Formas originales del ensayo literario. 2026

Foto del autor

By Víctor Villoria

Formas originales del ensayo literario. Evolución en los siglos XVIII y XIX. El ensayo en el siglo XX.

Introducción

El ensayo constituye uno de los géneros más complejos y fecundos de la literatura occidental, caracterizado por su hibridez temática y formal. Según la tesis de Juan Marichal, el origen del ensayo en lengua castellana se remonta al siglo XV, con las epístolas de Alonso de Cartagena, donde ya se manifiesta una voluntad de expresión individual y un anhelo de comunicación intelectual. No obstante, su consolidación como género autónomo no se producirá hasta el siglo XVIII, cuando las luces de la Ilustración encuentran en esta forma el vehículo idóneo para la crítica, la divulgación científica y la polémica. El presente estudio recorre la evolución del ensayo desde sus formas primigenias hasta su apogeo en los siglos XIX y XX, atendiendo a los autores, las obras y los contextos que configuraron un género decisivo para la modernidad hispánica.

La dificultad para definir el ensayo radica precisamente en su naturaleza proteica: puede adoptar la forma de una carta, un prólogo, un artículo periodístico o un tratado filosófico. En su esencia late una intención subjetiva, un afán de estilo y una vocación pedagógica que lo convierten en un instrumento privilegiado para transmitir ideas. Desde las cartas humanísticas del siglo XV hasta los artículos de prensa del siglo XXI, el ensayo español ha sabido aunar reflexión y arte, convirtiéndose en el espejo crítico de la sociedad y en el crisol de las grandes corrientes de pensamiento. A lo largo de las páginas siguientes se analizarán los hitos fundamentales de su trayectoria.

I. Formas originarias del ensayo literario

1.1. Las primeras formas

En la Castilla del siglo XV, un grupo de intelectuales conversos impulsó una nueva sociabilidad basada en el intercambio epistolar y en la defensa del romance como vehículo de cultura. Alonso de Cartagena constituye la figura más relevante de este momento fundacional. Su carta al marqués de Santillana (1444) es considerada por Marichal el primer ensayo de las letras castellanas, pues en ella se conjuga la voluntad de perduración personal con la reflexión sobre la función de la cultura. Cartagena defendió la necesidad de una laboriosidad intelectual en la aristocracia y la divulgación del saber, convencido de que “la ciencia desdeña al poseedor avariento”. Esta actitud difusora se plasma también en sus prólogos, donde apuesta por una prosa llana y accesible, lejos del hermetismo escolástico.

Mosén Diego de Valera, Fernando de la Torre y Teresa de Cartagena continúan esta senda con una marcada voluntad de singularización. Valera hace de su propia voz la fuente de autoridad, mientras que Fernando de la Torre, en su Libro de las veinte cartas y cuestiones, teoriza sobre el derecho de los “hombres sin letras” a expresarse literariamente, buscando las normas expresivas en la vida cortesana. Teresa de Cartagena, por su parte, inaugura una literatura femenina de introspección: en Arboleda de los enfermos y Admiración de las cosas de Dios, la escritura se convierte en vía de conocimiento propio, preludiando la confesión personal que siglos después cultivarían Santa Teresa y Unamuno. Estas primeras manifestaciones ensayísticas se caracterizan por un deseo de comunicación cordial y por la defensa de un idioma que empieza a forjarse como instrumento de pensamiento.

El prosista que alcanza una técnica más depurada es Fernando del Pulgar, cronista de los Reyes Católicos. Pulgar posee un sentido agudo de la igualdad humana y una seguridad derivada de su pertenencia al centro del poder político. En sus escritos, la prosa se organiza con un dominio retórico que anticipa la orquestación expresiva del ensayo moderno. Su interés por “entremeterse” en los asuntos del país, su crítica a los rígidos estamentos sociales y su defensa de la movilidad social lo convierten en un antecedente directo de la crítica ilustrada. Con Pulgar, la prosa de discurso personal alcanza un grado de madurez que sienta las bases para el desarrollo posterior del género.

1.2. La etapa renacentista

1.2.1. Fray Antonio de Guevara

Fray Antonio de Guevara representa una síntesis original entre la tradición medieval y el espíritu renacentista. Obispo y cronista de Carlos V, Guevara creó una obra literaria que, sin romper con la continuidad medieval, incorpora ya los aires del humanismo. Sus Epístolas familiares son una muestra temprana de ensayo moral y político, escritas desde una posición cercana al poder. En ellas, Guevara se erige en defensor de la legalidad monárquica tras la guerra de las Comunidades, pero también comprende el trasfondo social de la revuelta. Su estilo, artificioso y conceptista, busca complacer al público cortesano al tiempo que intenta atenuar el maquiavelismo agresivo de la corte. La revelación autobiográfica que practica Guevara responde tanto a un sincero deseo de confesión religiosa como a un afán de incorporación social, creando un modelo de ensayo cortesano que tendrá amplia repercusión.

La prosa de Guevara, deudora de Séneca y de la tradición sentenciosa, se caracteriza por la abundancia de anécdotas, la exaltación de la fama y un tono sentencioso que combina la crítica con la alabanza. Américo Castro lo consideró el antecedente literario de ensayistas como Feijoo y Larra, destacando su capacidad para aunar la reflexión moral con la observación de la realidad social. Aunque sus técnicas estilísticas fueron luego rechazadas por Santa Teresa, Guevara abrió el camino para que el ensayo se convirtiera en un género apto para la intervención en los asuntos públicos y para la exploración de la subjetividad desde una posición institucional.

1.2.2. Santa Teresa de Jesús

Frente al ornato guevariano, Santa Teresa de Jesús propugna una escritura espontánea, íntima y antirretórica. Su obra, en especial el Camino de perfección, constituye un esfuerzo sistemático por verter mediante la palabra la totalidad de la persona. La santa abjura de toda canalización verbal rígida y declara que su estilo ha de ir “como saliere, sin concierto previo”. Esta aparente informalidad es, en realidad, una conquista estilística de primer orden: la prola teresiana se convierte en vehículo de la interioridad, en testimonio de una experiencia mística que busca comunicarse con las almas “desbaratadas”. Su defensa de la capacidad femenina en materias religiosas y su reivindicación de la “predicación de obras” frente a la autoridad masculina añaden una dimensión protofeminista a su ensayismo.

Santa Teresa realiza una verdadera revolución expresiva: la palabra escrita deja de ser un instrumento de ornato para convertirse en un espacio de autoconocimiento y de diálogo con Dios. Su “derramamiento” personal, esa mezcla de coloquialismo y elevación, prefigura el tono confesional de Unamuno. Al situar la experiencia individual en el centro del discurso, la santa abulense sienta las bases para el ensayo moderno como género en el que la subjetividad no es un obstáculo, sino la condición misma del conocimiento. Su influencia se extiende desde los místicos del siglo XVII hasta los ensayistas existenciales del siglo XX.

1.3. Quevedo

Francisco de Quevedo, figura capital del Barroco, cultiva un ensayo satírico y moral que mira con desencanto la sociedad de su tiempo. Obras como La hora de todos o los Anales de quince días despliegan una crítica feroz contra la corrupción política, la hipocresía cortesana y la vanidad humana. Quevedo utiliza el diálogo satírico y la alegoría para exponer sus tesis, dando forma a un ensayo que combina la erudición humanística con la agudeza conceptista. Su prosa, densa y llena de recursos retóricos, constituye un modelo de estilo que será imitado por los escritores ilustrados y por los articulistas del siglo XIX. En Quevedo, el ensayo adquiere un filo polémico y una dimensión ética que lo sitúan en la línea del moralismo clásico.

La influencia de Quevedo en el ensayo posterior es profunda, especialmente en el siglo XVIII, cuando autores como Feijoo y Forner retoman su tono combativo y su defensa de la lengua vernácula. Nigel Glendinning ha señalado cómo los ensayistas ilustrados beben de Quevedo y de Gracián para construir una prosa crítica y didáctica. Así, las formas originarias del ensayo —epístola, prólogo, tratado breve, artículo satírico— quedan plenamente definidas antes de que el género adquiera su nombre y su consagración definitiva en el siglo de las luces.

II. El ensayo en el siglo XVIII

2.1. Contexto y rasgos del ensayo ilustrado

El siglo XVIII representa la edad de oro del ensayo en España. El género se revela como el más adecuado para difundir las ideas de la Ilustración, el saber enciclopedista y el espíritu polémico que domina la centuria. Los ensayistas de este periodo combinan la exposición teórica con la crítica subjetiva, adoptan una actitud divulgativa que busca conciliar el rigor con la amenidad, y muestran una clara voluntad de estilo. Los límites del género siguen siendo imprecisos —se publican discursos, cartas eruditas, memorias, sátiras—, pero el hilo conductor es la voluntad de intervenir en la realidad para combatir supersticiones, reformar las costumbres y modernizar la sociedad.

Dos modelos estilísticos dominan el ensayo dieciochesco: por un lado, la prosa didáctica y clara de Feijoo, que busca la eficacia persuasiva; por otro, la sátira y el diálogo epistolar de Cadaldo y Jovellanos, que utilizan soportes narrativos para introducir distintas perspectivas. El ensayo ilustrado se apoya también en la tradición nacional —Quevedo y Gracián— y en las nuevas corrientes europeas, especialmente la filosofía empirista y la preceptiva neoclásica. Así, se configura un espacio de reflexión que, sin renunciar al arte, prioriza la utilidad social y el afán reformista.

2.2. Feijoo: el nuevo espíritu científico

2.2.1. Datos biográficos

Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) fue el gran introductor del espíritu crítico en España. Benedictino, catedrático en Oviedo, poseía una vasta cultura que le permitió estar al tanto de las corrientes científicas europeas. Tardío en su publicación —inició su producción a los cincuenta años—, Feijoo dedicó su vida a combatir la superstición y el fanatismo con las armas de la razón experimental. Su biblioteca y su museo de curiosidades atestiguan una curiosidad insaciable que lo convirtió en uno de los españoles más cultos de su tiempo.

2.2.2. Obra

Feijoo publicó en 1725 la Carta apologética de la medicina escéptica del doctor Martínez, primera defensa de la medicina experimental. Le siguió el monumental Teatro crítico universal (1726-1739), ocho tomos de discursos sobre los más variados temas: filosofía, historia, matemáticas, economía, astronomía. Entre 1742 y 1760 aparecieron las Cartas eruditas y curiosas, cinco volúmenes que continúan su labor de desengaño de errores comunes. Su obra se articula en tres ejes: alegatos contra supersticiones, artículos de divulgación científica y ensayos filosóficos. Su estilo, basado en la naturalidad, se caracteriza por la claridad, la fluidez y una viva capacidad para hacer amenos los temas más áridos.

2.2.3. El pensamiento de Feijoo

El pensamiento feijoniano se caracteriza por un eclecticismo que combina la tradición cristiana con el empirismo de Bacon y Newton. En religión, combate las supersticiones y lo milagrero; en filosofía, rechaza el escolasticismo estéril y apuesta por una actitud científica basada en la observación. Su defensa de las lenguas modernas y de los neologismos lo convierte en un innovador lingüístico. Políticamente, es un moralista pacifista y cosmopolita que condena las guerras y critica el patriotismo provinciano. Su actitud crítica, más que sus conclusiones concretas —hoy superadas—, constituye su legado más perdurable: enseñó a los españoles a dudar y a someter las ideas recibidas al tribunal de la razón.

2.2.4. La polémica en torno a su obra

La fama de Feijoo generó encendidas polémicas. El Anti-theatro crítico de Salvador José Mañer (1729) fue la primera impugnación seria, seguida de ataques como los del franciscano Francisco de Soto y Marne. Feijoo se defendió con obras como la Ilustración apologética y la Justa repulsa de inicuas acusaciones. El padre Sarmiento salió en su defensa con la Demostración apologética. Finalmente, el rey Fernando VI prohibió por orden real las críticas contra Feijoo, un gesto que demuestra la trascendencia de su obra en la configuración del nuevo espíritu ilustrado español.

2.3. Luzán: la teoría literaria

Ignacio de Luzán publicó en 1737 su Poética, obra capital que introdujo las reglas neoclásicas en España. Dividida en cuatro libros, aborda el origen de la poesía, su utilidad, la tragedia y la comedia, y el poema épico. Luzán rechaza la subjetividad y la oscuridad de los poetas culteranos y conceptistas del siglo anterior, y defiende una poética fundada en la razón y en el respeto al espíritu nacional. Su influencia fue enorme: marcó la pauta para el teatro neoclásico, para los fabulistas y para una larga tradición de crítica literaria basada en la preceptiva aristotélica adaptada a las exigencias ilustradas.

2.4. Forner: la polémica

Juan Pablo Forner fue el polemista más aguerrido del siglo. En El asno erudito satirizó las Fábulas literarias de Iriarte; en la Oración apologética por la España y mérito literario (1786) replicó a Massons de Marvilliers, que había negado la contribución española a la cultura europea; y en las Exequias de la lengua castellana hizo un juicio sobre la literatura española alabando a los clásicos y arremetiendo contra los corruptores de la lengua. Forner encarna el ensayo como arma ideológica, defendiendo la tradición nacional frente a las críticas extranjeras y polemizando sobre los criterios estéticos y lingüísticos de su época.

2.5. Cadalso: la crítica de costumbres y el descubrimiento del “carácter nacional”

2.5.1. Datos biográficos

José Cadalso (1741-1782) nació en Cádiz, se educó en París y completó su formación con viajes por Europa. Militar de carrera, murió en el sitio de Gibraltar. Su biografía refleja la actitud cosmopolita de la Ilustración española, abierta a las influencias europeas pero comprometida con el análisis de la realidad nacional.

2.5.2. Sus obras críticas: Los eruditos a la violeta y Las cartas marruecas

Los eruditos a la violeta (1772) es una sátira contra la formación superficial, dividida en siete lecciones que abordan poética, retórica, filosofía, etc. Las cartas marruecas, publicadas póstumamente, constituyen la obra maestra del ensayo dieciochesco. Inspiradas en las Cartas persas de Montesquieu, utilizan el intercambio epistolar entre los marroquíes Gazel y Ben-Beley y el español Nuño para ofrecer tres perspectivas sobre España: la interior, la del extranjero y la de la sabiduría universal. Cadalso critica los privilegios nobiliarios, el atraso universitario, la relajación de costumbres, las corridas de toros y la falsa religiosidad, y propone un programa de reformas para consolidar España como nación moderna.

2.6. Jovellanos: el reformismo ilustrado

2.6.1. Datos biográficos

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) es la figura cumbre del reformismo ilustrado. Jurista, político y escritor, su vida estuvo marcada por el destierro —Carlos IV lo envió a Gijón y luego a Mallorca— y por su compromiso con la modernización de España. Fundó el Instituto Asturiano, fue ministro de Gracia y Justicia, y participó en la Junta Central durante la guerra de la Independencia. Su personalidad conjuga la seriedad, la calidad humana y una vocación pragmática al servicio de las instituciones.

2.6.2. Obra fundamental

Entre sus obras mayores destaca el Informe sobre el expediente de la Ley Agraria (1794), donde analiza las causas de la decadencia agrícola y propone soluciones desde una perspectiva histórica y pragmática. La Memoria para el arreglo de la policía de espectáculos aborda la reforma de las diversiones públicas, y la Descripción del Castillo de Bellver, escrita durante su reclusión, combina la erudición arquitectónica con una meditación sobre el pasado. Jovellanos cultiva también el diario y la carta, géneros ensayísticos en los que plasma sus viajes, sus reflexiones políticas y sus proyectos educativos.

2.6.3. Otras obras

Jovellanos escribió Elogio de Carlos III, Elogio de las Bellas Artes y el Plan para la educación de la Nobleza, que reflejan su confianza en la educación como motor del progreso. Sus Diarios y Cartas son un documento inestimable para conocer la España de finales del siglo XVIII, con noticias sobre comercio, industria y política. Su obra, siempre pragmática y didáctica, sitúa al ensayo al servicio de la reforma social sin perder la calidad literaria.

2.7. Otros ensayistas

El siglo XVIII español cuenta con una pléyade de ensayistas en campos como la historia, la filología y la estética. El padre Enrique Flórez publicó la monumental España sagrada; el padre Masdeu escribió una Historia crítica de España; Gregorio Mayans y Siscar impulsó los estudios lingüísticos y literarios; el padre Sarmiento dejó unas Memorias para la historia de la poesía; y Esteban de Arteaga, en sus Investigaciones filosóficas sobre la belleza ideal, anticipó planteamientos estéticos que rompían con el mimeticismo clásico. Todos ellos contribuyeron a que el ensayo se convirtiera en el género vertebrador de la cultura ilustrada.

III. El ensayo en el siglo XIX

3.1. Mariano José de Larra

Mariano José de Larra (1809-1837) representa la cima del ensayo romántico español. Articulista de costumbres, crítico teatral, político y literato, Larra convirtió el artículo periodístico en un género de creación literaria. Su Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres recoge lo más sustancial de su obra. En los artículos de costumbres, Larra despliega una visión pesimista y desgarrada de la sociedad española, utilizando la sátira y la ironía para denunciar la hipocresía, el atraso y la falta de libertad. Sus famosos textos —“Vuelva usted mañana”, “El casarse pronto y mal”— trascienden la anécdota costumbrista para convertirse en reflexiones filosóficas sobre la vida y el carácter nacional.

En su faceta de crítico literario, Larra evolucionó desde un inicial neoclasicismo hacia la defensa del romanticismo. Su artículo “Literatura” (1836) constituye un manifiesto en el que proclama que “la literatura es la expresión, el termómetro verdadero del estado de civilización de un pueblo”. Como crítico teatral, analizó los estrenos románticos y propuso reformas para resucitar el teatro español. Su estilo, de una claridad y organización admirables, combina el humor mordaz, la parodia y una ironía que no excluye la hondura trágica. Larra inaugura así la tradición del intelectual comprometido que utiliza el ensayo como instrumento de combate cívico.

3.2. Otros ensayistas

José Donoso Cortés (1809-1853) cultivó un ensayo apasionado y polémico. Su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851) refleja las inquietudes sociales tras la revolución de 1848 y defiende al catolicismo como única salvación de la sociedad. Su estilo grandilocuente, efectista y lleno de imágenes brillantes marcó un hito en la oratoria contrarrevolucionaria. Por su parte, Jaime Balmes (1810-1848), en El protestantismo comparado con el catolicismo, ofreció una serena réplica a las tesis de Guizot, defendiendo la tradición católica con una prosa clara y precisa. Finalmente, Concepción Arenal (1820-1893) dedicó su vida al análisis de los problemas sociales y penitenciarios; obras como La beneficencia, la filantropía y la caridad (1861) o La mujer de su casa (1881) la sitúan como precursora del ensayo social y feminista en España.

IV. El ensayo en el siglo XX

4.1. El regeneracionismo

4.1.1. Características fundamentales

El regeneracionismo es un movimiento de pensamiento que, a caballo entre los siglos XIX y XX, busca diagnosticar los males de España y proponer soluciones concretas. Se caracteriza por el uso de datos estadísticos, el afán de aplicar la ciencia a los problemas sociales, la lucha contra el caciquismo y la defensa de reformas agrarias, educativas y laborales. Aunque sus propuestas parten del poder —“revolución desde arriba”—, consiguen movilizar a las clases medias y abrir el camino a las generaciones posteriores.

4.1.2. Autores regeneracionistas

Joaquín Costa (1846-1911) es la figura central del regeneracionismo. Autor de Colectivismo agrario en España (1898), Oligarquía y caciquismo (1901) y Agricultura armónica (1911), propuso una modernización radical basada en la educación, la reforma agraria y la superación del caciquismo. Ricardo Macías Picavea (1847-1899) publicó El problema social (1891), considerado el primer análisis sociológico moderno, y Lucas Mallada (1841-1921), geólogo, escribió Los males de la Patria (1890), un lúcido diagnóstico de la decadencia nacional. El regeneracionismo preparó el terreno intelectual para la Generación del 98.

4.2. La generación del 98

4.2.1. Ángel Ganivet

Ángel Ganivet (1865-1898) publicó en 1897 el Idearium español, obra fundamental donde analiza la psicología del pueblo español y propone una regeneración basada en la exaltación de los valores espirituales. Ganivet cultivó también la novela-ensayo con La conquista del reino de Maya y Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, anticipando la fusión de géneros que luego practicará Unamuno.

4.2.2. Ramiro de Maeztu

Ramiro de Maeztu (1875-1936) evolucionó desde un socialismo inicial hacia posiciones conservadoras. En Hacia otra España (1899) abordó las dificultades para la modernización; en Don Quijote, Don Juan y la Celestina (1926) buscó en los mitos literarios la esencia del “ser moral” español; y en Defensa de la Hispanidad (1934) defendió la evangelización hispana como modelo cultural. Su ensayo combina la reflexión política con la interpretación histórica y literaria.

4.2.3. Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno (1864-1936) es el gran ensayista existencial español. En En torno al casticismo (1895) reflexiona sobre Castilla, la intrahistoria y la necesidad de europeización. Vida de don Quijote (1905) interpreta la figura quijotesca como símbolo del afán de inmortalidad. Del sentimiento trágico de la vida (1912) expone su filosofía existencial: la angustia ante la muerte y la lucha por la fe. La agonía del cristianismo (1925) ahonda en sus inquietudes religiosas. Unamuno transforma el ensayo en un género íntimo y pasional, donde la contradicción y el desgarro se convierten en método de conocimiento.

4.2.4. Azorín

José Martínez Ruiz, Azorín (1873-1967), llevó el ensayo hacia la estética de lo nimio. Su obsesión por el tiempo y la fugacidad lo llevó a buscar la esencia de España en lo cotidiano y en el paisaje. Obras como Los pueblos (1905), La ruta de Don Quijote (1905) y Castilla (1912) son meditaciones sobre la identidad nacional a través de la observación minuciosa. En la crítica literaria —Lecturas españolas (1912), Clásicos y modernos (1913)— propuso una lectura subjetiva y revitalizadora de los clásicos. Su estilo, de claridad, precisión y frase corta, privilegia el adjetivo antepuesto y la oración yuxtapuesta, creando una prosa impresionista que marcó profundamente el ensayo español.

4.2.5. Ramón Menéndez Pidal

Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), el filólogo más importante del siglo, vinculado a la Generación del 98, desarrolló una obra ensayística que combinaba el rigor científico con una prosa ágil y precisa. Sus estudios sobre los Orígenes del español (1926), sus trabajos sobre el Cid y sus reflexiones sobre el carácter español —como la idea de una “España total” basada en la reconciliación— lo acercan también al novecentismo. Su labor al frente del Centro de Estudios Históricos impulsó la renovación de las humanidades en España.

4.3. El novecentismo

4.3.1. Características

El novecentismo o generación de 1914 agrupa a intelectuales nacidos entre 1880 y 1890 que, con sólida formación europea, propugnan un arte puro, intelectual y deshumanizado. Rechazan la España de la Restauración, se acercan al krausismo y a la Institución Libre de Enseñanza, e intervienen activamente en la vida política. El ensayo es el género fundamental para estos autores, que buscan educar a la nación desde la inteligencia y la claridad.

4.3.2. La escuela de Barcelona

Eugenio D’Ors (1881-1954) fue el principal teórico del noucentismo catalán. Su Glosario —artículos breves y epigramáticos que pasan de la anécdota a la categoría— es un ejercicio continuo de ensayo filosófico. En Tres horas en el Museo del Prado desarrolla una teoría del arte basada en la oposición entre lo escultórico y lo musical. Su estilo cultista, irónico y sentencioso, lleno de neologismos y aforismos, representa la aspiración novecentista a una prosa intelectual y elegante.

4.3.3. La escuela de Madrid

Gregorio Marañón (1887-1960) conjugó medicina, historia y ensayo. En obras como Tres ensayos sobre la vida sexual (1926), Tiberio. Historia de un resentimiento (1939) o El Conde Duque de Olivares (1936), aplicó su saber endocrinológico al estudio de personajes históricos, creando un género de biografía psicológica de gran éxito. Su Elogio y nostalgia de Toledo (1940) y El Greco y Toledo (1958) reflexionan sobre la convivencia de las tres culturas. Marañón encarna el humanismo liberal y la voluntad de comprensión por encima del juicio.

José Ortega y Gasset (1883-1955) es el filósofo y ensayista más influyente del siglo XX español. Su pensamiento evolucionó desde la etapa de preparación (Meditaciones del Quijote, 1914) hasta la madurez (El tema de nuestro tiempo, 1923; La rebelión de las masas, 1930; La deshumanización del arte, 1925). Su concepto de la “razón vital” y de la vida como realidad radical se resume en su célebre fórmula “Yo soy yo y mi circunstancia”. En política, defendió una aristocracia intelectual y criticó la “rebelión de las masas”. Su estilo, claro, plástico, metafórico y a menudo irónico, hizo de la filosofía un género literario accesible. A su alrededor se formó la Escuela de Madrid (Zubiri, Gaos, Marías, Laín Entralgo) y la Revista de Occidente, que difundió las vanguardias europeas. Discípulos como Guillermo de Torre (Literaturas europeas de vanguardia, 1925) continuaron su labor crítica.

4.4. El ensayo a partir de 1939

La guerra civil y la dictadura franquista marcaron un antes y un después en el ensayo español. En los años cincuenta surgió una nueva generación de pensadores comprometidos con la sociedad y opuestos al régimen, siguiendo la idea del engagement sartreano. Enrique Tierno Galván (1918-1986), Juan Marichal (1922-2010), Gustavo Bueno (1924-2016), Manuel Sacristán (1925-1985) y Agustín García Calvo (1926-2012) renovaron la filosofía y las ciencias sociales desde el exilio o desde la universidad. En las últimas décadas, el ensayo ha proliferado con autores como Fernando Savater, Eugenio Trías, José-Carlos Mainer y Francisco Rico. La crítica literaria, por su parte, ha tenido en Dámaso Alonso, Pedro Salinas, Jorge Guillén y Fernando Lázaro Carreter a algunos de sus más lúcidos cultivadores. El ensayo, en suma, se ha consolidado como el género privilegiado para la reflexión sobre la cultura, la historia y la identidad española.


BIBLIOGRAFÍA

  • Abellán, José Luis: Historia crítica del pensamiento español. Madrid, Espasa-Calpe, 1979-1991. Obra fundamental para el estudio de la evolución ideológica del ensayo español desde la Ilustración hasta el siglo XX.
  • Marichal, Juan: Teoría e historia del ensayismo hispánico. Madrid, Alianza Editorial, 1984. Estudio imprescindible sobre los orígenes y desarrollo del ensayo en lengua española, con especial atención al siglo XV y al siglo XX.
  • Mainer, José-Carlos: La edad de plata (1902-1939). Ensayo de interpretación de un proceso cultural. Madrid, Cátedra, 1983. Análisis del período que abarca el modernismo, la generación del 98 y el novecentismo, con abundantes referencias al ensayo.
  • Gómez Martínez, José Luis: Teoría del ensayo. Salamanca, Universidad de Salamanca, 1981. Reflexión sobre la naturaleza genérica del ensayo y su evolución en la literatura española.
  • Aullón de Haro, Pedro: Los géneros ensayísticos en el siglo XIX. Madrid, Taurus, 1987. Estudio pormenorizado de los cultivadores del ensayo en la centuria decimonónica.
  • Shaw, Donald L.: La generación del 98. Madrid, Cátedra, 1985. Visión de conjunto de los escritores del 98, con especial atención a su producción ensayística.
  • Suárez Granda, José Luis: El ensayo español del siglo XX. Madrid, Akal, 1996. Síntesis actualizada sobre los principales ensayistas del siglo pasado.
  • Fernández Sevilla, Julio: Erudición y crítica en los siglos XIX y XX. Madrid, La Muralla, 1975. Panorama de la crítica literaria y el ensayo histórico en la España contemporánea.
  • Aranguren, José Luis L.: La filosofía de Eugenio D’Ors. Madrid, Espasa-Calpe, 1981. Monografía dedicada al pensamiento y estilo del ensayista catalán.
  • Ortega y Gasset, José: Obras completas. Madrid, Revista de Occidente / Taurus, 2004-2010. Edición de referencia para el estudio del pensamiento orteguiano y su contribución al ensayo.

Autor

  • yo e1742729738464

    Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
    Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!

    Ver todas las entradas

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies