La lírica en el grupo poético del 27. 2026

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By Víctor Villoria

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LA LÍRICA EN EL GRUPO POÉTICO DEL 27

I. Introducción: el surgimiento de una generación singular

La Generación del 27 emerge en la historia literaria española como una agrupación poética de asombrosa cohesión y originalidad, formada por escritores que confluyeron en un clima de renovación vanguardista pero enraizado en la tradición. Los críticos coinciden en que la celebración del tercer centenario de la muerte de Góngora, en 1927, actúa como detonante simbólico de la conciencia de grupo, aunque la trayectoria de sus miembros ya se había iniciado previamente y de forma individual. Esta efeméride sirvió de catalizador no solo para reivindicar el rigor y la libertad creativa de la poesía barroca, sino también para visibilizar, ante la sociedad y la crítica, una constelación de autores que trabajaba de manera sinérgica en torno al ideal de la poesía como experiencia intelectual vinculada tanto a la experimentación formal como al peso de la tradición.

El contexto sociocultural en el que nacen y se desarrollan estos poetas, entre los años veinte y la Guerra Civil, está marcado por intensos cambios políticos y estéticos, una profunda crisis de valores heredados del XIX, la eclosión de las vanguardias europeas y el impulso modernizador de la II República. En este escenario de efervescencia creativa, el Grupo del 27 supo asumir la heterogeneidad como elemento fecundo: aúna la amistad intelectual y vital entre sus miembros, la admiración por la labor de sus predecesores y la voluntad de intervenir de forma activa en el debate cultural de su tiempo. Ello se traduce en una red compleja de colaboraciones y actos colectivos, publicaciones en revistas y una apertura a influjos tanto internacionales como nacionales (vanguardias extranjeras, simbolismo francés, tradición española).

Los integrantes de esta generación —Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados— comparten una defensa radical de la poesía como búsqueda de sentido y de formas nuevas. Recogen con entusiasmo el legado de autores como Juan Ramón Jiménez pero superan el modernismo hacia una lírica intelectualizada: asumen y trascienden la herencia simbolista y parnasiana, la innovación de las vanguardias (creacionismo, ultraísmo, surrealismo) y la experimentación en el plano formal, al tiempo que recuperan la musicalidad, el rigor y la pasión presentes en los clásicos del Siglo de Oro.

La Generación del 27 se caracteriza, pues, por la fluidez entre tradición y vanguardia, por la reinvención de la imagen poética y por una apertura innovadora al lenguaje, donde la metáfora y la síntesis lírica rozan el hermetismo y la universalidad. Aunando influencias de la literatura francesa, el simbolismo, el ultraísmo y el surrealismo, y releyendo la poética española precedida (de Garcilaso y Góngora a Bécquer y Rubén Darío), logran articular una de las etapas más fecundas y polifacéticas de la poesía europea contemporánea. Además, sus trayectorias personales —marcadas por la colaboración, la crítica, el magisterio, el exilio y la tragedia histórica de la Guerra Civil— otorgan a su producción una profundidad ética y estética que sigue viva en la literatura actual.

Por tanto, la lírica del 27 debe entenderse como síntesis de innovación y continuidad, como espacio para la convivencia de lo individual y lo colectivo, de la experimentación y el rigor formal, de la reflexión filosófica y la sensibilidad moderna. Su legado ha dejado una impronta definitiva en la evolución de la poesía española y universal, siendo referencia ineludible para comprender la literatura contemporánea en el ámbito hispánico y europeo.

II. Definición y delimitación conceptual del grupo: múltiples denominaciones e identidad compleja

2.1. Denominaciones diversas y cuestiones de nomenclatura histórica

El grupo literario que es objeto de nuestro estudio ha recibido, a lo largo del tiempo, múltiples denominaciones que revelan distintas perspectivas historiográficas y preocupaciones críticas según el momento y la óptica del estudioso. La complejidad terminológica refleja, en cierta medida, la dificultad de encuadrar un fenómeno tan heterogéneo y multifacético dentro de categorías rígidas. Así, se ha hablado de Generación de la Revista de Occidente, aludiendo a que los principales miembros publicaban con regularidad en la influyente revista dirigida por Ortega y Gasset, espacio donde circulaban las ideas vanguardistas más relevantes de la época. Esta denominación subraya la importancia del contexto intelectual orteguiano en la formación de estos autores, aunque sea parcialmente insuficiente porque deja fuera a algunos miembros significativos del grupo.

De igual modo, se emplea el término Nietos del 98 para enfatizar la relación generacional con la Generación del 98: estos nuevos poetas crecen en el clima de cuestionamiento de la identidad nacional que la anterior generación había inaugurado, pero lo hacen con una sensibilidad distinta, menos centrada en la geografía española o el problema de España como tales, y más proclive a la internacionalización de referencias culturales. Otras denominaciones incluyen Generación de 1925, término que algunas críticas prefieren porque enfatiza que varios miembros del grupo ya publicaban significativamente antes de 1927, o Generación de poetas-profesores, reconociendo que muchos de ellos desempeñaron funciones académicas paralelas a su labor creativa. Así también se la ha llamado Generación de la Amistad, insistiendo en los lazos personales intensos que los unían; Generación de la República, por su alineamiento político progresista; e incluso Grupo de la Residencia, en atención al papel decisivo que la Residencia de Estudiantes juega como espacio de encuentro.

Todas estas nomenclaturas contienen verdad parcial. Sin embargo, la más extendida y la que ha prevalecido historiográficamente es la de Generación del 27, que se ha convertido casi en sinónimo de este colectivo poético. Aunque pueda parecer una simplificación reduccionista el centrar la identidad del grupo en una única fecha, lo cierto es que esta denominación adquiere legitimidad histórica al evocar el centenario gongorino de 1927, acto en el que los miembros del grupo se manifestaron públicamente como colectivo de modo inequívoco. Además, la cifra 27 tiene resonancias poéticas y memorísticas que facilitan la transmisión y retención de la información, lo que sin duda ha contribuido a su difusión y aceptación universal.

2.2. Los autores que constituyen el grupo: núcleo estable y pertenencias cuestionadas

La definición del quién pertenece al 27 es materia de debate histórico legítimo. Existe, sin embargo, un núcleo duro indiscutible compuesto por diez autores que prácticamente todas las monografías críticas aceptan sin ambigüedad: Pedro Salinas (n. 1891), Jorge Guillén (n. 1893), Gerardo Diego (n. 1896), Dámaso Alonso (n. 1898), Federico García Lorca (n. 1898), Vicente Aleixandre (n. 1898), Luis Cernuda (n. 1902), Rafael Alberti (n. 1902), Manuel Altolaguirre (n. 1905) y Emilio Prados (n. 1905). Estos diez nombres forman el core generacional sobre el cual existe consenso crítico. Ahora bien, la pertenencia histórica se complica cuando consideramos figuras periféricas o cuasigeneracionales como Juan Larrea, cuyos vínculos con el grupo fueron significativos pero también complejos; José María Hinojosa, escritor surrealista de importancia aunque poco visible públicamente; Rosa Chacel, narradora y poeta que participaba en espacios del grupo pero trabajaba fundamentalmente en prosa; o Mauricio Bacarisse, poeta de considerable competencia técnica cuya obra, sin embargo, no alcanzó la trascendencia de sus compañeros.

2.3. La teoría de las generaciones literarias según Julius Petersen y su aplicabilidad al Grupo del 27

Julius Petersen, historiador alemán de las generaciones, formuló en su obra fundamental criterios sistemáticos para identificar cuándo un conjunto de autores constituye verdaderamente una generación literaria versus cuando forma simplemente un grupo circunstancial o una escuela. Según Petersen, una generación literaria debe cumplir con los siguientes requisitos: primero, nacimiento en años próximos que asegure una formación contemporánea y experiencias vitales paralelas; segundo, educación intelectual semejante que genere referencias culturales comunes; tercero, relaciones personales efectivas entre los miembros que vayan más allá de contactos meramente profesionales; cuarto, participación en actos colectivos explícitos que demuestren conciencia de grupo; quinto, existencia de un acontecimiento generacional unificador que aglutine voluntades dispersas; sexto, presencia de un guía o caudillo reconocido que articule la orientación del grupo; séptimo, desarrollo de rasgos estilísticos comunes que constituyan un lenguaje generacional identificable; y octavo, percepción de anquilosamiento de la generación precedente que justifique la irrupción de la nueva.

Examinando los poetas del 27 bajo el tamiz de estos criterios peterenianos con rigor historiográfico, hallamos una situación parcialmente paradójica: cumplen con varios criterios de modo indubitablemente y con otros de manera incompleta o problemática. Respecto al primer criterio, nacimiento próximo, el 27 presenta cierta homogeneidad: todos los miembros del núcleo nacen entre 1891 y 1905, lo que les asegura formación intelectual contemporánea y experiencias históricas paralelas (vivencia de la I Guerra Mundial a distancia, consolidación de la Segunda República, amenaza de la Guerra Civil). Igualmente cumplen el segundo criterio: su educación intelectual es notablemente semejante, circunscrita al contexto español de 1910-1920, con referentes comunes (Ortega, Juan Ramón, los clásicos españoles) e incorporación similar de influencias europeas.

El tercero y cuarto criterios —relaciones personales y participación en actos colectivos— son indudablemente satisfechos: existe documentación amplia de amistad intensísima entre los miembros, correspondencia privada, asistencia conjunta a eventos, publicación en espacios comunes. El quinto criterio, acontecimiento generacional unificador, se cumple de modo casi textual: el centenario gongorino de 1927 funciona como acto de autoafirmación colectiva que, aunque no fue organizado específicamente por el grupo, fue movilizado por ellos como plataforma de manifestación pública. Aquí comienzan las dificultades historiográficas: respecto al sexto criterio (presencia de un caudillo), el grupo del 27 carece de figura única indiscutida. Federico García Lorca era sin duda el más popular e internacionalmente reconocido, pero él mismo se rehusaba sistemáticamente a asumir papel de liderazgo y se definía como camarada antes que como jefe o maestro. Los demás miembros no aceptarían de modo unánime el liderazgo de ninguno de sus compañeros, lo que revela una estructura democrática y horizontal del grupo.

El séptimo criterio, rasgos estilísticos comunes, presenta particularidades interesantes: existen indudablemente características compartidas (importancia central de la metáfora, hermetismo consciente, afinidad con vanguardias europeas, reconocimiento de la tradición clásica), pero estas coexisten con heterogeneidad radical. No podría afirmarse que todos los miembros escriben de modo similar: la lírica intelectualizada de Guillén difiere fundamentalmente de la pasional de Lorca; el creacionismo experimentalista de Gerardo Diego se distancia de la sencillez comunicativa de Alberti. Lo que existe es mejor descrito como afinidad temática y teórica más que identidad formal. Finalmente, respecto al octavo criterio (percepción de anquilosamiento previo), el grupo del 27 no se levanta contra la generación anterior de modo sistemático y beligerante. Al contrario: reconoce admiración profunda hacia figuras tutelares como Juan Ramón Jiménez, que aún vivía y trabajaba. No existe, pues, actitud de ruptura generacional que defina habitualmente a nuevas generaciones literarias.

La conclusión historiográfica que se extrae es que los poetas del 27 no cumplen con exactitud los requisitos peterenianos de una generación literaria en sentido estricto. Más bien constituyen un grupo singular, singular porque su cohesión no procede de ruptura combativa sino de afinidad positiva; no de liderazgo centralizado sino de democracia creativa; no de homogeneidad estilística sino de diversidad enriquecedora. Lo que los une fundamentalmente es la amistad profunda e intensidad de relaciones personales, la afinidad de gustos estéticos compartidos (especialmente respecto a la importancia de la metáfora y el diálogo con tradición), su participación en espacios institucionales comunes (Residencia de Estudiantes, revistas literarias, actos culturales), y su ambición de transformar la poesía española mediante síntesis entre vanguardia e tradición. Esta caracterización del 27 como grupo más que generación tiene importantes implicaciones críticas: sugiere que la solidaridad entre sus miembros es fundamentalmente electiva y basada en valores compartidos, no impuesta por determinismo histórico.

III. Espacios de encuentro e identidad colectiva: instituciones, actos y revistas literarias

3.1. La Residencia de Estudiantes de Madrid: laboratorio intelectual del grupo

La Residencia de Estudiantes de Madrid funciona como el espacio primordial de encuentro, confluencia y gestación del grupo poético del 27. Fundada en 1910 bajo la dirección intelectual de Alberto Jiménez Fraud, esta institución fue concebida originalmente como alojamiento de estudiantes de elite, pero rápidamente evolucionó hacia algo mucho más ambicioso: un auténtico laboratorio intelectual donde circulaban las ideas vanguardistas más innovadoras de Europa, donde se debatían proyectos literarios de alcance considerable, donde se compartían influencias artísticas y donde se gestaba una comunidad estética que transcendía el aislamiento individual del creador. No se trataba de un espacio académico convencional regido por currículum formal, sino de un lugar de efervescencia creativa que funcionaba como catalizador de nuevas sensibilidades.

Algunos de los poetas vivían de manera regular en sus instalaciones como residentes efectivos, mientras que otros acudían recurrentemente a las múltiples actividades que allí se programaban. Federico García Lorca, por ejemplo, residió en la institución durante varios períodos significativos de su vida; Dámaso Alonso también mantuvo presencia asidua; Gerardo Diego participaba activamente en sus programas culturales. La Residencia ofrecía conferencias, charlas, proyecciones de cine, exposiciones artísticas, veladas musicales y encuentros literarios que atraían tanto a sus residentes como a visitantes de la intelectualidad madrileña. Este dinamismo institucional creó un entorno donde la experimentación poética podía desarrollarse de modo orgánico y colectivo, donde la tradición se cuestionaba creativamente y donde las vanguardias extranjeras eran asimiladas, debatidas y reinterpretadas según sensibilidades españolas.

La Residencia de Estudiantes no era un colegio o escuela literaria en el sentido de taller magisterial, sino más bien un espacio de convivencia de jóvenes intelectuales que mutuamente se estimulaban, se leían, se criticaban y se influenciaban. La dirección de Jiménez Fraud facilitaba esta circulación de ideas sin imposición de doctrinas cerradas. Así pues, la Residencia puede entenderse como madre institucional del grupo del 27: aunque el grupo existía también fuera de sus muros (publicaba en revistas diversas, participaba en actos públicos en otros espacios), fue aquí donde adquirió conciencia de solidaridad, donde experimentó primera vez como comunidad poética con aspiraciones comunes.

3.2. El Centro de Estudios Históricos y la recuperación de la tradición clásica

Complementando el papel de la Residencia de Estudiantes, el Centro de Estudios Históricos (institución dependiente de la Junta para la Ampliación de Estudios) constituyó otro espacio crucial de confluencia intelectual. Bajo la orientación de autoridades académicas tan eminentes como Ramón Menéndez Pidal y Américo Castro, varios miembros del grupo del 27 trabajaban como investigadores sistemáticamente. Este Centro no era mero espacio de erudición anticuada, sino laboratorio vivo donde la recuperación de la tradición medieval y clásica española se realizaba con perspectiva moderna, buscando reinterpretaciones que fuesen fecundas para la creación contemporánea.

Dámaso Alonso, en particular, realizó labores editoriales y filológicas cruciales en el Centro, donde estudió intensamente la obra de Góngora y otros clásicos barrocos. Esta investigación académica rigurosa no era ajena a sus aspiraciones como poeta, sino que retroalimentaba su creación: Alonso descubría en los textos clásicos técnicas formales, recursos estilísticos y potencialidades expresivas que incorporaba luego en su propia lírica. Lo mismo puede decirse de otros miembros: la «revalorización gongorina» que define al grupo del 27 no procede únicamente de intuición vanguardista, sino también de investigación histórica sistemática, de lectura filológica atenta, de comprensión profunda del Barroco español como momento de libertad creativa y experimentalismo formal que el XIX académico había condenado al ostracismo.

Esta conexión entre investigación histórica y creación poética revela algo fundamental sobre la mentalidad del grupo del 27: no percibían tradición y vanguardia como categorías antagónicas, sino como fuerzas que podían dialogar creativamente. La tradición no era obstáculo a superar mediante ruptura radical, sino fuente de enseñanza, de inspiración, de modelos técnicos a reinterpretar. El Centro de Estudios Históricos les permitía acceder a esta tradición de forma rigurosa, académica, sistemática, integrando de modo coherente erudición y creación.

3.3. Actos colectivos: manifestaciones públicas de identidad grupal

Aunque la Residencia de Estudiantes y el Centro de Estudios Históricos proporcionaban espacios de encuentro privado o semi-institucional, el grupo del 27 necesitaba también manifestarse públicamente, visibilizarse ante la sociedad y la crítica como colectivo poético con conciencia de grupo. Para ello, organizaba o participaba en actos colectivos de diversa índole que funcionaban como declaraciones públicas de identidad.

Entre estos actos públicos, destaca particularmente el celebrado en el Ateneo de Sevilla en 1927, que funcionaba como manifiesto poético andaluz de proyecciones nacionales. Pero fue el acto del tercer centenario de la muerte de Góngora el que adquirió dimensión simbólica máxima y resonancia histórica duradera. Los nombres de Salinas, Guillén, Alonso, Diego, García Lorca y Alberti aparecían simultáneamente firmando invitaciones al acto, participando en conferencias y homenajes, publicando artículos y poesías conmemorativas. El acto culminaba en funeral literario simbólico celebrado en la iglesia de Santa Bárbara de Madrid, operación que constituía verdadero acto teatral de reivindicación estética de enorme significación.

Los diferentes miembros del grupo asumieron diferentes funciones en esta celebración gongorina, pero todas convergentes: Dámaso Alonso editaba con exactitud filológica y sensibilidad crítica implacable la edición nueva de «Las soledades», el poema mayor de Góngora que la crítica académica tradicional había despreciado como ejemplo de mal gusto barroco incomprensible. Gerardo Diego publicaba una bella «Antología en honor de Góngora» que funcionaba como acto de legitimación estética del poeta barroco. Federico García Lorca dedicaba una conferencia magistral al poeta cordobés titulada «La imagen poética de don Luis de Góngora», donde analizaba con agudeza las técnicas metafóricas gongorinas. Rafael Alberti escribía su «Continuación de Las Soledades», imitación creativa del poema gongorino que constituía no simple pastiche sino reinterpretación del magisterio gongorino según sensibilidad moderna. Cada una de estas operaciones era, de modo individual, acto de revalorización crítica; en conjunto, formaban reivindicación colectiva de una estética renovadora frente a la crítica ortodoxa y académica que mantenía desprecio por la experimentación formal barroca.

3.4. Las revistas literarias como vehículos de expresión y circulación colectiva

La celebración gongorina se coronó con la publicación de un número extraordinario de la revista «Litoral» que funcionó como auténtico vehículo de expresión colectiva de identidad grupal. En ese número especial colaboraban prácticamente todos los poetas y prosistas eminentes del grupo, creando un documento textual que funcionaba como encarnación tangible de su comunidad literaria compartida y sus aspiraciones estéticas comunes. Este número de «Litoral» es documento histórico de primera importancia para comprender la autoconciencia del grupo del 27: no es simplemente recopilación de poemas y prosas diversos, sino articulación consciente de proyecto colectivo.

Simultáneamente, estos poetas del 27 aparecían de manera sistemática en diversas revistas que constituían espacios privilegiados de circulación para su obra. «Revista de Occidente», dirigida por Ortega y Gasset, era la plataforma intelectual por excelencia donde se publicaban ensayos de teoría literaria junto a poemas y artículos de crítica. «La Gaceta Literaria», publicación madrileña de importancia considerable, acogía a prácticamente todos los miembros del grupo. «Litoral», fundada en Málaga en 1926 bajo dirección de Altolaguirre y Prados, se convirtió rápidamente en revista insignia del 27. «Verso y Prosa» (Murcia, 1927), «Mediodía» (Sevilla), «Meseta» (Valladolid), «Carmen» (Santander, 1927, dirigida específicamente por Gerardo Diego), «Lola», «Cruz y Raya» (1933), «Caballo verde para la poesía» (1935) y «Héroe» constituían una red de publicaciones que permitía circulación regular y sistemática de la obra de los miembros del grupo.

Estos espacios de publicación no eran simplemente neutrales, sino depositarios de identidad colectiva. En estas revistas no solo publicaban los poetas del 27, sino también artistas visuales de importancia: Picasso, Juan Gris, Salvador Dalí o Ignacio Zuloaga contribuían con obras plásticas que acompañaban textos literarios. Asimismo, se publicaban traducciones de poetas franceses (Valéry, Apollinaire), norteamericanos (Whitman, Eliot) e hispanoamericanos (César Vallejo, Pablo Neruda), estableciendo así conexiones significativas entre generaciones de artistas plásticos, poetas españoles e internacionales que compartían aspiraciones análogas de renovación formal. Las revistas no eran únicamente medios de circulación de obra realizada, sino laboratorios donde experimentación y debate público sobre teoría y práctica poética tenían lugar de modo dinámico y continuo.

IV. Maestros e influencias culturales: síntesis de tradición y modernidad

4.1. Juan Ramón Jiménez: el maestro indiscutido de la generación anterior

Los poetas del 27 no surgieron en vacío histórico ni experimentaron ruptura radical con la generación precedente. Al contrario, se nutrieron de herencias culturales múltiples y frecuentemente contradictorias que debieron integrar creativamente en síntesis personal. Juan Ramón Jiménez constituía el maestro indiscutido de la generación anterior (del 98 tardío y el modernismo), la figura tutelar cuyos ejemplo y consejo definieron literalmente los pasos iniciales de numerosos miembros del grupo del 27. No se trata de influencia meramente literaria abstracta, sino de relación personal efectiva y sistemática.

Fue Juan Ramón quien publicó el primer libro de Pedro Salinas, «Presagios» (1923), mediante su pequeño círculo editorial. Fue Juan Ramón quien abrió sus revistas personales «Sí», «Índice» y «Ley» para la divulgación de poemas de prácticamente todos los miembros del grupo del 27. Fue Juan Ramón quien otorgó su imprimátur intelectual crucial a Rafael Alberti escribiendo la carta introductoria de «Marinero en tierra» en 1924, acto que facilitaba la aceptación de esta obra revolucionaria. Funcionaba Juan Ramón Jiménez como articulador vivo de continuidad entre el grupo del 27 y la tradición lírica anterior, especialmente la conexión con Bécquer y la poesía popular de los Cancioneros españoles medievales, que Alberti y Lorca transformarían posteriormente con genio insuperable en sus respectivas búsquedas de nueva expresividad lírica.

La relación del 27 con Juan Ramón es compleja: admiración genuina coexiste con conciencia de la necesidad de ir más allá de sus soluciones. Si Juan Ramón representaba la búsqueda de poesía pura mediante depuración lírica, los del 27 añadían a esta aspiración elementos que Juan Ramón rechazaba: experimentalismo vanguardista, hermetismo consciente, integración del surrealismo, diálogo deliberado con tradición clásica mediante reinterpretación moderna. Sin embargo, la base de partida era común: rechazo del sentimentalismo decimonónico superficial, búsqueda de esencialidad, importancia central del lenguaje poético como materia artística fundamental.

4.2. José Ortega y Gasset y la teoría de la deshumanización del arte

Sin embargo, la influencia intelectual más decisiva y penetrante provino de José Ortega y Gasset, particularmente mediante su obra fundamental «La deshumanización del arte» (1925). Este libro constituía un análisis sistemático y por primera vez coherente del arte de vanguardia que los intelectuales españoles consumían con voracidad intelectual. La obra de Ortega no era simplemente descriptiva sino normativa y justificadora: proporcionaba marco teórico que legitimaba las búsquedas experimentales que estos jóvenes poetas estaban realizando.

Ortega señalaba que el arte nuevo se caracterizaba fundamentalmente por carácter minoritario y antipopular deliberado, con formulación memorable: «dividiendo al público en dos clases: los que lo entienden y los que no lo entienden». Esta definición resonaba profundamente en la sensibilidad de estos poetas porque justificaba la dificultad, el hermetismo, la reclusión de su obra en círculos de lectores cultos y capacitados. Su análisis de los rasgos definitorios del arte moderno —importancia central de la metáfora desbocada, rechazo absoluto y sistemático a lo sentimental, hermetismo consciente como estrategia, antirrealismo radical— se convirtió en vocabulario crítico que estos poetas asimilaban, adaptaban y, frecuentemente, cuestionaban de manera matizada posteriormente.

El magisterio orteguiano fue tan profundo que determinó el alejamiento relativo de la realidad social que caracterizaría la primera etapa del grupo del 27 (hasta aproximadamente 1930). Los poetas inicialmente se veían justificados teóricamente en su apartamiento de lo político, lo social, lo cotidiano como temas poéticos legítimos. También determinó la importancia central de la metáfora como instrumento poético fundamental, convertida en objeto de culto y experimentación radical. Sin embargo, debe notarse que la relación del 27 con Ortega no fue de subordinación pasiva: gradualmente cuestionaron la tesis de deshumanización cuando percibieron que la realidad histórica (aproximación de la Guerra Civil) demandaba compromiso político y rehumanización de la poesía.

4.3. Influencias literarias francesas: Valéry, Mallarmé, el simbolismo tardío

La influencia francesa fue igualmente determinante y probablemente más intensa que la española en la formación estética inicial del grupo. Paul Valéry funcionaba como ídolo poético por excelencia, encarnación viva de la aspiración común hacia poesía pura que caracterizaba la primera fase de estos poetas españoles. La obra de Valéry —su «Cementerio marino», sus ensayos sobre poesía pura, su concepción del poema como objeto artístico autónomo— se leía y debatía incesantemente. Valéry representaba la confluencia entre intelectualismo riguroso e intuición poética, equilibrio que el 27 aspiraba a lograr.

Los grandes simbolistas franceses —Stéphane Mallarmé y Arthur Rimbaud— eran redescubiertos y reinterpretados a la luz de la sensibilidad moderna española. Mallarmé representaba la búsqueda del poema hermético, autosuficiente, donde el lenguaje se convierte en materia artística autónoma. Rimbaud representaba la búsqueda de la visión mediante perturbación de los sentidos, el acceso a verdades invisibles mediante delirio controlado. Ambas búsquedas influenciaban de modo profundo la poética emergente del 27. La influencia simbolista no era meramente temática sino profundamente técnica: los recursos formales, la importancia del sonido, la musicalidad del verso, la sugerencia sobre la afirmación directa, todo ello provenía de lectura atenta del simbolismo francés tardío.

4.4. Influencias literarias extranjeras: Whitman, Eliot, Rilke, poesía moderna internacional

Simultáneamente, estos poetas españoles incorporaban con intensidad figuras de importancia capital de otras tradiciones. Walt Whitman, poeta norteamericano del XIX, se reivindicaba como precursor de la modernidad poética, como voz que había liberado la poesía de corsés formales e inaugurado experiencia directa e inmediata. La influencia whitmaniana penetra especialmente en Rafael Alberti, cuyo verso se vuelve expansivo, generoso, casi oratorio. T.S. Eliot y Rainer María Rilke representaban modernismo de nuevo cuño: poesía intelectualizada, fragmentaria, que incorporaba conscientemente la crisis espiritual del XX. La lectura de «The Waste Land» de Eliot impactaba profundamente mediante su técnica de montaje, fragmentación consciente, incorporación de múltiples voces y lenguajes superpuestos.

4.5. Los ismos vanguardistas europeos: Futurismo, Creacionismo, Surrealismo

Los ismos vanguardistas europeos ejercían influencia heterogénea pero decisiva. El Futurismo italiano de Marinetti aparecía de manera esporádica en algunos miembros del grupo, especialmente en su valoración de la velocidad, la energía, la ruptura radical con el pasado. Sin embargo, el grupo del 27 nunca fue completamente futurista porque rechazaba su culto ciega a la máquina y su violencia ideológica. El Creacionismo, derivado directamente de teorías de Vicente Huidobro, hallaba su máximo representante español precisamente en Gerardo Diego, quien practicaba experimentalismo radical donde el poema se concebía como creación absoluta sin referencia a la realidad externa, puro juego de lenguaje.

Pero fue el Surrealismo, emergente de Francia con André Breton y su «Manifiesto Surrealista» (1924), que determinaría libros fundamentales que redefinirían la segunda etapa del grupo de manera transformadora y profunda. El surrealismo ofrecía liberación de la razón lógica, acceso al inconsciente mediante técnicas como la escritura automática, recuperación del deseo, la pasión, la visión onírica. Para varios miembros del grupo —particularmente Lorca, Aleixandre, Cernuda, Alberti en su etapa segunda— el surrealismo proporcionaba permiso teórico y técnico para reintroducir emoción, sentimiento, compromiso político en poesía que inicialmente había sido alejada de estas dimensiones por influencia orteguiana.

4.6. Recuperación de la tradición clásica española: del Cancionero a Góngora

Paralelamente a estas influencias europeas modernas, estos poetas emprendían operación de rescate y revalorización sistemática de autores clásicos españoles que la generación del 98 había, en ciertos casos, desdeñado o ignorado de modo bastante radical. Los poetas del Cancionero medieval español, Bécquer, los grandes dramaturgos y poetas del Siglo de Oro, en especial Luis de Góngora, pasaban a constituir modelos de estudio intenso y fuente permanente de inspiración técnica. La recuperación de Góngora constituía particularmente símbolo potente de la actitud moderna ante tradición: no imitación mecánica sino reinterpretación creativa mediante sensibilidad contemporánea.

Incluso Benito Pérez Galdós, vapuleado por los noventayochistas como demasiado realista y decimonónico, encontraba reconocimiento crítico nuevo en la obra de ciertos miembros del 27. Los especialistas han señalado perspicazmente que si bien «se puede y debe llamar a la Generación del 27 generación de la vanguardia, se puede llamar también generación de la tradición», capturando así la paradoja fundamental de su proyecto estético: innovación radical basada en diálogo profundo y creativo con la herencia literaria milenaria. No rechazaban la tradición sino que la reinterpretaban desde sensibilidad moderna, buscando en Góngora experimentalismo barroco que comunicaba con sus propias aspiraciones vanguardistas, hallando en Bécquer melancolía moderna que presagiaba sus propias búsquedas.

V. Poética común y características estéticas fundamentales: el programa del grupo

5.1. El programa mínimo: identificación de rasgos comunes

Gerardo Diego, en el prólogo magistral a su antología de 1932 «Poesía española 1915-1931», reconoce explícitamente la diversidad y heterogeneidad radical que caracterizaba a estos poetas, cualidad que negaba cualquier uniformidad mecánica o conformidad de escuela literaria. Sin embargo, Diego identifica asimismo un «programa mínimo, negativo, y una idealidad común que une en cierta manera a todos los poetas», formulación que ha resultado perspicaz y fecunda para la crítica posterior. Este programa compartido presentaba características estéticas esenciales que funcionaban como leitmotivs identificadores de pertenencia al grupo, aunque cada miembro las practicaba con énfasis y resultados distintos.

El primer rasgo fundamental es influjo sistemático de las teorías del arte deshumanizado orteguiano, que conducía al menos en las primeras etapas (1920-1927) a alejamiento deliberado de la realidad social y política cotidiana como materia temática legítima para la poesía. Este alejamiento no era indiferencia sino rechazo activo: si la poesía era arte minoritario para minorías de entendimiento, entonces tenía justificación teórica el que fuese hermética, dificultosa, no comunicativa con público amplio. El segundo rasgo es búsqueda obsesiva de originalidad con respecto a la poesía anterior, aunque sin olvido fundamental de su importancia como punto de referencia. Cada poeta aspira a crear algo radicalmente nuevo, pero ese nuevo se construye conscientemente en diálogo con tradición.

El tercero es hermetismo consciente como estrategia deliberada, derivado de influencia de Juan Ramón Jiménez y de teoría orteguiana, que considera la poesía dirigida necesariamente a grupo selecto de lectores verdaderamente capacitados intelectualmente. El cuarto rasgo es antirrealismo y antirromanticismo sistemáticos que no significaban ausencia de realidad o sentimiento, sino tratamiento radicalmente distinto de ambos mediante mediación formal intensa. El quinto es presencia determinante del surrealismo que, como ha señalado acertadamente la crítica, «quebró la relativa cohesión del grupo» al producir tantas prácticas surrealistas distintas como autores que las experimentaban: Lorca surrealista no es igual a Aleixandre surrealista, ni ambos son equivalentes a Cernuda surrealista.

5.2. La metáfora moderna: nacimiento de nueva sensibilidad poética

El predominio de la metáfora emerge como uno de los rasgos más caracterizadores de la lírica del grupo 27. Partiendo del influjo francés especialmente valeriano y del concepto de poesía pura como identificación entre realidad poética y objetiva, la metáfora se convierte en instrumento central de creación poética, aunque con transformaciones significativas respecto a tradición anterior. La metáfora moderna que estos autores inventan presenta subjetividad mucho mayor en la relación entre elemento real e imaginario: no es simple comparación lógica sino fusión emocional donde lo real se transfigura mediante visión poética en algo completamente distinto.

La sensibilidad gongorina de deformación estilística extrema se convierte en modelo de referencia canónico para esta nueva metáfora: no se trata de decir las cosas claramente sino de transfigurarlas mediante lenguaje de tal modo que la apariencia exterior desaparezca. Como señala Dámaso Alonso en sus escritos críticos, «con estos autores nace la metáfora moderna en nuestra poesía», ya que la relación entre realidad y poesía cambia fundamentalmente. Los tópicos manidos del XIX —luna romántica, rosa como belleza, paloma como paz— son rechazados deliberadamente porque funcionaban como símbolos predeterminados. Los del 27 inventan metáforas donde la relación entre tenor y vehículo es personal, sorprendente, requiere esfuerzo interpretativo del lector.

5.3. Los grandes temas de la poesía del 27

Los temas que estructuran la poesía del 27, según análisis de estudiosos como Juan Manuel Rozas, incluyen temática amorosa de profundidad inédita donde el amor se concibe raramente como sentimiento simple sino como fuerza existencial compleja; presencia de la ciudad moderna como espacio de alienación donde la metrópolis aparece inicialmente con cierto optimismo vanguardista pero progresivamente se vuelve lugar de desolación y angustia; emergencia gradual del compromiso político-social que comienza tímidamente hacia 1930 e intensifica hacia la Guerra Civil.

Todos los grandes temas de la experiencia humana —amor en dimensión ontológica profunda, universo y cosmos como objeto de meditación, destino y fatalidad, muerte en sus múltiples aspectos, trascendencia religiosa cuestionada, ansia de plenitud existencial— están presentes en el grupo, adquiriendo intensidad y profundidad particulares que permiten diferenciar su obra de generaciones precedentes. Sin embargo, cada tema se trabaja de modo personalísimo: el amor en Salinas es intelectual y contemplativo; en Lorca es apasionado y destructivo; en Aleixandre es cósmico y fusional. La muerte en Guillén es motivo para afirmación de la vida; en Cernuda es ocasión de nostalgia y fracaso; en Alberti es grito de protesta revolucionaria.

VI. Etapas de evolución y transformación histórica: desarrollo y crisis del grupo

6.1. Primera etapa (1920-1927): experimentalismo y búsqueda de poesía pura

La mayoría de especialistas reconocen tres etapas sucesivas que reflejan evolución tanto estética como vital del grupo a lo largo de su historia colectiva. La primera etapa, que se extiende aproximadamente desde 1920 hasta 1927, se caracteriza por presencia de tonos becquerianos junto a resabios modernistas que pronto se ven desplazados por influjo de las primeras vanguardias europeas llegadas a España. El magisterio de Juan Ramón Jiménez orienta a estos poetas incipientes hacia aspiración de poesía pura con afán de perfeccionamiento formal de alcance casi ascético. El instrumento fundamental de este arte «puro» es la metáfora, con audacias deslumbrantes que han aprendido de Ramón Gómez de la Serna, Huidobro y otros vanguardistas españoles anteriores.

Los críticos coetáneos acusaban repetidamente a estos poetas de hermetismo, frialdad intelectual, deshumanización extrema. Estas acusaciones resonaban directamente con marco teórico orteguiano que, en cierto modo, justificaba esta frialdad como característica necesaria del arte moderno. El deseo de perfección formal determina acercamiento sistemático a clásicos españoles, respondiendo con libros como «Versos humanos» de Gerardo Diego o «Cal y canto» de Alberti, que cultivan formas estróficas tradicionales (sonetos, décimas, rondeles, tercetos) pero mediante sensibilidad completamente moderna e innovadora. La tensión entre forma tradicional e innovación temática caracteriza esta primera etapa: estos poetas quieren ser modernos sin renunciar a disciplina formal que representa tradición.

6.2. Segunda etapa (1927-1936): madurez, rehumanización y compromiso

La segunda etapa, que transcurre desde 1927 (con el acto gongorino como frontera simbólica) hasta el estallido de la Guerra Civil en 1936, representa madurez plena de estos poetas que comienzan a experimentar cierto cansancio y desencanto con aventuras puramente formalistas y herméticas. Se inicia así proceso de «rehumanización» lírica que no significa regresión a formas anteriores o abandono de experimentación, sino reintegración inteligente de sentimiento humano auténtico y compromiso social mediante lenguajes renovados y adquiridos en etapa anterior.

La irrupción del surrealismo marca dirección diametralmente opuesta a poesía pura, aunque no significa abandono de experimentación formal sino redirección de la misma hacia exploración de dimensiones inconscientes del ser humano. El surrealismo proporciona permiso teórico para reintroducir pasión, deseo, conflicto emocional en poesía que había estado regida por exceso de racionalidad. Sentimientos eternos del ser humano —amor en dimensión erótica y ontológica, ansia de plenitud existencial, frustraciones profundas e impotencia, inquietud ante problemas existenciales radicales— pasan a primer término de la creación poética.

Acento social y político se introduce definitivamente en la obra de varios miembros, aunque con matices distintos. Rafael Alberti adopta militancia revolucionaria explícita, con adhesión formal al comunismo. Luis Cernuda introduce política mediante exploración de la opresión social sobre el deseo individual. Federico García Lorca politiza su lírica mediante símbolos de injusticia social (especialmente en «Poeta en Nueva York»). Dámaso Alonso, aunque más discreto políticamente, comienza su evolución hacia la poesía «desarraigada» que vendría tras la guerra. Incluso los más apolíticos como Guillén demuestran identificación con causa republicana cuando la amenaza fascista se hace evidente.

6.3. Tercera etapa (1936 en adelante): fragmentación, exilio y transformación

La tercera etapa comienza brutalmente con la muerte de Federico García Lorca en 1936, evento traumático que marca definitivamente la conciencia colectiva del grupo y funciona como punto de quiebre irreversible en la historia del colectivo. La muerte de Lorca no era simplemente pérdida personal sino símbolo de la devastación que la Guerra Civil traía, aniquilación del potencial creativo de una generación.

Después de la Guerra Civil española (1936-1939), casi todos los miembros excepto Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso y Gerardo Diego parten hacia exilio prolongado y frecuentemente de duraciones inciertas. Las razones varían: algunos por persecución política directa (Alberti, Prados), otros por alienación del régimen franquista (Salinas, Guillén, Cernuda), otros simplemente porque la atmósfera de represión hacía imposible creación genuina. La Generación del 27 se dispersa geográfica y existencialmente por continentes distintos: algunos a América Latina, otros a Estados Unidos, otros a Francia. Este exilio produce desgarro existencial profundo que afecta permanentemente a su obra.

Aunque sus miembros continuarán cultivando escritura poética de calidad considerable en años posteriores, experimentarán transformación profunda de su obra hacia formas cada vez más humanas, menos comprometidas con experimentación formal pura y más abiertas a testimonio directo de experiencia vital y dolor histórico que el exilio y la derrota imponían inexorablemente en sus vidas. La nostalgia, el tiempo, la separación de la patria, la conciencia de irreversibilidad: estos temas nuevos comienzan a dominar su poesía. La elegancia formal que caracterizaba al 27 se ve sometida a presión de urgencia emocional autêntica.

VII. Autores del 27: caracterización individual y contribuciones específicas

7.1. Pedro Salinas (1891-1951): la poesía de la inteligencia emocional

Pedro Salinas representa la encarnación más perfecta de la poesía intelectual-vital, búsqueda de la esencialidad mediante depuración extrema. Su obra se estructura fundamentalmente alrededor del tema del amor, no como sentimiento romántico sino como experiencia ontológica fundamental donde el otro se convierte en forma de acceso a realidad profunda. Su obra se divide en tres etapas claramente diferenciadas: la primera, de depuración modernista; la segunda, de cumbre creativa alrededor de «La voz a ti debida» (1933) y «Razón de amor» (1936), donde el amor adquiere dimensión metafísica; la tercera, de exilio en América donde la nostalgia de España domina.

7.2. Jorge Guillén (1893-1984): la afirmación del ser y la plenitud

Jorge Guillén, poeta vallisoletano, representa la visión optimista del mundo entre los del 27, perspectiva que lo diferencia de varios de sus compañeros. Su obra fundamental es «Cántico» (1928-1950), poema largo estructurado en breves composiciones líricas donde se afirma constantemente existencia como plenitud. A diferencia de la angustia que caracterizará a Aleixandre o Cernuda, Guillén canta el gozo de existir, la belleza del mundo dado, la armonía cósmica. Su búsqueda del equilibrio y la esencia lo hace apreciar tanto los elementos más simples como los más complejos de la realidad. Recibe el Premio Cervantes en 1977, reconocimiento tardío pero justo de su importancia en la poesía del XX.

7.3. Gerardo Diego (1896-1987): la variedad como poética fundamental

Gerardo Diego representa la variedad temática extrema y coexistencia de vanguardia y tradición en el mismo poeta. Clasifica su obra en «poesía absoluta» (creacionista, experimental, hermética) y «poesía relativa» (comunicativa, tradicional, vinculada a realidad). Esta clasificación del propio Diego revela su conciencia de ser portador de tendencias contradictorias. Sus libros «Manual de espumas» (1924) ejemplifica experimentalismo radical; «Soria» (1923) representa ternura lírica tradicional. Dirige la revista «Carmen» en 1927, acto de gestión cultural de importancia para la cohesión del grupo. Recibe el Premio Cervantes en 1979, testimoniando su relevancia histórica.

7.4. Dámaso Alonso (1898-1990): la investigación filológica y la poesía del dolor

Dámaso Alonso funciona como crítico del 27 simultáneamente a ser poeta del 27, peculiaridad que lo hace único. Su labor filológica rigurosa (ediciones de Góngora) retroalimenta su creación poética. Evoluciona hacia lo que él denomina «poesía desarraigada» con su obra maestra «Hijos de la ira» (1944), donde el dolor existencial y la rabia de la derrota histórica expresan con crudeza sin precedentes. Su contribución a la renovación de la poesía realista es fundamental: abre camino a generaciones posteriores con temática de sufrimiento existencial explícito. Recibe el Premio Cervantes en 1978.

7.5. Federico García Lorca (1898-1936): el poeta más popular y trágicamente interrumpido

Federico García Lorca representa el poeta más popular del grupo internacionalmente, cuya obra trasciende los círculos literarios especializados. Su complejidad simbólica en obras como «Poeta en Nueva York» (1930) o sus tragedias rurales alcanza a públicos amplios. Desarrolla dos etapas principales bien diferenciadas: la primera, de depuración modernista y formalismo relativo; la segunda, de integración surrealista donde sus símbolos se vuelven más complejos y sus preocupaciones por injusticia social más evidentes. Su muerte trágica en 1936 trunca una evolución que habría continuado. Además de poeta, su teatro es de importancia equivalente.

7.6. Vicente Aleixandre (1898-1984): la poesía como fusión cósmica

Vicente Aleixandre representa pesimismo inicial que se transforma gradualmente en rehumanización comprometida. Su primera etapa presenta fusión con la naturaleza donde identidad individual se disuelve en totalidad cósmica. «Espadas como labios» (1930) ejemplifica esta visión donde el yo poético se pierde en fuerzas elementales. Su evolución posterior, especialmente «Sombra del paraíso» (1944) escrito durante la guerra, muestra transformación hacia mayor humanización. Recibe el Premio Nobel de Literatura en 1977, reconocimiento internacional tardío pero significativo de su importancia.

7.7. Rafael Alberti (1902-1999): la pasión revolucionaria y la versatilidad

Rafael Alberti encarna el compromiso político más explícito del grupo, aunque esto no disminuye su valor poético. Su «Marinero en tierra» (1924) constituye obra de belleza sin igual, mezcla de tradición popular y sensibilidad moderna. Desarrolla cinco etapas bien diferenciadas según su propio análisis: tradicional, vanguardista, surrealista, social-revolucionaria, y exiliar. Su adhesión al comunismo determina decisivamente su obra posterior. Su teatro es de importancia equivalente a su poesía. Recibe el Premio Cervantes en 1983.

7.8. Luis Cernuda (1902-1963): la realidad del deseo como estructura fundamental

Luis Cernuda estructura toda su obra alrededor de binomio fundamental «La realidad y el deseo», título de su obra recopilatoria. Su lucha entre anhelos profundos y dificultades reales que la sociedad impone caracteriza su poesía de modo absoluto. Temas de soledad radical, angustia existencial, fracaso amoroso, incomprensión social dominan su obra. Su exilio definitivo tras la Guerra Civil intensifica estos temas. Muere en el exilio mexicano, símbolo trágico de ruptura nunca reparada con España. Su reconocimiento crítico ha sido tardío pero ahora es considerado entre los más importantes del 27.

BIBLIOGRAFÍA

  • Alonso, Dámaso: Poetas españoles contemporáneos. Madrid, Gredos, 1988. Obra fundamental que ofrece análisis crítico riguroso de características generacionales comunes y divergencias individuales de los poetas del 27.
  • García-Posada, Miguel: La poesía del 27. Grupo poético de la generación del 27. Barcelona, Planeta, 1990. Síntesis interpretativa que examina unidad y diversidad del grupo desde perspectiva historiográfica actualizada.
  • González Muela, Joaquín y Rozas, Juan Manuel: La Generación del 27. Madrid, Istmo, 1987. Estudio clásico que proporciona contexto histórico-literario y análisis detallado de evolución estética colectiva.
  • Zuleta, Emilia de: Cinco poetas españoles (Salinas, Guillén, Lorca, Alberti y Cernuda). Madrid, Gredos, 1981. Análisis monográfico de cinco figuras centrales del grupo que permite acceso comparativo a su producción.
  • Friedrich, Hugo: Estructura de la lírica moderna. Barcelona, Seix Barral, 1974. Marco teórico general de modernidad poética europea que sitúa generación del 27 en contexto comparativo internacional.
  • Debicki, Andrew P.: La poesía de Jorge Guillén. Madrid, Gredos, 1973. Análisis especializado de poeta central del grupo que permite comprensión profunda de técnicas de modernidad formal.
  • Cano, José Luis: Antología de los poetas del 27. Madrid, Austral, 1987. Selección de textos representativos que proporciona acceso directo a obra fundamental del grupo poético.
  • Ortega y Gasset, José: La deshumanización del arte. Madrid, Revista de Occidente, 1925. Texto filosófico fundacional que proporcionó marco teórico legitimador de práctica poética vanguardista de estos autores.
  • Geist, Anthony L.: La poética de la Generación del 27 y las revistas literarias. Barcelona, Labor, 1980. Estudio que articula análisis de revistas periódicas como espacios de constitución de identidad generacional.
  • Bousoño, Carlos: La poesía de Vicente Aleixandre. Madrid, Gredos, 1977. Monografía especializada en obra de poeta que integra la síntesis de vanguardia radical con humanismo profundo y comunicación esencial.

Autor

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    Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
    Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!

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