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ToggleRELACIONES SEMÁNTICAS ENTRE PALABRAS: HIPONIMIA, SINONIMIA, POLISEMIA, HOMONIMIA Y ANTONIMIA. LOS CAMBIOS DE SENTIDO
I. LA SEMÁNTICA COMO DISCIPLINA LINGÜÍSTICA
1.1. Definición, objeto de estudio y ubicación en la lingüística
La Semántica se instituye como la disciplina lingüística encargada del estudio del significado de las unidades lingüísticas, abarcando un espectro que oscila desde el análisis morfológico hasta la interpretación textual. En un sentido estricto y tradicional, la disciplina se ha focalizado prioritariamente en la semántica léxica, cuyo objetivo primordial es la descripción del contenido de los lexemas, desvelando su estructura interna y las redes de relaciones que estos establecen dentro del sistema. Esta acotación permite diferenciarla de otras ramas como la pragmática, que atiende al significado en contexto, o la sintaxis, ocupada de la combinatoria formal.
La complejidad de su objeto de estudio radica en la naturaleza inmaterial del significado, lo que históricamente dificultó su sistematización científica frente a planos más tangibles como la fonética. No obstante, la semántica moderna ha logrado establecer modelos descriptivos rigurosos que permiten analizar cómo las lenguas organizan y categorizan la experiencia extralingüística. Es fundamental comprender que el léxico no es un inventario caótico de etiquetas, sino una estructura organizada donde cada unidad adquiere valor por oposición a las demás.
Dentro de la arquitectura global de la lengua, la semántica ocupa un lugar central al conectar el sistema formal con la realidad conceptual. Su estudio no puede disociarse completamente de la gramática, pues existen zonas de intersección evidente, como el significado gramatical de los morfemas o la influencia de la estructura sintáctica en la interpretación semántica. Así, la disciplina se erige como el puente necesario entre la forma lingüística y el pensamiento.
1.2. El signo lingüístico y la dualidad significante-significado
Todo análisis semántico parte ineludiblemente de la concepción del signo lingüístico como una entidad biplánica, formulada teóricamente por Ferdinand de Saussure. Esta dualidad implica la asociación indisoluble entre una imagen acústica o plano material (significante) y un concepto o plano inmaterial (significado). La relación entre ambos componentes es arbitraria y convencional, lo que explica la diversidad de lenguas y la mutabilidad del signo a través del tiempo, factor clave para comprender los fenómenos de cambio semántico.
La naturaleza psíquica del significado es un aspecto crucial; no se trata del objeto real, sino de la representación mental o «huella» que este deja en la mente del hablante. Esta abstracción permite que el lenguaje funcione en ausencia de los referentes físicos, otorgando al ser humano la capacidad de evocar realidades pasadas, futuras o imaginarias. El significado, por tanto, es una entidad relacional que se define negativamente por su oposición a otros significados dentro del mismo sistema.
Es imperativo distinguir que los problemas semánticos pueden originarse en cualquiera de los dos planos del signo. Fenómenos como la sinonimia o la polisemia surgen precisamente de las asimetrías en la correspondencia entre significante y significado. Mientras que la fonología estudia los elementos distintivos del plano de la expresión, la semántica busca identificar los rasgos distintivos del plano del contenido, aplicando metodologías análogas de segmentación y clasificación.
1.3. Distinciones conceptuales clave: Significado, Sentido y Referencia
La precisión terminológica exige diferenciar nítidamente entre significado, sentido y referencia, conceptos que a menudo se confunden en el uso no especializado. El significado pertenece al plano de la lengua (sistema); es el valor semántico estable y común a toda la comunidad de hablantes, registrado en los diccionarios. Por el contrario, el sentido pertenece al plano del habla; es la actualización concreta y variable que ese significado adquiere en un contexto comunicativo específico.
La noción de referente alude a la realidad extralingüística (objeto, ser, estado de cosas) designada por el signo. Es vital comprender que la relación entre el signo y la cosa (referencia) no es directa, sino que está mediada por el concepto o significado. Esta distinción se ilustra clásicamente con el triángulo de Ogden y Richards, que evidencia cómo el lenguaje no conecta directamente con el mundo, sino a través de la categorización mental que los hablantes realizan de este.
Finalmente, la distinción entre designación y significado propuesta por Coseriu resulta iluminadora: las lenguas pueden designar la misma realidad mediante significados muy diversos. Así, el hecho de que diferentes lenguas estructuren la realidad de modos distintos (por ejemplo, en la terminología del color o del parentesco) demuestra que el significado es un hecho intra-lingüístico, mientras que la referencia es una relación con el mundo exterior.
1.4. La dimensión subjetiva y objetiva: Denotación y Connotación
El contenido semántico de una palabra no es monolítico, sino que se estratifica en niveles de significación. La denotación constituye el núcleo significativo estable, objetivo y compartido por todos los hablantes, el cual permite la intercomprensión básica y referencial. Se trata del significado «del diccionario», despojado de matices emocionales o situacionales, y representa la base lógica e informativa del intercambio comunicativo.
Sobre este sustrato denotativo se superponen los valores de connotación, que son significaciones secundarias de carácter subjetivo, afectivo o estilístico. Estas asociaciones pueden ser individuales, pero frecuentemente son grupales o culturales (connotaciones compartidas). Por ejemplo, términos como «zorro» o «cerdo» poseen una denotación zoológica clara, pero en el uso social adquieren potentes cargas connotativas relacionadas con la astucia o la suciedad, respectivamente.
La distinción es fundamental para el análisis literario y retórico, pero también para la comprensión de la dinámica social del lenguaje. Las connotaciones son a menudo el motor de los cambios semánticos y de los fenómenos de tabú y eufemismo. Una palabra puede mantener su denotación intacta mientras su esfera connotativa se transforma radicalmente, degradándose (peyorización) o enalteciéndose (meliorización) según la valoración social del referente.
II. HISTORIOGRAFÍA Y CORRIENTES METODOLÓGICAS
2.1. Los orígenes: Semántica histórica y leyes de Bréal
El nacimiento oficial de la semántica como disciplina científica se sitúa a finales del siglo XIX, concretamente con la obra de Michel Bréal. Antes de este hito, el estudio del significado carecía de autonomía y se diluía en la retórica o la etimología. Bréal acuñó el término «semántica» y centró su interés en el estudio diacrónico, es decir, en cómo y por qué cambian los significados de las palabras a lo largo de la historia, buscando leyes intelectuales que gobernaran dichas mutaciones.
Esta etapa fundacional estuvo marcada por una visión atomista, donde se analizaban las palabras como entidades aisladas cuya evolución dependía de la psicología de los hablantes. Bréal intentó formular leyes generales de evolución semántica, como la especialización o la restricción, aunque posteriormente se demostró que tales «leyes» eran más bien tendencias o clasificaciones descriptivas. A pesar de sus limitaciones, su obra sentó las bases para considerar el significado como un objeto de estudio legítimo dentro de la lingüística histórica.
La semántica tradicional o preestructural continuó esta línea histórica hasta bien entrado el siglo XX, culminando con autores como Gustav Stern. Sin embargo, este enfoque adolecía de una falta de visión sistémica: explicaba la historia de palabras individuales pero no lograba dar cuenta de cómo se reorganizaban los sistemas léxicos completos tras un cambio. Fue necesaria la llegada del estructuralismo para cambiar el paradigma del átomo al sistema.
2.2. La revolución estructuralista: Teoría de los Campos Semánticos (Trier)
El giro copernicano en los estudios semánticos se produjo con la introducción del concepto de campo semántico (Sinnfeld), desarrollado inicialmente por autores alemanes como Jost Trier y Leo Weisgerber. Esta teoría postula que las palabras no existen aisladas en la mente de los hablantes, sino que se agrupan en conjuntos estructurados que cubren una zona conceptual determinada (el campo del intelecto, el campo de las armas, etc.).
La tesis fundamental de Trier es que el valor de una palabra depende de su posición relativa frente a sus «vecinas» dentro del mismo campo. Como en un mosaico, si una tesela cambia de forma o tamaño, las adyacentes deben reajustarse necesariamente para no dejar vacíos ni superposiciones. Esto implica que no se puede comprender el significado de un término sin conocer los límites de los términos afines que lo delimitan: no entendemos plenamente «tibio» sin oponerlo a «frío» y «caliente».
Esta visión sistémica permitió superar el atomismo del siglo XIX. Trier demostró su teoría analizando la evolución de los términos de inteligencia en el alemán medieval, evidenciando cómo la desaparición o cambio de un vocablo provocaba una reestructuración completa del campo conceptual. Aunque criticado posteriormente por su rigidez conceptualista, el aporte de la teoría de los campos fue decisivo para el desarrollo de la semántica estructural moderna.
2.3. El análisis componencial: Pottier y los rasgos distintivos (Semas)
En la década de 1960, lingüistas como Bernard Pottier y Algirdas J. Greimas aplicaron metodologías fonológicas al plano del contenido, dando origen al análisis componencial. La idea central es que el significado de una palabra no es una unidad indivisible, sino que puede descomponerse en rasgos significativos mínimos llamados semas. De la misma manera que un fonema se define por rasgos articulatorios, un semema (significado de un lexema) se define por un haz de rasgos semánticos distintivos.
El ejemplo clásico de Pottier sobre el campo de los «asientos» (silla, sillón, taburete, sofá) ilustra brillantemente este método. Mediante la oposición de rasgos como [con respaldo], [con brazos], [para una persona], se logra definir con precisión cada término y diferenciarlo de los demás. El conjunto de semas que define una palabra constituye su semema, y el sema común a todo el campo (por ejemplo, «objeto para sentarse») se denomina archisemema.
Este enfoque dotó a la semántica de un rigor científico sin precedentes, permitiendo formalizar las relaciones de oposición y semejanza. Sin embargo, el método encontró dificultades al aplicarse a léxico abstracto o muy general, donde la identificación de rasgos binarios resulta más problemática que en campos de objetos concretos. A pesar de ello, conceptos como sema, semema y archilexema siguen siendo herramientas fundamentales en el análisis léxico actual.
2.4. La semántica estructural de Eugenio Coseriu y la tipología de campos
Eugenio Coseriu representa una de las cumbres del estructuralismo europeo, refinando y sistematizando la teoría de los campos léxicos. Su enfoque se distingue por una rigurosa separación entre lo que pertenece al conocimiento del mundo (enciclopedia) y lo que es propiamente conocimiento lingüístico. Para Coseriu, una estructura léxica se define por las oposiciones funcionales que se establecen entre sus miembros, y no por la realidad extralingüística a la que refieren.
Coseriu propuso una exhaustiva tipología de los campos léxicos, clasificándolos según criterios como la dimensión (antónimos, graduales, seriales) y la configuración de las oposiciones. Introdujo conceptos clave como la «solidaridad léxica» para explicar las restricciones combinatorias (por ejemplo, «ladrar» solo funciona con «perro»). Su modelo busca aislar las estructuras primarias del léxico, separando el vocabulario estructurado del terminológico o nomenclátor.
Uno de sus aportes más significativos es la distinción entre clasema y rasgo semántico específico. Los clasemas son rasgos muy generales (como animado/inanimado, humano/no humano) que atraviesan todo el léxico y determinan la combinatoria sintáctica. La obra de Coseriu elevó la semántica a un nivel de abstracción y precisión teórica que permitió integrarla plenamente en la descripción gramatical de las lenguas.
III. RELACIONES SEMÁNTICAS SINTAGMÁTICAS Y PARADIGMÁTICAS
3.1. Relaciones de inclusión: Hiperonimia, Hiponimia y Cohiponimia
La organización vertical o jerárquica del léxico se articula fundamentalmente a través de la relación de inclusión. La hiponimia es la relación que se establece entre un término más específico (hipónimo) y otro más general (hiperónimo) bajo el cual queda englobado. Lógicamente, el hipónimo posee una mayor riqueza intensional (más rasgos de significado o semas) pero una menor extensión (se aplica a menos entidades), cumpliendo la ley lógica inversa entre intensión y extensión.
Por ejemplo, «clavel» es hipónimo de «flor» (su hiperónimo). A su vez, los términos que comparten un mismo hiperónimo se denominan cohipónimos entre sí (clavel, rosa, tulipán). Esta estructura taxonómica es fundamental para la categorización cognitiva del mundo y para la cohesión textual, ya que permite mecanismos de sustitución anafórica (nombrar primero «el perro» y luego referirse a él como «el animal»).
Es interesante notar que no todos los conceptos léxicos disponen de hiperónimos léxicos en la lengua corriente; a veces existen «lagunas léxicas» donde el término superordinado falta o es un tecnicismo poco usual. Las cadenas hiponímicas pueden tener varios niveles (ser vivo -> planta -> flor -> rosa), creando una arquitectura compleja que varía de una lengua a otra, reflejando diferentes formas de segmentar la realidad biológica o cultural.
3.2. La Sinonimia: debate sobre su existencia absoluta y clasificación
La sinonimia se define tradicionalmente como la relación de identidad de significado entre dos o más significantes distintos. Sin embargo, la lingüística moderna ha cuestionado la existencia de la sinonimia absoluta o perfecta. El principio de economía lingüística sugiere que las lenguas tienden a evitar la duplicidad superflua; por tanto, si dos palabras significan aparentemente lo mismo, suelen especializarse en matices diferentes, ya sean dialectales, diafásicos (nivel de formalidad) o connotativos.
Autores como Gregorio Salvador han defendido la existencia de sinónimos exactos en la lengua (sistema), aunque en el habla puedan tener distribuciones diferentes. Sin embargo, la mayoría de los casos corresponden a la sinonimia parcial o cuasi-sinonimia, donde los términos son intercambiables en algunos contextos pero no en todos. Por ejemplo, «anciano» y «viejo» pueden compartir referente, pero sus valores connotativos y contextos de uso (respeto vs. descripción física) difieren notablemente.
Las fuentes de la sinonimia son diversas: préstamos que conviven con voces patrimoniales (alquilar/arrendar), eufemismos que coexisten con términos tabú, o variantes geográficas (cerdo/chancho). En el análisis textual, la sinonimia es un recurso estilístico vital para evitar la repetición (variatio retórica), aunque desde el punto de vista estricto de la semántica estructural, la identidad plena es un fenómeno marginal y transitorio en la diacronía.
3.3. Polisemia: orígenes, mecanismos y diferenciación de la homonimia
La polisemia es un rasgo fundamental de las lenguas naturales que consiste en la asociación de múltiples significados a un único significante. Lejos de ser un defecto, constituye un mecanismo de economía cognitiva esencial: permite a los hablantes multiplicar la capacidad expresiva del código sin sobrecargar la memoria léxica. Un término como «operación» puede referirse a ámbitos matemáticos, quirúrgicos, militares o comerciales, activándose el sentido pertinente gracias al contexto.
El origen de la polisemia suele hallarse en la extensión metafórica o metonímica de un significado original. Por ejemplo, la «pata» de un animal se extiende por semejanza física a la «pata» de una mesa. Estos sentidos derivados mantienen un vínculo semántico subyacente con el núcleo original, lo que diferencia teóricamente a la polisemia de la homonimia. En los diccionarios, la polisemia se trata dentro de una única entrada o artículo, numerando las distintas acepciones.
La resolución de la ambigüedad polisémica se realiza automáticamente en el discurso mediante el entorno sintáctico y situacional. No obstante, existen casos límite donde la distancia entre los significados derivados es tal que los hablantes pierden la conciencia de conexión, iniciando un proceso de ruptura que puede desembocar en homonimia. La polisemia es, pues, un fenómeno dinámico que refleja la flexibilidad adaptativa del léxico.
3.4. Homonimia: homofonía, homografía y colisión semántica
La homonimia se produce cuando dos o más palabras de orígenes etimológicos distintos llegan a coincidir en su forma (significante) debido a la evolución fonética. A diferencia de la polisemia, aquí no existe relación semántica ni origen común; se trata de una coincidencia accidental. Los homónimos son signos lingüísticos distintos que comparten «envase». Lexicográficamente, esto se refleja en entradas separadas (vino1 sustantivo / vino2 verbo).
Es necesario distinguir entre homófonos (suenan igual pero pueden escribirse distinto, como hola/ola) y homógrafos (se escriben y suenan igual, como coba ‘moneda’ / coba ‘adulación’). En español, debido a la ortografía fonética, la mayoría de los homónimos son también homógrafos, salvo en los casos de letras con igual sonido (b/v, h/Ø, ll/y en zonas yeístas).
La homonimia puede generar conflictos comunicativos o «colisiones semánticas» que a veces provocan la desaparición de uno de los términos para evitar la ambigüedad perniciosa (homonimia intolerable). Sin embargo, el contexto suele ser suficiente para desambiguar. Desde el punto de vista estructural, la homonimia es un fenómeno de la expresión, mientras que la polisemia lo es del contenido, aunque en la sincronía la frontera entre ambas puede ser difusa para el hablante no culto.
3.5. Las estructuras de oposición: Antonimia, Complementariedad y Reciprocidad
Bajo el término genérico de antonimia se agrupan diversos tipos de relaciones de oposición léxica que la semántica estructural ha clasificado con precisión. En sentido estricto, los antónimos graduales son aquellos que admiten grados intermedios entre los dos polos de la oposición (frío/caliente, alto/bajo). En estos casos, la negación de uno no implica necesariamente la afirmación del otro (lo que no es frío no tiene por qué ser caliente, puede ser tibio).
Diferente es la relación de complementariedad, donde la oposición es binaria y excluyente: no existen términos medios. Ejemplos clásicos son vivo/muerto o presente/ausente. Aquí, la negación de un término implica ineludiblemente la afirmación del otro. Son oposiciones lógicas de tipo privativo que dividen el universo conceptual en dos mitades irreconciliables sin zonas de transición.
Un tercer tipo es la reciprocidad o inversión, que describe una misma realidad o relación desde perspectivas opuestas. Términos como comprar/vender, padre/hijo o dar/recibir se implican mutuamente: no se puede comprar si alguien no vende. Estas estructuras de oposición son fundamentales para la organización cognitiva, ya que el ser humano tiende a categorizar la experiencia mediante contrastes binarios polares.
IV. EL CAMBIO SEMÁNTICO: FACTORES Y PROCESOS
4.1. Causas del cambio: factores históricos, sociales y psicológicos
El cambio semántico no es un accidente, sino una constante en la vida de las lenguas, motivada por una multiplicidad de factores. Las causas históricas son evidentes cuando los objetos o instituciones cambian pero sus nombres permanecen (la «pluma» de escribir actual no es una pluma de ave, pero conserva el nombre). La lengua debe readaptarse continuamente para designar nuevas realidades tecnológicas o culturales, a menudo reciclando material léxico antiguo.
Los factores sociales juegan un papel determinante en la especialización o generalización de significados. Un término de un grupo profesional restringido puede pasar al dominio general ampliando su sentido (como «arribar», de la jerga marinera al uso común), o viceversa. Asimismo, las estructuras sociales influyen en la valoración de las palabras, provocando desplazamientos connotativos que acaban alterando la denotación.
Las causas psicológicas incluyen factores como la emotividad o la tabuización. Los hablantes a menudo buscan expresividad y novedad, desviando los significados establecidos para impactar o matizar. Stephen Ullmann sistematizó estas causas, añadiendo también la influencia interlingüística (calcos semánticos), donde una palabra adquiere un nuevo acepción por imitación de una lengua extranjera dominante (ej. «bizarro» tomando el sentido de ‘raro’ del inglés o francés).
4.2. Mecanismos basados en la semejanza: la Metáfora
La metáfora es, sin duda, el mecanismo más potente y prolífico de cambio semántico. Se basa en una relación de semejanza percibida entre dos significados. Cuando esta asociación asociativa se repite y es aceptada por la comunidad, la metáfora se «lexicaliza», pierde su carácter de figura retórica y se convierte en un nuevo significado literal. Hablamos de «hoja» de papel por su semejanza con la hoja de árbol, o de «cabeza» de familia por analogía funcional.
Las metáforas pueden ser antropomórficas (atribuir partes del cuerpo a objetos: «pie» de la lámpara), zoomórficas (aplicar rasgos animales a humanos: ser un «lince») o sinestésicas (cruzar dominios sensoriales: voz «dulce», color «chillón»). Este proceso cognitivo revela la capacidad humana de entender dominios abstractos o complejos en términos de otros más concretos y familiares, siendo un motor inagotable de polisemia.
Ullmann clasifica la metáfora como un cambio por semejanza de sentido. Es importante destacar que la semejanza no necesita ser real u objetiva; basta con que los hablantes la perciban o la establezcan culturalmente. La creatividad metafórica es constante en el habla cotidiana, pero solo aquellas creaciones que llenan una necesidad denominativa o expresiva logran cristalizar en cambios semánticos permanentes en el sistema.
4.3. Mecanismos basados en la contigüidad: la Metonimia y la Sinécdoque
A diferencia de la metáfora, la metonimia opera por una relación de contigüidad real o asociación habitual entre los referentes. No se trata de que dos cosas se parezcan, sino de que aparecen juntas en la experiencia. Ullmann la define como cambio por contigüidad de sentido. Los tipos clásicos incluyen la causa por el efecto, el continente por el contenido («beber una copa»), el autor por la obra («un Picasso») o el instrumento por el agente («el mejor violín de la orquesta»).
La sinécdoque, a menudo considerada una variante de la metonimia, se basa específicamente en relaciones de inclusión o parte-todo (pars pro toto). Ejemplos comunes son usar «techo» para referirse a una casa completa o «cabezas» para contar ganado. En ambos procesos, se produce un desplazamiento del foco de atención que termina por fijar un nuevo sentido para el término desplazado.
La elipsis es frecuentemente un resultado de la contigüidad sintagmática. Cuando dos palabras aparecen juntas constantemente (ej. «teléfono móvil»), la elisión de una de ellas («móvil») provoca que esta absorba todo el significado del sintagma original. Este mecanismo de absorción semántica por contigüidad es responsable de sustantivaciones masivas en el léxico moderno (un «diario», un «puro», un «cortado»).
4.4. Otros procesos: Etimología popular, Elipsis y Eufemismo
La etimología popular es un fenómeno curioso donde los hablantes deforman una palabra opaca o desconocida para asimilarla a otra conocida, alterando a menudo su significado. Se basa en una semejanza de nombres (significantes) erróneamente interpretada. Un ejemplo histórico es «cerrojo» (de veruculum), que se asoció a «cerrar» y «ojo» modificando su forma y sentido. Es un intento instintivo de «motivar» el signo lingüístico arbitrario.
El tabú y el eufemismo constituyen un ciclo constante de renovación léxica impulsado por factores sociales. Ciertos ámbitos de la realidad (sexo, muerte, enfermedades, funciones corporales) son sometidos a interdicción (tabú). Para referirse a ellos, se crean términos sustitutos más suaves o indirectos (eufemismos). Con el uso, el eufemismo se «contamina» de las connotaciones negativas del referente y se vuelve tabú, exigiendo un nuevo sustituto.
Este proceso, denominado a veces «la cinta sin fin del eufemismo» (Steven Pinker), explica la rápida obsolescencia de términos referidos a realidades sociales sensibles (de «retrete» a «baño», a «servicio», a «aseo»). El eufemismo no es solo un cambio de nombre, sino una manipulación de la perspectiva semántica que busca ocultar o atenuar aspectos desagradables de la realidad designada.
BIBLIOGRAFÍA
COSERIU, E.: Principios de semántica estructural. Madrid, Gredos, 1977. Obra fundamental del estructuralismo europeo que establece las bases teóricas para el análisis funcional del léxico, distinguiendo entre estructura y nomenclatura.
GUTIÉRREZ ORDÓÑEZ, S.: Introducción a la semántica funcional. Madrid, Síntesis, 1989. Manual didáctico y riguroso que expone los principios de la semántica funcionalista con claridad y abundantes ejemplos del español.
LÁZARO CARRETER, F.: El dardo en la palabra. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 1997. Recopilación de artículos críticos que, aunque divulgativos, analizan con agudeza los cambios semánticos y neologismos en el uso periodístico actual.
LYONS, J.: Semántica. Barcelona, Teide, 1980. Tratado clásico y exhaustivo que aborda la semántica desde una perspectiva lingüística general, integrando aportaciones de la lógica y la filosofía del lenguaje.
POTTIER, B.: Lingüística moderna y filología hispánica. Madrid, Gredos, 1968. Texto clave para comprender la aplicación del análisis sémico o componencial al léxico español, introduciendo la metodología de los rasgos distintivos.
SALVADOR, G.: Semántica y lexicografía del español. Madrid, Paraninfo, 1985. Conjunto de estudios esenciales que defienden la existencia de la sinonimia y analizan problemas concretos de la semántica española y su tratamiento en diccionarios.
TRUJILLO, R.: Elementos de semántica lingüística. Madrid, Cátedra, 1996. Obra de madurez de uno de los principales semantistas españoles, que ofrece una visión crítica y actualizada de la teoría semántica.
ULLMANN, S.: Semántica. Introducción a la ciencia del significado. Madrid, Aguilar, 1965. Referencia ineludible para el estudio del cambio semántico, cuya clasificación de causas y mecanismos sigue siendo un estándar pedagógico.
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Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!
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