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I. La novela en los Siglos de Oro
1.1. Precisiones terminológicas
El término «novela» presenta en español una complejidad semántica derivada de la falta de un vocablo específico para las narraciones extensas del Siglo de Oro, equivalente al romance inglés o al romanzo italiano. Durante el período áureo, el vocablo mantuvo su acepción italiana original de relato breve (novella), mientras que las obras de mayor aliento se designaban como «historias» o «fábulas poéticas». Álvarez Barrientos documenta el primer uso de «novela» para narraciones extensas en el prólogo de Castillejo a la Nueva Cariclea (1722), momento a partir del cual se generaliza el significado moderno. La crítica actual, para evitar ambigüedades, emplea a menudo términos como «libros de ficción» o «narraciones en prosa» al referirse a las creaciones de los siglos XVI y XVII, si bien aquí adoptaremos «novela» en su acepción más amplia para designar estas obras de transición entre la herencia medieval y la novela moderna que consagrará Cervantes. El concepto de novela resulta, pues, una construcción histórica que cristaliza precisamente en este período.
La confusión terminológica se agrava al considerar que los propios autores áureos denominaban sus obras con títulos tan diversos como «libro», «tragicomedia» o «coloquio». Esta variedad revela la libertad creativa de unos escritores que experimentaban sin sujeción a preceptivas fijas. La crítica contemporánea, desde posiciones filológicas rigurosas, ha intentado sistematizar estos usos, distinguiendo entre la novela idealista (caballerías, pastoril, bizantina) y la realista (picaresca, cortesana). Sin embargo, el término «novela» no quedará plenamente definido hasta el siglo XIX, cuando adquiere su sentido actual de narración extensa en prosa con personajes y acciones verosímiles. En el Siglo de Oro, en cambio, la ficción en prosa constituye un campo de pruebas donde convergen tradiciones clásicas, medievales e italianas, lo que explica la riqueza y la variedad de los géneros que estudiaremos a continuación.
1.2. Características generales de la narrativa áurea
La narrativa del Siglo de Oro se desarrolla bajo el influjo de las ideas neoaristotélicas, que reivindican la verdad poética frente a la histórica, legitimando así la ficción. Escritores y preceptistas se enfrentan al desafío de crear una prosa narrativa que, tomando como modelo la épica, logre cumplir el horaciano ideal de docere et delectare (enseñar deleitando). A este principio clásico se suma durante el Barroco el concepto de «admiración» (movere), que busca conmover y maravillar al lector mediante episodios fantásticos y sorprendentes. Será Cervantes quien alcance el equilibrio perfecto entre utilidad, deleite y admiración, al exigir a la novela dos condiciones ineludibles: la moralidad y la verosimilitud. Este difícil equilibrio entre lo real y lo ficticio constituye el problema central de la narrativa áurea, resuelto de manera insuperable en El Quijote.
La función de la novela oscila entre el didactismo moralizante, defendido por los tratadistas contrarreformistas, y el puro entretenimiento, que triunfa en los libros de caballerías y en la novela cortesana. Esta tensión se manifiesta en la pluralidad de géneros que coexisten a lo largo de los siglos XVI y XVII. Autores como Lope de Vega, Mateo Alemán o Cervantes cultivan distintas modalidades, a menudo fusionándolas dentro de una misma obra. El principio de «variedad dentro de la unidad» permite insertar relatos moriscos en narraciones picarescas (Guzmán de Alfarache) o episodios pastoriles en el Quijote, creando un auténtico mosaico de tendencias. Esta permeabilidad genérica, lejos de ser un defecto, constituye una de las señas de identidad de la prosa áurea y anticipa la complejidad de la novela moderna.
1.3. Géneros novelescos del Siglo de Oro
1.3.1. Libros de caballerías
Los libros de caballerías constituyen el género narrativo de mayor éxito editorial durante la primera mitad del siglo XVI. Herederos de la materia troyana, francesa y bretona, tienen su precedente hispánico en El caballero Cifar (siglo XIV) y se consolidan con obras emblemáticas como Amadís de Gaula (1508) y Tirant lo Blanc (1490). Según la clasificación de José Manuel Lucía Megías, pueden distinguirse tres paradigmas: el inicial, idealista, representado por el Amadís; una corriente realista que busca la verosimilitud (Florisando); y un paradigma final, de carácter experimental y fantástico, ejemplificado por Feliciano de Silva. Todas estas obras se sustentan en tres pilares: aventuras caballerescas, amor cortés y religión. Los protagonistas son caballeros andantes que luchan por la justicia para merecer el amor de su dama, en un tiempo mítico y una geografía fabulosa. La estructura episódica y el final abierto, que permite continuaciones infinitas, responden a la naturaleza misma del género, basado en la superación constante de hazañas. Los libros de caballerías fueron duramente criticados por moralistas y preceptistas debido a su inverosimilitud y sensualidad, pero Cervantes supo ver en ellos un filón narrativo que parodiaría genialmente en El Quijote.
El Amadís de Gaula, refundido por Garci Rodríguez de Montalvo, se convierte en el arquetipo del héroe individual que afronta un destino incierto. Su éxito desencadena una saga que incluye las Sergas de Esplandián y numerosas continuaciones. Frente a este modelo, Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell, introduce un realismo inusitado: el héroe muere de un resfriado cuando va a heredar el Imperio, cerrando toda posibilidad de continuación. Cervantes, en el escrutinio de la biblioteca de don Quijote, salva este libro por su estilo y verosimilitud. La presencia de elementos autobiográficos del autor y el paralelismo con la vida de Roger de Flor dotan a la obra de una profundidad psicológica ausente en otros relatos caballerescos. Esta dualidad entre el idealismo del Amadís y el realismo del Tirant marca los polos entre los que oscilará la narrativa posterior.
1.3.2. La ficción morisca
La ficción morisca, género típicamente español, hunde sus raíces en los romances fronterizos. Ambientada en la Reconquista o en las guerras contra los turcos, presenta a moros y cristianos dotados de idéntica gentileza, en un clima de tolerancia idealizada que ha llevado a críticos como Américo Castro a sospechar la autoría conversa de estos textos. Se distinguen dos variantes: la novela fronteriza, cuyo máximo exponente es El Abencerraje y la hermosa Jarifa (hacia 1550-1560), y la novela granadina, iniciada por Ginés Pérez de Hita en sus Guerras civiles de Granada (1595). En todas ellas, el amor y la caballerosidad se sitúan por encima de las diferencias religiosas, creando un universo de convivencia pacífica que contrasta con la realidad histórica. La idealización del moro como caballero enamorado permite explorar temas sentimentales con un trasfondo histórico verosímil, alejado de los monstruos y encantamientos de los libros de caballerías. Este subgénero influirá en Cervantes, quien inserta la historia del capitán cautivo en el Quijote, y en Mateo Alemán, que incluye el relato de Ozmín y Daraja en el Guzmán de Alfarache.
La novela de cautiverio, estrechamente vinculada a la morisca, adquiere tintes autobiográficos en la pluma de Cervantes, quien sufrió cinco años de cautiverio en Argel. Relatos como la Historia del capitán cautivo (Quijote, I, 39-41) o algunos pasajes de La Galatea y las Novelas ejemplares explotan el patetismo y la heroicidad del cautivo cristiano. Frente a la idealización del moro, aquí se subraya el sufrimiento del caballero y la fe inquebrantable, en consonancia con el espíritu contrarreformista. La fusión de lo morisco y lo autobiográfico otorga a estos relatos una tensión entre realidad y ficción que Cervantes maneja con maestría, convirtiendo la peripecia personal en materia literaria de primer orden.
1.3.3. Novela pastoril
La novela pastoril representa la quintaesencia del idealismo renacentista. Inspirada en La Arcadia (1534) de Sannazaro y en la poesía de Garcilaso, este género irrumpe en España con Los siete libros de la Diana (1559) de Jorge de Montemayor, y se prolonga hasta Los pastores del Betis (1633). Sus personajes son pastores refinados que, en un locus amoenus, lamentan sus desventuras amorosas según los postulados del neoplatonismo. La acción es mínima y se alterna con digresiones filosóficas e inclusiones líricas. La naturaleza estilizada actúa como caja de resonancia de las emociones, creando una atmósfera de serena melancolía. Aunque en apariencia alejado de la realidad, el género incorpora elementos concretos (geografía de Portugal o Sevilla) y personajes históricos disfrazados, como ocurre en la Arcadia de Lope de Vega, donde se narran en clave los amores del duque de Alba. Cervantes, con La Galatea (1585), intenta superar la rigidez del canon mediante una estructura narrativa más compleja y la inserción de episodios que rompen el idilio pastoril.
La pervivencia del género pastoril a lo largo de más de setenta años demuestra su capacidad para adaptarse a los gustos del público. Autores como Gaspar Gil Polo (Diana enamorada, 1564) o Lope (Los pastores de Belén, 1612, versión a lo divino) ensayan variaciones sobre el modelo. La crítica, desde Avalle-Arce a López Estrada, ha destacado la función evasiva de estas obras, que ofrecen un refugio frente a la complejidad social del momento. Sin embargo, su influencia trasciende el ámbito literario: la idealización del pastor y la naturaleza contribuye a forjar el tópico del menosprecio de corte y alabanza de aldea, recurrente en la literatura áurea. La novela pastoril, con su lirismo y su exploración de los afectos, prepara el terreno para la novela moderna, al centrarse en la psicología amorosa de los personajes.
1.3.4. Novela bizantina
La novela bizantina, de origen helenístico, resurge en el Renacimiento gracias al descubrimiento de las Etiópicas de Heliodoro. Caracterizada por el esquema de «viaje de aventuras peregrinas», narra las penalidades de dos jóvenes enamorados que, tras múltiples peripecias (naufragios, secuestros, cautiverio), logran reunirse y contraer matrimonio. Los preceptistas del siglo XVI valoraron este género por su origen clásico, su comienzo in medias res y su aparente verosimilitud, considerándolo una épica en prosa adecuada para la Contrarreforma, pues el peregrinaje de los protagonistas simboliza el caminar del cristiano hacia la salvación. Obras como la Selva de aventuras (1565) de Jerónimo de Contreras o El peregrino en su patria (1604) de Lope de Vega popularizan el modelo, aunque será Cervantes quien lleve el género a su culminación con Los trabajos de Persiles y Segismunda (1617). La novela bizantina introduce en España una estructura compleja y un final cerrado, en contraste con la apertura de los libros de caballerías.
El Persiles cervantino, publicado póstumamente, constituye la síntesis más depurada del género. La peripecia de Periandro y Auristena (cuyos verdaderos nombres son Persiles y Segismunda) desde la isla Bárbara hasta Roma, pasando por diversos países, se concibe como una alegoría de la vida humana: los «trabajos» que deben superar los protagonistas representan las pruebas que purifican el amor y el espíritu hasta alcanzar la perfección. Cervantes, fiel a su principio de verosimilitud, elimina los elementos sobrenaturales y subordina todo al desarrollo psicológico de los personajes. El viaje geográfico se convierte en un camino de perfección interior, que culmina en la Roma celestial. Esta obra, junto con la bizantina de Lope, demuestra la vitalidad de un género que supo conjugar entretenimiento y didactismo en el marco de la espiritualidad barroca.
1.3.5. Novela corta de tipo italiano
La novela corta de ascendencia italiana, cuyo modelo es el Decamerón de Boccaccio, irrumpe en España a través de traductores e imitadores. Se trata de relatos breves de ambientación urbana y temática amorosa, con frecuencia salpicados de elementos costumbristas y picarescos. Juan de Timoneda, con El Patrañuelo (1565), ofrece el primer muestrario hispánico, pero será Cervantes quien, en el prólogo a sus Novelas ejemplares (1613), se proclame «el primero que ha novelado en lengua castellana». El título alude a la doble ejemplaridad: literaria (modelo para otros escritores) y moral (enseñanza deleitable). Las doce novelas que componen la colección recorren todas las modalidades del género: desde la idealista (La gitanilla) hasta la realista (Rinconete y Cortadillo), pasando por la lucianesca (El licenciado Vidriera). La crítica actual, con estudiosos como Rey Hazas y Sevilla Arroyo, destaca las interrelaciones entre las novelas, que forman un sistema de simetrías y contrastes, creando un macrotexto unitario.
En las novelas idealistas (La ilustre fregona, La española inglesa) prevalece la intriga amorosa y el final feliz, con personajes planos que responden a arquetipos. Por el contrario, las de corte realista (El celoso extremeño, El casamiento engañoso) ofrecen una pintura crítica de ambientes y costumbres, donde el diálogo entre los personajes introduce el perspectivismo. Rinconete y Cortadillo y El coloquio de los perros son los ejemplos más logrados de fusión entre lo picaresco y lo dialogístico. En esta última, la conversación entre los perros Cipión y Berganza permite a Cervantes reflexionar sobre el arte de novelar, al tiempo que satiriza los excesos moralizantes de la picaresca anterior. La maestría en el manejo de la estructura, la ironía y la profundidad psicológica convierten estas novelas en precursoras del relato moderno. Otros autores, como María de Zayas (Novelas ejemplares y amorosas, 1637), continuarán la senda abierta por Cervantes, aportando una perspectiva femenina a la temática amorosa.
1.3.6. Relatos celestinescos
La estela de La Celestina se prolonga en el siglo XVI a través de las llamadas «Celestinas», continuaciones que recrean el ambiente marginal y el lenguaje popular. Feliciano de Silva, con su Segunda Celestina (1534), y Gaspar Gómez de Toledo (Tercera Celestina, 1536) explotan la vena cómica y erótica del original, mientras que la anónima Tragicomedia de Lisandro y Roselia (1542) recupera el tono trágico. Mención aparte merece La lozana andaluza (1528) de Francisco Delicado, obra dialogada de fuerte contenido erótico y crítica anticlerical, ambientada en la Roma papal. Esta novela, que sigue la carrera de Aldonza como prostituta y alcahueta, constituye un eslabón fundamental entre el género celestinesco y la picaresca. La lozana andaluza anticipa rasgos picarescos como el realismo, la marginalidad y la sátira social, aunque su protagonista carece de la evolución psicológica que caracterizará a Lázaro. La crítica, desde la edición de Vilanova, la considera una obra de transición que abre caminos a la novela picaresca.
II. El Lazarillo de Tormes
2.1. Ediciones y datación
La Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades se conserva en cuatro ediciones de 1554: Alcalá de Henares, Amberes, Burgos y Medina del Campo (esta última descubierta en 1992 en Barcarrota). Todas ellas proceden de un arquetipo perdido, probablemente de 1552 o 1553, dado que en 1555 apareció ya una Segunda parte anónima. La obra fue incluida en el Índice de libros prohibidos de 1559, y solo circuló en versiones expurgadas a partir de 1573, lo que limitó su influencia directa en los escritores posteriores. La datación de su composición es controvertida: las referencias internas (batalla de los Gelves, Cortes de Toledo) permiten situarla entre 1525 y 1554. Márquez Villanueva y Rico se inclinan por una fecha cercana a las ediciones, mientras que Asensio y Ricapito defienden una redacción temprana, hacia 1530. La cuestión sigue abierta, pues los indicios cronológicos son ambiguos y pudieron ser añadidos en una revisión posterior.
2.2. Autoría
El anonimato del Lazarillo ha generado las más diversas hipótesis, vinculadas casi siempre a la interpretación ideológica de la obra. Las primeras atribuciones históricas señalaban a fray Juan de Ortega (Sigüenza) o a Diego Hurtado de Mendoza (Taxandro). En el siglo XX, Cejador propuso a Sebastián de Horozco, basándose en semejanzas temáticas, y Morel-Fatio apuntó al círculo erasmista de los Valdés. Recientemente, Rosa Navarro Durán ha reactivado la candidatura de Alfonso de Valdés, cotejando la novela con sus diálogos; Francisco Calero, por su parte, defiende a Luis Vives, y José Luis Madrigal sugiere a Francisco Cervantes de Salazar. Ninguna de estas propuestas cuenta con pruebas concluyentes, aunque todas coinciden en situar al autor en un ambiente erasmista o próximo a los conversos. El misterio de la autoría persiste como uno de los grandes enigmas de nuestra literatura, y quizá sea precisamente ese anonimato el que permitió la audacia crítica de la obra.
2.3. Género literario
El Lazarillo presenta un hibridismo genérico fundamental: se disfraza de carta (el protagonista escribe a «Vuestra Merced» para justificar «el caso») y adopta la forma autobiográfica, lo que aporta verosimilitud y crea la ficción de un testimonio real. Esta combinación de epístola y autobiografía, inexistente hasta entonces, inaugura la novela picaresca. García de la Concha ha señalado que la carta fingida se inspira en las epístolas de postulantes a honra (homines novi), constituyendo un contrafactum de las autojustificaciones nobiliarias. La narración en primera persona, exigida por la oscuridad del personaje, permite al lector adentrarse en la psicología del pícaro y asistir a su evolución. Esta fórmula, que combina la confesión con la crónica de sucesos, será imitada por todas las novelas del género, aunque ninguna alcanzará la perfección estructural de la obra primigenia.
2.4. Fuentes
Las fuentes del Lazarillo son múltiples y variadas. Lázaro Carreter señala como modelo las cartas-coloquio del Renacimiento (Guevara, Villalobos), donde la misiva sirve de marco para insertar relatos. Francisco Rico añade la variante de la epistola otiosa, que justifica la autobiografía. A esta tradición culta se une un rico sustrato folclórico (Bataillon, Molho): el nacimiento en un río, el viaje iniciático, el motivo del burlador burlado, y episodios como el de las uvas o el ciego y el jarro. También se detectan influencias clásicas (El asno de oro de Apuleyo, Plauto) y españolas (Libro de buen amor, La Celestina, El conde Lucanor). La originalidad del autor reside en la síntesis de estos materiales y en su capacidad para fundirlos en una narración unitaria y verosímil, dotada de una intención crítica que trasciende la mera anécdota folclórica.
2.5. Análisis temático y formal
El tema central del Lazarillo es la crítica del falso honor y la hipocresía social. A través de los amos que Lázaro sirve (ciego, clérigo, escudero, fraile, buldero, capellán, alguacil), el autor ofrece un panorama de la España del siglo XVI, mostrando cómo todos los estamentos viven de las apariencias. El marcado anticlericalismo de algunos episodios (el clérigo avaro, el fraile lascivo, el buldero estafador) refleja probablemente una orientación erasmista, aunque Bataillon matiza la influencia directa de Erasmo. Formalmente, la obra se distancia de la picaresca posterior por el predominio de la narración sobre la digresión moral: las breves reflexiones de Lázaro no interrumpen el hilo argumental, y la enseñanza se desprende de los hechos mismos. La confrontación dialogística con «Vuestra Merced» estructura el relato y crea una tensión entre la perspectiva del narrador adulto y la del niño protagonista, recurso que dota de profundidad al personaje.
2.6. Estructura
La estructura externa del Lazarillo consta de un prólogo y siete tratados de extensión desigual. Durante mucho tiempo se consideró que esta división respondía a errores compositivos, pero García de la Concha demostró que obedece a una arquitectura interna basada en la ley del tres. Un módulo de apertura presenta los orígenes miserables y la salida del hogar. A continuación, tres módulos ternarios agrupan a los amos: los tres primeros (ciego-clérigo-escudero) simbolizan los tres estamentos y el aprendizaje del héroe; los tres siguientes (fraile-buldero-maestro de pintar panderos) confirman o amplían esas lecciones; finalmente, el último amo (el alguacil) y el oficio de pregonero representan el ascenso social, aunque sea degradante. El módulo de cierre (el «caso») completa el contrafactum heroico: Lázaro alcanza «la cumbre de toda buena fortuna» gracias a su tolerancia con el adulterio de su mujer. La estructura circular (del río al Tormes, del prólogo al «caso») garantiza la coherencia, rota solo en la edición de Alcalá, que añade un final abierto.
2.7. Estilo
El estilo del Lazarillo supone una transgresión del dogma horaciano de los tres estilos, al emplear el estilo bajo (propio de la comedia) en una obra de prosa narrativa que exigiría al menos el medio. El autor se justifica mediante la ficción epistolar y autobiográfica, que hace verosímil la lengua del pueblo. El resultado es un castellano equilibrado, preciso y oral, cercano al que preconizaba Juan de Valdés. Se respeta, no obstante, el decoro: el lenguaje varía según el estamento del amo. Además, se aprecia una dualidad estilística entre el Lázaro narrador, irónico y distante, y el Lazarillo niño, ingenuo y directo en descripciones y diálogos. El humor, la ironía y el eufemismo (para aludir a la pederastia del fraile o al adulterio de la esposa) son recursos constantes que enriquecen la prosa y evitan la crudeza. Este dominio del lenguaje coloquial literaturizado será uno de los legados más perdurables de la obrita.
2.8. Valoración
El Lazarillo constituye la primera narración europea con un protagonista que evoluciona psicológicamente en función de las circunstancias. Lázaro pasa de la inocencia a la picardía, pero sin caer en el maniqueísmo: el ciego es cruel pero no absolutamente malvado, el escudero es soñador pero orgulloso. Esta complejidad anticipa la novela moderna, aunque todavía lastrada por el disfraz de «hecho real»; habrá que esperar a Cervantes para que la ficción se asuma como tal. Desde el punto de vista técnico, la obra introduce recursos narrativos de gran porvenir: la suspensión (episodio del buldero), la gradatio hacia el anticlímax, el diálogo entre conciencias (criado y escudero) y la estructura anular. Su brevedad no oculta su ambición: retratar la sociedad entera a través de la mirada de un antihéroe. Por todo ello, el Lazarillo es una obra cumbre del Renacimiento y el punto de partida de un género, la picaresca, que marcará la narrativa española de los siglos posteriores. El Lazarillo de Tormes sigue siendo hoy un referente ineludible para entender los orígenes de la novela realista.
III. La picaresca
3.1. Caracterización del género
La crítica ha encontrado serias dificultades para definir la novela picaresca, género no contemplado en las poéticas renacentistas y que se desarrolló al margen de las preceptivas, impulsado por la imitación de obras precedentes. Los primeros estudios, de corte referencialista (Américo Castro, Bataillon, Parker), vinculaban la picaresca a fenómenos históricos como el problema converso, la obsesión por la honra o la marginación social. Posteriormente, los enfoques formalistas (Lázaro Carreter, Rico, García de la Concha) intentaron fijar sus rasgos a partir del Lazarillo y el Guzmán: autobiografismo, existencia de un «caso» que justifica la narración, origen vil del protagonista, servicio a varios amos, estructura itinerante y alternancia de fortunas y adversidades. Sin embargo, ninguna de estas características es absoluta, pues hay novelas picarescas en tercera persona o con protagonistas bien nacidos. Rey Hazas propuso una síntesis integradora, la «poética comprometida», que atiende tanto a los aspectos formales (entorno dialogístico) como a los temáticos (crítica social) y al perfil de los autores, generalmente escritores noveles con motivaciones ideológicas.
El rasgo más incontestable es la autobiografía, que aporta verosimilitud y permite el desdoblamiento entre el pícaro que actúa y el que narra desde su madurez. Esta perspectiva única, sin embargo, se ve matizada por la presencia de un narratario explícito o implícito (Vuestra Merced, un oyente, un lector), lo que introduce cierta dialogicidad. La evolución del género muestra una progresiva pérdida del «caso» inicial y un aumento de las digresiones moralizantes, especialmente en la estela del Guzmán. La picaresca se convierte así en un molde flexible que cada autor adapta a sus propósitos: desde la crítica social más ácida (Lazarillo) hasta el sermón contrarreformista (Guzmán) o la parodia aristocrática (Buscón). Esta ductilidad explica la dificultad de establecer un canon cerrado, pero también la riqueza de un género que, como advirtió Cervantes por boca de Ginés de Pasamonte, tendría «mal año» para todos los que se escribieran.
3.2. El modelo paradigmático: Guzmán de Alfarache
La primera parte del Guzmán de Alfarache (1599) de Mateo Alemán supone un punto de inflexión en la picaresca. Frente al equilibrio del Lazarillo, aquí las digresiones morales sofocan la narración, convirtiendo la obra en un sermón sobre el libre albedrío y la posibilidad de redención incluso para los predestinados al mal por su origen vil. La dualidad entre el joven Guzmanillo pecador y el adulto Guzmán arrepentido estructura el relato, que se articula en torno al tema del pecado original y la conversión final. El protagonista, tras recorrer España e Italia como pícaro, acaba en galeras, desde donde contempla su vida como una «atalaya» que le permite aleccionar al lector. La obra introduce además el término «pícaro» por primera vez y alcanza un éxito editorial inmediato, con nueve reediciones en cuatro años. El Guzmán de Alfarache inserta dos novelas intercaladas (la morisca de Ozmín y Daraja y la cortesana de Dorido y Clorinda), demostrando la permeabilidad genérica característica de la época. La segunda parte (1604) profundiza en el didactismo y culmina con el arrepentimiento y la promesa de una tercera parte nunca escrita.
La influencia de Alemán es enorme, tanto por la consolidación del género como por la reacción que provoca en Cervantes. El Guzmán representa la picaresca barroca por excelencia: extensa, moralizante, obsesionada por la predestinación y la gracia, en sintonía con la Contrarreforma. El narrador se dirige a un lector discípulo («tú»), al que pretende aleccionar, y las constantes apelaciones a su paciencia revelan la conciencia del autor sobre la pesadez de sus sermones. Este exceso sermonístico será objeto de la sátira cervantina en El coloquio de los perros, donde Cipión censura las digresiones de Berganza. Pese a ello, el Guzmán fija el molde que seguirán la mayoría de las novelas picarescas posteriores, incluidas las femeninas y las paródicas.
3.3. Descendientes y continuadores
3.3.1. Un subgénero peculiar: la picaresca femenina
La picaresca femenina presenta rasgos específicos que la diferencian del modelo masculino. Sus protagonistas (pícaras) son mujeres ingeniosas y atractivas, que no pasan hambre ni sirven a varios amos, pues su medio de vida suele ser la prostitución o el engaño. Carecen de un «despertar» a la picardía y de un «caso» que justifique el relato; parecen haber nacido ya con plena conciencia de su condición. Bataillon las consideraba «cortesanas disfrazadas» más que auténticas pícaras. La obra inaugural es La pícara Justina (1605) de Francisco López de Úbeda, novela paródica que explota la dualidad sentencia-ejemplo al modo alemaniano pero sin propósito moralizante. Le siguen La hija de Celestina (1612) de Salas Barbadillo, que inserta un relato autobiográfico de la pícara Elena en una narración en tercera persona, y La niña de los embustes, Teresa de Manzanares (1632) de Castillo Solórzano, donde la sátira social prima sobre la ejemplaridad. Estas obras, a menudo infravaloradas, ofrecen una visión de la mujer marginal en la España del Barroco y cuestionan, desde su propia existencia, la pretendida universalidad del punto de vista masculino en la picaresca.
3.3.2. El Buscón, parodia de la novela picaresca
La Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos, de Francisco de Quevedo, redactada hacia 1604 pero publicada en 1626, constituye una genial parodia de la picaresca. Quevedo, perteneciente a la nobleza, transmite una ideología contraria al ascenso social de los conversos, encarnados en Pablos, que pretende ennoblecer casándose con una prima de su amo don Diego. La novela elimina las digresiones morales y restituye la «pureza épica» de la narración, pero a costa de la evolución psicológica del protagonista: Pablos es un pelele que no aprende ni madura, mero vehículo para el lucimiento verbal del autor. El lenguaje es brillantísimo, lleno de conceptismos y juegos de palabras, pero la estructura presenta graves incoherencias: el «caso» está ausente, el narratario cambia sin justificación (de «señora» a «Vuestra Merced»), y la sucesión de episodios responde más a la acumulación satírica que a una lógica interna. A pesar de ello, el Buscón es una obra maestra del humor negro y la crítica social, que llevó a la Inquisición a prohibirla por su posible ofensa a conversos ennoblecidos. El Buscón representa la culminación y, a la vez, la disolución del género, al llevar sus convenciones al extremo de la parodia.
3.4. La trasgresión del modelo: Cervantes
Cervantes aborda la picaresca desde una perspectiva crítica e innovadora, tanto en el Quijote (Ginés de Pasamonte) como en las Novelas ejemplares. Su principal objeción es la limitación de la primera persona, que ofrece una visión única y falseada de la realidad; por eso introduce el diálogo y el perspectivismo. En Rinconete y Cortadillo y El coloquio de los perros, el narrador omnisciente controla el relato y contrapone distintas voces. Además, Cervantes libera al pícaro del determinismo del linaje: Rinconete y Berganza no están predestinados por su origen, lo que les confiere autonomía. La ambientación, además, se vuelve rigurosamente realista, alejándose de los cuentecillos folclóricos. El coloquio de los perros es la cima de esta reflexión: se trata de una metanovela donde los perros Cipión y Berganza dialogan sobre el arte de contar, mientras desarrollan un relato picaresco. El diálogo permite al autor criticar el exceso moralizante de Alemán y ofrecer una multiplicidad de perspectivas que el lector debe juzgar. Al final, el licenciado Peralta elogia «el artificio y la invención», frente a la pretendida verdad histórica de la picaresca anterior. Con esta obra, Cervantes no solo trasgrede el género, sino que sienta las bases de la novela moderna, donde la ficción se asume como tal y el lector es libre de interpretar.
La presencia de lo picaresco en otras novelas ejemplares (La gitanilla, La ilustre fregona) demuestra el interés de Cervantes por incorporar elementos del género a su universo narrativo, pero siempre sometiéndolos a su particular poética. El resultado son obras híbridas, donde lo picaresco se funde con lo idealista, creando una realidad compleja y matizada. Esta actitud abierta, alejada de dogmatismos, contrasta con la rigidez de Alemán y sitúa a Cervantes como el verdadero innovador de la prosa narrativa. Su legado, recogido por la crítica actual (Rey Hazas, Sevilla Arroyo), confirma que la picaresca, en manos del genio alcalaíno, dejó de ser un género marginal para convertirse en un instrumento de exploración de la condición humana.
BIBLIOGRAFÍA
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AVALLE-ARCE, J.B.: La novela pastoril española. Madrid, Istmo, 1975 (2ª ed.). Análisis completo del género pastoril, desde sus orígenes hasta su declive, con especial atención a la obra de Montemayor y Cervantes.
GARCÍA DE LA CONCHA, V.: Nueva lectura del Lazarillo: el deleite de la perspectiva. Madrid, Castalia, 1981. Estudio imprescindible sobre la estructura y el significado del Lazarillo, con la teoría de la «ley del tres».
LÁZARO CARRETER, F.: Lazarillo de Tormes en la picaresca. Barcelona, Ariel, 1978. Obra clave para la caracterización formal de la picaresca y el análisis de sus rasgos definitorios.
LÓPEZ ESTRADA, F.: Los libros de pastores en la literatura española. Madrid, Gredos, 1974. Estudio exhaustivo de la novela pastoril, con atención a sus fuentes y evolución.
NAVARRO DURÁN, R.: Alfonso de Valdés, autor del Lazarillo de Tormes. Madrid, Gredos, 2003. Defensa argumentada de la autoría de Alfonso de Valdés, con cotejos textuales y análisis ideológico.
REY HAZAS, A.: Deslindes de la novela picaresca. Málaga, Universidad de Málaga, 2003. Síntesis de las investigaciones del autor, que integra perspectivas formalistas y sociológicas para una definición del género.
RICO, F.: La novela picaresca y el punto de vista. Barcelona, Seix-Barral, 1973 (última ed. 2000). Análisis de la evolución formal de la picaresca, con especial atención al narrador y al perspectivismo.
VV.AA.: La novela picaresca española. Ed. de Florencio Sevilla Arroyo. Madrid, Castalia, 2001. Edición anotada de las principales novelas picarescas, con introducción y bibliografía actualizada.
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!





