El texto como unidad comunicativa. Adecuación. 2026

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By Víctor Villoria

El texto como unidad comunicativa. Su adecuación al contexto. El discurso

I. El texto como unidad comunicativa

1.1. Superación del paradigma oracional y constitución del texto

La tradición gramatical occidental, cuya influencia se remonta a los estudios clásicos y se perpetúa en el análisis sintáctico del siglo XX, ha considerado durante siglos la oración como la unidad máxima de descripción lingüística. Este enfoque, pese a su longevidad epistemológica, presenta notables limitaciones cuando se confronta con la complejidad de las manifestaciones del lenguaje en uso. La dificultad inherente a la definición de términos como «oración compuesta», «oración compleja» o «secuencia oracional», así como la ambigüedad que rodea conceptos afines de la sintaxis (cláusula, constituyente, estructura profunda y superficie), revela las insuficiencias de un modelo que pretende agotar toda la realidad lingüística desde la perspectiva meramente estructural. No obstante, a partir de la segunda mitad del siglo XX, emerge una orientación radicalmente diferente en la investigación filológica que supone una verdadera superación de estas perspectivas limitadas. Este nuevo paradigma incorpora elementos fundamentales de la acción comunicativa que la lingüística tradicional había relegado a disciplinas auxiliares: la situación comunicativa, el contexto extralingüístico, la intención del hablante, y la totalidad de circunstancias espacio-temporales que envuelven el acto de habla.

Precisamente de esta reorientación metodológica nacen diversas corrientes lingüísticas, todas ellas agrupadas bajo la denominación general de Pragmática o Análisis del discurso, con ramificaciones que se extienden hacia disciplinas conexas como la sociolingüística, la etnolingüística y la filosofía del lenguaje. El punto de vista fundamental que articula esta nueva perspectiva rechaza la consideración de la lengua como un mero sistema abstracto de signos interconectados por estructuras formales y propone, en su lugar, concebirla como la utilización concreta que el hablante realiza del sistema lingüístico, siempre marcada por una intención específica y un contexto determinado. Esta distinción entre la lengua como sistema (langue en terminología saussureana) y el habla como realización (parole) adquiere, en este marco, una envergadura teórica de primer orden, pues el análisis del discurso debe dar cuenta no solo de cómo funciona el sistema, sino de cómo ese sistema se actualiza en la comunicación real.

Las orientaciones pragmáticas impugnan radicalmente el principio de autonomía oracional que postulaba que la oración constituía la unidad de independencia semántica y sintáctica más compleja de la lengua, y a partir de la cual podían analizarse sus constituyentes y las estructuras que los relacionaban entre sí. Por el contrario, buscan examinar las relaciones supraoracionales significativas que la gramática tradicional no agotaba o dejaba sin describir adecuadamente. Elementos como el uso contextual del artículo determinado e indeterminado, la función de los pronombres correferenciales, los mecanismos de la anáfora y la catáfora, los presupuestos implícitos en todo enunciado, la deixis (señalación de la realidad desde la perspectiva del hablante), las correlaciones espacio-temporales entre enunciados, la conectividad interoracional, y muchos otros fenómenos de la lengua en uso exigen ser interpretados en una unidad de análisis distinta a la oración: precisamente el texto o discurso, concebido como unidad supraoracional.

La facultad del lenguaje no se ejerce mediante enunciados aislados y fragmentados, sino mediante un texto o discurso en el que los elementos se articulan como un todo coherente dotado de una significación global. El significado de una oración particular depende, en muchos casos, del significado de otras oraciones que la preceden o la suceden en su misma secuencia textual, aunque esta relación de interdependencia no opera del mismo modo que la que existe entre cláusulas dentro de una oración compuesta. Esta constatación genera la necesidad epistemológica de concebir una unidad teórica más compleja y comprehensiva: el texto. Las unidades de descripción lingüística se reorganizan, pues, en una nueva jerarquía: fonema—lexema/morfema—palabra—sintagma—oración—texto/discurso. Ahora bien, es necesario precisar que las diferencias entre la oración y el texto no son de naturaleza absoluta sino de grado; así como una palabra puede contener uno o varios morfemas, y estos a su vez uno o varios fonemas, así también un texto puede estar compuesto por una o varias oraciones, e incluso una única oración contextualmente adecuada puede constituir un texto completo (como en el caso del imperativo «¡Ven!» pronunciado en circunstancias específicas).

1.2. Caracterización del texto como unidad comunicativa

Lo que caracteriza de manera esencial al texto es el ser una unidad de comunicación, no el poseer una estructura o forma lingüística determinada previamente. Esta definición abre la puerta a una amplísima gama de manifestaciones discursivas: son textos tanto un discurso político pronunciado ante asambleas legislativas como el editorial de un periódico que comenta la actualidad, un poema lírico de extensión variable, una novela de miles de páginas, una serie conversacional de oraciones sobre un mismo asunto, un anuncio publicitario, una noticia periodística o incluso un grafiti muralístico. La definición funcional del texto, basada en su carácter comunicativo, supera toda clasificación atada a criterios formales o de extensión y pone el acento en la intención pragmática que sustenta la comunicación. Esta perspectiva integra el concepto de texto en la teoría de la comunicación humana considerada como proceso dinámico e interactivo.

El concepto de texto, cuando se concibe adecuadamente, comporta una transformación fundamental en la manera de entender el lenguaje mismo: ya no es considerado únicamente como instrumento de codificación abstracta de significados, sino como instrumento de comunicación, como acción o proceso vivo de intercambio de significados entre los miembros de una comunidad lingüística. El carácter comunicativo del lenguaje constituye, por tanto, el fundamento y la piedra angular de la teoría pragmática. De esta consecuencia se deduce que definir y delimitar la unidad teórica de la comunicación que es el texto resulta una empresa extraordinariamente compleja, y que es prácticamente imposible establecer moldes fijos o reducirla a un sistema abstracto que sea válido unívocamente para todos los usuarios de una lengua. La razón reside en que el lenguaje es, antes que nada, un instrumento de comunicación básico y de relación interactiva, un cauce de expresión individual y colectiva que trasciende con mucho su consideración como mero modelo abstracto situado en el plano de la lengua. Una descripción lingüística que pretenda agotar todas las vertientes del acto de habla en toda su complejidad debe, necesariamente, tener en cuenta el acto de comunicación mismo, la situación comunicativa concreta, el contexto que lo rodea, y la finalidad intencional que persiguen los participantes en el intercambio lingüístico.

La Pragmática, en su versión más madura, pretende acercarse a esta compleja unidad del texto no para definirla de un modo universal, cerrado y coincidente en todas las teorías, sino como objeto de estudio e investigación permanente, desde posturas diversas y por encima de la unidad meramente gramatical que es la oración. Las escuelas pragmáticas son variadas, así como lo son las definiciones y la terminología que emplean para analizar los múltiples aspectos de la textualidad, pero todas ellas persiguen, como meta común, una teoría global y coherente acerca de los aspectos que rodean y caracterizan la acción comunicativa. Los temas 23, 24 y 25 de este temario de oposiciones (dedicados respectivamente al texto, a la coherencia textual y a la cohesión textual) deben ser interpretados como una unidad temática indivisible, pese a su fragmentación formal. El hecho de su división responde a motivos de organización didáctica, pero la realidad es que los tres están imbricados de tal forma que resulta casi imposible tratar uno sin tener permanentemente presentes los otros dos.

II. Su adecuación al contexto

2.1. El concepto de contexto y su relevancia pragmática

Por contexto se entiende el entorno o las circunstancias que rodean el texto o discurso, ya sea que este se manifieste en modalidad oral o escrita. Los términos «contexto» y «circunstancia» funcionan como denominaciones sinónimas que designan un elemento de relevancia capital a la hora de interpretar de manera global y correcta el significado completo de un discurso. Analizar una secuencia lingüística o una oración fuera de su contexto apropiado presenta serias dificultades y genera ambigüedades potencialmente insolubles. Los criterios de aceptabilidad de una secuencia y los juicios sobre la corrección gramatical de un enunciado difícilmente pueden ser emitidos sin recurrir a las circunstancias reales en que tal enunciado es proferido. Por ejemplo, la secuencia «Esperaremos aquí a que nos traigas tu paraguas» es gramaticalmente correcta, pero su significación plena solo se establece cuando se conocen los factores contextuales: quién es el emisor, quién es el destinatario, en qué circunstancias se formula la demanda, qué relación existe entre los participantes. El contexto es, por tanto, un elemento fundamental en el análisis pragmático, pues realizar análisis del discurso implica, ciertamente, hacer sintaxis y semántica, pero consiste fundamentalmente en hacer pragmática, es decir, en considerar las condiciones de uso real del lenguaje.

Desde esta óptica, el analista del discurso estudia el registro (el texto concreto) como un proceso dinámico en el cual el emisor (sea este hablante u escritor) utiliza el lenguaje como medio de comunicación en un contexto específico para expresar significados determinados y para hacer manifiestas sus intenciones comunicativas. El proceso es esencialmente dinámico porque lo son el contexto y las intenciones del hablante, que varían y se transforman en cada acto de comunicación. Así, la interpretación correcta de un texto requiere no solo el conocimiento de las reglas del código lingüístico, sino también la capacidad de reconocer y analizar críticamente todos los elementos que configuran la situación comunicativa: quién habla, a quién se dirige, dónde y cuándo tiene lugar la comunicación, qué canal se utiliza (oral, escrito, gestual), qué propósito se persigue. No es lo mismo una orden dada por un oficial militar a un soldado en contexto de instrucción militar que la misma frase pronunciada entre amigos en un contexto lúdico; tampoco es equivalente un artículo académico publicado en una revista especializada a un comentario casual sobre el mismo tema formulado en una conversación de bar.

2.2. Los elementos del análisis contextual del discurso

2.2.1. La referencia

La teoría de la semántica tradicional desarrollada por John Lyons postula que «la relación que se mantiene entre palabras y objetos es una relación de referencia: las palabras refieren objetos». Esta formulación, aunque proviene de un enfoque semántico clásico, mantiene una vigencia considerable en la interpretación pragmática del discurso, donde funciona como una fuente importante de significación contextual. Según esta concepción, los distintos elementos que constituyen un enunciado se relacionan y hacen remisión a otros elementos anteriores y posteriores, tanto internos como externos al propio enunciado. Las relaciones de referencia que se establecen en cualquier discurso vienen marcadas y determinadas por la actuación concreta del emisor del discurso, y están sustentadas necesariamente en su conocimiento previo de la realidad (el mundo físico, la sociedad, la cultura, la historia, la tradición) y de las propiedades del sistema lingüístico en que se expresa. Cada elemento del discurso, de esta manera, posee un referente en la realidad o, al menos, la pretensión de poseerlo.

Por su parte, quien interpreta ese discurso o enunciado deberá tener presente ese referente para poder captar de un modo adecuado y no distorsionado el significado que persigue el hablante. Solo cuando se conoce el referente contextual es posible comprender plenamente ciertos componentes del discurso que, de otro modo, permanecerían semánticamente opacos. Así, en la frase «Mi tío vive en Canadá desde hace cinco años», es imposible captar el significado completo sin saber a quién se refiere el término «mi tío» (referencia anafórica personal), sin identificar el lugar geográfico «Canadá» (referencia espacial), y sin comprender la perspectiva temporal marcada por la frase adverbial (referencia temporal). Todo signo lingüístico, en definitiva, funciona como referencia de algo; en el análisis pragmático del texto, no obstante, nos interesan sobremanera aquellos elementos que requieren de forma imprescindible una información contextual para su interpretación correcta. Estos elementos, que funcionan como vectores de significación, incluyen primordialmente los deícticos (yo, tú, aquí, ahora, este, ese), el artículo determinado e indeterminado (cuya función es activar referencias previas o introducir nuevas), y las denominadas pro-formas (pronombres, adverbios pronominales, etc.).

2.2.2. La presuposición

La presuposición constituye una categoría pragmática fundamental y se define como toda aquella aseveración no expresada explícitamente, que permanece subyacente al discurso y que condiciona de manera determinante su aceptabilidad y su adecuación al contexto de situación. La presuposición pragmática funciona como una especie de terreno común compartido entre los participantes de un acto comunicativo determinado (por ejemplo, los participantes en una conversación). Se define operativamente como el conjunto de supuestos que el hablante realiza sobre aquello que probablemente el oyente aceptará sin ponerlo en duda, sin necesidad de justificación explícita. Muchas de las presuposiciones que operan en la comunicación están fundadas en el conocimiento compartido de la realidad que poseen tanto hablante como oyente, conocimiento que funciona como marco contextual extralingüístico. Estas presuposiciones son aceptadas tácitamente y sin resistencia por los interlocutores, lo que permite que la comunicación fluya sin necesidad de hacer explícito todo lo implícito. Tomemos ejemplos concretos: si digo «Mi coche tiene el tubo de escape débil», presuponía que poseo un coche; si afirmo «Los ministros jugaban a las canicas en el Congreso», presuponía que tal conducta es posible (aunque absurda); si enuncio «Los esquimales cazaban focas y elefantes», presuponía que tal cacería conjunta era una actividad históricamente real.

Lo interesante del análisis pragmático de la presuposición radica en que su validez depende esencialmente del contexto comunicativo en que sea formulada. Un mismo enunciado puede ser aceptable en un contexto y completamente inaceptable en otro. La afirmación sobre los esquimales cazando elefantes es plausible en el contexto de una clase de Geografía histórica donde se discuten prácticas de pueblos árticos, pero resulta absurda en el editorial de un periódico contemporáneo o en una conversación casual entre amigos en una cafetería. Es precisamente la presuposición compartida entre los participantes en el discurso, el conocimiento que estos tienen del mundo y de la realidad social, lo que permite dar como aceptable un enunciado determinado y lo que permite al intérprete extraer el significado intencional correcto, no solo el literal. La pragmática, en este punto, se distancia claramente de un análisis puramente lógico del lenguaje y se inserta en el terreno de la comunicación real, donde los participantes emplean estrategias implícitas para ganar eficacia comunicativa.

2.2.3. La implicación

Se utiliza el concepto pragmático de implicación para designar aquel fenómeno mediante el cual el emisor de un discurso quiere sugerir o dar a entender algo distinto, a menudo incluso opuesto, de aquello que está diciendo literalmente en su enunciado. La implicación constituye uno de los mecanismos más sofisticados de la comunicación humana, pues permite que los hablantes transmitan significados complejos y matizados sin necesidad de hacer todo explícito. El propio sistema lingüístico posee mecanismos internos que funcionan automáticamente como formas de implicación; entre estos destacan los verbos implicativos (como «resolver», que implica tanto la existencia de un problema como su solución exitosa), además de otros mecanismos estratégicamente activados y controlados por el hablante en función de sus propósitos comunicativos. Muchos enunciados expresan, de hecho, de un modo implícito mucho más contenido significativo de lo que aparentemente comunican en su formulación manifiesta, siendo a menudo su contenido subyacente más «rico» en sentidos y matices que aquello que muestra su forma externa.

Analicemos detenidamente algunos ejemplos paradigmáticos: cuando alguien afirma «Este problema lo resuelve hasta Juan», está implicando, de forma velada pero patente, que Juan no es una persona particularmente inteligente, que el problema es sencillo, y que incluso alguien de escasas capacidades intelectuales podría resolverlo. Cuando un director expresa «Pienso que eso solucionará el problema», la implicación subyacente (especialmente en ciertos contextos entonacionales) es la negación dudosa de tal solución: en realidad, duda que aquello vaya a resolver nada. Cuando se comenta de alguien «Tu amigo parecía buena persona», la implicación pragmática es clara: no es una buena persona, solo lo parecía superficialmente. Tanto el léxico seleccionado, como las estructuras sintácticas empleadas, como el modo verbal escogido añaden nuevos sentidos y matices por parte del hablante, que operan a nivel implícito. La competencia pragmática del oyente le permite reconocer estas implicaciones sin necesidad de explicación, lo que revela la sofisticación de la comunicación lingüística humana.

2.2.4. La inferencia

En el análisis pragmático del discurso, con frecuencia nos encontramos en la situación de no tener acceso directo e inmediato al significado pretendido por el emisor al enunciar un discurso determinado. Ante esta limitación epistemológica, debemos recurrir a otro procedimiento de carácter contextual denominado inferencia. Mediante la inferencia, deducimos el significado que persigue el emisor, aunque sin tener la completa seguridad o certeza de su validez. La inferencia constituye un proceso cognitivo activo en el que el intérprete, basándose en información parcial, genera hipótesis sobre el significado total. La inferencia puede ser de múltiples tipos: deductiva (cuando se sigue necesariamente de premisas verdaderas), inductiva (cuando se basa en la acumulación de casos particulares), abductiva (cuando se infiere la mejor explicación disponible), o meramente pragmática (cuando se basa en normas conversacionales). Consideremos un ejemplo deductivo clásico: si establezco que «Cuando llueve, Juan utiliza el paraguas» y afirmo seguidamente que «Ahora está lloviendo», puedo inferir de forma lógicamente válida que «Luego Juan lleva paraguas». Aunque el proceso deductivo no suele darse de forma consciente en el lenguaje cotidiano espontáneo, es muy fácil llegar a la conclusión mediante una inferencia de carácter deductivo a partir de los dos enunciados iniciales.

Ahora bien, el proceso real de inferencias en la comprensión del discurso es mucho más complejo que la simple aplicación de reglas lógicas. Cuando interpretamos un texto extenso, vamos haciendo inferencias sucesivas y, con frecuencia considerable, vamos abandonando aquellas que «no encajan» con la información que recibimos posteriormente, para generar otras nuevas que se adecuen mejor a la totalidad del discurso. La inferencia es, pues, un proceso dinámico que se revisa continuamente. Si oigo que «Juan va camino del colegio» puedo inferir de modo lógico que «Juan es estudiante», pero si después recibo la información de que «La semana pasada no pudo controlar la clase», modificaré mi inferencia inicial y concluiré que «Juan es el maestro». Las inferencias nos permiten rellenar los vacíos informativos y llegar a una comprensión coherente y significativa del discurso, operando como estrategias cognitivas esenciales en el procesamiento del lenguaje natural.

2.3. El contexto de situación

El concepto de contexto de situación alude específicamente a las circunstancias extralingüísticas que rodean el acto mismo de la enunciación, aquellas condiciones reales en que se produce el discurso, las cuales permiten interpretar de modo adecuado y coherente aquello que es enunciado. El problema del contexto de situación es, sin duda alguna, uno de los más intrincados y de mayor debate entre los teóricos de la semiótica textual y la pragmática, debido a las divergencias persistentes en la definición operativa del concepto, la ambigüedad de sus formulaciones, y la dificultad para establecer límites precisos entre lo que forma parte del contexto y lo que constituye el propio enunciado. Sin embargo, existe un consenso unánime entre los especialistas de que se trata de un elemento fundamental e inapelable a la hora de realizar un análisis textual riguroso y de que participa activamente en la determinación y comprensión del significado global de cualquier discurso.

Para ilustrar la importancia capital del contexto de situación, tomemos un enunciado aparentemente simple: «Juan es rápido». Vamos a situarlo en dos contextos radicalmente distintos en los que los elementos de la situación comunicativa y el significado que adquiere el enunciado son completamente diferentes. En primer lugar, imaginemos un escenario deportivo: una pista de atletismo durante una competición. En este contexto, el significado del mensaje es el de indicar y atribuir a Juan la cualidad de velocidad, de rapidez en la carrera. En segundo lugar, consideremos una escena entre alumnos en el patio del colegio contándose chistes y bromas. Todos los presentes se ríen de inmediato, salvo Juan, que lo hace pasado un tiempo considerable. En este contexto completamente distinto, el significado del enunciado «Juan es rápido» experimenta una inversión pragmática radical: carga de una implicación irónica que desfavorece a Juan pues señala, de hecho, su lentitud de comprensión. Este enunciado implica lo contrario de lo que expresa literalmente, pero no por ello la situación comunicativa deja de ser válida o comprensible para los participantes.

En síntesis esquemática, podemos afirmar que, dados dos contextos de situación fundamentalmente distintos en que han sido emitidos, los mismos enunciados transmiten significados radicalmente diferentes. Los elementos que intervienen de manera determinante en el contexto de situación son los siguientes: el emisor (quien realiza el enunciado, sea hablante u escritor); el receptor (el oyente o destinatario del enunciado, que puede tratarse de un único receptor o de múltiples destinatarios); el tema o asunto del que se trata; el marco espaciotemporal (dónde y cuándo tiene lugar la comunicación); el canal (cómo se mantiene el contacto entre los participantes: oral, escrito, gestual, o multimodal); el código (qué lengua, dialecto, registro lingüístico o forma de comunicación no verbal se utiliza); la naturaleza del acto comunicativo (está en relación con el canal y el marco, pudiendo tratarse de un acto religioso, íntimo, social, festivo, laboral, etc.); la clave o tono (que implica una valoración evaluativa del acto mismo: fue un buen sermón, un discurso patético, una explicación magistral, una conversación trivial, etc.); y finalmente el propósito (lo que pretendían los participantes que sucediese como consecuencia del acto comunicativo).

La importancia práctica de identificar estos elementos radica en que el reconocimiento de quién es el emisor permite al analista del discurso hacer predicciones probabilísticas sobre lo que es probable que diga esa persona en función de su rol, su estatus, su registro idiolectal. Saber quién es el receptor restringe aún más las expectativas interpretativas del analista. Así, si uno sabe que el hablante es el ministro de hacienda, el médico de cabecera o la madre, y que está dirigiéndose a un colega, a un funcionario de la administración tributaria o a su hijo pequeño, tendrá diferentes expectativas fundamentadas sobre qué tipo de acto comunicativo se producirá, tanto respecto a la forma como al contenido semántico del mismo. Si se sabe, además, sobre qué tema están hablando, dónde geográficamente se encuentran, en qué momento temporal concreto, y se conocen también las relaciones físicas de los interlocutores con respecto a la distancia, la postura corporal adoptada, sus gestos característicos, la expresión facial, etc., se limitan sobremanera las expectativas posibles y el procesamiento comprensivo del contenido se produce de modo más rápido y más completo.

III. El discurso

3.1. Del sistema de la lengua al proceso del discurso

La teoría lingüística de inspiración saussureana del siglo XX concebía, de manera algo restrictiva, una única lingüística fundamental: la de la langue o lengua, definida por Ferdinand de Saussure como sistema de signos interconectados por leyes estructurales. Sin embargo, muy pronto se vio la necesidad intelectual y metodológica de desarrollar otra lingüística complementaria: la de la parole o habla, una lingüística de carácter discursivo, cuya tarea consistía en estudiar la lengua no en su estado abstracto y sistémico, sino en su manifestación concreta, dinámica y viva a través de la comunicación real. Émile Benveniste, el eminente lingüista estructuralista francés, definía el discurso de manera clara y rotunda como «la langue en tanto que asumida por el hombre que habla» y en «la condición de intersubjetividad» que hace posible y caracteriza toda comunicación lingüística auténtica. Esta redefinición del discurso apunta hacia una dimensión social y relacional que va más allá de la mera utilización de un código.

Eugenio Coseriu, el filólogo español cuya obra ejerció una influencia considerable en la lingüística románica, trabajó intensamente en este sentido de la lingüística del hablar (parole), a la que denominó explícitamente «lingüística del hablar», y es precisamente a Coseriu a quien se debe atribuir el concepto teórico de Lingüística del texto, concepto que formuló en 1956, antes incluso de que apareciera lo que en Europa Central se denominaba Text Lingüistik o lingüística de texto alemana. En el desplazamiento del sistema al proceso, es decir, en el movimiento que va desde la Gramática (entendida como descripción del sistema de signos) hasta la Pragmática (entendida como análisis del acto de habla), está ya implícita la concepción del discurso como proceso semiótico, es decir, como proceso generador de significados. Posteriormente, la investigación filológica llegó a la idea de que el discurso no constituye únicamente un acto de habla enfrentado a la lengua o perteneciente al uso de la lengua, sino que también puede ser concebido como una posible unidad formal del sistema lingüístico en sí mismo.

Coseriu señalaba explícitamente esta interrelación profunda entre lengua y habla, rechazando la idea de que se trataría de dos realidades autónomas, separadas y mutuamente independientes. Según su perspectiva, el habla es precisamente la realización concreta de la lengua, mientras que la lengua funciona como la condición de posibilidad del habla; además, la lengua se constituye sobre la base históricamente acumulada del habla y se manifiesta únicamente a través de ella. En este sentido, M.A.K. Halliday, el prominente lingüista funcionalista británico, ha destacado con claridad el carácter textual del sistema de la lengua y ha hecho notar que la unidad verdadera de la lengua en el uso no es ni la palabra ni la oración, sino precisamente el texto o discurso, entendido como manifestación integral de la lengua en contexto. La teoría de la enunciación trata precisamente de este proceso mediador, negociador, entre lengua y discurso, entre el eje paradigmático (que se refiere a las relaciones entre los elementos del sistema lingüístico considerados en su conjunto potencial) y el eje sintagmático (que alude a las relaciones reales de los elementos lingüísticos tal como se expresan concrétamente en el acto de habla).

3.2. Enunciación y enunciado

Es precisamente en el acto de la enunciación donde se genera, se produce efectivamente el discurso. Es también en este acto singular del lenguaje donde se crea el contexto propio del discurso. Puede concebirse, con toda razón, la enunciación como el elemento pragmático por excelencia del discurso, su matriz generativa. En la enunciación se efectúa la transformación fundamental del sistema (que es de tipo paradigmático, es decir, virtual, potencial) al enunciado (el discurso) que se realiza sintagmáticamente, es decir, de manera lineal, sucesiva, en el tiempo. Este proceso de transformación da cuenta del conjunto completo de procedimientos formales que generan el discurso a partir del sistema. Por su parte, el enunciado concreto posee los elementos que reenvían directamente a la instancia generadora de la enunciación: los localizadores espacio-temporales (adverbios como «aquí», «allá», «ahora», «ayer»), las formas pronominales (yo, tú, nosotros), los elementos deícticos (este, ese, aquel), y toda una serie de marcadores que apuntan hacia la situación comunicativa.

Según una visión pragmática rigurosa, el estudio del enunciado o discurso debe realizarse de manera conjunta, integrada, con el de la enunciación, pues es la enunciación la que en un primer momento construye y determina el contexto del discurso. Otro elemento de importancia capital para distinguir en este marco teórico es el de oración. La lingüística discursiva es explícitamente transoral, es decir, va más allá de la oración como unidad límite de análisis, y considera la frase u oración como un simple segmento constitutivo del enunciado o discurso mayor. De esta perspectiva deriva una conclusión teórica crucial: la Gramática del texto afirma, con razón, que el significado global de un texto es cualitativamente superior a la suma mecánica de los significados de las frases o enunciados que lo componen. Un texto no es meramente la suma de sus oraciones. El texto tiene un significado como totalidad estructurada, como unidad integral, no como mera yuxtaposición o enumeración de frases.

3.3. El discurso como modelo de intercambio

Desde una perspectiva claramente sociosemiótica, el texto o discurso es considerado y analizado como un intercambio social de sentido entre los participantes en la comunicación. Halliday considera al texto, en su significado más general y comprehensivo, como un hecho sociológico de carácter semiótico, a través del cual los significados que constituyen el sistema social se intercambian, se negocian y se construyen mutuamente. Así entendido, el texto es fundamentalmente una forma de interacción social, un acto de construcción compartida de realidades. Si para algunos autores de orientación interaccionista el texto es fundamentalmente un elemento interaccional caracterizado por la acción recíproca, para otros, de orientación más fuertemente pragmática, es un intercambio complejo de actos de habla, es decir, una cadena de actos performativos que modifican la realidad social. En esta línea de pensamiento se sitúan también quienes afirman, con sobrada razón, que toda comunicación verbal se desarrolla bajo la forma de un intercambio de enunciados, es decir, bajo la forma de un diálogo, incluso cuando aparentemente se trata de un monólogo o de una comunicación de carácter unidireccional.

3.4. Locución, ilocución y perlocución: nuevo enfoque de los actos de habla

El discurso es considerado, en el análisis contemporáneo, como un proceso de significación completo susceptible de combinar diferentes registros semióticos: los elementos puramente lingüísticos, ciertamente, pero también los componentes no verbales como gestos, miradas, emisiones de voz de carácter paralinguístico (tono, volumen, ritmo), y toda una serie de índices corporales que participan en la construcción del significado. Estos llamados «actos de habla» superan radicalmente lo que la lingüística tradicional entendía convencionalmente por «habla»: la simple realización concreta del sistema o código lingüístico en su aspecto fónico. Estos actos de habla, en tanto que estructuras fundamentales del discurso, se conciben modernamente como acciones dinámicas del proceso interaccional, acciones que son fruto de la combinación de todos los elementos que participan activamente en el marco de la comunicación. El «acto de habla» que propugna la teoría pragmática, por tanto, trasciende notablemente el concepto tradicional de la teoría lingüística clásica y se adopta desde una visión explícitamente translingüística que reconoce la influencia de factores sociales, cognitivos, éticos e incluso políticos.

A la luz de la Teoría de la acción o interacción social, el uso del lenguaje consiste en una actividad compleja que incluye básicamente tres componentes funcionales y analíticamente distinguibles: el acto de decir algo (la manifestación lingüística pura); el propósito u objetivo que se lleva a cabo al decir algo (la intención comunicativa); y el acto que ocurre, que se produce, como consecuencia de decir algo (los efectos generados). J.L. Austin (1911-1960), desde la Filosofía del lenguaje, fue quien acuñó la terminología hoy estándar, y su propuesta ha sido asumida como paradigmática por los estudios posteriores. Según Austin, se denominan respectivamente acto locucionario, acto ilocucionario y acto perlocucionario. Debe precisarse, sin embargo, que estos tres tipos de actos no constituyen fases analíticamente discernibles, separables o secuenciables en cada ejecución lingüística o acto de habla real, sino que operan de manera simultánea e integrada.

La locución, acto locutivo o locucionario, consiste en la producción propiamente dicha del enunciado, en la emisión fónica (o gráfica, si es discurso escrito) que constituye el acto material del habla. Su actividad esencial consiste en usar las palabras con un significado determinado y una referencia específica, tal y como están convencionalizados en la comunidad lingüística. La ilocución, acto ilocutivo o ilocucionario, es la intención pragmática, el propósito o la fuerza comunicativa con que el hablante realiza dicho enunciado. En realidad, toda locución conlleva necesariamente una ilocución, pues cuando decimos algo no solo significamos y proponemos referencias lingüísticas, sino que hacemos acciones sociales relevantes tales como afirmar un hecho, formular una pregunta, emitir una advertencia, responder a una objeción, dar una orden, realizar una promesa, emitir un juicio, etc. Ahora bien, las palabras que proferimos reportan consecuencias tangibles en orden a los sentimientos, pensamientos y acciones de los interlocutores, es decir, producen unos efectos concretos. Por el mero hecho de decir algo, yo puedo convencer a alguien, desanimarlo, asustarlo, sorprenderlo, motivarlo, ofenderlo. Se da, pues, un efecto perlocucionario.

Veamos algunos ejemplos paradigmáticos que ilustren esta distinción tripartita: Si digo «Estará allí a las cinco», encontramos los siguientes elementos: la locución constituye la emisión física de ese enunciado concreto; la ilocución reside en su significado asertivo, en el hecho de que es una aseveración, una afirmación sobre un hecho futuro; la perlocución consiste en que el enunciado convence al oyente y le da seguridad sobre la realización del hecho. Si pregunto «¿Puedes hablar un poco más alto?», aparentemente la fuerza ilocutiva es la de una pregunta genuina, pero el contenido intencional está más claramente en la línea de la exhortación, de la solicitud buscando efectos perlocutivos inmediatos: que el receptor eleve el volumen de la voz. Encontramos, en estos ejemplos, cómo la relación entre ilocución y perlocución no es nunca biunívoca: una misma ilocución puede producir diferentes efectos perlocutivos en función del contexto y de las características del oyente.

3.5. La teoría de la performatividad

Se debe también a Austin, el filósofo del lenguaje británico, el planteamiento y desarrollo de la Teoría de la performatividad (o teoría del performativo), de la que arrancan las reflexiones posteriores sobre los «actos de habla» entendidos como acciones realizadas mediante el lenguaje. Tradicionalmente, la lógica y la lingüística han considerado que un enunciado representa o describe un acontecimiento, una situación, o un estado de cosas externo a sí mismo, y de tal representación deriva su valor lógico: es verdadero si su descripción corresponde adecuadamente, de manera isomórfica, a aquello que describe, y es falso en el caso contrario. Esta concepción representacional del lenguaje presupone una distancia ontológica entre el signo y la cosa designada. Según estas dos posibilidades valorativas (verdad o falsedad), Austin establece dos tipos de enunciados que clasifica de la siguiente manera: Enunciados constatativos son aquellos que poseen un referente externo al mismo enunciado, una realidad independiente que puede ser verificada o falsada; Enunciados performativos, por el contrario, son los que no refieren nada externo a su propio enunciado, es decir, se identifican de manera orgánica con el acto mismo que expresan. Su función específica y característica es la de cumplir la acción misma que enuncian, hacer lo que dicen.

Los ejemplos paradigmáticos de performativos explícitos incluyen enunciados como: «Te felicito por tu ascenso» (que realiza la acción de felicitar); «Prometo tomar la medicina» (que realiza el acto de hacer una promesa); «Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (que realiza el sacramento del bautismo); «Os declaro marido y mujer» (que realiza el acto de unión matrimonial); «Por ello debemos condenar y condenamos» (que realiza la acción de condenación). Estos enunciados performativos tienen efecto vinculante y performativo únicamente si son creados por la persona adecuada, aquella que posee la autoridad o el estatus requerido, y si tienen lugar en las circunstancias apropiadas. De igual modo, estos enunciados no refieren nada que sea exterior al acto mismo de la enunciación, ni tampoco describen hechos del mundo como lo hace un enunciado constativo: la enunciación y la realización de lo que enuncian es simultánea; por decirlo así, hacen lo que dicen.

La característica esencial de los enunciados performativos es su autorreferencia reflexiva, el hecho de que se refieren a sí mismos en el acto de su enunciación. Estos enunciados incluyen generalmente pronombres deícticos de primera persona y verbos en tiempo presente, en su sentido genuino de simultaneidad entre el acto de enunciación y la realización del acto. Comparemos: «Yo juro fidelidad» (performativo presente) frente a «Él jura fidelidad» (tercera persona, sin autorreferencia directa) o «Yo juré fidelidad» (performativo en pasado, ya realizado). Del mismo modo, «Yo fumo» (acción habitual) vs. «Yo fumo» (simultáneamente a la enunciación). Así, la autorreferencia constituye una especificación de una propiedad más general del lenguaje, la reflexividad del signo, es decir, la capacidad del lenguaje de referirse a sí mismo y a sus propias operaciones. Los performativos significan reflexivamente su valor de actos pues se presentan, simultáneamente, a la vez que presentan su contenido. Las expresiones performativas y los deícticos funcionan como operadores discursivos fundamentales; corresponden a un metalenguaje que comenta sobre el propio lenguaje. La función de ambos es la de producir la propia situación comunicativa, servir de escenario de las distintas relaciones espacio-temporales e interpersonales que caracterizan el discurso.

3.6. Tres formas especiales del discurso

3.6.1. El discurso directo

Generalmente se considera que la transcripción fiel de las palabras de un locutor original (L) en el discurso o estilo directo permite el máximo de objetividad en la reproducción del discurso ajeno. Sin embargo, esta consideración requiere una matización importante. La objetividad no depende únicamente del grado de conformidad material del discurso transcrito respecto al discurso original, sino también, y significativamente, de si existe intervención, desviación de significado u otro tipo de interferencia sutil en el texto citado por parte de quien cita (L’). Como norma general en el análisis textual, se admite que sacar las palabras de su contexto original, tanto lingüístico como extralingüístico, para contextualizarlas en otro contexto distinto a aquel en que fueron dichas originariamente, modifica de manera inevitable las relaciones que cada uno de los elementos del texto tiene respecto a los demás. El significado es contextodependiente, y el desplazamiento de contexto implica necesariamente el cambio de significado.

A esto se añade que (L’) confiere siempre algo de su propia voz, de su personalidad, de su modo de ser cuando introduce la palabra de (L), con lo cual los niveles y grados de modificación pueden ser de lo más variados. Citar a otro en forma de discurso directo supone, al menos en teoría, cederle completamente la palabra, incluso reconstruyendo la enunciación original, el contexto comunicativo íntegro y todos los factores de la situación comunicativa inicial, lo cual, lógicamente y en la práctica, jamás podrá hacerse de modo absolutamente completo. Algunos de los modos característicos en que (L’) se introduce en el discurso directo son los siguientes: utilizar palabras de otro y a través de ellas, sin ocultar que son de otro, expresarse uno mismo; este es el caso de la cita de autoridad que aparece frecuentemente en textos teóricos, académicos o de investigación, en los cuales citado y citador se identifican con lo dicho, llegando incluso a fundir sus voces. Otro supuesto importante del discurso directo se da cuando el citador transmite las palabras del locutor citado de forma aparentemente fiel, pero a través de ellas «califica» al citado, anotando rasgos de su carácter, de sus pasiones, de su tono emocional, etc. Por ejemplo, en la expresión: «El jefe ha dicho: ‘Quiero ver a todos mañana a las ocho’» (con énfasis en dicho), (L’) pudiera reforzar deliberadamente la fuerza ilocutoria de mandato y autoridad del discurso de L.

3.6.2. El discurso indirecto

El discurso indirecto constituye una asimilación reformulada del discurso de otro. Una voz (L’) cuenta, reformula y reinterpreta lo que otra voz (L) ha dicho en otro momento y en otro contexto. El discurso indirecto está caracterizado por la presencia de un nexo introductor «que» (subordinante) y por la traslación sistemática de los tiempos verbales y de las personas pronominales. Este estilo o registro de reproducción discursiva supone la reformulación consciente e intencional por parte del enunciador de aquel discurso que se cita o se reproduce. Se suele considerar, por estas razones, menos objetivo que el discurso directo, pues L’ puede reproducir más o menos fielmente la expresión de L, cambia los verbos según el contexto temporal, altera las personas pronominales para encajar en su propia enunciación, puede sintetizar o resumir el contenido del discurso citado, o utilizar sus propias palabras para referir las de otra persona. Lo más frecuente en la práctica es que en el discurso indirecto, L’ funcione como un mero portavoz impersonal del acto ilocucionario de L, comunicando su contenido esencial sin pretender reproducir su forma exacta. En el ejemplo anterior, se transformaría en: «El jefe dijo que os quería ver a todos mañana a las ocho».

3.6.3. El discurso indirecto libre

El discurso o estilo indirecto libre constituye una forma híbrida que supone la contaminación de las distintas voces del discurso, la fusión de la voz de L con la voz de L’. En cierto sentido, funciona como un discurso directo, pero se caracteriza porque el enunciador (L’) introduce el discurso ajeno en el suyo propio y lo traslada, lo adapta a su propia situación comunicativa, su tiempo, su perspectiva. Ahora bien, este paso de transposición conlleva ciertos cambios predictibles pero operados de forma simultánea: la primera persona se transforma en tercera persona (yo se convierte en él/ella); el presente en que se expresó el locutor original (L) cambia a imperfecto (o a potencial en ciertos contextos); el perfecto o pretérito cambia a pluscuamperfecto; las referencias deícticas locales se adaptan. Se aproxima al discurso directo en que (L’) deja hablar a (L) con sus propias palabras, su propia lengua característica, su modo de expresión peculiar, sus conexiones argumentativas y lógicas, e incluso los deícticos propios del discurso directo.

Supone, en definitiva, una construcción híbrida, una zona de ambigüedad deliberada entre discurso directo y el discurso indirecto, en la que la enunciación propia y la ajena se funden generando un efecto de contaminación polifónica. Este recurso narrativo es especialmente apreciado por los escritores contemporáneos precisamente porque permite una presentación de la alteridad discursiva que no es ni completamente objetiva ni completamente subjetiva, sino que mantiene una tensión productiva entre ambas perspectivas. Un ejemplo característico de indirecto libre podría ser: «La tonta de Dora me creo que ya le ha puesto sobre aviso, le ha insinuado demasiado claramente que la niña es un bombón, una perita en dulce…» Aquí vemos la mezcla de la evaluación irónica del narrador («la tonta de Dora», «me creo») con el lenguaje de Dora misma («es un bombón», «una perita en dulce»).

3.7. El metadiscurso

Se llama metanarración o metadiscurso al texto en el cual el narrador trata de la narración misma, es decir, al discurso que reflexiona sobre sí mismo, que se comenta a sí mismo. La diferencia entre ambos niveles, el nivel de la narración de eventos (la historia propiamente dicha) y el nivel de la metanarración (el discurso sobre la narración), está delimitada por una frontera que es móvil, flexible, que marca el límite entre el ámbito de la historia narrada (el mundo ficcional o referencial) y el ámbito en que se narra (donde se sitúa la instancia narradora, el autor o narrador). Semejante límite sutil existe también en todo texto entre los personajes de los que se habla (los seres de ficción), los personajes que hablan en el texto (los sujetos de enunciación ficcional) y los sujetos a quienes se habla (los destinatarios del acto comunicativo). En este sentido, son clásicas y paradigmáticas las técnicas narrativas empleadas por Cervantes en su obra maestra El Quijote. En el capítulo XII, cuando el personaje del cabrero Pedro cuenta la historia de Marcela y la trágica muerte de Crisóstomo, se convierte en narrador de una historia en la que él mismo participa activamente como personaje. Este procedimiento de mise en abîme aparece también en textos no narrativos en los cuales se citan textualmente las palabras de otros.

Más complejo y teóricamente interesante es el célebre capítulo IX de la misma novela cervantina, en el que Cervantes, en su rol de narrador-autor, comenta metadiscursivamente algunos aspectos cruciales de su propia tarea como narrador y nos dice haber encontrado los famosos cartapacios (manuscritos) de Cide Hamete Benengeli, el historiador árabe ficticio a quien Cervantes atribuye la composición del Quijote. El texto experimenta aquí un salto vertiginoso entre los distintos niveles narrativos: el nivel de la historia narrada (la batalla épica entre Don Quijote y el vizcaíno), el nivel del narrador de la historia (el supuesto autor arábigo Cide Hamete Benengeli) y el nivel del autor empírico (Cervantes mismo, que se llama a sí mismo «autor segundo»). Estos «juegos» virtuosos entre las fronteras móviles de los distintos niveles narrativos producen un efecto inquietante y técnicamente originalísimo que vienen a demostrar la delicadeza y la indeterminación de los límites entre la realidad textual de la ficción, la realidad desde la que se inventa esa ficción, y el contexto histórico real en que se produce la escritura.

3.8. Tipos de discurso según criterios diversos

3.8.1. Según la estructura secuencial

Los temas o asuntos que son tratados en cada enunciado pueden ordenarse, estructurarse y organizarse según múltiples principios: como una sucesión cronológica de acciones, como la creación de imágenes descriptivas de diferentes realidades, como instrucciones lógicas o procedimentales, como intervenciones sucesivas de dos o más interlocutores dialogantes, etc. Según este criterio fundamental de la estructura secuencial, los discursos pueden clasificarse en las siguientes categorías: Los discursos narrativos consisten en el relato de hechos reales o ficticios que comprenden una sucesión temporal de acciones encadenadas causalmente. Sus manifestaciones culturales incluyen el cuento, la novela en sus múltiples géneros, la noticia periodística, el reportaje, el documental audiovisual, etc. Los discursos descriptivos enuncian una secuencia de cualidades, características y propiedades de los seres, objetos, lugares o fenómenos. Se trata de proporcionar una pintura hecha con palabras. La función pragmática de la estructura descriptiva es señalar y enumerar las características distintivas de los objetos, lugares o personas en su dimensión espacial y situacional, así como señalar los rasgos psicológicos, comportamentales y emocionales de las personas en relación con determinadas circunstancias contextuales.

Los discursos normativos o prescriptivos consisten en encadenar instrucciones en un orden lógico y jerárquico. La función pragmática es guiar procesos u operaciones complejas y conductas deseadas. Las formas que adopta el discurso prescriptivo incluyen las recetas culinarias, los avisos sanitarios o de seguridad, los manuales de funcionamiento técnico, los modos de empleo de aparatos, los contratos legales, las reglas de juego, las disposiciones legales vinculantes, las consignas de trabajo, las resoluciones administrativas, las circulares informativas, etc. Los discursos expositivos consisten en exponer, presentar, una sucesión ordenada de conocimientos, datos, información. La función pragmática es analizar críticamente, sintetizar información dispersa y relacionar de manera coherente hechos, conceptos abstractos y principios teóricos. Las formas que adopta el discurso expositivo son muy variadas: exposiciones orales, informes técnicos, artículos especializados, manuales didácticos, ensayos reflexivos, etc.

Los discursos argumentativos-expositivos consisten en manifestar razonamientos lógicos o retóricos en pro o en contra de una afirmación, negación o postura determinada. La función pragmática es, precisamente, establecer relaciones lógicas entre los conceptos, comunicar las manifestaciones y opiniones del emisor acerca de dichos conceptos y presentar los argumentos que apoyan o refutan tales manifestaciones de forma convincente. Adopta formas diversas como la opinión personal fundamentada, la petición motivada, el artículo crítico o de análisis, la apología o defensa argumentada de una idea, el debate público, etc. Finalmente, los discursos conversacionales se caracterizan por que la secuencia estructural es una alternancia de manifestaciones verbales de dos o más interlocutores. La función de la estructura conversacional es establecer relaciones interpersonales entre los participantes, comunicar las intenciones comunicativas de los mismos, negociar el contenido de la comunicación y el significado, y dar forma a las relaciones de estatus y poder del lugar social donde se produce el discurso. Adopta formas como el diálogo directo, la entrevista, la tertulia intelectual, el coloquio académico, etc.

3.8.2. Según la intención comunicativa

Aquí entendemos por intención comunicativa el propósito o finalidad que persigue la comunicación, el objetivo que guía la selección de contenidos y formas lingüísticas. Los tipos principales según intención son los siguientes: Los discursos informativos tienen como finalidad fundamental dar a conocer hechos, datos, características del objeto del discurso, sin necesariamente argumentar sobre ello o evaluarlo críticamente. Son discursos informativos la noticia periodística, la crónica de sucesos, el documental informativo, el informe descriptivo, la memoria institucional, el cartel informativo, las descripciones enciclopédicas, artículos de diccionarios y enciclopedias, etc. Los discursos explicativos tienen como intención principal hacer comprender, aclarar contenidos o conocimientos complejos, resolver dudas conceptuales. Adopta estas formas: la exposición didáctica magistral, el informe técnico explicativo, la interpretación de fenómenos naturales o sociales, las tutorías académicas, etc.

Los discursos persuasivos tienen como intención convencer, influir en la conducta del interlocutor para que adopte una creencia, una postura política, que realice una determinada acción (votar, comprar, colaborar). Las formas son diversas: anuncios publicitarios orales o escritos, carteles propagandísticos, cartas publicitarias o de venta directa, solicitudes motivadas, argumentaciones de abogados o jueces, artículos críticos de opinión, editoriales de periódicos, artículos de opinión, etc. Los discursos prescriptivos pretenden difundir unas normas, reglas o pautas de conducta para que el individuo sepa a qué atenerse, cómo comportarse en ciertos contextos. Modelos representativos: recetas culinarias, modos de empleo, instrucciones técnicas, reglas de juego, disposiciones legales, reglamentos internos, estatutos de asociaciones, etc. Los discursos conativos buscan estimular una respuesta del interlocutor, buscan un feedback o reacción, e intercambiar información de manera bidireccional. Los ejemplos incluyen diálogos conversacionales, conversaciones coloquiales, entrevistas, tertulias, etc.

Los discursos expresivos realizan la función de manifestar, de exteriorizar los propios gustos, sentimientos, emociones, opiniones personales, expresar la subjetividad del emisor. Adoptan las formas de poesías líricas, diarios íntimos o de viaje, cartas de amor o amistad, confesiones, memorias personales, etc. Los discursos lúdicos y estéticos responden a la necesidad e intención de entretener, de deleitar, de producir placer estético. Presenta discursos como cuentos literarios, relatos fantásticos, chistes y humorismo, romances en verso, canciones populares, obras teatrales, ensayos creativos, literatura de humor, adivinanzas, trabalenguas, etc. Finalmente, los discursos predictivos son todos aquellos textos que muestran la voluntad o intención de anticipar, prever acontecimientos futuros. Las formas más importantes son los boletines meteorológicos sobre el clima, los horóscopos astrológicos, las fórmulas mágicas de adivinación del futuro, los augurios, la lectura astrológica de las manos, análisis prospectivos, etc.

3.8.3. Según el registro lingüístico

El registro lingüístico constituye una variable que caracteriza el nivel de formalidad, la corrección normativa y la complejidad sintáctica del discurso. Los registros principales son: El registro vulgar engloba cualquier acto de habla oral o escrito que deforme la lengua en cuanto a su fonología (cambios en la pronunciación), su morfología (cambios en la formación de palabras) y su sintaxis (cambios en la ordenación de elementos), además de emplear un vocabulario pobre, limitado y estigmatizado socialmente. En síntesis, se trata del uso de un código lingüístico muy limitado, que viola las normas socialmente establecidas. El registro coloquial caracteriza conversaciones entre amigos, familiares o colegas sin degradar severamente el idioma, pero recurriendo de forma constante a fórmulas populares, expresiones idiomáticas no cultas, diminutivos afectivos, interjecciones, etc. El registro culto o formal constituye un código restringido pero no degradado, que sirve de interlenguaje para comunicar a todos los grupos sociales de una comunidad. Es el registro empleado en contextos académicos, administrativos y profesionales de carácter formal.

El registro argótico o jergal caracteriza el discurso con un léxico muy específico y especializado usado por distintos colectivos sociales cerrados: estudiantes de universidad, profesionales de un oficio, grupos de inmigrantes, grupos marginales, que recurren a tecnicismos, creaciones metafóricas idiosincráticas y deformaciones propias de los grupos cerrados en que se mueven sus usuarios. El argot funciona como marca de identidad grupal y como código de solidaridad interna. Debe distinguirse el argot auténtico del seudoargot o argot de moda que imitan otros grupos sociales sin pertenecer verdaderamente a la comunidad del argot.

3.8.4. Según el espacio social en el que se da la comunicación

El contexto social en que se produce la comunicación determina ciertas características del discurso. El discurso pedagógico o educativo trata de transmitir conocimientos pero ofreciéndolos con las técnicas, estrategias y recursos más adecuados para facilitar el aprendizaje efectivo. Ejemplos son una lección magistral, una exposición didáctica, comentarios de textos académicos, los avisos educativos dirigidos a estudiantes, etc. El discurso cultural pretende cultivar, enriquecer los conocimientos de todo tipo en forma más breve y menos academicista que el pedagógico, dirigido a un público más general. Sus formas son muy variadas: comentarios musicales en programas de radio, críticas de cine o literatura, conferencias sobre arte o historia, etc. El discurso político es todo texto oral o escrito que trate de la cosa pública (la res publica) o que intente contribuir al mantenimiento del poder por el gobierno y a que la oposición se ejercite en sus críticas fundamentadas. Incluye discursos electorales, debates en el Parlamento, pintadas callejeras de contenido político, carteles de propaganda, artículos de crítica al gobierno, etc.

El discurso económico abarca toda forma de comunicación relacionada directamente con el comercio, el intercambio mercantil y las transacciones de negocio. Se trata de la práctica de la comunicación mercantil, no de la teoría económica abstracta, pues en ese caso nos hallaríamos ante un texto pedagógico o científico. Ejemplos incluyen cartas comerciales, pedidos telefónicos o por fax, suscripciones a revistas, informes y comentarios de negocios, devoluciones de producto, reclamaciones de pago, etc. El discurso jurídico y administrativo incluye todos los textos que pongan de relieve leyes, las pongan en ejecución y apliquen sus consecuencias legales y administrativas. Ejemplos son leyes y códigos, decretos gubernamentales, contratos vinculantes, reclamaciones administrativas, solicitudes oficiales, impresos de organismos públicos, certificados, disposiciones, bandos del alcalde, etc. El discurso científico no debe confundirse con el pedagógico, pues no tiene por qué contener el componente didáctico dirigido a aprendices. El texto científico expone el estado actual de la investigación acerca de una realidad conocida técnicamente y expresada con el lenguaje monosémico característico de las disciplinas científicas. Lo importante es que está destinado a especialistas, a la comunidad científica. Ejemplos son libros especializados en cualquier materia, artículos para publicar descubrimientos científicos, diccionarios especializados en medicina, física, economía, ingeniería, etc.

El discurso laboral se trata del texto típico de la actividad cotidiana en el interior de las empresas, fábricas y organismos. Así pues, engloba todo tipo de comunicación oral o escrita tendente a facilitar el desarrollo normal y ordenado de los trabajos cotidianos en las empresas, fábricas, organismos públicos, talleres, etc. Ejemplos son notas entre compañeros, informes de seguimiento, avisos sobre tareas específicas, anuncios de vacantes laborales, notificación de relevos de turno y guardias, comunicaciones de seguridad e higiene, etc. Finalmente, el discurso conversacional, aunque ya se consideró como una clase por su estructura secuencial, también está incluido en el criterio del espacio social puesto que es una forma de discurso siempre realizada en grupo en situaciones de familiaridad y amistad, generando un espacio de intimidad lingüística. Ejemplos son charlas informales, tertulias lúdicas, conversaciones en múltiples situaciones cotidianas, coloquios distendidos, etc.

3.8.5. Según la geografía y el canal

Según la geografía, cada uno de los conjuntos de variantes diatópicas (variantes condicionadas por el espacio geográfico) constituye una clasificación del discurso. Se trata del texto o discurso dialectal, las hablas regionales específicas de una zona geográfica, las variantes comarcales típicas de una región concreta, y las hablas locales de núcleos de población específicos. Estas variaciones geográficas del discurso reflejan la riqueza y diversidad cultural de una lengua. Según el canal de comunicación, los discursos se dividen esencialmente en dos categorías: Los discursos orales constituyen cualquier producción lingüística que se realiza mediante el habla, el código fónico, destinada a ser escuchada y procesada auditivamente. El discurso oral tiene características particulares como la inmediatez, la interacción directa, la gestualidad acompañante, la entonación expresiva, la posibilidad de autocorrección inmediata, etc. Los discursos escritos constituyen cualquier producción lingüística que utiliza la escritura como canal de transmisión, destinada a ser leída y procesada visualmente. El discurso escrito se caracteriza por la permanencia del texto, la ausencia de inmediatez comunicativa, la necesidad de mayor cohesión formal, la explicitación de elementos que en lo oral podrían quedar implícitos, etc.


BIBLIOGRAFÍA

  • Austin, J.L.: Palabras y acciones. Cómo hacer cosas con palabras. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1971. Obra fundamental que introduce la teoría de los actos de habla y los conceptos de locución, ilocución y perlocución, estableciendo el marco teórico para comprender el lenguaje como acción social.
  • Benveniste, Émile: Problemas de lingüística general II. Madrid, Editorial Siglo XXI, 1977. Tratado clásico sobre la teoría de la enunciación que analiza cómo el sistema lingüístico se transforma en discurso a través del acto de enunciación individual.
  • Bernárdez, Enrique: Introducción a la lingüística del texto. Madrid, Editorial Espasa-Calpe, 1982. Exposición sistemática de los principios fundamentales de la lingüística textual, que complementa el análisis gramatical con la pragmática y la semántica del discurso.
  • Brown, Gillian y Yule, George: Análisis del discurso. Madrid, Editorial Visor Libros, 1993. Manual comprehensivo que ofrece un análisis exhaustivo de los mecanismos de coherencia, cohesión y contexto en la interpretación del discurso.
  • Coseriu, Eugenio: Teoría del lenguaje y lingüística general. Madrid, Editorial Gredos, 1978. Obra de referencia que propone una teoría integral del lenguaje en el que se articula la langue, la parole y el sistema de la lengua, fundamentando la lingüística del texto.
  • Fuentes Rodríguez, Catalina: Lingüística pragmática y análisis del discurso. Madrid, Editorial Arco Libros, 2000. Tratado moderno que integra la teoría pragmática con el análisis discursivo, proporcionando herramientas para comprender el funcionamiento del lenguaje en contextos reales.
  • Halliday, M.A.K.: El lenguaje como semiótica social. Londres, Editorial Arnold, 1978. Obra capital que establece el carácter fundamentalmente social y semiótico del lenguaje, poniendo énfasis en el texto como unidad máxima de análisis.
  • Levinson, Stephen C.: Pragmática. Barcelona, Editorial Teide, 1989. Manual de introducción a la pragmática que sintetiza los principales enfoques teóricos y ofrece ejemplos aplicados de análisis pragmático de discursos.
  • Lyons, John: Semántica lingüística. Una introducción. Barcelona, Editorial Teide, 1977. Obra fundamental sobre teoría semántica que fundamenta la concepción de la referencia como relación entre palabras y objetos, base de muchos análisis pragmáticos posteriores.
  • Searle, John R.: Actos de habla. Ensayo de filosofía del lenguaje. Madrid, Editorial Cátedra, 1980. Desarrollo comprehensivo de la teoría de los actos de habla que expande y teoriza la propuesta inicial de Austin sobre la performatividad del lenguaje.

Autor

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    Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
    Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!

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