El ensayo y el periodismo. Su irrupción en la literatura. 2026

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By Víctor Villoria

EL ENSAYO Y EL PERIODISMO: SU IRRUPCIÓN EN LA LITERATURA

I. El ensayo: Concepto y génesis del género

1.1. Delimitación conceptual y naturaleza híbrida

El ensayo se define, en su esencia más pura, como una modalidad discursiva en prosa que aborda temáticas diversas sin la pretensión de agotarlas ni de ofrecer un aparato crítico exhaustivo. A diferencia de los tratados científicos, el ensayista se dirige habitualmente a un público no especializado, empleando una subjetividad manifiesta que busca más la sugerencia que la demostración empírica rigurosa. Esta característica lo convierte en una herramienta intelectual flexible, donde la voz del autor se entrelaza con la materia tratada, generando un diálogo abierto con el lector. No se busca imponer una verdad absoluta, sino más bien invitar a una reflexión compartida sobre la complejidad de lo real y lo humano.

Desde una perspectiva genológica, el ensayo ocupa un espacio intermedio entre la didáctica y la estética, lo que le confiere un carácter excepcionalmente ecléctico. Esta hibridez permite que el texto transite desde el análisis sociológico hasta la confesión íntima, manteniendo siempre una voluntad de estilo que lo distancia de la mera divulgación técnica. El ensayista no solo expone ideas, sino que las somete a un proceso de elaboración literaria donde la forma adquiere una relevancia pareja al contenido. De este modo, el género se constituye como una «literatura de ideas», donde el pensamiento se manifiesta a través de un lenguaje cuidado y una estructura que, aunque libre, no carece de rigor lógico interno.

La dimensión dialógica es otro de los pilares fundamentales que sustentan este género. El ensayo no se concibe como un monólogo autoritario, sino como una propuesta tentativa que espera la respuesta intelectual del receptor. Esta apertura interpretativa es lo que permite que textos ensayísticos de siglos pasados sigan manteniendo una vigencia asombrosa, pues no ofrecen soluciones cerradas, sino caminos de indagación que cada generación debe volver a recorrer. La libertad temática es absoluta, abarcando desde las preocupaciones metafísicas más profundas hasta los detalles más nimios de la vida cotidiana, siempre bajo la mirada escrutadora y personal del autor que ensaya su propio pensamiento.

Finalmente, cabe destacar que el ensayo contemporáneo se ha consolidado como el género literario más representativo de la modernidad. Su capacidad para asimilar elementos de otros géneros, como la crónica, la carta o el diario, lo sitúa en la vanguardia de la experimentación discursiva. En la sociedad de la información, el ensayo cumple una función crítica esencial, actuando como contrapunto a la inmediatez y superficialidad de los discursos dominantes. A través de la reflexión demorada, el ensayista invita a detener el ritmo vertiginoso de la actualidad para analizar las estructuras subyacentes que conforman nuestra realidad social y cultural, reafirmando así la importancia de la palabra escrita como motor de cambio intelectual.

1.2. Orígenes históricos: De Montaigne a la Ilustración

Históricamente, el nacimiento del género se sitúa de forma unánime en el siglo XVI con la figura de Michel de Montaigne, quien con sus Essais inauguró una forma de escritura centrada en el autoexamen y la observación del mundo. En estos textos, la brevedad y el tono personal se erigen como pilares fundamentales, permitiendo que el autor explore sus propias dudas y certezas sin las ataduras de los géneros clásicos. Montaigne no pretendía sentar cátedra, sino «ensayarse» a sí mismo, convirtiendo su propia subjetividad en el objeto central de estudio. Esta ruptura con la tradición escolástica supuso una revolución intelectual que puso las bases del pensamiento humanista moderno.

Casi simultáneamente en Inglaterra, Francis Bacon desarrolló una variante del ensayo más aforística y pragmática, orientada hacia la moral y la política. Mientras que Montaigne se inclinaba por la divagación y el fluir de la conciencia, Bacon prefería la densidad conceptual y la brevedad sentenciosa. Estas dos corrientes, la personalista y la doctrinal, configurarían la evolución posterior del género en Europa. Durante el siglo XVII, el ensayo comenzó a permear otros ámbitos, integrándose en la naciente prensa periódica y convirtiéndose en un vehículo privilegiado para la sátira de costumbres y el debate de ideas en los cafés y salones literarios de la época.

El siglo XVIII, conocido como el Siglo de las Luces, representó la consagración definitiva del ensayo como herramienta de reforma social. Los ilustrados vieron en este género el medio ideal para difundir las nuevas ideas científicas y filosóficas entre un público cada vez más amplio. En España, la figura de Benito Jerónimo Feijoo destaca por encima de todas con su Teatro crítico universal, donde empleó el ensayo para combatir las supersticiones y errores comunes de su tiempo. Su estilo claro y su afán pedagógico convirtieron su obra en un éxito editorial sin precedentes, demostrando la capacidad del ensayo para transformar la mentalidad de una nación mediante la razón y la crítica.

La evolución del ensayo durante la Ilustración también estuvo marcada por su estrecha relación con el periodismo. Revistas como The Spectator en Inglaterra, de Addison y Steele, sirvieron de modelo para publicaciones europeas que utilizaban el artículo de ensayo para moralizar y educar a la burguesía ascendente. Esta simbiosis entre pensamiento y actualidad permitió que el ensayo se despojara de cualquier rastro de pedantería académica, adoptando un lenguaje ágil y directo. Así, el género se preparaba para los retos del siglo XIX, donde la irrupción del romanticismo aportaría una nueva carga de emocionalidad y compromiso político a la escritura ensayística.

II. El lenguaje humanístico y la estructura del ensayo

2.1. El léxico humanístico: Abstracción y permanencia

El análisis del lenguaje del ensayo requiere distinguir entre las esferas de las ciencias naturales y las ciencias humanas. Mientras que las primeras se orientan hacia lo físico y fenoménico, las ciencias humanas centran su interés en la naturaleza no física del hombre y sus manifestaciones culturales. Esta distinción se refleja nítidamente en el léxico empleado, donde el ensayo se caracteriza por una notable abundancia de términos abstractos. Estos vocablos designan cualidades o atributos separados del objeto concreto en que se manifiestan, permitiendo una profundidad de análisis conceptual que trasciende la mera descripción empírica de los hechos observados.

Una cualidad distintiva del vocabulario humanístico frente al científico es su relativa estabilidad o permanencia histórica. A diferencia de las disciplinas técnicas, cuyos términos se renuevan o caducan al ritmo vertiginoso de los descubrimientos tecnológicos, el léxico del ensayo mantiene una continuidad semántica significativa. Esto no implica estatismo, pues los ensayistas suelen dotar de nuevos significados a palabras antiguas o generar neologismos a partir de raíces clásicas. De este modo, el lenguaje ensayístico logra un equilibrio entre la tradición léxica y la innovación conceptual, permitiendo que términos acuñados hace siglos sigan siendo herramientas vigentes para interpretar la realidad presente.

Asimismo, el lenguaje del ensayo se manifiesta frecuentemente como un discurso doctrinal, organizado en torno a sistemas de principios filosóficos, políticos o éticos. Este lenguaje doctrinal es el que da forma a corrientes de pensamiento complejas, proporcionando un marco interpretativo coherente a la realidad social. Cuando este discurso se sitúa exclusivamente en un plano teórico, sin una preocupación inmediata por las aplicaciones prácticas, nos hallamos ante el lenguaje especulativo. Este último alcanza el grado máximo de abstracción, siendo propio de disciplinas donde el pensamiento se repliega sobre sí mismo para explorar las categorías puras del entendimiento y la lógica.

En definitiva, la riqueza terminológica del ensayo no solo reside en su precisión técnica, sino en su capacidad para evocar resonancias éticas y estéticas. El ensayista debe dominar un registro que combine la claridad conceptual con la fuerza expresiva, evitando caer en la oscuridad innecesaria. La densidad léxica del género exige un lector activo, capaz de desentrañar las capas de significado acumuladas en los términos humanísticos. Así, el lenguaje se convierte no solo en un vehículo de información, sino en un objeto de reflexión en sí mismo, evidenciando que la forma en que nombramos los fenómenos condiciona inevitablemente nuestra comprensión del mundo.

2.2. Estructura dialéctica: Exposición y argumentación

La arquitectura interna del ensayo se apoya en dos pilares discursivos fundamentales: la exposición y la argumentación. La exposición consiste en la presentación ordenada de un tema con la finalidad de facilitar su comprensión por parte del receptor. En este nivel, el autor debe esforzarse por mantener una objetividad metodológica inicial, basándose en datos y relaciones lógicas verificables. Aunque muchos ensayos pueden tener una apariencia divagatoria, subyace siempre un orden expositivo que guía al lector a través de la materia tratada, preparando el terreno para la introducción de las tesis personales del ensayista en fases posteriores del texto.

La argumentación, por su parte, introduce la dimensión persuasiva del género, empleando razonamientos para probar o refutar juicios determinados. A diferencia del discurso científico, donde la argumentación debe ser estrictamente racional y exenta de emotividad, el ensayo permite un enfoque más personal y dialéctico. La dialéctica ensayística no siempre busca la demostración matemática de una verdad, sino que a menudo se presenta como el arte de conducir al lector hacia una conclusión mediante el contraste de ideas opuestas. El ensayista no pretende coaccionar el juicio del receptor, sino interesarlo en un proceso de búsqueda intelectual compartida y dinámica.

Un rasgo distintivo del género es el uso recurrente de recursos literarios que elevan el texto a la categoría de arte. El empleo de metáforas, imágenes y estructuras rítmicas permite al autor imprimir un tono personal único a su obra. Esta voluntad de estilo es lo que diferencia al ensayo de una monografía técnica o de un informe administrativo. Al ser un género literario, se presta especial atención a la forma, entendiendo que la belleza del lenguaje no es un adorno superfluo, sino un componente esencial de la eficacia comunicativa y del placer estético que el texto debe proporcionar al lector, incluso en los temas más áridos.

Finalmente, cabe señalar que la estructura del ensayo goza de una libertad casi absoluta, careciendo de moldes preestablecidos. Esta flexibilidad es precisamente lo que ha permitido su pervivencia a lo largo de los siglos, adaptándose a las necesidades expresivas de cada época y autor. Ya sea a través de la confesión íntima, el análisis sociológico o la sátira humorística, el ensayo se mantiene fiel a su origen etimológico: un «ensayo» o prueba constante de la inteligencia crítica frente a la realidad cambiante. Esta ausencia de reglas fijas es su mayor desafío para el escritor, pero también su mayor virtud para la expresión del pensamiento libre y original.

III. El periodismo y su dimensión literaria

3.1. Finalidad discursiva: Información y opinión

La finalidad del periodismo es el factor determinante que condiciona la naturaleza y estructura de sus producciones textuales. Tradicionalmente, se distinguen dos funciones primordiales: informar y crear opinión. La función informativa se centra en la difusión de hechos de interés público, buscando un ideal de objetividad que debe guiar la labor del redactor. Para ello, se emplean técnicas de recolección de datos y testimonios, intentando presentar la realidad con la mayor neutralidad posible. El periodista debe ser consciente de sus propios sesgos para evitar que estos distorsionen la información que intenta comunicar a una audiencia que confía en su veracidad.

Por el contrario, el periodismo de opinión busca explícitamente influir en el juicio de los lectores. A través de géneros como el editorial o la columna, se ofrece una interpretación subjetiva de la actualidad, convirtiéndose en una tribuna de debate donde se analizan las causas y consecuencias de los acontecimientos. Esta vertiente permite una mayor libertad expresiva y un acercamiento evidente al estilo literario y ensayístico. Ambas finalidades conviven en las páginas de los diarios, aunque se manifiestan en formatos discursivos diferenciados para que el lector pueda identificarlos sin ambigüedad y ejercer su criterio de forma independiente y crítica.

En la actualidad, la prensa escrita desempeña un papel complementario al de los medios audiovisuales. Mientras que la radio o la televisión destacan por su inmediatez, el periódico permite una investigación a fondo y un análisis reposado que la tiranía del directo a menudo impide. El diario llena los vacíos de información que dejan las cápsulas informativas rápidas, aportando contexto, datos estadísticos y una pluralidad de perspectivas que enriquecen el debate democrático. Así, el periodismo escrito se reafirma como un instrumento fundamental de educación lingüística y ciudadana, cuya relevancia social trasciende la mera transmisión de novedades cotidianas.

Es importante destacar que la frontera entre información y opinión se ha vuelto cada vez más porosa con la aparición de géneros híbridos. En este tipo de textos, el informador relata los hechos mientras manifiesta simultáneamente su valoración personal, rompiendo el canon clásico de la asepsia informativa total. Esta tendencia refleja una evolución en las demandas del público contemporáneo, que busca comprender los procesos subyacentes desde una visión con nombre y apellidos. Sin embargo, esta subjetividad no debe ser excusa para el descuido del rigor profesional o la manipulación interesada de la realidad, valores que deben constituir el núcleo ético de la profesión periodística.

3.2. Estilos y normas: Las cuatro «C» del periodismo

El estilo periodístico se fundamenta en principios básicos que garantizan la eficacia comunicativa: claridad, concisión, corrección y completitud. La claridad es imperativa, dado que el periódico se dirige a una audiencia con niveles culturales diversos; el texto debe ser comprendido a la primera lectura por cualquier ciudadano interesado. La concisión viene impuesta por las limitaciones físicas del soporte y por la necesidad de no abrumar al lector con datos superfluos. Un estilo directo, con oraciones bien estructuradas y un orden lógico, es la mejor garantía para cumplir estos objetivos y asegurar una comunicación fluida y sin ruidos interpretativos innecesarios.

La corrección gramatical y ortográfica es un deber ineludible, pues los medios de comunicación actúan como modelos lingüísticos para la sociedad. Según autores como Fernando Lázaro Carreter, los periodistas deben evitar la literaturización excesiva o el uso de un lenguaje administrativo oscuro que aleje al lector de la realidad. Un lenguaje correcto no es aquel que utiliza términos rebuscados, sino el que emplea la palabra precisa para cada situación comunicativa. Además, el profesional debe estar alerta ante la influencia de extranjerismos innecesarios que empobrecen el idioma y pueden generar confusión sobre el significado real de las noticias.

La completitud exige que la noticia aporte toda la información necesaria para que el receptor comprenda el contexto y el alcance de los hechos narrados. Esto implica a menudo una labor de investigación previa que vaya más allá del mero teletipo de agencia. Sin embargo, este afán por lo completo no debe confundirse con la acumulación de detalles irrelevantes que oscurezcan lo esencial. La labor del buen periodista consiste precisamente en seleccionar lo significativo y presentarlo de forma coherente. El equilibrio entre el detalle riguroso y la síntesis eficaz es lo que define a un estilo profesional maduro y respetado por el público.

Finalmente, cabe mencionar los riesgos de la manipulación lingüística en el discurso informativo. El uso de eufemismos para suavizar realidades incómodas o el empleo de verbos en condicional para difundir rumores sin contrastar son prácticas que atentan contra la ética del canon estilístico. El periodista debe ser un vigilante del lenguaje, huyendo de las modas pasajeras que desvirtúan el léxico y manteniéndose fiel a la función pedagógica y veraz del periodismo. En una época de sobreinformación, la sencillez y la honestidad en el uso de la palabra se convierten en los activos más valiosos de cualquier medio de comunicación que aspire a la excelencia.

IV. Evolución histórica de la prensa en España

4.1. El siglo XIX: De la opinión al periodismo de empresa

El siglo XIX representa la era dorada del periodismo político en España, estrechamente vinculado a las luchas ideológicas entre facciones liberales y conservadoras. Durante gran parte de la centuria, los periódicos fueron órganos de partido cuya misión principal era la propaganda y el combate doctrinal. Sin embargo, a mediados de siglo, comenzó a surgir una prensa más centrada en la información y el entretenimiento. La década moderada favoreció la difusión de la novela de folletín, un género que enganchaba a los lectores con tramas melodramáticas y que se convirtió en el principal motor de ventas de los diarios de la época, democratizando el acceso a la ficción literaria.

Con el Sexenio Revolucionario de 1868, el panorama mediático experimentó una transformación radical gracias a la libertad de imprenta. Aparecieron publicaciones emblemáticas como El Imparcial, fundado por Eduardo Gasset y Artime, que introdujo en España el concepto moderno de periodismo de empresa. Este diario no solo buscaba influir políticamente, sino ser un negocio rentable mediante la publicidad y el aumento de la tirada. Su suplemento literario, Los Lunes de El Imparcial, se erigió en el árbitro del gusto cultural de la nación, donde colaboraban las plumas más prestigiosas y se daban a conocer las nuevas corrientes estéticas europeas.

La aparición de La Correspondencia de España marcó otro hito fundamental al centrarse en la noticia breve y la inmediatez, prefigurando el estilo dinámico del periodismo del siglo XX. Conocido popularmente por su enorme difusión entre las clases populares, este diario demostró que existía un mercado para la información diversa y rápida, alejada de los densos artículos doctrinales del pasado. Esta diversificación permitió que convivieran revistas de alta cultura con diarios de gran tirada, creando un ecosistema rico que fue esencial para la alfabetización política y cultural de la sociedad española de finales del siglo XIX, sentando las bases de la opinión pública moderna.

A finales de siglo, la crisis del 98 encontró en la prensa su principal caja de resonancia. El desastre colonial fue analizado con una intensidad crítica sin precedentes, dando voz a la Generación del 98, cuyos integrantes utilizaron el periodismo como plataforma para proponer la regeneración del país. El periodismo decimonónico legó una tradición de compromiso cívico y calidad literaria que serviría de base para el posterior esplendor intelectual de la Edad de Plata. La prensa no solo informaba de los sucesos, sino que configuraba activamente la conciencia nacional en un momento de profunda transformación y búsqueda de identidad colectiva.

4.2. El siglo XX: La Edad de Plata y el periodismo intelectual

El primer tercio del siglo XX se considera la cumbre del periodismo español, con cabeceras de prestigio internacional como El Sol, fundado bajo la influencia intelectual de José Ortega y Gasset. Fue una época en la que la frontera entre literatura y periodismo desapareció casi por completo; escritores de la talla de Unamuno, Baroja o Azorín eran colaboradores asiduos de la prensa diaria. La creación de la Revista de Occidente en 1923 consolidó un espacio de alta cultura donde se debatían las vanguardias europeas, situando a España en el centro del pensamiento occidental de entreguerras y elevando el nivel intelectual de los lectores medios.

Durante la Segunda República, el periodismo alcanzó cotas de pluralidad inéditas, reflejando las tensiones y esperanzas de una sociedad en plena ebullición democrática. Diarios de diversas tendencias representaban un amplio espectro de la opinión pública, desde el reformismo burgués hasta los movimientos obreros. La figura del periodista-intelectual se convirtió en el referente máximo de la época, asumiendo una responsabilidad pedagógica en la construcción de la nueva ciudadanía. Sin embargo, este florecimiento se vio truncado de forma traumática por la Guerra Civil, que supuso la destrucción física y moral de gran parte del aparato cultural y periodístico del país, condenando al exilio a sus figuras más brillantes.

Tras el conflicto, el panorama periodístico sufrió un retroceso drástico debido a la censura y al monolitismo ideológico impuesto. Durante las décadas de posguerra, la prensa oficial se centró en la propaganda, aunque surgieron revistas que intentaron mantener una cierta dignidad intelectual en los márgenes del sistema. La literatura de esta época se refugió a menudo en suplementos culturales que, paulatinamente, fueron abriendo grietas en la ortodoxia del régimen. El periodismo del siglo XX cierra su ciclo con la transición, donde la prensa recupera su papel como defensora de libertades, demostrando que la palabra libre es la herramienta fundamental para construir una sociedad democrática y consciente de su historia.

En conclusión, la historia del periodismo en España es el relato de una constante lucha por la expresión crítica y la calidad estética. La irrupción de la literatura en los diarios no ha sido un mero adorno, sino el vehículo fundamental para la modernización del pensamiento y la lengua. Hoy en día, ante el reto de la digitalización, el periodismo heredero de esta tradición debe preservar el rigor y la voluntad analítica que caracterizaron a sus mejores maestros. La simbiosis entre el ensayo y el periodismo sigue siendo necesaria para interpretar un mundo complejo, reafirmando que la profundidad del pensamiento no está reñida con la claridad expositiva que exige el medio periodístico actual.

V. La revolución del nuevo periodismo y la no ficción

5.1. Innovación narrativa: La realidad contada como novela

En la década de los 60, surgió un movimiento que transformaría definitivamente la relación entre periodismo y literatura: el Nuevo Periodismo. Este estilo rompió con la asepsia informativa tradicional al incorporar técnicas narrativas propias de la ficción para relatar sucesos reales. Autores como Truman Capote, con su obra A sangre fría, inauguraron la llamada «novela de no ficción», donde la investigación exhaustiva se combinaba con una estructura dramática y un profundo análisis psicológico. El periodista dejaba de ser un mero observador para convertirse en un narrador capaz de recrear la atmósfera y la interioridad de los hechos vividos.

Tom Wolfe, otro de los grandes impulsores de este movimiento, defendía el uso de un realismo detallado y la inmersión profunda en el ambiente objeto de estudio. Esta metodología permitía al escritor captar matices que el periodismo convencional solía pasar por alto debido a su urgencia. El periodismo literario buscaba transmitir no solo el dato frío, sino la experiencia emocional y el significado simbólico de los acontecimientos. Para ello, se utilizaban recursos como el diálogo extendido, el punto de vista subjetivo y la descripción minuciosa del estilo de vida de los protagonistas, elevando la crónica cotidiana a la categoría de gran literatura comprometida con la verdad.

Las características definitorias de esta corriente incluyen la consideración del reportaje como una forma de arte y la exigencia de una vasta cultura por parte del cronista. El periodista debe ser capaz de observar la realidad sin prejuicios, exponiendo la noticia mediante una narrativa envolvente que invite al lector a extraer sus propias conclusiones. Este enfoque otorga al receptor estímulos que otros medios no pueden ofrecer, gracias a la capacidad de la palabra escrita para profundizar en la complejidad de las motivaciones humanas. La verdad de los hechos no se ve alterada, sino potenciada por una forma estética que respeta la dignidad de lo real y lo dota de trascendencia.

A pesar de las críticas iniciales de los sectores más conservadores, el Nuevo Periodismo demostró que la creatividad narrativa no está reñida con el rigor informativo. En el ámbito hispánico, autores como Gabriel García Márquez o Rodolfo Walsh aplicaron estas técnicas con maestría, demostrando que la realidad puede ser tan fascinante como la invención. Esta herencia sigue vigente en la crónica contemporánea, donde la calidad de prosa y la profundidad analítica son los rasgos distintivos de un periodismo que se niega a ser efímero. La no ficción se ha consolidado como un espacio de resistencia intelectual donde la literatura y el periodismo se abrazan para dar sentido a nuestro tiempo.


BIBLIOGRAFÍA

  • ALBORG, Juan Luis: Historia de la literatura española (Tomo III). Madrid, Gredos, 1972. Estudio exhaustivo sobre el pensamiento ilustrado y el nacimiento de la crítica periodística en España.
  • ALVAR, Manuel: Manual de lengua española. Barcelona, Vox, 1995. Obra de referencia técnica sobre los tipos de discurso, el lenguaje humanístico y la metodología del ensayo.
  • CAPOTE, Truman: A sangre fría. Barcelona, Anagrama, 1966. Texto fundacional de la novela de no ficción que revolucionó la relación entre investigación y narrativa.
  • LÁZARO CARRETER, Fernando: El dardo en la palabra. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 1997. Análisis crítico fundamental sobre los vicios lingüísticos y el estilo en los medios de comunicación.
  • MONTAIGNE, Michel de: Ensayos. Madrid, Cátedra, 1986. Edición crítica de la obra que dio origen al género, esencial para comprender su naturaleza subjetiva y asistemática.
  • ORTEGA Y GASSET, José: Meditaciones del Quijote. Madrid, Revista de Occidente, 1914. Obra clave para entender la teoría orteguiana sobre el ensayo como ciencia del punto de vista.
  • SAIZ, María Dolores: Historia del periodismo en España. Madrid, Alianza Editorial, 1983. Síntesis histórica sobre la evolución de los medios impresos desde el siglo XVIII hasta la actualidad.
  • WOLFE, Tom: El nuevo periodismo. Barcelona, Anagrama, 1976. Manifiesto y antología que define las bases estéticas y metodológicas del periodismo literario estadounidense.

Autor

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    Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
    Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!

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