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ToggleEl movimiento romántico y sus repercusiones en España
El Romanticismo constituyó una profunda transformación cultural, ideológica y estética que alteró la concepción de la literatura, del sujeto creador y de la relación entre arte e historia. Frente a la regularidad del clasicismo y a la confianza ilustrada en la razón normativa, el nuevo movimiento afirmó la centralidad de la subjetividad, la libertad creadora, la imaginación, el sentimiento y el valor histórico de los pueblos. En el ámbito europeo, su consolidación no fue uniforme, pero sí convergente en unos mismos presupuestos: crítica de las reglas, exaltación del yo, interés por la nación y atención a lo misterioso, lo nocturno y lo sublime.
En España, el proceso fue más tardío y complejo, condicionado por la Guerra de la Independencia, los vaivenes políticos del primer liberalismo, el exilio de numerosos intelectuales y la persistencia de formas neoclásicas. Sin embargo, una vez afianzado, el Romanticismo español produjo obras decisivas en la poesía, la prosa periodística y el teatro, y dejó una huella duradera en la modernización del lenguaje literario. El estudio del movimiento exige, por tanto, una doble perspectiva: la consideración de su matriz europea y el análisis de su reelaboración específicamente hispánica.
I. El movimiento romántico europeo
1.1. Orígenes
Los orígenes del Romanticismo europeo deben entenderse como el resultado de una compleja convergencia de factores históricos, filosóficos y literarios que, desde la segunda mitad del siglo XVIII, alteraron profundamente el horizonte cultural occidental. Las grandes revoluciones de la época —la Industrial, la Americana y la Francesa— contribuyeron a destruir viejos equilibrios, a redefinir la noción de sujeto político y a situar en primer plano el problema de la libertad. La nueva sensibilidad romántica brotó precisamente de esa experiencia de transformación, esperanza y crisis, donde la conciencia individual empezó a percibirse como lugar privilegiado de conflicto y de creación.
Desde el punto de vista filosófico, el movimiento surgió como una crítica a la soberanía exclusiva de la razón ilustrada. La influencia de Rousseau, de Kant, de Fichte y, más tarde, de Hegel permitió desplazar el centro de gravedad desde la objetividad normativa hacia el mundo interior, la voluntad, la conciencia histórica y la formación del yo. La naturaleza dejó de concebirse como máquina ordenada para ser interpretada como organismo vivo, cambiante y simbólico. En ese tránsito, la literatura adquirió una misión distinta: no debía ya imitar modelos consagrados, sino expresar una verdad interior y una experiencia irrepetible.
En el terreno estrictamente literario, Alemania desempeñó una función decisiva. La reacción contra la poética neoclásica condujo a la revalorización de Shakespeare, del Barroco y de las literaturas nacionales. Autores como Lessing cuestionaron la autoridad del clasicismo francés, mientras que el movimiento Sturm und Drang proclamó la superioridad del sentimiento, de la energía creadora y de la espontaneidad. Herder, por su parte, formuló una concepción histórica y orgánica de las culturas, según la cual cada pueblo posee un espíritu propio inseparable de su lengua y de sus tradiciones, tesis que sería determinante para el nacionalismo romántico.
También Inglaterra contribuyó de manera esencial a la gestación del nuevo gusto. El redescubrimiento de las tradiciones célticas y medievales, la difusión de la poesía atribuida a Ossian y la publicación de las Baladas líricas de Wordsworth y Coleridge favorecieron una poética de la emoción, del paisaje y de la interioridad. Obras como Werther o Fausto terminaron por fijar, en distintos registros, dos arquetipos esenciales: el individuo desgarrado por el absoluto y la conciencia que se rebela frente a los límites de la existencia. El Romanticismo nació así como una revolución estética inseparable de una crisis espiritual de la modernidad.
1.2. Características
La primera gran característica del Romanticismo es la sustitución de una visión estática del mundo por una concepción dinámica y conflictiva de la realidad. Lo existente ya no se percibe como orden cerrado, sino como proceso, devenir y tensión entre fuerzas opuestas. De ahí que la originalidad se convierta en un valor central y que el arte deje de apoyarse en la imitación de modelos canónicos. El creador romántico no busca repetir una forma ejemplar, sino producir una forma singular nacida de la experiencia irreductible del sujeto y de su confrontación con el mundo.
Un segundo rasgo fundamental reside en la primacía del yo. La naturaleza, el amor, la historia o la religión se filtran a través de la conciencia individual y quedan sometidos a una intensa subjetivación. La intuición, la imaginación y el instinto prevalecen sobre el análisis racional; por ello, el sueño, el delirio, la fantasía y lo irracional pasan a formar parte legítima del universo artístico. El Romanticismo no elimina la razón, pero la subordina a una comprensión más amplia de la existencia, donde lo oscuro y lo inefable adquieren plena significación estética y antropológica.
Junto a la exaltación del sujeto, el movimiento promueve una nueva valoración de la historia y de la comunidad nacional. Frente al universalismo ilustrado, el romanticismo insiste en la singularidad de los pueblos, en el peso del pasado y en la legitimidad de las tradiciones populares. La Edad Media, antes depreciada por el clasicismo, se reinterpreta como época de intensidad espiritual, de imaginación simbólica y de cohesión colectiva. De este modo, la literatura se abre al estudio del folklore, de la leyenda, del romancero y de la memoria nacional, que pasan a ser fuentes de autenticidad poética.
Sin embargo, el Romanticismo se define también por su interna contradicción. Conviven en él el impulso utópico y la nostalgia del pasado, la rebeldía prometeica y la búsqueda de fe, el entusiasmo por la libertad y el sentimiento trágico del fracaso. Esa dialéctica explica que el héroe romántico oscile entre la afirmación grandiosa y la insatisfacción perpetua, entre el deseo de absoluto y el choque con una realidad insuficiente. Lejos de ser una mera escuela literaria, el Romanticismo constituye una sensibilidad histórica compleja, desgarrada y productiva, decisiva para el nacimiento de la modernidad artística.
1.3. Principales autores románticos europeos
En Inglaterra, la figura de Lord Byron encarna con especial intensidad el mito del escritor rebelde, apasionado y errante, cuya propia biografía se convierte en proyección de su imaginario poético. En poemas como Childe Harold o El corsario cristalizan la soledad orgullosa, el individualismo y la fascinación por la muerte. Junto a él, Walter Scott consolidó la novela histórica moderna y contribuyó decisivamente a la recuperación literaria del pasado nacional, modelo que irradiaría con extraordinaria fuerza sobre las literaturas europeas del siglo XIX.
En Alemania, el Romanticismo alcanzó una densidad teórica y estética singular. El grupo de Jena —con los hermanos Schlegel, Tieck y Novalis— exploró lo nocturno, lo fragmentario y lo infinito, mientras que el círculo de Heidelberg profundizó en la relación entre poesía, tradición y comunidad. A esta constelación debe añadirse la decisiva presencia de Goethe, cuya obra rebasa cualquier clasificación estricta, pero cuyo influjo fue extraordinario. Goethe ofreció, con Werther y Fausto, dos modelos de subjetividad moderna: la sensibilidad herida y la voluntad que persigue el conocimiento sin descanso.
En Francia, el movimiento presentó una marcada dimensión ideológica y pública. Chateaubriand difundió la melancolía, la evocación exótica y una sensibilidad religiosa de nuevo cuño; Madame de Staël actuó como mediadora cultural al dar a conocer la literatura alemana; y Víctor Hugo formuló, tanto en el prólogo de Cromwell como en sus dramas, una defensa enérgica de la libertad artística. El Romanticismo francés desempeñó así un papel central en la legitimación del drama moderno y en la ruptura de las jerarquías clásicas entre lo sublime y lo grotesco.
En Italia, el Romanticismo se vinculó al ideal patriótico del Risorgimento, de modo que la literatura asumió un claro compromiso moral y nacional. En Rusia, Escandinavia y Portugal el movimiento se implantó con ritmos distintos, pero siempre bajo la impronta de la afirmación histórica, el paisaje y la singularidad cultural. El caso portugués, especialmente a través de Almeida Garrett, muestra cómo el Romanticismo podía operar como instrumento de modernización literaria y de recuperación de la conciencia nacional. Esta pluralidad de modulaciones confirma que el Romanticismo fue europeo por su difusión, pero heterogéneo por sus concreciones históricas.
II. Repercusiones del movimiento romántico en España
2.1. Orígenes del Romanticismo español
La recepción del Romanticismo en España estuvo mediatizada por circunstancias políticas e históricas que explican su aparición relativamente tardía. Uno de los factores más significativos fue la consideración de España, por parte de ciertos teóricos alemanes, como territorio naturalmente romántico a causa del Siglo de Oro, del teatro calderoniano y de la vitalidad histórica de su tradición. Esta lectura, aunque interesada, favoreció la polémica sobre el valor del teatro barroco y sobre la legitimidad de una estética ajena al rigor neoclásico. La discusión entre Böhl de Faber y José Joaquín de Mora constituye un momento decisivo de ese debate de ideas.
Junto a la polémica teórica, las traducciones desempeñaron un papel esencial en la difusión del nuevo gusto. La temprana circulación de los poemas ossiánicos, la traducción del Werther y la lectura de Chateaubriand prepararon el terreno para una sensibilidad distinta. Las tertulias literarias, tanto en el siglo XVIII como en la primera mitad del XIX, ofrecieron espacios de sociabilidad intelectual donde se debatieron las nuevas corrientes estéticas y políticas. En este proceso, las publicaciones periódicas resultaron decisivas: periódicos y revistas dieron visibilidad a autores, manifiestos y controversias que ya no podían quedar confinados al círculo erudito.
La relación entre Romanticismo y liberalismo fue particularmente intensa en España. Muchos escritores identificaron en la nueva estética una expresión artística de la libertad política y moral que defendían frente al absolutismo. La experiencia del exilio reforzó esta conexión: numerosos emigrados en Francia e Inglaterra regresaron con una formación romántica más sólida y con un conocimiento directo de los modelos europeos. Ese retorno de liberales ilustrados, unido a la creación de instituciones como el Ateneo de Madrid y el Liceo, facilitó la consolidación de un ambiente cultural favorable a la nueva sensibilidad.
No menos importante fue el hecho de que el Romanticismo español no nació sólo de doctrinas o de programas críticos, sino de las propias obras literarias. El movimiento se impuso cuando comenzó a ofrecer textos capaces de encarnar con fuerza sus presupuestos: dramas, poemas, leyendas, novelas históricas y artículos periodísticos que transformaron de hecho el horizonte de expectativas del público. La implantación del Romanticismo fue, por consiguiente, el resultado de una acumulación de mediaciones culturales, pero también de una eficacia estética que terminó por modificar los gustos, las formas y la autoconciencia de la literatura española.
2.2. Fases del Romanticismo español
La primera fase corresponde al llamado prerromanticismo, fenómeno de transición que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XVIII y que convive con la producción neoclásica. En este periodo aparecen ya algunos rasgos del nuevo espíritu: sentimentalismo, melancolía, nocturnidad, preocupación moral y mayor libertad frente a las normas. Autores como Cadalso, Jovellanos, Meléndez Valdés o Cienfuegos anuncian, desde posiciones todavía híbridas, una sensibilidad que pronto desembocará en el Romanticismo pleno. No se trata aún de un sistema estético consolidado, pero sí de una fisura significativa en el edificio ilustrado.
La segunda fase abarca, de forma aproximada, desde comienzos del siglo XIX hasta 1833. Durante estos años, el Romanticismo penetra lentamente en el ámbito español por medio de traducciones, lecturas, viajes y contactos ideológicos, pero su desarrollo se ve obstaculizado por la Guerra de la Independencia, la inestabilidad política y la persistencia de hábitos estéticos anteriores. En esta etapa predomina una especie de latencia romántica: el nuevo espíritu se manifiesta más en actitudes vitales, en ideas políticas o en preferencias temáticas que en una transformación completa de las formas literarias.
El verdadero triunfo del movimiento se produce entre 1833 y 1844, coincidiendo con el regreso de los exiliados liberales y con una relativa apertura de la vida pública. Se trata del momento de máxima plenitud romántica: se estrenan los dramas más influyentes, se publican las obras esenciales de Larra y Espronceda y se consolida una nueva relación entre literatura, prensa y opinión. La vida literaria española se hace entonces más visible, más polémica y más moderna, en buena medida porque el Romanticismo ofrece una retórica capaz de articular tanto la protesta individual como la crisis histórica colectiva.
A partir de 1844 comienza una fase de decadencia relativa, si bien el término no debe entenderse como desaparición inmediata. El movimiento pervive durante décadas en fórmulas menores, en el gusto por ciertos temas y en la persistencia de determinados tonos expresivos. Sin embargo, el desarrollo del Realismo modifica las prioridades estéticas del campo literario. Con todo, el Romanticismo español conoce un resurgimiento tardío y de extraordinaria calidad en la obra de Bécquer y Rosalía de Castro, quienes depuran la herencia romántica y la orientan hacia una intimidad lírica de resonancias modernas.
2.3. Características del Romanticismo español
La crítica ha señalado con frecuencia la coexistencia de dos grandes vertientes en el Romanticismo español: una de signo tradicional, más vinculada al cristianismo, a la Edad Media y a la revalorización del pasado nacional; y otra de carácter revolucionario o liberal, más crítica con el absolutismo y más audaz en la expresión del conflicto individual. Esta dualidad no implica una separación absoluta entre escuelas, sino una tensión constitutiva del propio movimiento en España, donde tradición y rebeldía aparecen con frecuencia entrelazadas y se traducen en obras de muy distinta orientación ideológica.
Entre los temas predominantes destaca, en primer lugar, la historia nacional, especialmente la medieval, que ofrece al escritor un espacio de recuperación simbólica del pasado. El romancero, el mundo caballeresco, los templarios o el legado árabe se convierten en materiales privilegiados para la imaginación romántica. Junto a ello, adquieren una extraordinaria relevancia los sentimientos extremos: el amor apasionado o melancólico, la rebeldía, el pesimismo, la frustración ante la realidad y la presencia constante de la muerte como límite y, en ocasiones, como liberación. La mujer aparece unas veces idealizada y otras como figura fatal, síntoma de una sensibilidad escindida.
La naturaleza y los conflictos sociales ocupan igualmente un lugar central. El paisaje deja de ser fondo decorativo para transformarse en correlato del alma: escenarios salvajes, nocturnos, tormentosos o ruinosos exteriorizan la intensidad emocional del sujeto. Al mismo tiempo, el escritor romántico se concibe como figura comprometida con la libertad y con la crítica del atraso político y moral. De ahí la admiración por personajes marginales —piratas, mendigos, verdugos, bandoleros— que simbolizan, cada uno a su manera, la protesta contra un orden social opresivo. El surgimiento del costumbrismo y del regionalismo se relaciona también con esta nueva conciencia de lo nacional y de lo popular.
En el plano formal, el Romanticismo español se caracteriza por la mezcla de géneros, metros y registros, así como por la ruptura de las unidades clásicas en el teatro. Se rechaza la distinción rígida entre palabras nobles y vulgares; se intensifica el énfasis retórico mediante interrogaciones, exclamaciones, antítesis y puntos suspensivos; y se amplía el léxico con voces capaces de sugerir violencia, nocturnidad o grandeza. Esta renovación expresiva no fue arbitraria: respondía a la necesidad de dar forma verbal a una experiencia más compleja y más desgarrada. El estilo romántico, a pesar de sus excesos, abrió caminos decisivos para la flexibilización de la lengua literaria española.
2.4. Autores y obras del Romanticismo español
2.4.1. Poesía
La poesía romántica española alcanza una especial intensidad en tres nombres fundamentales: Espronceda, Bécquer y Rosalía de Castro. Aunque otros autores como el duque de Rivas o Zorrilla también cultivaron la lírica, fueron aquellos quienes llevaron a su culminación tres maneras complementarias de entender el legado romántico: la rebeldía exaltada, la interiorización melódica y la intimidad elegíaca. En este sentido, la evolución de la poesía romántica española permite observar un desplazamiento desde el gesto heroico y declamatorio hacia una expresión cada vez más contenida, sugerente y moderna.
José de Espronceda encarna con singular pureza el modelo del poeta rebelde. Su biografía política, sus experiencias de conspiración, cárcel, exilio y participación revolucionaria se proyectan directamente sobre una obra en la que confluyen la protesta social, el impulso nihilista, la pasión amorosa y la fascinación por la muerte. Su producción abarca prosa, teatro y poesía, pero es en esta última donde alcanza mayor densidad simbólica. Desde sus poemas juveniles hasta las grandes composiciones de madurez, Espronceda fue construyendo una voz de extraordinaria energía verbal, apta para expresar la insatisfacción radical del sujeto romántico ante una realidad que le niega plenitud.
En su poesía pueden distinguirse diversas etapas. Tras una fase de impronta neoclásica y otra de inspiración ossiánica, se impone la fase propiamente romántica, donde destacan las célebres canciones de personajes marginales y los grandes poemas narrativos. La Canción del pirata condensa la exaltación de la libertad individual y del desafío al orden establecido; El reo de muerte o El verdugo revelan una sensibilidad moral y social poco frecuente; y El estudiante de Salamanca ofrece una síntesis magistral de rebeldía, misterio, erotismo, violencia y muerte en una estructura polimétrica de extraordinario dinamismo. El diablo mundo, por su parte, profundiza en el pesimismo existencial del autor y culmina en el memorable Canto a Teresa.
La poesía española experimenta, sin embargo, una transformación decisiva con Gustavo Adolfo Bécquer. Frente al énfasis de la primera generación romántica, sus Rimas introducen una estética de la sugerencia, de la brevedad y de la emoción contenida. La poesía ya no se define por la amplificación retórica, sino por la capacidad de insinuar lo inefable mediante imágenes de gran transparencia simbólica. Bécquer reelabora elementos de la tradición popular, del lied alemán y de la lírica culta en una dicción musical y desnuda, donde el amor, el fracaso, la soledad y el misterio se convierten en experiencias interiores de alcance universal. Su influencia sobre la poesía posterior fue inmensa.
Las Leyendas de Bécquer completan ese universo con una prosa poética en la que la tradición, lo maravilloso y el paisaje se funden con una sensibilidad intensamente lírica. En ellas se advierte la persistencia de un Romanticismo tradicional, pero depurado por un estilo de gran sutileza evocadora. También sus Cartas literarias a una mujer y sus Cartas desde mi celda resultan esenciales para comprender su poética. La obra de Rosalía de Castro, por su parte, prolonga el Romanticismo tardío desde una sensibilidad marcada por la melancolía, la pérdida, el dolor íntimo y la conciencia del desarraigo.
Rosalía de Castro escribe tanto en gallego como en castellano y articula en su producción una de las voces más hondas del siglo XIX. En En las orillas del Sar, su gran libro en castellano, la experiencia de la tristeza, del escepticismo y de la fugacidad se expresa con una desnudez emocional que la aproxima a la modernidad. Si Bécquer convierte la sugerencia en forma poética, Rosalía hace de la confidencia y de la herida interior una vía de conocimiento. Ambos representan la culminación de un Romanticismo depurado que ya no necesita de la grandilocuencia para comunicar intensidad y verdad.
2.4.2. Prosa
La prosa romántica española se manifiesta principalmente en tres direcciones: el costumbrismo, la novela histórica y el artículo periodístico. Aunque la novela no alcanzó en España durante este periodo la misma potencia que en otras literaturas europeas, sí se produjeron obras relevantes que muestran la influencia de Walter Scott y del gusto por el pasado nacional. No obstante, fue en la prosa breve y periodística donde el Romanticismo español halló uno de sus vehículos más eficaces para intervenir en la sociedad y renovar la escritura.
El costumbrismo responde al interés romántico por lo peculiar, lo castizo y lo pintoresco. Los cuadros de costumbres describen usos, escenas y tipos populares, por lo general con un tono amable o evocador, aunque en algunos casos adquieren una dimensión crítica más acusada. Ramón de Mesonero Romanos y Serafín Estébanez Calderón son los nombres más representativos de esta modalidad, que funciona como archivo de la vida cotidiana y, al mismo tiempo, como vía de transición hacia el Realismo posterior. El costumbrismo no debe entenderse, por tanto, como mero anecdotismo, sino como observación social codificada literariamente.
La novela histórica, impulsada por el éxito europeo de Scott, encontró en España un terreno propicio gracias a la fascinación romántica por la Edad Media, por los héroes nacionales y por los conflictos caballerescos. Obras como El señor de Bembibre, El doncel de don Enrique el Doliente o Sancho Saldaña muestran la voluntad de fundir reconstrucción histórica, aventura, pasión y simbolización del pasado. Aunque desiguales en su logro artístico, estas narraciones contribuyeron a ampliar el repertorio temático de la prosa española y a fortalecer la imaginación histórica del siglo XIX.
La figura capital de la prosa romántica española es, sin embargo, Mariano José de Larra, cuya obra periodística representa una de las cumbres de la literatura decimonónica. En él, la escritura se convierte en instrumento de crítica, reforma y desengaño. Sus artículos de costumbres, políticos y de crítica literaria desbordan la mera actualidad para ofrecer una interpretación profunda de la sociedad española, de sus inercias y de sus contradicciones. Larra no contempla el mundo con complacencia pintoresca, sino con la voluntad de diagnosticarlo y transformarlo.
Textos como Vuelva usted mañana, El castellano viejo o El día de difuntos de 1836 muestran la extraordinaria plasticidad de una prosa capaz de combinar ironía, sátira, análisis social y dolor íntimo. Bajo los pseudónimos de Fígaro y otros nombres periodísticos, Larra construyó una voz moderna, flexible y persuasiva, rica en diálogos fingidos, interrogaciones retóricas, caricaturas y cambios de registro. Su estilo, al tiempo que denuncia la burocracia, el atraso y la hipocresía social, inaugura una forma de modernidad literaria que influirá decisivamente en la prosa española posterior.
2.4.3. Teatro
El teatro fue el género más emblemático del Romanticismo español, tanto por su capacidad de llegar a un público amplio como por su eficacia para escenificar el conflicto entre individuo y sociedad. La escena romántica rompió con la preceptiva neoclásica al mezclar prosa y verso, alterar las unidades de lugar, tiempo y acción, ampliar el número de jornadas y combinar tonos sublimes y populares. El drama se convirtió así en el espacio privilegiado de la libertad escénica y del despliegue espectacular de pasiones extremas, fatalidad, misterio y violencia.
Tras algunos ensayos iniciales, el triunfo del drama romántico se consolidó con Don Álvaro o la fuerza del sino, del duque de Rivas. Esta obra reúne todos los ingredientes del género: protagonista enigmático, amor imposible, persecución del destino, duelos, cambios de escenario y desenlace trágico. En ella, el sino aparece como fuerza inexorable que arrastra al personaje más allá de su voluntad, lo que confiere al drama una intensidad metafísica característica del imaginario romántico. La fatalidad ya no es aquí simple recurso argumental, sino manifestación de la fractura entre deseo y mundo.
El duque de Rivas fue, además, un autor de amplia trayectoria poética y dramática. Su obra muestra el paso desde un clasicismo inicial hacia un estilo crecientemente romántico, perceptible en poemas como El faro de Malta, en El moro expósito y en sus romances históricos. En el teatro, su importancia no se limita a haber escrito una obra canónica, sino a haber contribuido decisivamente a legitimar una nueva poética dramática. Su figura ejemplifica, asimismo, el vínculo entre experiencia histórica —guerra, exilio, vida pública— y creación literaria en el siglo XIX español.
Junto a Rivas, destacan Antonio García Gutiérrez, Hartzenbusch, Larra y José Zorrilla. El trovador, Los amantes de Teruel, Macías y, sobre todo, Don Juan Tenorio configuran un repertorio decisivo para la escena romántica. Zorrilla reelabora en su drama el mito de Don Juan desde una perspectiva donde la religiosidad, el amor redentor y la teatralidad espectacular se combinan con notable eficacia popular. El teatro romántico español, aun con sus excesos retóricos, transformó profundamente la relación entre escena, emoción y público, y dejó algunas de las piezas más influyentes de nuestra tradición literaria.
Consideraciones finales
El Romanticismo debe interpretarse como una etapa decisiva en la configuración de la modernidad literaria europea y española. Su importancia no radica sólo en la aparición de determinados temas o procedimientos formales, sino en la transformación profunda de la idea misma de literatura: el escritor se concibe como conciencia crítica, la obra como expresión singular y la tradición como materia susceptible de reinterpretación histórica. Desde esta perspectiva, el movimiento no se agota en sus fechas canónicas, sino que prolonga su influencia en la lírica posromántica, en el simbolismo y en buena parte de la sensibilidad contemporánea.
En España, la trayectoria del Romanticismo revela además la estrecha conexión entre literatura e historia. La recepción tardía del movimiento, su relación con el liberalismo, la experiencia del exilio, la recuperación del pasado nacional y la centralidad del periodismo lo convierten en un fenómeno de notable especificidad. Autores como Espronceda, Larra, Bécquer, Rosalía, el duque de Rivas o Zorrilla no sólo representan opciones estéticas distintas, sino respuestas complementarias a una misma crisis de época. Por ello, estudiar el Romanticismo español equivale también a analizar la formación conflictiva de la subjetividad moderna en nuestro ámbito cultural.
BIBLIOGRAFÍA
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- VARELA, José Luis: Larra y España. Madrid, Revista de Occidente, 1966. Investigación esencial para entender la dimensión ideológica, periodística y estilística de Mariano José de Larra.
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- CERNUDA, Luis: Estudios sobre poesía española contemporánea. Madrid, Guadarrama, 1957. Incluye observaciones críticas de notable penetración sobre Bécquer y su condición de clásico moderno.
- MARRAST, Robert: José de Espronceda y su tiempo. Madrid, Castalia, 1974. Referencia imprescindible para el estudio biográfico, histórico e interpretativo de Espronceda y de su obra poética.
- RICO, Francisco (dir.): Historia y crítica de la literatura española. Romanticismo y Realismo. Barcelona, Crítica, 1982. Volumen colectivo de orientación académica que ofrece una visión amplia, documentada y crítica del periodo.
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!





