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I. Panorama cultural y literario del siglo XVIII
1.1. La cultura durante el siglo XVIII
La cultura española del siglo XVIII se desarrolló en un marco de profundas tensiones entre el afán reformista de la minoría ilustrada y la persistencia de mecanismos de control ideológico heredados del Antiguo Régimen. El avance de nuevas ideas no fue lineal, pues la acción de la Inquisición, la censura gubernativa y los sectores más inmovilistas dificultó la recepción plena del pensamiento europeo. Con todo, el período no puede interpretarse solo como un tiempo de obstáculos, sino también como un escenario de reordenación intelectual en el que la idea de progreso adquirió una centralidad inédita y orientó proyectos de reforma educativa, científica y moral.
La consolidación de una red institucional fue decisiva para la modernización cultural. La Biblioteca Nacional, la Real Academia Española, la Real Academia de la Historia y otras corporaciones afines no solo reunieron fondos y promovieron estudios eruditos, sino que contribuyeron a fijar una nueva autoridad cultural basada en el saber reglado y en la intervención pública de las élites letradas. Esta dimensión institucional revela que la Ilustración española no fue una mera importación doctrinal, sino un proceso de adaptación interna, vinculado a necesidades administrativas, lingüísticas, científicas y educativas del propio Estado borbónico.
Junto a las academias, las tertulias, las sociedades económicas y el periodismo configuraron nuevos espacios de sociabilidad intelectual. En esos ámbitos se discutían problemas nacionales, se difundían novedades bibliográficas y se ensayaban formas de crítica pública que erosionaban lentamente el monopolio cultural de los viejos saberes escolásticos. El lema ilustrado de instruirse viajando y leer para reformar expresa bien la confianza en el conocimiento útil. El surgimiento de una esfera pública más activa favoreció, así, la circulación de debates sobre agricultura, educación, comercio, lengua y costumbres.
No obstante, el programa ilustrado tropezó con límites estructurales: la pervivencia de la filosofía escolástica en la enseñanza, la escasa implantación de las ciencias experimentales y la resistencia de universidades y colegios a la reforma. De ahí que muchas iniciativas quedaran incompletas o fracasaran, como ocurrió con algunos planes de renovación docente. Esta contradicción entre aspiración racionalizadora y realidad social explica buena parte del tono crítico de la literatura dieciochesca, que convirtió la utilidad pedagógica en criterio de legitimidad estética y moral. Puede ampliarse el contexto en Ilustración en España.
1.2. La literatura durante el siglo XVIII
La literatura del siglo XVIII respondió a un horizonte ideológico presidido por la razón, la verosimilitud y la función social de las letras. Frente a la exuberancia barroca, los autores dieciochescos tendieron a valorar la mesura formal, la claridad expresiva y el ajuste de la obra a un propósito reconocible. Este cambio no implicó una negación absoluta de la tradición, sino una revisión crítica de sus excesos. En consecuencia, el canon del período privilegió la claridad racional, la corrección compositiva y la subordinación de la fantasía a un ideal de equilibrio.
Uno de los rasgos más característicos del siglo fue la desconfianza hacia la ficción novelesca, considerada con frecuencia un género poco útil o proclive a lo inverosímil. Por ello, muchas obras narrativas se aproximaron al ensayo o quedaron sometidas a una finalidad satírica, moral o ejemplificadora. El prestigio recayó más bien sobre la prosa doctrinal, la crítica de costumbres y la argumentación ilustrada. Esta orientación confirma que el sistema literario del Setecientos estuvo regido por un fuerte principio de utilidad, que vinculaba la creación verbal con la reforma de la sociedad.
La periodización del siglo suele organizarse en tres grandes momentos: una primera fase de persistencias barrocas y tonalidad rococó, un segundo momento de afirmación neoclásica y una etapa final de sensibilidad prerromántica. Esta secuencia no debe entenderse como una sucesión cerrada, sino como una convivencia conflictiva de tendencias. En muchas obras se superponen formas heredadas, programas ilustrados y primeros signos de subjetivismo sentimental. La literatura dieciochesca constituye, por ello, un espacio de transición estética entre los Siglos de Oro y la sensibilidad contemporánea.
Desde una perspectiva histórica, el siglo XVIII resulta decisivo porque redefine el papel del escritor y de la obra literaria en la comunidad. El autor deja de ser solo un artífice verbal y se presenta como observador, censor o reformador del cuerpo social. De ahí la importancia de figuras como Feijoo, Cadalso, Jovellanos o Moratín, que conciben la literatura como intervención. Este nuevo estatuto del escritor enlaza con la emergencia de una crítica moderna y con la voluntad de influir en el gusto, las costumbres y la opinión pública, rasgo fundamental de la modernidad literaria.
II. El ensayo y la narrativa
2.1. El ensayo en el siglo XVIII
El ensayo fue, sin duda, el género más representativo de la Ilustración española, porque permitía exponer ideas, polemizar, divulgar conocimientos y examinar críticamente supersticiones y rutinas colectivas. Su ductilidad formal favoreció la aparición de textos misceláneos, epistolares o discursivos en los que se combinaban exposición, argumentación y voluntad estilística. Más que una forma cerrada, el ensayo fue una práctica intelectual al servicio del examen racional de la realidad. En él se manifiesta con especial nitidez la función crítica de las letras dieciochescas.
Benito Jerónimo Feijoo ocupa un lugar capital en este proceso. Su combate contra errores comunes, supersticiones y falsos saberes convirtió su obra en emblema de la cultura ilustrada. El Teatro crítico universal y las Cartas eruditas y curiosas muestran una vocación divulgadora que no renuncia al rigor, pero adapta los contenidos a un público amplio. Feijoo no solo informa: construye una ética del entendimiento fundada en la prueba, la observación y la discusión. Su importancia radica en haber institucionalizado una pedagogía del juicio frente a la credulidad heredada.
Otros ensayistas ensancharon el campo con orientaciones distintas. Ignacio de Luzán intervino en la teoría literaria con una voluntad normativa decisiva; Juan Pablo Forner destacó por su agresividad polémica y por la defensa combativa de la lengua y la cultura nacionales; Cadalso ensayó una mirada crítica sobre España desde el contraste de perspectivas; Jovellanos proyectó el ensayo hacia la administración, la economía y la educación. Todos ellos comparten una misma confianza en el poder de la palabra razonada como instrumento de reforma intelectual.
La relevancia del ensayo dieciochesco reside también en su capacidad para modelar nuevos lectores. Ya no se escribe únicamente para cortesanos o eruditos, sino para un público en expansión, vinculado al periodismo, a las tertulias y a la circulación de impresos. El ensayo traduce saberes complejos a una lengua más accesible y convierte la lectura en práctica cívica. Por eso puede afirmarse que el género contribuyó a fundar una cultura de la discusión ilustrada, próxima a la opinión pública moderna. Véase también Feijoo.
2.2. La narrativa durante el siglo XVIII
La narrativa española del siglo XVIII no alcanzó la centralidad de otros géneros porque el clima ideológico del período receló de la ficción por su escasa sujeción a la verdad probable y a la utilidad moral. Sin embargo, esta relativa marginalidad no debe confundirse con esterilidad. La prosa narrativa se adaptó a las demandas del siglo mediante fórmulas híbridas en las que el relato funcionaba como soporte de la sátira, la reflexión crítica o la instrucción ejemplar. El género se reorientó, por tanto, hacia una narratividad instrumental, subordinada a fines extraliterarios.
Buena parte de las obras narrativas se sitúan en la frontera con el ensayo. La historia contada importa menos por su autonomía estética que por su rendimiento moral o social. De ahí que personajes, episodios y peripecias aparezcan a menudo al servicio de una tesis: corregir una costumbre, ridiculizar un abuso, advertir contra una moda o divulgar una idea pedagógica. Esta subordinación del relato a la doctrina explica el predominio de una prosa didáctica que conserva, pese a todo, valores expresivos, satíricos y observacionales muy apreciables.
En la segunda mitad del siglo, especialmente hacia su final, comenzó a abrirse paso la novela sentimental y pedagógica, impulsada tanto por traducciones inglesas y francesas como por obras originales españolas. La sensibilidad ilustrada, centrada primero en la razón normativa, fue admitiendo una mayor atención al afecto, a la educación del individuo y a la intimidad moral. Esta evolución no suprime el didactismo, pero lo modula con elementos emocionales que anuncian cambios de gusto. Por ello, la narrativa tardía constituye un laboratorio de transición prerromántica.
La valoración de la narrativa dieciochesca exige, en consecuencia, evitar parámetros anacrónicos. Juzgarla solo desde la novela moderna del XIX conduce a infravalorar su aportación. En realidad, su interés reside en la manera en que reorganiza la prosa en torno a la crítica social, la observación costumbrista, la pedagogía y el debate ideológico. Bajo formas a veces desiguales, el siglo XVIII preparó un nuevo espacio para la prosa literaria, en el que la conciencia histórica y la función pública del escritor adquirieron una densidad inédita.
2.3. El padre Isla y la sátira de la oratoria
José Francisco de Isla, jesuita de notable formación humanística, representa una de las voces satíricas más incisivas del siglo. Su trayectoria biográfica, marcada por la actividad docente, la predicación y el destierro tras la expulsión de los jesuitas, condiciona una obra en la que convergen cultura libresca, observación moral y sentido polémico. Su personalidad ha sido descrita como intelectualmente segura y éticamente exigente, rasgos que ayudan a comprender la vehemencia de su crítica. En Isla, la escritura funciona como intervención correctora sobre un campo religioso y cultural percibido como degradado.
Entre sus escritos sobresale Fray Gerundio de Campazas, obra aparecida en 1754 y pronto envuelta en polémica hasta ser prohibida por la Inquisición. La novela satiriza la decadencia de la oratoria sagrada, dominada por el artificio verbal, la afectación y la pérdida de la auténtica finalidad persuasiva del sermón. El centro del ataque no es solo un mal estilo, sino una desviación espiritual e intelectual: cuando la elocuencia se vuelve espectáculo, traiciona su misión doctrinal. La obra, así, enlaza la crítica retórica con una reforma moral de la cultura religiosa.
La estructura del libro combina relato biográfico, episodios costumbristas y extensas digresiones doctrinales. Este diseño ha sido visto a veces como una limitación narrativa, pero también puede entenderse como un signo revelador del siglo: la narración no absorbe por completo la argumentación, porque el propósito de Isla no es entretener sin más, sino demostrar y corregir. A ello se suma un lenguaje vivaz, atento a los registros populares y a la caracterización dialectal de ciertos personajes. Su realismo configura una eficaz poética de la sátira.
La filiación cervantina y picaresca de la obra resulta evidente, aunque el horizonte ideológico es ya plenamente ilustrado. Como en el Quijote, la lectura deformante produce un personaje desajustado respecto de la realidad; pero, a diferencia de Cervantes, el didactismo de Isla es mucho más explícito. En esa tensión entre herencia narrativa y propósito reformista radica el valor del texto. Fray Gerundio muestra cómo el XVIII reutiliza modelos tradicionales para articular una crítica ilustrada del presente.
2.4. Torres Villarroel y la sátira social
Diego de Torres Villarroel encarna una figura singular por su eclecticismo vital e intelectual. Matemático, astrólogo, docente, escritor y, en la etapa final, sacerdote, su biografía refleja la movilidad y heterogeneidad de un tiempo en transformación. Fue, además, uno de los primeros autores capaces de vivir de la pluma, hecho que lo sitúa en un punto de inflexión entre la literatura de patronazgo y la profesionalización moderna. Su obra ofrece un testimonio privilegiado de la relación entre escritura y mercado en el Setecientos.
Su producción más conocida se caracteriza por la exageración caricaturesca, la crítica de costumbres y la riqueza lingüística. En Visiones y visitas de Torres con D. Francisco de Quevedo por la Corte, por ejemplo, el diálogo con la tradición satírica barroca sirve para recorrer espacios sociales y desenmascarar vicios colectivos. El procedimiento del sueño o de la aparición permite un distanciamiento crítico que intensifica el efecto moralizador. La herencia quevedesca se reactiva aquí no como simple imitación, sino como estrategia de diagnóstico social.
La autobiografía de Torres Villarroel también merece atención. Aunque hoy se matice la imagen de pícaro extravagante que él mismo contribuyó a difundir, su autorrepresentación constituye un ejercicio literario de primer orden. La exageración de lo vivido, la teatralización del yo y la combinación de datos ciertos con énfasis expresivo producen una figura autoral de gran modernidad. Bajo esa máscara hiperbólica se percibe la emergencia de una subjetividad que ya no depende solo de modelos nobiliarios o eclesiásticos, sino de una identidad literaria conscientemente construida.
Junto a las obras satíricas, Torres escribió textos de divulgación científica y médica, lo que confirma la diversidad funcional de la prosa dieciochesca. Este rasgo lo aproxima a la mentalidad enciclopédica, aunque su estilo conserve notables residuos barrocos. Precisamente ahí radica su interés histórico: en él conviven el gusto conceptista, la curiosidad por los saberes prácticos y la voluntad de intervenir en la realidad mediante la escritura. Su figura resume, así, la complejidad de una época en la que la mezcla de registros fue signo de transición.
2.5. La novela a finales del siglo XVIII
En las últimas décadas del siglo, la novela comenzó a recuperar presencia gracias a la difusión de modelos sentimentales y pedagógicos procedentes sobre todo de la literatura inglesa y francesa. Las traducciones de Richardson y Fielding, así como la influencia de Rousseau, contribuyeron a desplazar el eje desde la sátira puramente correctiva hacia una representación más amplia de la educación, la sensibilidad y la experiencia individual. Este cambio no anuló la orientación moral de las obras, pero sí introdujo un nuevo prestigio del afecto interior como materia narrativa.
Autores como Pedro Montengón y Paret exploraron la novela filosófico-pedagógica, donde el itinerario del protagonista ejemplifica etapas de formación y principios de conducta. En este tipo de obras, la narración se organiza como proceso educativo, de modo que la peripecia se subordina al examen moral del individuo y a la discusión de modelos sociales. La novela aparece entonces como un artefacto de educación sentimental e intelectual. Tal concepción revela una confianza ilustrada en la perfectibilidad humana, aunque ya abierta a una sensibilidad más matizada.
En otros casos, como Serafina de Mor de Fuentes o las novelas de Pablo de Olavide, la trama se construye alrededor de conflictos entre virtud, interés, ambición y autenticidad afectiva. El protagonismo de esos dilemas muestra que el final de siglo ha comenzado a problematizar la relación entre norma social y deseo individual. La novela deja de ser solo vehículo de una tesis externa y se convierte en espacio de negociación entre razón, sentimiento y jerarquía. Esta inflexión es fundamental para comprender la evolución del gusto hacia el XIX.
Con todo, estas novelas siguen siendo obras de transición. No poseen todavía la autonomía formal ni la complejidad estructural de la gran novela realista posterior, pero sí preparan muchas de sus condiciones: atención al individuo, reflexión sobre la educación, observación de costumbres y articulación de conflictos íntimos. El valor histórico de esta narrativa final reside precisamente en abrir una vía entre el didactismo ilustrado y la sensibilidad moderna. En ella se percibe el nacimiento de una subjetividad novelesca todavía en formación.
III. El teatro español en el siglo XVIII
3.1. Panorama general
El teatro del siglo XVIII ofrece uno de los campos más reveladores de la pugna entre tradición y reforma. Mientras el público seguía mostrando una clara preferencia por fórmulas heredadas del Barroco o por espectáculos de fuerte componente visual, los ilustrados defendían la necesidad de imponer una dramaturgia nueva, regida por reglas, verosimilitud y finalidad moral. El conflicto no fue meramente estético: expresaba dos maneras de concebir la función social del escenario. De un lado, la diversión espectacular; de otro, la educación cívica del espectador.
Las preferencias del público favorecieron comedias de magia, de santos y heroicas, géneros que prolongaban imaginarios anteriores y explotaban recursos escénicos de gran impacto. Tales obras respondían a una demanda de maravilla, emoción y movimiento difícilmente sustituible por las severas exigencias del neoclasicismo. Esta distancia entre gusto popular y proyecto reformista explica la larga controversia teatral del siglo. El escenario se convirtió así en un laboratorio donde se enfrentaron la cultura del espectáculo y la normativa ilustrada.
La novedad del teatro neoclásico no consistió solo en copiar modelos franceses, sino en aspirar a una reorganización integral del hecho dramático: texto, actores, decorum, recepción y finalidad. El teatro debía reformar costumbres, corregir errores y mostrar acciones plausibles dentro de una estructura coherente. Esta concepción reforzaba el prestigio del dramaturgo como legislador del gusto y convertía la escena en instrumento pedagógico. La insistencia en la verosimilitud dramática revela, por tanto, una transformación cultural de largo alcance.
Pese a las resistencias, el siglo produjo una notable reflexión teórica sobre el teatro y algunas realizaciones de gran importancia, especialmente en la comedia moratiniana. La convivencia de fórmulas viejas y nuevas, el papel de las instituciones y la intervención del poder político hacen del teatro dieciochesco un fenómeno históricamente muy rico. No se trata de un simple período de decadencia entre el Barroco y el Romanticismo, sino de una etapa de redefinición escénica que prepara decisivamente la modernidad dramática.
3.2. Principales fases de la polémica teatral
La polémica teatral recorrió todo el siglo y fue intensificándose a medida que las propuestas reformistas ganaban respaldo institucional. Un momento inicial decisivo se sitúa en la Poética de Luzán, texto que formula de manera sistemática la exigencia de respetar las tres unidades, asegurar la utilidad moral de la obra y preservar la credibilidad escénica. Estas prescripciones no eran simples reglas técnicas, sino un programa de disciplinamiento del gusto. El debate teatral fue, así, una disputa por la autoridad estética y por la legitimidad cultural.
La recepción de tales ideas fue conflictiva. Los defensores del teatro heredado acusaban a los reformadores de extranjerización o pedantería, mientras que los ilustrados denunciaban la irracionalidad y la corrupción moral del repertorio popular. Las prohibiciones, controversias periodísticas y enfrentamientos entre partidarios de distintos teatros muestran que el escenario era también un espacio de pugna social. No se discutía solo sobre arte, sino sobre modelos de nación, jerarquía cultural y formas de relación con el público. De ahí el tono a menudo combativo de la crítica dramática.
Las medidas de Carlos III contra los autos sacramentales o los apoyos oficiales al teatro nuevo ilustran la intervención del poder en esta controversia. Figuras como Jovellanos y Leandro Fernández de Moratín no se limitaron a teorizar: propusieron reformas prácticas relativas a la formación de actores, al orden de los espectáculos y a la selección del repertorio. La política cultural borbónica entendió el teatro como herramienta de civilización, lo que reforzó la dimensión pública del conflicto. En ese contexto, la escena actuó como espacio de gobierno simbólico.
Sin embargo, la persistencia del gusto popular demostró que la imposición desde arriba tenía límites. El teatro neoclásico pudo consolidar logros notables, pero no anuló la vitalidad de formas cómicas, espectaculares o costumbristas que seguían conectando con amplios sectores del público. Este desfase entre proyecto ilustrado y recepción efectiva es una de las claves interpretativas del período. Lejos de invalidar el proceso, lo vuelve más complejo y revela la naturaleza negociada de toda reforma cultural.
3.3. La persistencia del teatro barroco
Durante buena parte del siglo continuaron representándose comedias barrocas, autos sacramentales y piezas derivadas de la tradición calderoniana. No se trató solo de una inercia repertorial, sino de la supervivencia de una sensibilidad dramática apoyada en el enredo, la peripecia, la ostentación escénica y la exaltación de lo extraordinario. El viejo teatro seguía siendo funcional para un público habituado a su ritmo y a sus convenciones. La reforma ilustrada hubo de medirse, por tanto, con una tradición viva, no con un simple residuo museístico.
Autores como Antonio de Zamora y José de Cañizares prolongaron esa línea mediante tragicomedias históricas, comedias de santos, comedias de figura y espectáculos de magia. En ellos se advierte una regularización parcial de la estructura, pero también una creciente inclinación hacia lo aparatoso, lo grotesco o lo hiperbólico. Tales rasgos no deben leerse solo como decadencia, sino como adaptación comercial de una poética a las nuevas condiciones del mercado escénico. Se configura así un teatro de consumo espectacular que compite con ventaja frente al rigor neoclásico.
La continuidad barroca permite observar, además, cómo ciertos mitos y motivos —por ejemplo, el de Don Juan o las aventuras heroicas— mantienen su eficacia simbólica incluso cuando cambia el marco ideológico. El siglo XVIII no rompe de manera súbita con el imaginario anterior, sino que lo reescribe en clave más efectista, a veces más superficial. Esa transformación revela una pérdida de densidad conceptual, pero también una notable capacidad de supervivencia de formas dramáticas arraigadas. La persistencia barroca es, por ello, un fenómeno de larga duración.
Desde una perspectiva crítica, conviene evitar la simplificación según la cual todo lo heredado sería mero signo de atraso. Muchas de estas obras conservaron una evidente eficacia escénica y ayudaron a mantener vivo el hábito teatral. Precisamente esa vitalidad explica la dificultad de imponer un teatro nuevo. El neoclasicismo triunfó allí donde logró crear una fórmula persuasiva para el espectador; mientras no lo hizo, el escenario siguió dominado por una memoria barroca profundamente implantada.
3.4. La tragedia neoclásica
La tragedia neoclásica española nació bajo el signo de la imitación normativa y del deseo de dignificar la escena mediante un género considerado elevado. Sin embargo, su trayectoria estuvo marcada por un éxito limitado. La rigidez formal, la dependencia de modelos franceses y la ausencia de una tradición trágica consolidada entre el público español dificultaron su arraigo. El fracaso relativo del género no impide reconocer su interés como síntoma de una ambición cultural: incorporar el teatro español al horizonte europeo de la solemnidad clásica.
Las traducciones y adaptaciones de Racine y otros autores desempeñaron una función mediadora esencial. No solo introdujeron nuevas técnicas dramáticas, sino que crearon un clima receptivo hacia un teatro de concentración argumental, decoro y severidad moral. Al mismo tiempo, las tragedias originales españolas buscaron apoyarse en asuntos históricos nacionales, intentando conciliar la fórmula clásica con el imaginario patriótico. En esa operación se advierte una estrategia de legitimación: nacionalizar la tragedia para hacer aceptable su disciplina escénica.
Montiano, Nicolás Fernández de Moratín, López de Ayala, Cadalso o Quintana participan, con desigual fortuna, en este esfuerzo. Sus obras suelen oponer deber y pasión, razón de Estado y afecto privado, libertad y tiranía. Tales conflictos responden bien al ideal trágico neoclásico, pero a menudo se resuelven con excesiva dependencia doctrinal o con una teatralidad insuficientemente viva. La tragedia española del XVIII resulta, por ello, más interesante como documento de ideología dramática que como repertorio escénico plenamente eficaz.
Pese a sus limitaciones, el género no carece de logros. Su empeño por vincular historia nacional, ejemplaridad política y construcción formal rigurosa anuncia preocupaciones que seguirán activas en el siglo XIX. Además, algunas piezas introducen ya intensidades afectivas y resonancias subjetivas que desbordan el marco estrictamente neoclásico. La tragedia dieciochesca, así entendida, no es un callejón sin salida, sino una zona de transición donde se preparan nuevas posibilidades de dramatización histórica.
3.5. Raquel, de Vicente García de la Huerta
Raquel, estrenada en 1778, suele considerarse la tragedia neoclásica española más significativa por la eficacia con que adapta un asunto nacional a la fórmula clásica. El tema, tomado de una tradición previa, se reorganiza en tres actos, bajo una estricta concentración de acción, tiempo y espacio. Esta depuración formal no anula la intensidad política del argumento, centrado en el conflicto entre la autoridad regia, la nobleza y una figura femenina situada en una posición social anómala. La obra combina, así, regla y conflicto de manera especialmente lograda.
El trasfondo político resulta fundamental. El amor del rey Alfonso VIII por Raquel provoca un desequilibrio del orden jerárquico, y la nobleza se presenta como instancia mediadora capaz de corregir el extravío del monarca. De este modo, la tragedia no solo narra un drama sentimental, sino que escenifica una reflexión sobre el ejercicio del poder y sobre los límites de la voluntad real. En consonancia con la cultura ilustrada, la pieza persigue una finalidad de utilidad política, entendida como advertencia moral al gobierno.
Al mismo tiempo, Raquel introduce elementos que preludian sensibilidades posteriores. El personaje femenino, ascendido por amor desde una posición inferior a la cercanía del poder, posee una capacidad de conmoción que excede la función puramente ejemplar. El tono exclamativo, las hipérboles y ciertos énfasis patéticos anuncian una intensificación subjetiva que el Romanticismo desarrollará después. Precisamente por esa doble condición, clásica y premoderna a la vez, la obra ocupa un lugar central en la evolución del drama español.
La importancia de Raquel no reside únicamente en su valor intrínseco, sino en su capacidad para mostrar las posibilidades máximas de la tragedia neoclásica española. Allí donde otras piezas resultaban excesivamente librescas, García de la Huerta alcanza un equilibrio más convincente entre construcción formal, tensión política y resonancia emocional. Por eso la obra constituye un punto de referencia obligado para estudiar cómo el XVIII intentó construir un teatro nacional sometido a la poética neoclásica.
3.6. La comedia neoclásica
La comedia neoclásica fue el género en que el teatro ilustrado logró resultados más sólidos y duraderos. A diferencia de la tragedia, encontró asuntos más cercanos a la experiencia contemporánea y pudo conectar con el público mediante situaciones cotidianas, conflictos morales reconocibles y un lenguaje más natural. Su finalidad era censurar vicios y errores sociales, recomendando implícitamente la verdad, la moderación y la virtud. Así, la escena se convirtió en un espacio de crítica de costumbres al servicio de la reforma ilustrada.
Los primeros intentos, debidos a Nicolás Fernández de Moratín o a Tomás de Iriarte, muestran ya esa orientación, aunque aún conservan rasgos formales heredados. Se ridiculiza la petimetría, la mala educación, la vanidad social o la falsa ocupación cortesana, siempre bajo el principio de las tres unidades y con un claro designio corrector. Estas piezas preparan el terreno para una fórmula más madura en la que la sátira no sea incompatible con la emoción ni con la verosimilitud cotidiana. La comedia avanza así hacia un realismo moral.
La culminación del género se encuentra en Leandro Fernández de Moratín, quien armonizó la herencia sentimental con la comedia urbana de costumbres. Sus obras analizan matrimonios desiguales, errores educativos, inautenticidad social y falsa devoción, mediante personajes complejos y conflictos sometidos a una estructura muy cuidada. La crítica social aparece equilibrada por una dimensión afectiva que evita el mero esquematismo. Gracias a ello, la comedia moratiniana alcanza una notable densidad humana dentro del programa de la razón ilustrada.
La importancia histórica de esta comedia es enorme, porque proporciona un modelo de dramaturgia moderna basado en la observación social, el diálogo eficaz y la economía estructural. Además, su influencia se prolongó en el teatro del siglo XIX. El neoclasicismo cómico español no fue, por tanto, una fórmula estéril, sino una solución estética capaz de integrar pedagogía, emoción y experiencia burguesa. En él cristaliza una nueva relación entre literatura y sociedad, fundada en la verosimilitud cotidiana.
3.7. El sí de las niñas
El sí de las niñas representa la obra maestra de la comedia neoclásica española y una de las formulaciones más claras del ideal ilustrado en el teatro. Su asunto central —la crítica del matrimonio impuesto entre una muchacha joven y un hombre mayor— permite abordar simultáneamente educación, autoridad familiar, libertad individual y autenticidad moral. La obra no plantea una rebelión romántica, sino una corrección racional de una costumbre social injusta. En ese equilibrio entre crítica y moderación se cifra su fuerza ejemplar.
Desde el punto de vista estructural, la pieza constituye un modelo de concentración dramática. Los tres actos corresponden al esquema clásico de planteamiento, nudo y desenlace; la acción se desarrolla en una sola noche y en un único espacio; el reducido número de personajes refuerza la tensión del conflicto principal. Esta economía escénica no empobrece la obra, sino que intensifica su precisión. Moratín demuestra que la observancia de las reglas puede generar una notable eficacia teatral cuando se pone al servicio de un conflicto bien construido.
La pieza articula, además, una crítica social de gran finura. Doña Irene encarna la reproducción interesada de una práctica matrimonial; Paquita, la docilidad aprendida; don Diego, la posibilidad de que la razón corrija el abuso; don Carlos, la autenticidad afectiva compatible con el honor. Este entramado evita el maniqueísmo y convierte el desenlace en un triunfo de la lucidez sobre la convención. El paso de la noche al alba, subrayado simbólicamente, refuerza la idea del avance de la luz racional. Puede ampliarse en El sí de las niñas.
También desde el punto de vista lingüístico la obra es decisiva. La naturalidad de los diálogos, el decoro expresivo y la capacidad para sugerir vacilación, silencio o conflicto íntimo mediante recursos mínimos la acercan a una sensibilidad moderna. El lenguaje deja de ser mera ornamentación para convertirse en acción dramática y revelación psicológica. Por eso El sí de las niñas no solo cierra brillantemente la comedia neoclásica, sino que inaugura una nueva forma de verdad escénica en el teatro español.
3.8. El teatro popular y Ramón de la Cruz
Mientras el teatro neoclásico aspiraba a reformar al espectador, el teatro popular mantuvo una notable vitalidad a través del sainete. Esta pieza breve, heredera del entremés, ofrecía escenas cómicas, tipos urbanos y cuadros de costumbres de fuerte sabor local. Su éxito se explica por la inmediatez con que conectaba con la experiencia cotidiana y por su flexibilidad para incorporar canto, baile y habla popular. Frente a la severidad normativa, el sainete defendía una comicidad viva y reconocible.
Ramón de la Cruz fue el gran maestro del género. Sus sainetes trazan una pintura del Madrid callejero, de sus oficios, festividades, modismos y tensiones sociales. Aunque la crítica que ejercen no suele dirigirse contra la aristocracia y permanece en un nivel más superficial que la de los ilustrados, poseen un enorme valor documental y escénico. En ellos se conserva la respiración popular de la ciudad y una atención minuciosa a la oralidad. Se trata, por ello, de una auténtica poética costumbrista.
Obras como La pradera de San Isidro, El Rastro por la mañana o Los bandos del Avapiés convierten la escena en escaparate de usos colectivos, mientras que piezas como Manolo parodian directamente la tragedia neoclásica. Este gesto paródico es muy significativo: el teatro popular no solo sobrevive, sino que responde irónicamente al programa reformista. De esa manera, el sainete evidencia la pluralidad del sistema escénico dieciochesco y la imposibilidad de reducirlo a una sola estética. Su fuerza radica en la observación inmediata de la vida social.
La importancia de Ramón de la Cruz trasciende su función de entretenimiento. Sus textos constituyen un archivo lingüístico y sociológico de primer orden, útil para entender gustos, sociabilidades y jerarquías urbanas del siglo. Si el neoclasicismo representó la aspiración normativa de la cultura ilustrada, el sainete testimonia la persistencia de otras formas de sensibilidad colectiva. En esa coexistencia conflictiva reside buena parte de la riqueza del teatro del XVIII y de su heterogeneidad cultural.
IV. La poesía en el siglo XVIII
4.1. La poesía posbarroca
La poesía posbarroca prolonga procedimientos y tonos heredados del siglo anterior, aunque con frecuencia sin la intensidad imaginativa de los grandes modelos. Persisten la huella de Góngora y Quevedo, el gusto por el artificio y ciertas modalidades satíricas o burlescas, pero todo ello aparece ya sometido a una conciencia de agotamiento. Esta fase no debe interpretarse solo como decadencia: también funciona como terreno de ajuste y depuración antes del asentamiento neoclásico. Su interés radica en mostrar la lenta erosión de una sensibilidad barroca todavía activa.
Autores como Torres Villarroel, Gabriel Álvarez de Toledo o Eugenio Gerardo Lobo conservan metros, tonos y juegos conceptistas de la tradición anterior, aunque en marcos ya distintos. En algunos casos, la sátira y la vena festiva conviven con una incipiente preocupación filosófica o moral; en otros, se advierte una simplificación de la imaginería y un mayor control del exceso verbal. Estas oscilaciones revelan un período de tanteo, en el que la poesía busca una nueva legitimidad. Tal búsqueda pasa por revisar el lugar de la ornamentación retórica.
La importancia histórica de esta poesía está en servir de puente entre dos códigos. El legado barroco sigue proporcionando recursos expresivos y prestigio cultural, pero ya no organiza de modo exclusivo el horizonte del gusto. El nacimiento de nuevas preceptivas, la presión de la crítica y el avance de la idea de utilidad fuerzan una transformación paulatina. Por ello, la poesía posbarroca debe leerse como zona de fricción entre continuidad y reforma, es decir, como espacio de transición estilística.
Además, algunos textos de esta etapa contienen rasgos que más tarde adquirirán nuevas funciones: meditaciones sobre ruinas, tonos elegíacos, interés por la desilusión o cierta interiorización afectiva. Aunque todavía integrados en moldes anteriores, estos elementos anuncian desplazamientos significativos. De este modo, la poesía posbarroca no solo clausura un ciclo, sino que deja abiertas vetas que nutrirán tanto el Neoclasicismo como el posterior sentimentalismo prerromántico.
4.2. La poesía neoclásica
La poesía neoclásica se define por la primacía del buen gusto, la moderación expresiva y la subordinación de la inspiración a normas racionales. El poeta ya no es, ante todo, un ingenio desbordado, sino un artífice que debe evitar excesos, imitar a los clásicos y ajustar su obra a un fin útil o moralmente defendible. Esta concepción no elimina la belleza, pero la vincula a la proporción y a la claridad. En el centro del programa aparece una estética de la razón que redefine la función del lirismo.
Dentro de este marco destacan varias líneas: la imitación de los clásicos españoles del XVI, la poesía anacreóntica y el cultivo de la fábula. La primera corrige los excesos culteranos mediante el retorno a modelos de sobriedad; la segunda celebra amor, amistad y goce leve con elegancia refinada; la tercera convierte el poema en instrumento directo de enseñanza. Esta diversificación interna muestra que el Neoclasicismo poético no fue monolítico. Su unidad reside menos en los temas que en la aceptación de una norma reguladora.
Samaniego e Iriarte encarnan magistralmente la vertiente fabulística. Ambos utilizan animales, situaciones esquemáticas y moralejas para transmitir principios literarios o éticos, aunque con diferencias de tono y factura. La fábula permite unir agrado y enseñanza, ideal estético central del siglo. Al mismo tiempo, su brevedad y claridad favorecen la difusión escolar y social del mensaje. No es casual que este subgénero alcanzara prestigio en una época tan preocupada por la instrucción moral.
La figura principal de la lírica dieciochesca es Juan Meléndez Valdés, cuya trayectoria resume la evolución del siglo. Desde la gracia sensual de las anacreónticas y églogas hasta el tono grave, filantrópico y meditativo de sus poemas posteriores, su obra muestra cómo la poesía ilustrada podía transformarse sin romper con sus presupuestos. Meléndez introduce gradualmente emociones más intensas y una visión menos artificiosa de la naturaleza. Su itinerario evidencia la transición desde el rococó elegante hacia una sensibilidad más honda y problemática.
4.3. La poesía de los prerrománticos
En las décadas finales del siglo, ciertos poetas comenzaron a intensificar el tono, a reforzar la elocuencia y a conceder mayor espacio a la subjetividad, la melancolía y la naturaleza sentida. No se trata todavía de Romanticismo pleno, pero sí de una inflexión perceptible dentro del marco neoclásico. El yo poético adquiere más relieve, la emoción gana densidad y la retórica se vuelve más vehemente. Estas transformaciones anuncian una crisis del equilibrio ilustrado y un desplazamiento del gusto.
La llamada escuela salmantina, con nombres como Nicasio Álvarez de Cienfuegos, Juan Nicasio Gallego y Manuel José Quintana, participa de esa evolución. Sus poemas combinan herencia clásica, exaltación patriótica, preocupación moral y un estilo cada vez más sonoro y enfático. En ellos la poesía deja de ser solo adorno elegante o vehículo de máximas didácticas para convertirse también en expresión de tensión histórica y de conflicto interior. Se impone así una sensibilidad heroica de resonancias nuevas.
De manera paralela, la escuela sevillana, vinculada al magisterio de Herrera, cultivó una poesía brillante, elocuente y formalmente cuidada, en la que convergen elementos neoclásicos y prerrománticos. Alberto Lista, Arjona, Reinoso, Blanco y Marchena muestran que la renovación lírica no fue uniforme, sino plural y geográficamente diversificada. El tono se hace más elevado, la emoción más visible y la naturaleza más cargada de simbolismo. El paso hacia el siglo XIX se prepara, por tanto, dentro de una continuidad transformadora.
El prerromanticismo poético español debe entenderse como una etapa intermedia, no como una escuela plenamente autónoma. Su función histórica consiste en introducir el yo, el sentimentalismo, la meditación melancólica y la exaltación de ciertos valores cívicos sin romper todavía con la disciplina clásica. Gracias a esa mediación, la lírica española pudo evolucionar desde la racionalidad ilustrada hacia nuevas formas de interioridad. En este proceso se percibe el nacimiento de una poesía moderna, más atenta a la experiencia singular y al temblor de la conciencia.
4.4. La escuela salmantina
La escuela salmantina constituye uno de los núcleos más relevantes de la poesía de fines del siglo XVIII. Su importancia no reside en una uniformidad absoluta de temas o procedimientos, sino en la coincidencia de varios autores en torno a una sensibilidad que, partiendo del Neoclasicismo, evoluciona hacia tonos más vehementes, patrióticos y subjetivos. En este grupo la poesía se carga de resonancia moral y cívica, sin perder del todo la preocupación por el equilibrio formal. Esa síntesis explica la singularidad de su transición estética.
Nicasio Álvarez de Cienfuegos representa bien esta evolución. Sus composiciones, inicialmente próximas al anacreontismo, fueron adquiriendo un tono apasionado, melancólico y sombrío, perceptible en poemas como El túmulo o La escuela del sepulcro. En ellas se advierte ya una intensificación emocional que desborda la mesura neoclásica y otorga protagonismo a los afectos dolorosos. La muerte, la soledad y la reflexión grave aparecen como motivos centrales de una poética sepulcral que preludia sensibilidades posteriores.
Juan Nicasio Gallego, por su parte, unió elegancia formal y elocuencia patriótica. Sus composiciones anacreónticas y didácticas conviven con otras de tono más elevado, como las dedicadas a episodios históricos o a figuras nobles. Esa combinación de corrección neoclásica y fuerza retórica contribuye a perfilar un modelo de poeta comprometido con su tiempo. En Gallego, la emoción no destruye el orden del discurso, pero sí introduce una tensión expresiva que anuncia la ampliación sentimental de la lírica.
Manuel José Quintana completa el cuadro con una poesía de mayor proyección pública, orientada hacia la libertad, el civismo y el progreso. Sus odas ensalzan héroes, inventos y valores ilustrados, aunque a menudo lo hagan con una sonoridad declamatoria que sacrifica intimidad lírica. Precisamente esa elevación oratoria convierte su obra en síntoma de una época en la que la poesía aspiraba a intervenir en la historia. La escuela salmantina, en conjunto, revela el paso desde el decoro clasicista hacia una energía patriótica ya claramente moderna.
4.5. La escuela sevillana
La escuela sevillana aporta al panorama de fines del siglo XVIII una modulación distinta, caracterizada por el brillo formal, la influencia herreriana y una elocuencia que puede resultar más enfática que la de otros grupos. Sus miembros combinan un sustrato neoclásico con impulsos prerrománticos, especialmente visibles en la expresión sentimental y en la apertura a ideas liberales y enciclopedistas. Esta corriente demuestra que el final del siglo no fue homogéneo, sino articulado en varios centros de producción lírica. Su aportación reside en una retórica de altura y en una sensibilidad en transformación.
Entre sus figuras principales destaca Alberto Lista, cuyos poemas sagrados, filosóficos y amorosos revelan una gran solidez compositiva. En él se aprecia un esfuerzo por conciliar la estructura clásica con una emoción más perceptible, evitando en muchos casos el desorden expresivo. Lista representa una forma de transición culta, en la que la disciplina formal no excluye la vibración afectiva. Su escritura ofrece, así, un ejemplo notable de equilibrio expresivo dentro del cambio de sensibilidad.
Junto a Lista, autores como Manuel María de Arjona, Félix María Reinoso, José María Blanco y el abate Marchena enriquecen la escuela con perfiles diversos. Unos acentúan la vena prerromántica; otros mantienen una mayor adhesión a Herrera; algunos se abren con más decisión a las ideas de la Enciclopedia y al liberalismo. Esta diversidad interna impide reducir la escuela sevillana a un simple bloque uniforme. Más bien constituye un campo de experimentación donde la tradición culta se adapta a una nueva conciencia histórica.
Desde el punto de vista histórico-literario, la escuela sevillana confirma que la evolución hacia el Romanticismo se preparó dentro de talleres todavía muy atentos a la norma. Su énfasis, su brillo y su mayor subjetivación no son ruptura absoluta, sino intensificación de tendencias previas. Gracias a esa mediación, la poesía española de comienzos del XIX heredará tanto una técnica depurada como una inclinación creciente hacia la emoción, la libertad y el conflicto interior. Ahí radica su valor como puente estético.
V. Síntesis interpretativa
5.1. Sentido histórico de la literatura dieciochesca
La literatura española del siglo XVIII ha sido juzgada con frecuencia desde una comparación desfavorable con los Siglos de Oro o desde la potencia estética del Romanticismo posterior. Sin embargo, una valoración rigurosa obliga a reconocer su papel decisivo como literatura de transición, de examen y de reforma. Las letras dieciochescas no buscan tanto la desmesura creadora cuanto la reorganización del espacio cultural, el sometimiento de la escritura a un ideal de utilidad y la apertura de una nueva relación entre autor, sociedad y lector. En ese sentido, poseen una clara densidad histórica.
El siglo introduce una nueva legitimidad para la obra literaria. Ensayo, teatro, poesía y narrativa se evalúan no solo por su belleza, sino por su capacidad de intervenir en el mundo: corregir costumbres, formar ciudadanos, combatir errores, educar sentimientos o racionalizar prácticas sociales. Tal concepción explica la centralidad de categorías como verosimilitud, decoro, claridad o utilidad. Aunque estas exigencias puedan parecer restrictivas, en realidad impulsaron una profunda redefinición de la función social de la literatura.
A la vez, el siglo XVIII no puede reducirse a una uniformidad racionalista. En su interior conviven restos barrocos, refinamientos rococós, normatividad neoclásica y brotes prerrománticos. Esa complejidad interna es precisamente uno de sus mayores atractivos, pues convierte al período en un laboratorio donde se ensayan nuevas formas de sensibilidad y de representación. La literatura dieciochesca es, por ello, una cultura de frontera, una bisagra entre órdenes distintos y un espacio de negociación estética permanente.
Entendida así, la producción literaria del Setecientos deja de ser una etapa menor para aparecer como uno de los momentos fundacionales de la modernidad española. El ensayo crea una esfera crítica; el teatro plantea la educación del público; la narrativa explora nuevas formas de subjetividad; la poesía abre el camino a la interiorización romántica. Todo ello convierte el siglo XVIII en un período indispensable para comprender la evolución posterior de nuestras letras y el nacimiento de una conciencia moderna de la literatura.
BIBLIOGRAFÍA
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- SARRAILH, Jean: La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII. México, Fondo de Cultura Económica, 1957. Investigación clásica sobre las bases culturales, políticas e intelectuales de la Ilustración española y su repercusión literaria.
- SEBOLD, Russell P.: El rapto de la mente. Poética y poesía dieciochescas. Madrid, Prensa Española, 1970. Aporta claves decisivas para interpretar la estética del siglo, la teoría literaria ilustrada y la evolución de la sensibilidad poética.
- SEBOLD, Russell P.: Introducción a su edición de Fray Gerundio de Campazas. Madrid, Espasa-Calpe, 1960. Estudio de referencia para situar la obra del Padre Isla, su intención satírica y sus vínculos con la tradición narrativa española.
- ROSSI, Giuseppe Carlo: Leandro Fernández de Moratín. Introducción a su vida y su obra. Madrid, Cátedra, 1974. Monografía útil para profundizar en la dramaturgia moratiniana, su ideario ilustrado y la modernidad de El sí de las niñas.
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!





