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ToggleEl diálogo: estructuras y características
I. Aclaraciones terminológicas. Diferencias entre dialogismo y diálogo
1.1. La ambigüedad del término dialógico
La denominación de este tema presenta, desde su inicio, una ambigüedad conceptual que requiere precisión terminológica. El adjetivo «dialógico» mantiene una raíz significativa común con dos sustantivos de naturaleza radicalmente diferente: «dialogismo» y «diálogo». Esta polisemia inicial no es meramente académica, sino que fundamenta la orientación metodológica de todo el análisis ulterior. La clarificación de ambos términos constituye, en consecuencia, un paso imprescindible para evitar confusiones interpretativas y establecer la correcta delimitación del objeto de estudio. Se trata, por consiguiente, de una operación previa de desambigüación conceptual que permitirá encauzar el tema hacia el aspecto específico que le corresponde dentro de la taxonomía de tipos de textos y discursos.
1.2. El concepto de dialogismo
El término «dialogismo», tal como lo define la Real Academia Española en el ámbito de la Retórica, designa una figura literaria que se produce cuando el locutor se presenta a sí mismo platicando consigo mismo, o cuando refiere textualmente sus propios discursos o los de otras personas, incluyendo los de realidades personificadas. Esta definición inicial corresponde a un registro muy específico y restringido del término. La teoría de la comunicación ha proporcionado, sin embargo, una acepción distinta y relevante. María del Carmen Bobes Naves, en su obra fundamental El diálogo, define el dialogismo como la relación interactiva que establece el receptor con el emisor en virtud de su condición de receptor, a partir de la idea que el propio emisor se forma de aquel y que proyecta sobre el discurso para adecuarlo óptimamente al ser y comprensión del destinatario. Este enfoque comunicacional amplía significativamente el alcance del concepto. Finalmente, en la teoría narrativa de orientación bajtiniana, el dialogismo alude a la concurrencia de distintas voces referidas por el narrador en el discurso novelístico, manifestándose a través del diálogo externo, el diálogo interno o el monólogo interior. Estos tres registros del término evidencian su polivalencia semántica y la necesidad de circunscribir su aplicación a contextos precisos.
1.3. El concepto de diálogo y su pertinencia temática
Descartado el dialogismo como eje temático, la orientación correcta del tema converge en el concepto de «diálogo», que la Academia Española define de modo conciso como «plática entre dos o más personas que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos». Esta definición, si bien sintética, posee la virtud de remitir a un fenómeno reconocible para todos los usuarios de la lengua y de origen verificable en la experiencia comunicativa cotidiana. El diálogo genera un tipo de textos o discursos de variada índole cuya caracterización resulta posible mediante rasgos identificables. La ubicación de este tema en el temario de oposiciones, entre los textos narrativo, descriptivo y expositivo, por una parte, y el texto argumentativo por otra, constituye una pista metodológica de gran relevancia. Esta posición curricular sugiere que el tema debe enfocarse hacia el diálogo como categoría textual homogénea con esos otros tipos de discurso, y no hacia el dialogismo, carente de tal homogeneidad estructural. Por lo tanto, en lo sucesivo, el adjetivo «dialógico» será reinterpretado como «dialogado», denominación más precisa que evita equívocas interpretaciones y se adecua con exactitud al objeto real de análisis.
II. El texto dialogado. Características del diálogo y tipos de diálogo
2.1. El diálogo como situación comunicativa
Es necesario reconocer que la taxonomía de tipos de textos no ha gozado de consenso unánime en los círculos académicos. Bobes Naves, cuyo pensamiento resulta de gran productividad para este tema, caracteriza el diálogo como un «discurso logrado por la actividad conjunta y progresiva de hablante y oyente en unidad de sentido y de fin». Esta formulación sitúa el fenómeno en un conjunto de coordenadas donde el producto textual resultante es fruto de la cooperación entre dos o más emisores, que actúan alternativamente como receptores en el seno de una interacción comunicativa determinada. No se trata de la voluntad deliberada de un único emisor que opta estratégicamente por codificar su mensaje mediante una forma concreta.
Precisamente en este punto reside la diferencia fundamental que separa el diálogo como situación comunicativa del diálogo como variedad constructiva de texto. El primero es la manifestación natural de un intercambio informativo entre participantes con estatuto comunicativo equivalente, mientras que el segundo representa una decisión consciente del autor de expresar su intención mediante una estrategia discursiva elegida deliberadamente entre otras opciones disponibles. Esta distinción resulta capital para comprender la multiplicidad de funciones que puede ejercer el diálogo dentro del tejido textual.
2.2. Características comunicativas del diálogo en situación directa
El diálogo en situación directa se configura como una modalidad de comunicación bilateral o multilateral en la cual el mensaje llega fragmentado al receptor (ya sea receptor final u observador) en segmentos correspondientes a los diversos participantes que expresan libremente y de modo voluntario sus ideas y opiniones. La vía o canal mediante el que se transmite el acto dialógico es preferentemente oral, aunque la vía escrita no resulta totalmente desconocida; baste recordar las polémicas mantenidas entre intelectuales en los medios de prensa escrita. La configuración típica del diálogo es la que la pragmática designa como «cara a cara», expresión que, si bien ha sido reinterpretada en la era digital, conserva su esencia: la simultaneidad de presencia (física o virtual) de los interlocutores en un mismo espacio-tiempo.
Es aquí donde adquiere relevancia el código no verbal, que actúa de manera concurrente con el código lingüístico oral. Los códigos kinésico (gestual), proxémico (espacial) y diversos factores como la apariencia física, el tono de voz, el modo de dirigirse a los interlocutores y los gestos corporales complementan y condicionan significativamente el discurso lingüístico, orientando las intervenciones de los emisores conforme a contextos situacionales específicos.
2.3. Características lingüísticas del diálogo
En su dimensión puramente lingüística, el diálogo presenta rasgos formales que lo distinguen de otras modalidades discursivas. El uso preferente de formas verbales en tiempo presente configura el diálogo como un acto de habla que se desarrolla en el «ahora» de la enunciación. La abundancia de deícticos—elementos lingüísticos cuyo significado depende del contexto de enunciación—constituye otro rasgo definitorio. Estos deícticos pueden ser de naturaleza personal (pronombres como «yo», «tú», «nosotros»), espacial (adverbios como «aquí», «allá», «arriba») o temporal (como «hoy», «ayer», «ahora»). La presencia de índices de dirección al receptor se manifiesta mediante oraciones interrogativas, exclamativas, exhortativas e imperativas, todas las cuales implican una orientación pragmática hacia el interlocutor concreto. Finalmente, resultan significativas las señales axiológicas valorativas que, aunque frecuentemente de índole no verbal (movimientos de cabeza, gestos de manos o dedos), intervienen en la construcción del sentido y en la regulación de los turnos de intervención. Este conjunto de características lingüísticas garantiza que el diálogo se presente como modalidad discursiva internamente coherente y funcionalmente adaptada a la situación comunicativa.
2.4. Características pragmáticas: los principios de cooperación
Desde la perspectiva pragmática, el diálogo se define como un proceso semiótico interactivo en el que participan múltiples sujetos, lo que le confiere carácter eminentemente social e impone una normativa reguladora de la actividad de los diversos participantes. Se desarrolla mediante la alternancia de turnos que sigue una pauta normativa de origen social, lo que le imprime la estructura de un discurso fragmentado. Asimismo, constituye un proceso «semánticamente progresivo» dirigido hacia la unidad de sentido en la que convergen todas las intervenciones; tales intervenciones, realizadas como «lenguaje en situación» y «cara a cara», toman en consideración la totalidad de circunstancias en que se producen. Aunque el diálogo, según precisa Bobes Naves, «no admite relaciones jerarquizadas» entre los intervinientes —pues tales relaciones resultarían incompatibles con una norma fundamental: la libertad de intervención—, se halla regido por un conjunto de reglas o principios que se hacen evidentes cuando son transgredidas. Estas normas han sido conceptualizadas de diversas maneras: Oscar Ducrot las denomina «normas del discurso», mientras que H. P. Grice las designa como «máximas conversacionales», y D. Gordon y G. Lakoff las llaman «postulados conversacionales». Todas estas formulaciones buscan explicar cómo se distribuyen los turnos y se regulan las intervenciones conforme a principios generales de cortesía lingüística universalmente aceptados.
2.5. Los principios de cooperación de Grice
La formulación que proporciona Grice de los principios conversacionales resulta especialmente productiva para el análisis del diálogo. Este filósofo del lenguaje fundamenta la autorregulación de los intervinientes en las categorías kantianas de cantidad, cualidad, relación y modalidad. El Principio de cantidad establece que cada participante debe aportar la información que la situación requiere, sin incurrir en exceso ni deficiencia. El Principio de cualidad determina que las aportaciones de todo interviniente deben ser verdaderas, no falsas, y que el locutor no debe afirmar lo que cree que es falso ni aquello de lo que carece de pruebas suficientes. El Principio de relación exige que las aportaciones sean pertinentes respecto del asunto tratado y no resulten impertinentes o desviadas del tema. Finalmente, el Principio de modalidad prescribe que las aportaciones sean claras, sin oscuridad ni ambigüedades, ordenadas, y que no sean excesivamente extensas. Estos cuatro principios constituyen la estructura fundamental de lo que Grice denomina el «Principio general de cooperación», que subyace a todo intercambio comunicativo exitoso. La transgresión deliberada de estos principios genera lo que Grice llama «implicaturas conversacionales», es decir, significados adicionales que el receptor infiere más allá del contenido proposicional literal.
2.6. El diálogo organizado y sus tipologías
Dentro de la categoría de diálogo como situación comunicativa, es preciso distinguir entre formas organizadas y formas menos estructuradas. El diálogo organizado se caracteriza por regirse explícitamente conforme a los principios de cooperación de Grice, además de someterse a normas particulares preestablecidas e, incluso, en ocasiones, a un control externo ejercido por una figura moderadora o coordinadora. Las principales tipologías del diálogo organizado, según la clasificación de los manuales de referencia para educación secundaria y bachillerato, incluyen el debate, que se define como una contraposición ordenada de ideas entre varios interlocutores con turnos preestablecidos y presencia de moderador; la mesa redonda, que consiste en el intercambio de puntos de vista entre expertos ante un auditorio, con un turno inicial de presentación y exposición seguido de turnos sucesivos libres pero regulados; el coloquio, en el que tras la exposición de un especialista este responde a preguntas del auditorio; la tertulia, caracterizada por discusión informal entre varios interlocutores sobre uno o varios asuntos, con turnos libres autorregulados por los propios participantes; el seminario, donde un grupo estudia y debate en profundidad un asunto mediante intercambio de información; y la entrevista, que involucra dos interlocutores y se organiza según el esquema pregunta-respuesta. Cada una de estas formas posee características peculiares, pero todas comparten la adhesión a normas que hacen el diálogo predecible, ordenado y funcionalmente eficaz.
2.7. La conversación como modalidad dialógica
La inclusión de la conversación como variedad de diálogo en situación directa ha sido motivo de discrepancia entre los estudiosos del fenómeno. Para ciertos analistas, la conversación constituye una forma de diálogo libre y espontáneo, en el que cada participante puede seguir las pautas temáticas establecidas por su interlocutor o derivar la comunicación hacia nuevos derroteros. Al no estar regulada por controles externos ni por normas preestablecidas (a diferencia del diálogo organizado), se rige únicamente por los principios de cooperación de Grice. Sin embargo, Bobes Naves adopta una postura más cautelosa, reconociendo que, aunque conversación y diálogo comparten numerosos elementos comunes—ambas son actividad semiótica, social y lingüística; se realizan en directo, por turnos, cara a cara, en tiempo presente y generan discursos segmentados—, existen diferencias sustanciales que las distinguen. La conversación enfatiza «la actividad de hablar en general y destaca la iniciativa individual», mientras que el diálogo «orienta su sentido hacia un modo especial de interlocución y se somete a unas normas pragmáticas que la garanticen». Además, la conversación «puede improvisarse y puede tratar sobre cualquier asunto que surja espontáneamente», iniciándose por voluntad de un único sujeto; el diálogo, por el contrario, se establece sobre un asunto central prefijado, en torno al cual han de girar las intervenciones sin apartarse de ese motivo nuclear.
2.8. Diferencias estructurales y funcionales entre conversación y diálogo
Las distinciones entre la conversación y el diálogo organizado se extienden más allá de las dimensiones ya mencionadas. La conversación posee un fin inmanente: se habla por el mero placer de hablar, por la gratificación que proporciona la comunicación interpersonal espontánea. En el diálogo, por el contrario, el habla funciona como elemento instrumental al servicio de una finalidad específica: la exposición ordenada de información o la argumentación deliberada. En cuanto a la regulación de turnos, en la conversación estos resultan menos rígidos, permitiendo a los participantes intervenir o permanecer en silencio conforme a criterios personales sin transgresión de normas de cortesía; en el diálogo, las intervenciones y los silencios se encuentran más reglados y predecibles.
Estructuralmente, la conversación típicamente no progresa mediante argumentos sino por intervenciones sucesivas; carece de unidad puesto que funciona únicamente por asociaciones temáticas; opera primordialmente mediante la función expresiva del lenguaje, destacando la intuición y la brillantez personal. El diálogo, inversamente, en el que suele predominar la función representativa del lenguaje, tiende hacia la objetividad o, al menos, hacia la consecución de intersubjetividad que sirva de base para un acuerdo. Finalmente, mientras que la conversación «en general no se termina porque se agote el tema, sino que se interrumpe en cualquier momento, porque se acaba el tiempo, la oportunidad o las ganas de hablar de los interlocutores», el diálogo «se acaba cuando se alcanza la avenencia o cuando se termina la información solicitada». Estos contrastes fundamentales demuestran que, aunque ambas modalidades compartan elementos comunes, sus naturalezas y funcionalidades son sustancialmente distintas.
III. El diálogo como variedad de texto o discurso
3.1. El diálogo como estrategia constructiva deliberada
El diálogo alcanza la categoría de variedad de texto cuando su autor efectúa una elección estratégica consciente de esta forma o modalidad para codificar su mensaje. En tales circunstancias, el texto dialogado se sitúa en un plano equivalente al que ocupan los textos narrativo, descriptivo, expositivo o argumentativo. Todas estas modalidades responden a perspectivas distintas que el emisor puede adoptar a la hora de seleccionar cómo codificar la información que desea transmitir. La decisión de utilizar la forma dialógica como estructura discursiva no obedece a imperativos comunicativos inmediatos derivados de una interacción espontánea, sino a la intención deliberada del autor de producir un efecto determinado mediante esta estrategia específica. Esta conceptualización sitúa el diálogo en el mismo nivel analítico que las demás categorías de discurso, permitiendo así que resulte comparable con estas desde la perspectiva del análisis textual. La naturaleza de la elección que realiza el autor—la deliberación sobre cuál modalidad discursiva se adecua mejor a sus propósitos comunicativos—constituye el fundamento que permite insertar el diálogo en la taxonomía canónica de tipos de textos sin que ello suponga ignorar sus características específicas.
3.2. Diferencias entre el diálogo textual y el diálogo en situación directa
Las diferencias que median entre el diálogo como variedad textual y el diálogo en situación comunicativa directa resultan de una importancia fundamental. Bobes Naves lo expresa con precisión: «Los diálogos literarios se apartan considerablemente de los diálogos funcionales en este punto: mientras éstos son consecuencia de distintos pareceres y posiciones y ofrecen espontáneamente una información que circula entre los interlocutores, sin más pretensión que proporcionar datos para fundamentar argumentos, el texto literario convierte al discurso dialogado en recurso manipulable a favor de una tesis o de una historia o de una concepción del personaje». Esta observación destaca la transformación radical que experimenta el diálogo cuando se convierte en estrategia textual. Frente al discurso fragmentado que caracteriza al diálogo en situación directa, el diálogo como variedad de texto proporciona un discurso único y cerrado que responde exclusivamente a la voluntad de un único emisor: el autor del texto. Aunque dentro de este discurso unitario se haga referencia a palabras procedentes de otros posibles emisores, estas intervenciones nunca constituyen discurso directo genuino, sino siempre discurso referido y, por lo tanto, susceptible de haber sido manipulado, seleccionado, editado o tratado de la manera que mejor convenga a los propósitos del autor. La modalidad dialógica adquiere así un carácter profundamente instrumental, subordinado a la intención autorial total.
3.3. Alcance del diálogo textual más allá de lo literario
Aunque el uso del diálogo como variedad constructiva de discurso se concentra preferentemente en el ámbito de lo literario, su presencia no se circunscribe exclusivamente a este terreno. Puede aparecer igualmente en contextos institucionales y administrativos diversos: en las actas de congresos académicos, en los registros de sesiones parlamentarias, o, de manera familiar para el docente, en las actas de reuniones de claustro donde se recogen las intervenciones del profesorado. Sin embargo, es pertinente observar que en estas aplicaciones no literarias, la pretensión de literalidad textual es mucho mayor, aunque siempre existe la posibilidad de que los registros no reflejen con precisión la intencionalidad del interviniente original. El diálogo textual funciona aquí como medio de documentación de sucesos comunicativos, aunque con grados variables de fidelidad respecto de los intercambios reales. Con todo, es en los géneros literarios donde la utilización del diálogo como modalidad constructiva del texto alcanza su plenitud expresiva y su máximo potencial analítico, permitiendo explorar con profundidad sus funciones estéticas, narrativas, dramáticas y didácticas.
IV. El diálogo en la literatura
4.1. El diálogo como género autónomo
Para ser precisos en la clasificación, el diálogo debe catalogarse como subgénero dentro de la literatura doctrinal o prosa didáctica, la cual constituye el antecedente histórico de lo que la terminología contemporánea designa como género ensayístico. Su cultivo se remonta a la antigüedad clásica, como dan testimonio los Diálogos de Platón y, dentro de la tradición literaria latina, los modelos aportados por Cicerón, Tácito y Luciano. Estas obras fundacionales utilizaban la modalidad dialógica como vehículo para la transmisión de ideas filosóficas, retóricas o satíricas.
Durante la época medieval, esta modalidad se perpetuó en las denominadas Disputas, que enfrentaban argumentativamente posiciones doctrinales contrarias. No obstante, es en el siglo XVI, durante el período renacentista, cuando el diálogo como forma literaria experimenta una expansión significativa y se consolida como vehículo transmisor de ideas, incluyendo especialmente las ideologías de orientación erasmista. El paradigma de excelencia en este tipo de obras fue El cortesano de Baltasar Castiglione, obra que dentro de la literatura en lengua española encontró equivalentes destacados: el Diálogo de la lengua de Juan de Valdés, el Diálogo de las cosas ocurridas en Roma y el Diálogo de Mercurio y Carón, ambos de su hermano Alfonso, o el Viaje de Turquía, atribuido a Andrés Laguna.
En todas estas obras, el diálogo funciona como modalidad constructiva de un discurso destinado a exponer usos y costumbres, situaciones e ideas, y a argumentar, frecuentemente con intención satírica, a favor o en contra de determinadas concepciones. Constituye, en suma, un artificio literario para simular una diversificación de la conciencia monológica del autor, generando la ilusión de pluralidad de perspectivas. El subgénero ha continuado cultivándose en épocas posteriores, siguiendo los mismos parámetros temáticos y funcionales que en el Renacimiento. Durante el siglo XX, pueden citarse obras de considerable relevancia que perpetúan esta tradición. Destaca especialmente La velada de Benicarló de Manuel Azaña, publicada en 1938, que utiliza la modalidad dialógica para plantear una reflexión profunda sobre la condición española y la guerra civil contemporánea. Igualmente relevante resulta Descargo de conciencia de Pedro Laín Entralgo, en el que el autor recurre al diálogo para desarrollar un pensamiento de orientación existencial y humanista.
4.2. El diálogo en el género lírico
Sin duda, es en el género lírico donde la presencia del diálogo se manifiesta de manera más infrecuente e incluso resulta discutible su pertinencia como categoría interpretativa. Bobes Naves señala con precisión que «las condiciones mínimas necesarias para el diálogo no se cumplen la mayor parte de las veces y no hay más que uno o dos rasgos del diálogo, faltando todos los demás». El género lírico se caracteriza por su prioridad absoluta del discurso de primera persona, de ese «yo poético» que de manera autónoma y autosuficiente—sin necesidad de la presencia de un «tú» o de «otros» auténticos—expresa la interioridad de su sentimiento. La aparición de un «tú» presunto o de otros intervinientes aparentes en el texto lírico constituyen, según Bobes, únicamente «la persona o cosa personificada sobre la que él [el yo poético] se proyecta».
En algunos textos líricos, especialmente en las Églogas de Garcilaso de la Vega, se ofrece la apariencia de un intercambio dialógico entre pastores. No obstante, un análisis más penetrante revela que, tras esa diversidad elocutiva, alienta un único sentimiento. Así, la presencia de los pastores Salicio y Nemoroso en la Égloga I, refiriéndose mutuamente sus penas amorosas, se han interpretado acertadamente como la proyección del propio Garcilaso en dos momentos diferentes de su pasión por Isabel Freire. Bobes Naves, al reflexionar sobre este mismo ejemplo, concluye que «no hay diálogo, ni siquiera intercambio de monólogos, sino sucesión de soliloquios». Esta conceptualización captura la esencia del fenómeno: lo que aparentemente simula diálogo no es sino la expresión fragmentada de una única conciencia lírica.
4.3. El diálogo en el género narrativo
Sin poder considerarse consustancial al género, el diálogo de personajes en la narración imaginativa resulta ser práctica bastante habitual. Sin embargo, su consideración ha generado cierta controversia teórica, habiendo sido analizado desde perspectivas que revisten discrepancias, aunque estas no resulten del todo incompatibles o mutuamente excluyentes. Un extremo de la discusión es ocupado por quienes sostienen que el narrador mantiene el control absoluto del discurso narrativo en todo momento, incluso cuando interrumpe su alocución para ceder la voz a los personajes. Según esta perspectiva, que defiende Bobes Naves, el narrador «es el dueño del discurso (…) y en cualquier caso, cuando cede la palabra a sus personajes, él actuará como retransmisor de un discurso referido (…), el personaje no puede entrar en el ámbito del narrador, si no es de la mano de éste (…), su palabra es siempre discurso referido sobre el que el narrador comenta, dispone, presenta, valora, etc.».
En el extremo opuesto se sitúan quienes atribuyen una cierta autonomía relativa a la palabra de los personajes respecto del narrador. Estos teóricos distinguen dos discursos procedentes de dos emisores distintos, aunque ambos imaginarios: el discurso del narrador y el discurso de los personajes. Este último funciona, dentro de la convención que todo relato literario exige, para caracterizar a los personajes, acercándolos al lector, dotándolos de vida propia y de profundidad psicológica. La verdadera cuestión que subyace a ambos planteamientos es el criterio empleado para valorar la función y el peso de la figura del narrador: si se le sitúa en un plano de superioridad absoluta respecto de los personajes, excluyéndolos de toda función narrativa, o si, por el contrario, se reconoce a narrador y personajes como ocupantes de un plano de relativa igualdad, donde cada uno transmite una parcela diferente de la historia o anécdota.
4.4. Formas de intercalación del diálogo en el discurso narrativo
La voz de los personajes se inserta en el discurso del narrador mediante un conjunto diferenciado de procedimientos técnicos. El estilo directo reproduce las palabras exactas atribuidas al personaje, bien entrecomillándolas o bien anteponiéndoles un guión tipográfico. Frecuentemente se añade un verbo de dicción—los denominados verbos dicendi—que explicita la atribución de la intervención: «¿Quieres que vayamos?» preguntó interesado / «No lo sé. Ya veremos», respondió. El estilo indirecto o discurso referido reproduce mediante las propias palabras del narrador lo que el personaje ha expresado: «Le preguntó si quería que fuesen. Respondió que no lo sabía, que ya vería».
El estilo indirecto libre constituye un procedimiento más sutil: el pensamiento o la conciencia del personaje—porque frecuentemente no reproduce un discurso explícito del mismo—se integra en la locución del narrador como parte orgánica de ella, yuxtaponiendo lo que este dice y lo que aquel piensa en un continuo donde, no obstante, el lector puede deslindar la contribución de cada una de las voces. Ejemplo: «Había vivido largos años con aquella mujer en una relación infructuosa y triste, ¡un asco de vida!, prolongada por la rutina o por la cobardía, ¡nadie sabe cuánto cuesta romper las ataduras!». Es necesario no confundir el estilo indirecto libre con el denominado monólogo interior o corriente de conciencia, fenómeno distinto que constituye un fluir inconexo y fragmentario del subconsciente del personaje, sin intervención alguna del narrador, perteneciente en exclusiva al ámbito psíquico del personaje.
4.5. El diálogo en el género dramático
Si en la narración el diálogo ejerce una función complementaria respecto de otro discurso prevalente, en el texto dramático se convierte en elemento absolutamente autosuficiente, y al mismo tiempo inherente al género de manera consustancial. En el drama no existe forma alternativa para transmitir la información; todo debe realizarse mediante el intercambio verbal entre los personajes. Aquí alcanza el diálogo su máxima dimensión posible como estrategia constructiva de un discurso total. María del Carmen Bobes Naves, defensora firme de la centralidad del diálogo en el teatro, afirma categóricamente: «El diálogo en el discurso dramático no es un hecho de forma solamente (…) es la esencia misma del drama». Otros teóricos, sin embargo, han rebajado la importancia relativa de este elemento, sin el cual resulta casi imposible concebir el género dramático en su forma tradicional.
4.6. Características y funcionalidad del diálogo dramático
Bobes sistematiza los rasgos o características del diálogo dramático de la siguiente manera: presencia de dos o más interlocutores que se expresan en presente, situados «cara a cara»; estrecha vinculación funcional entre la palabra proferida y la acción que se desarrolla; la situación extralingüística que sirve de marco contextual, contenida tanto en el diálogo como en las acotaciones escénicas; la existencia de contextos diversos para cada personaje, de manera que dos personajes que repiten idéntico contexto probablemente constituyen un único actante desdoblado; la autosuficiencia referencial que el diálogo posee respecto de la acción y que le permite caracterizar intrínsecamente a los personajes. El diálogo dramático se presenta bajo diversas formas específicamente teatrales: el intercambio verbal entre personajes constituye su manifestación prototípica. Existe también el monólogo, intervención verbal de un único personaje, que puede ser de dos tipos diferenciados: el soliloquio o introspección, en el que el personaje dirige su parlamento hacia sí mismo, revelando sus pensamientos, deseos y conflictos íntimos; y el monólogo apelativo, en el que el personaje dirige su discurso directamente hacia los espectadores, frecuentemente para informarles, para justificar sus acciones o para implicarles en la acción dramática.
4.7. Funciones e integración del diálogo teatral
Existe también el aparte, modalidad particular en la que un personaje, en presencia de otros, profiere algo que estos fingen no escuchar pero que los espectadores sí perciben con claridad. El diálogo dramático desempeña una triple funcionalidad dentro de la totalidad del espectáculo teatral: su función primaria radica en la creación de la acción dramática; su función secundaria consiste en complementar la caracterización psicológica y la configuración de los personajes; su función terciaria provee información sobre las coordenadas espacio-temporales del relato dramático.
El diálogo, en su totalidad expresiva, constituye solamente una parte—aunque fundamental—de lo que se designa como texto literario dramático, el cual se complementa necesariamente con las acotaciones, generalmente pautas técnicas para la representación escénica, que proceden igualmente del autor. A este texto literario, formado por la conjunción del diálogo y las acotaciones, se suma necesariamente el denominado texto espectacular o representación concreta, la parcela que corresponde al director de escena, al equipo técnico y a los actores. Este texto espectacular incluye los decorados, la iluminación, la música, los efectos sonoros y toda la parafernalia técnica que posibilita la realización tangible de la obra sobre un escenario. Ambos textos—el literario y el espectacular—se aúnan indisolublemente para conformar la totalidad del espectáculo dramático tal como es experimentado por la audiencia. La complejidad de esta dualidad revela que el género dramático funciona en múltiples niveles de significación simultáneamente: el del lenguaje verbal, el del lenguaje visual, el del lenguaje kinésico y proxémico, todos los cuales convergen para producir el efecto artístico total. El diálogo, en este contexto complejo, actúa como elemento fundamental pero no exclusivo, interactuando constantemente con los demás componentes del espectáculo para generar sentido y emoción.
V. Conclusiones
5.1. Síntesis de los dos enfoques interpretativos
El análisis riguroso del diálogo exige que este sea abordado desde dos enfoques fundamentalmente distintos, aunque complementarios. Desde la primera perspectiva, el diálogo se estudia como una situación comunicativa concreta, un intercambio vivo de información entre dos o más interlocutores en condiciones de presencia y temporalidad compartidas. Desde esta óptica, el diálogo se caracteriza por su espontaneidad relativa, por la cocreación del sentido entre los participantes, y por su dependencia del contexto extralingüístico. Desde la segunda perspectiva, el diálogo constituye una variante o tipo de discurso, resultado de una estrategia constructiva deliberadamente seleccionada por un emisor único que busca codificar su intención comunicativa. Desde este ángulo, el diálogo pierde su carácter espontáneo, adquiere un propósito estratégico definido, y se somete a los mismos criterios analíticos que aplicamos a otros tipos de textos. Aunque estas dos perspectivas inicialmente podrían parecer contradictorias, en realidad resultan complementarias y ofrecen conjuntamente una comprensión más rica del fenómeno dialógico. La ubicación del tema dentro del temario de oposiciones confirma que ambas dimensiones merecen atención teórica y práctica, permitiendo que el docente desarrolle una comprensión multidimensional del diálogo en sus diversas manifestaciones.
5.2. Perspectiva didáctico-práctica para la educación
La teoría del diálogo expuesta en este tema ofrece posibilidades sustanciales para la práctica pedagógica en contextos educativos diversos. Aunque la totalidad de su análisis teórico y académico corresponde al programa de primer curso de Bachillerato, un tratamiento más parcial y fragmentado de estos contenidos se encuentra igualmente presente en los cursos de Educación Secundaria Obligatoria, donde la aplicación práctica resulta, frecuentemente, aún más provechosa desde una perspectiva didáctica. Esta orientación práctica debería dirigirse hacia ambas manifestaciones del diálogo. En su aspecto como variante de discurso y género literario, el trabajo pedagógico podría organizarse mediante la lectura atenta y el comentario crítico de obras maestras dialógicas, la creación de textos dialógicos por parte del alumnado siguiendo ciertos parámetros predefinidos, e incluso la representación de sencillos textos de género dramático. En su vertiente como situación comunicativa de intercambio real, la práctica de distintas formas de diálogo dirigido—como coloquios, mesas redondas, entrevistas y debates formales—generaría beneficios pedagógicos singularmente valiosos. A través de estos ejercicios, el alumnado desarrolla con mayor amplitud su capacidad de comprensión y expresión oral, áreas frecuentemente descuidadas en el trabajo cotidiano de aula. Paralelamente, cultivaría otras destrezas intelectuales de aplicabilidad interdisciplinar: la capacidad argumentativa, la síntesis ordenada del pensamiento, la articulación de ideas complejas. Igualmente importante es la adquisición de hábitos sociales esenciales: respetar el turno de palabra, escuchar con atención genuina para después poder responder con precisión y exactitud, reconocer la legitimidad de perspectivas contrarias. En síntesis, este tema brinda a docentes la posibilidad de extraer un aprovechamiento didáctico considerable si la orientación es certera y se atiende equilibradamente a sus múltiples dimensiones teóricas, textuales y comunicativas.
BIBLIOGRAFÍA
- AA.VV.: Lengua castellana y Literatura I (Bachillerato). Madrid, Akal, 2001. Manual de referencia que ofrece clasificaciones sistematizadas de tipos de diálogos organizados y proporciona una estructura pedagógica adecuada para contextos educativos secundarios.
- Bajtin, Mijail: Estética de la creación verbal. México, Siglo XXI, 1982. Obra fundamental que establece las bases teóricas para comprender el concepto de dialogismo en la teoría literaria moderna, con especial énfasis en la narrativa.
- Bajtin, Mijail: Teoría y estética de la novela. Madrid, Taurus, 1989. Extensión de la teoría dialógica bajtiniana aplicada específicamente al género narrativo, proporcionando herramientas analíticas para interpretar la polifonía discursiva en textos novelísticos.
- Beltrán Almería, Luis: Palabras transparentes (La configuración del discurso del personaje en la novela). Madrid, Cátedra, 1992. Estudio monográfico que analiza con rigor los procedimientos técnicos mediante los cuales se construyen las voces de los personajes narrativos y su función caracterizadora.
- Bobes Naves, María del Carmen: Semiología de la obra dramática. Madrid, Taurus, 1987. Tratado que examina el drama desde una perspectiva semiótica rigurosa, destacando la función central del diálogo como articulador de significados en el texto teatral.
- Bobes Naves, María del Carmen: El diálogo. Estudio pragmático, lingüístico y literario. Madrid, Gredos, 1992. Monografía exhaustiva que constituye referencia obligatoria para el estudio del diálogo, integrando perspectivas pragmáticas, lingüísticas y literarias en un análisis comprehensivo del fenómeno dialógico.
- Grice, H. P.: Estudios sobre la intención comunicativa. Barcelona, Ariel, 1975. Obra clave que introduce el concepto de máximas conversacionales y sententa las bases de la pragmática del lenguaje, fundamento teórico para el análisis de los principios reguladores del diálogo.
- Pavis, Patrice: Diccionario del teatro. Dramaturgia, estética, semiología. Barcelona, Paidós, 1983. Obra de consulta que proporciona definiciones sistemáticas de términos teatrales y analiza las estructuras fundamentales del drama, incluyendo la función del diálogo.
- Reyes, Gabriela: Polifonía textual (la citación en el relato literario). Madrid, Gredos, 1984. Estudio que examina cómo la inclusión de voces ajenas en el relato—mediante diálogos, citas y discurso referido—genera efectos de multiplicidad perspectivista en el texto narrativo.
- Tacca, Oscar: Las voces de la novela. Madrid, Gredos, 1973. Análisis clásico que estudia las distintas formas mediante las cuales se intercalan los discursos en la novela, enfatizando la complejidad técnica de la voz narrativa.
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Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!
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