, el teatro de Lope no debe entenderse como una simple transgresión del clasicismo, sino como la articulación coherente de una nueva poética, inseparable de una nueva realidad escénica. Se configura así un sistema teatral que, por su amplitud productiva y su continuidad histórica, puede considerarse plenamente nacional.

1.2. Sociología del teatro nacional de Lope de Vega

La comedia lopesca no puede analizarse al margen del entramado ideológico de la España barroca. Numerosos estudios han insistido en que este teatro refleja y, a la vez, consolida determinadas creencias colectivas propias de una sociedad estamental fuertemente jerarquizada. Entre ellas destacan la centralidad del honor, la valoración simbólica de la monarquía, la legitimidad del orden social y la dificultad del ascenso entre estamentos. De ahí que la mentalidad estamental no constituya solo el fondo temático de muchas obras, sino una condición de inteligibilidad compartida por dramaturgo y espectadores.

En esta línea, José Antonio Maravall subrayó que el teatro barroco participa activamente en la difusión de valores funcionales al sistema político y social del momento. La exaltación del honor, la sacralización del rey como vértice del cuerpo político o la imagen del monarca protector frente a abusos intermedios contribuyen a estabilizar simbólicamente el orden. Lope, por tanto, no formula una crítica radical de la estructura social, sino que la dramatiza desde dentro, presentando conflictos cuya resolución tiende a reafirmar la legitimidad del conjunto. El teatro cumple así una función de integración ideológica.

J. M. Díez Borque, desde una perspectiva complementaria, ha destacado la dimensión profesional de Lope como escritor de oficio. Su productividad, su adecuación al gusto del mercado y su capacidad para responder a la demanda escénica aproximan su práctica a formas tempranas de literatura de consumo amplio. Tal circunstancia no implica superficialidad estética, sino conciencia del medio de producción y de recepción. El dramaturgo comprende con singular lucidez que la permanencia del teatro depende de su capacidad para conectar con los deseos de evasión, identificación y emoción del auditorio. En este sentido, la comedia lopesca manifiesta una temprana lógica de cultura de masas.

Sin embargo, esa adecuación al público no agota el fenómeno. La fuerza del teatro lopesco reside también en haber sabido convertir valores compartidos en materia dramática compleja, donde el conflicto individual se resuelve en el interior de un horizonte moral colectivo. El público no acude únicamente a divertirse: acude también a reconocerse en una escenificación de sus creencias, temores y aspiraciones. La escena se transforma así en espacio de legitimación simbólica y de evasión emocional a la vez. Tal conjunción explica el extraordinario poder social del teatro español del Siglo de Oro y la duradera influencia del modelo de Lope de Vega.

II. El teatro nacional inglés

El teatro inglés de la época isabelina y jacobea constituye otro de los grandes sistemas dramáticos de la Europa barroca. Su formación presenta notables paralelismos con la experiencia española: una inicial precariedad de medios, la actuación en espacios abiertos o improvisados, el protagonismo de compañías profesionales y la presencia de un público socialmente heterogéneo. Sin embargo, tales semejanzas no deben ocultar la singularidad de un proceso histórico profundamente vinculado a la consolidación urbana de Londres y a la pujanza cultural del reinado de Isabel I. En ese contexto, la escena se convirtió en uno de los principales ámbitos de expresión de la cultura isabelina.

Antes de la institucionalización estable del teatro, las representaciones eran ofrecidas por ministriles y grupos itinerantes en posadas y patios. La construcción de teatros permanentes desde 1576 modificó sustancialmente la situación, al permitir la fijación de repertorios y la consolidación económica de las compañías. Como en España, el auditorio reunía sectores muy diversos: nobles, burgueses, artesanos, soldados y gentes de extracción popular compartían el espacio escénico, aunque no idénticas posiciones físicas dentro del recinto. Este carácter mixto del público exigía un arte capaz de satisfacer simultáneamente la variedad social de sus receptores.

El teatro inglés hubo de desenvolverse, no obstante, en medio de limitaciones materiales considerables. Los decorados eran escasos, el vestuario podía resultar insuficiente y las compañías padecían plagios textuales, inestabilidad laboral y bajos salarios. A ello se añadía la exclusión de las mujeres de la interpretación, de modo que los papeles femeninos eran representados por varones jóvenes. Tales restricciones, lejos de empobrecer necesariamente la dramaturgia, estimularon procedimientos de intensa verbalización escénica y de fuerte apoyo en la imaginación del espectador. El espacio vacío se llenaba mediante la palabra, la acción y la capacidad de sugestión del lenguaje dramático.

La figura de Shakespeare resume de manera ejemplar estas circunstancias. Su ascenso desde tareas modestas hasta convertirse en socio, actor y copropietario de compañías y teatros como el Globe revela una estrecha relación entre práctica empresarial y creación literaria. Ello explica el perfecto conocimiento que manifiesta de las exigencias de la representación, del tempo escénico y de la recepción popular. Más que un poeta aislado, Shakespeare fue un hombre de teatro en el sentido pleno del término, capaz de integrar el trabajo literario en la compleja economía de la escena londinense.

2.1. Caracteres del teatro nacional shakespereano

En torno a 1590 confluyen en Inglaterra varias tradiciones de gran fecundidad dramática. Por un lado, la poesía popular y realista de raíz narrativa; por otro, la prosa humanística de intención pedagógica; y, finalmente, un refinado arte cortesano de fuerte impronta italianizante. A estas corrientes se añaden las influencias de la comedia de enredo italiana y de los novellieri, que proporcionaron asuntos, estructuras argumentales y modelos de intriga muy aprovechables para la escena. El resultado fue una dramaturgia extraordinariamente abierta, donde la cultura letrada y la tradición popular no se excluyen, sino que alimentan conjuntamente la invención dramática.

Desde el punto de vista formal, el teatro shakespereano coincide con el español en su libertad frente al canon clásico. No respeta de manera estricta las unidades de tiempo, lugar y acción; mezcla deliberadamente lo trágico y lo cómico; alterna verso y prosa; y combina registros elevados con intervenciones populares o burlescas. Esta heterogeneidad no responde al descuido, sino a una concepción orgánica del drama, en la que la variedad constituye un principio de verdad escénica. La presencia del clown, semejante en cierto sentido al gracioso hispánico, manifiesta esa voluntad de integrar en una misma obra la gravedad moral y el contrapunto cómico.

Asimismo, el teatro inglés hereda una evolución interna iniciada en los mystery plays y continuada en los moral plays. Estos antecedentes medievales aportan elementos alegóricos, estructuras narrativas y hábitos de representación que no desaparecen, sino que se transforman en la nueva dramaturgia renacentista. A ello se suma la decisiva aportación de Christopher Marlowe, cuya potencia imaginativa y cuya energía verbal elevaron el drama popular a un nuevo rango artístico. Gracias a estos antecedentes, el teatro nacional inglés no surge ex nihilo, sino como culminación de una larga tradición escénica reinterpretada a la luz del humanismo y del mercado teatral.

Lo característico del sistema inglés es, por tanto, su capacidad de experimentación genérica. Comedia, tragedia, drama histórico, tragicomedia y romance escénico conviven en una misma tradición, e incluso dentro de la obra de un mismo autor. Tal plasticidad explica la riqueza del repertorio shakespereano y la amplitud de sus resonancias. El teatro inglés no persigue una pureza formal abstracta, sino una representación total de la experiencia humana, abierta al conflicto, al humor, a la violencia, al deseo y a la reflexión moral. De ahí su perdurable condición de teatro universal.

2.2. Shakespeare

William Shakespeare nació en Stratford-upon-Avon en 1564, en el seno de una familia de cierta holgura económica. Su traslado a Londres, tras una etapa juvenil sobre la que persisten lagunas documentales, supuso el verdadero comienzo de su carrera teatral. Allí se incorporó progresivamente al mundo escénico, primero en tareas modestas y después como integrante de una de las compañías más prestigiosas del momento. Su biografía se halla, por tanto, indisociablemente vinculada al desarrollo del teatro profesional inglés.

La pertenencia a los Lord Chamberlain’s Men, más tarde King’s Men, fue decisiva en su consolidación artística y económica. Esa compañía contaba con protección institucional y acceso privilegiado tanto al público urbano como a la representación cortesana. La doble inserción de Shakespeare en esos dos circuitos de recepción contribuye a explicar la complejidad de su dramaturgia, capaz de dialogar a la vez con espectadores de muy distinta formación. El autor se mueve así entre la popularidad inmediata y la ambición artística de largo alcance.

Su relación con teatros como el Globe y Blackfriars muestra, además, un conocimiento técnico excepcional de los recursos escénicos. Shakespeare escribe pensando en actores concretos, en modalidades de representación específicas y en un público habituado a la intensidad verbal y al cambio rápido de situaciones. Por ello, sus textos conservan siempre una fuerte conciencia de escena, incluso cuando alcanzan elevaciones poéticas extraordinarias. La grandeza de su obra no se opone a su condición de dramaturgo profesional; al contrario, nace en buena parte de ella.

Retirado en Stratford en sus últimos años, murió en 1616. La posteridad ha convertido su figura en emblema de la literatura occidental, pero conviene recordar que ese prestigio universal se sostiene sobre un arraigo muy concreto en las condiciones históricas del teatro inglés de su tiempo. Shakespeare no fue un genio desprendido de su contexto, sino la culminación más alta de una tradición nacional en plena expansión. Su caso demuestra hasta qué punto un sistema teatral local puede alcanzar valor canónico universal.

2.2.1. Características de su obra

La producción dramática de Shakespeare suele organizarse en tres grandes bloques: dramas históricos, tragedias y un conjunto variado de comedias, tragicomedias y dramas romances. Esta clasificación, aun siendo útil, no debe ocultar la notable permeabilidad entre géneros. En sus piezas históricas comparecen conflictos trágicos de gran intensidad; en las comedias aparecen zonas de melancolía y desengaño; y en las tragedias se insertan con frecuencia escenas o personajes de sesgo irónico. Tal elasticidad constituye una de las marcas más profundas de su genialidad dramática.

La cronología de sus obras permite distinguir un período inicial de formación, un período central de plenitud trágica y un último período de tono más sereno y conciliador. En la primera etapa predominan el virtuosismo verbal, el juego imaginativo y una cierta experimentación con modelos heredados. En la segunda emergen las grandes tragedias, como Hamlet, Otelo, Macbeth o El rey Lear, donde el conflicto humano se aborda con una profundidad filosófica y moral sin precedentes. En la última fase, piezas como La tempestad o El cuento de invierno proponen una visión más apaciguada, en la que el perdón y la reconciliación adquieren relieve estructural.

Desde el punto de vista técnico, Shakespeare alterna prosa y verso con admirable flexibilidad, privilegiando el verso blanco como instrumento de gran plasticidad expresiva. Su léxico es amplísimo, su imaginación metafórica extraordinaria y su capacidad para transitar entre registros heroicos, líricos, cómicos o procaces, verdaderamente excepcional. La lengua dramática no se concibe en él como ornamento, sino como mecanismo de configuración psicológica y de avance escénico. Cada personaje habla desde su posición moral y emocional, lo que produce una poderosa sensación de individualidad verbal.

Las comedias y los dramas históricos muestran también una admirable complejidad. Las primeras parten a menudo de la comedia de enredo italiana, pero la sobrepasan mediante la fantasía, la ironía y la hondura afectiva; los segundos recrean la historia de Inglaterra no como mera sucesión de hechos, sino como drama del poder, de la legitimidad y de la condición humana. En cuanto a la tragedia, Shakespeare se aparta del modelo clásico en la medida en que el desenlace no depende solo de fuerzas exteriores o fatales, sino del propio quiebre interior del personaje. La tragedia nace así de la relación entre grandeza y flaqueza, entre tentación y responsabilidad, lo que convierte a sus héroes en figuras de intensa complejidad moral.

III. El teatro nacional francés

El caso francés presenta rasgos diferenciados respecto de los modelos español e inglés. Aunque también conoció en sus inicios formas barrocas populares, tragicomedias de raíz italiana y una notable actividad escénica en locales diversos, su gran momento teatral se produce sobre todo en la segunda mitad del siglo XVII. Ello coincide con la afirmación política de la monarquía absoluta, el desarrollo de una cultura cortesana altamente normativizada y la intervención de instituciones como la Académie Française. El teatro francés adquiere así un perfil más disciplinado, sometido a criterios de orden clásico.

Los espacios teatrales franceses eran, en general, más estables y mejor organizados que los españoles o ingleses. El Hôtel de Bourgogne, el Petit Bourbon, el Marais o el Palais Royal testimonian un proceso de institucionalización más ligado al patrocinio real y aristocrático. La influencia de las compañías italianas, y en particular de la commedia dell’arte, fue asimismo notable en la configuración inicial del gusto. Sin embargo, ese gusto evolucionó pronto hacia una estética de la regulación, alentada por preceptistas, filósofos y por la propia autoridad política. El teatro dejó de ser ante todo un espectáculo de libertad imaginativa para convertirse en emblema de la civilidad cortesana.

La difusión del racionalismo, cuyo referente mayor es Descartes, contribuyó a prestigiar la claridad, la proporción y la verosimilitud. En este contexto, las reglas derivadas de Aristóteles y Horacio fueron reinterpretadas como signos de perfección artística. La separación de géneros y estilos, la estructuración en cinco actos, el respeto de las tres unidades y la exigencia de bienséance o decoro de buen gusto se convirtieron en referencias fundamentales. Ello no significa ausencia de conflicto o de pasión, sino sometimiento de ambos a una forma depurada y a una intensificación controlada de la tensión dramática. La poética francesa aspira, en consecuencia, a una solemnidad regulada.

No obstante, reducir el teatro francés a una pura obediencia normativa sería simplificador. En sus grandes autores, el clasicismo no cancela la vitalidad escénica, sino que la encauza. Corneille aporta la grandeza heroica del conflicto moral; Racine, la disección de la pasión interior; y Molière, la capacidad crítica de la comedia. Cada uno explota, desde géneros distintos, las posibilidades de una escena estrechamente vinculada al poder, al público cultivado y a una noción aristocrática del gusto. La singularidad francesa reside precisamente en haber convertido la norma clásica en principio de creatividad.

3.1. Pierre Corneille

Pierre Corneille ocupa una posición decisiva en la transición del teatro francés desde formas aún barrocas hacia la consolidación del clasicismo. Su primera etapa incluye comedias, tragicomedias y tragedias donde todavía se advierte una relativa libertad estructural, así como la búsqueda de fórmulas capaces de atraer al público. Ya desde sus inicios se aprecia, sin embargo, su inclinación hacia los grandes dilemas de la voluntad, el honor y la responsabilidad. El teatro corneliano se organiza en torno a figuras sometidas a una exigencia de heroísmo moral.

La fecha clave de su trayectoria es 1637, con el estreno de El Cid. Inspirada en Las mocedades del Cid de Guillén de Castro, la obra constituye un ejemplo extraordinario de reescritura y adaptación. Corneille conserva materiales temáticos de procedencia española, pero los reformula en términos de conflicto moral interior, dignidad heroica y tensión entre amor y deber. El enfrentamiento entre Rodrigo y Jimena, lejos de agotarse en el episodio caballeresco, se convierte en un drama de conciencia y de nobleza. En ello reside la grandeza específica de su tragedia heroica.

La polémica provocada por El Cid resultó igualmente reveladora. El éxito de público contrastó con las reservas de preceptistas y rivales, que cuestionaron la plena adecuación de la obra a las reglas clásicas y a ciertas conveniencias políticas. Ese episodio mostró con claridad la tensión existente en la Francia del momento entre la libertad de la invención y la presión normativa del nuevo gusto cortesano. Corneille comprendió pronto que el espacio de legitimidad artística pasaba por una mayor aceptación del marco clásico, sin renunciar por ello a la intensidad moral de sus conflictos.

Sus obras posteriores, como Horace, Cinna o Polyeucte, muestran ya una disciplina estructural más marcada. Aun así, el centro de su dramaturgia continúa siendo la exaltación de la energía de la voluntad y de la grandeza cívica o espiritual. Corneille no representa tanto la pasión que desborda como la decisión que ennoblece, incluso cuando conduce al sacrificio. De ahí que su teatro haya sido leído como expresión privilegiada de la moral pública y de los ideales de la Francia de Richelieu. Su lugar en la historia dramática europea responde a esa singular síntesis entre clasicismo y energía heroica.

3.2. Jean Racine

Si Corneille representa el heroísmo de la voluntad, Jean Racine encarna la exploración trágica de la pasión. Formado en el ámbito jansenista de Port-Royal y profundamente imbuido de cultura clásica, Racine convierte la tragedia francesa en un instrumento de análisis de las fuerzas interiores que desgarran al sujeto. Sus personajes suelen pertenecer al ámbito noble o regio, pero su verdadera nobleza no reside en el rango, sino en la intensidad del conflicto que los destruye. La pasión trágica es en Racine una forma de fatalidad interiorizada.

Sus tragedias se construyen con rigor extremo. Las unidades clásicas son observadas con particular precisión, y la acción se concentra en torno a un único conflicto que se intensifica gradualmente hasta el desenlace. No hay en Racine proliferación de episodios ni dispersión de líneas argumentales: todo converge en la progresiva revelación de un deseo ilícito, de una pasión desmedida o de una imposibilidad moral insuperable. Esa concentración estructural refuerza la sensación de clausura y de necesidad, haciendo de la escena un espacio de altísima densidad psicológica.

Fedra constituye el ejemplo paradigmático. El amor prohibido de la protagonista por su hijastro Hipólito no se presenta como mero escándalo argumental, sino como experiencia devastadora del deseo, de la culpa y del autoconocimiento. La tragedia no nace de una acción espectacular, sino del crecimiento interior de una pasión que corroe al personaje hasta llevarlo a la destrucción. Racine revela aquí una extraordinaria capacidad para convertir el discurso dramático en espacio de introspección, donde cada palabra intensifica el conflicto moral.

Esta poética explica la perduración de su obra. En Racine, el clasicismo no es frialdad, sino instrumento para hacer visible la extrema fragilidad de la condición humana. La contención formal magnifica el desorden del alma, y la perfección verbal sirve de marco a la experiencia del abismo interior. Por ello, su teatro representa uno de los puntos culminantes de la tragedia occidental: una dramaturgia del deseo, de la culpa y de la imposibilidad, expresada con una incomparable pureza estilística.

3.3. Molière

Molière ocupa en el teatro francés un lugar distinto, aunque complementario, al de Corneille y Racine. Actor, director, empresario y autor, conoció de primera mano la práctica escénica y supo convertir la comedia en un género de extraordinaria dignidad estética e incisiva capacidad crítica. Su formación, abierta a los modelos latinos y al teatro italiano, se combinó con una intensa experiencia de la escena viva, tanto en provincias como en París. De ahí la singular eficacia teatral de sus piezas, siempre atentas al ritmo, al gesto, a la réplica y a la recepción inmediata del público.

La protección regia contribuyó decisivamente a su consolidación, pero no anuló las resistencias que sus obras suscitaron. Molière convirtió la escena en lugar de examen de conductas, vicios y afectaciones sociales, lo que lo enfrentó con sectores religiosos o moralmente intransigentes. Su teatro no es revolucionario en sentido doctrinal, pero sí profundamente observador y desmitificador. A través de tipos cómicos, intrigas familiares y desenlaces controlados, supo denunciar imposturas, vanidades, hipocresías y desviaciones de la medida. La comedia se vuelve así un instrumento de crítica moral.

La figura de Molière se comprende mejor si se atiende a la doble dimensión de su arte: por una parte, hereda la vitalidad farsesca y el dinamismo de la commedia dell’arte; por otra, adapta esos elementos a un horizonte de refinamiento cortesano y de observación social. Así consigue una síntesis infrecuente entre comicidad corporal, ingenio verbal y análisis de costumbres. La risa que suscitan sus piezas no se agota en el efecto cómico inmediato, sino que remite a una comprensión más amplia de los desajustes entre apariencia y verdad en la vida social.

En consecuencia, Molière no solo representa la culminación de la comedia francesa del siglo XVII, sino también una de las grandes cimas de la dramaturgia europea. Su obra demuestra que el clasicismo francés no se reduce a tragedia solemne, sino que puede albergar una comicidad incisiva, flexible y escénicamente poderosísima. La aparente ligereza de muchos de sus argumentos encubre una reflexión aguda sobre la conducta humana y sobre los mecanismos de legitimación social del engaño. Esa combinación de gracia teatral y lucidez satírica explica su permanencia.

3.3.1. Características de su obra

La producción de Molière suele clasificarse en farsas, comedias de costumbres y comedias de caracteres. Las farsas conservan una notable energía popular, basada en el equívoco, el gesto exagerado y la comicidad de situación; las comedias de costumbres se orientan a la observación crítica de prácticas sociales concretas; y las comedias de caracteres indagan en una pasión dominante o en una deformación moral encarnada por el protagonista. Esta triple vertiente da cuenta de la amplitud interna de su teatro y de su dominio de las distintas posibilidades del género cómico.

Entre sus grandes obras destacan La escuela de las mujeres, El misántropo, El avaro, Don Juan y, de modo muy especial, Tartufo. En ellas la comicidad se articula con una indagación precisa de la afectación, la hipocresía, la misantropía, la avaricia o el libertinaje. Tartufo resulta particularmente reveladora porque traslada el centro de la sátira desde el impostor mismo hacia el ambiente social que posibilita su éxito. La beatería ingenua de Orgón y la credulidad del entorno muestran que el verdadero objeto de la comedia no es un individuo aislado, sino una determinada patología de la sociedad.

En el plano formal, Molière alterna prosa y verso según la naturaleza de la obra y el efecto buscado. Su lenguaje posee una notable naturalidad, pero esa naturalidad no equivale a descuido: está cuidadosamente modulada para adecuarse al personaje, al ritmo de la escena y al tono del conflicto. La caracterización se logra mediante lo que los personajes hacen, dicen y provocan en los demás, de manera que el retrato moral surge siempre integrado en la acción. El dramaturgo alcanza así una rara fusión entre observación psicológica y eficacia escénica.

La ideología que informa su obra ha sido asociada con el ideal del honnête homme, es decir, con una moral de la mesura, de la cortesía y del rechazo de los excesos. Molière no propone una reforma trascendental del mundo, sino una corrección de las conductas desviadas mediante la risa y la evidencia escénica. Esa moral de la moderación lo vincula profundamente a su tiempo, pero no limita la universalidad de sus personajes, porque los vicios que representa exceden su contexto inmediato. Por eso sus comedias siguen actuando como un penetrante laboratorio de conducta humana.

IV. Relaciones y diferencias entre los teatros nacionales de España, Francia e Inglaterra

La comparación entre los teatros nacionales de España, Inglaterra y Francia revela, en primer término, una base histórica común: en los tres casos el teatro se convirtió en una actividad central de la vida urbana entre finales del siglo XVI y el XVII. Atraía a públicos socialmente variados, impulsaba la profesionalización de compañías y autores, y se benefició de la circulación de modelos italianos, de relatos breves y de materiales históricos o legendarios. En este sentido, el Barroco europeo puede entenderse como una época de intensa centralidad escénica, donde la representación dramática ocupa un lugar privilegiado en la construcción simbólica de la sociedad.

No obstante, España e Inglaterra presentan un rasgo común que las separa de Francia: la primacía de una poética más libre, menos sometida a las reglas clásicas y más abierta a la mezcla de géneros, estilos y registros. Tanto la comedia lopesca como el drama shakespereano aceptan la ruptura de las unidades, la alternancia de verso y prosa y la convivencia de lo sublime con lo popular. Francia, por el contrario, tenderá progresivamente a la separación de tonos y a la regulación clasicista del espectáculo. Así, donde España e Inglaterra privilegian la vitalidad, la amplitud y el movimiento, Francia acentúa la coherencia formal, la verosimilitud y el decoro normativo.

También es distinta la relación entre teatro y poder. En España, aunque la monarquía y la ideología estamental desempeñan un papel decisivo, el teatro popular conserva una notable autonomía en su relación con el público urbano. En Inglaterra, las compañías y los teatros comerciales articulan un espacio de creación vinculado al mercado y a la protección institucional, pero no plenamente absorbido por la corte. Francia, en cambio, ve cómo el patrocinio real y las instancias académicas condicionan mucho más directamente la legitimidad estética. De ahí que la evolución francesa tienda a una mayor institucionalización cultural.

Sin embargo, las diferencias no anulan las convergencias temáticas. Los tres teatros recurren a la historia nacional, a la Antigüedad clásica, a motivos mitológicos y a materiales de circulación europea. Además, la influencia italiana resulta decisiva en los tres casos, tanto por la comedia de enredo como por la commedia dell’arte y por la difusión de tramas procedentes de novelistas renacentistas. Lo verdaderamente decisivo, por tanto, no es el origen de los asuntos, sino el tratamiento que cada tradición les imprime. España los dramatiza desde la expansión de la comedia nueva; Inglaterra, desde la libertad imaginativa del drama isabelino; y Francia, desde la depuración del clasicismo. En esa triple respuesta se cifra buena parte de la riqueza teatral del Barroco europeo.


BIBLIOGRAFÍA

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Autor

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    Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
    Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!

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