Comprensión y expresión de textos orales. 2026

Foto del autor

By Víctor Villoria

La comprensión y expresión de textos orales. Bases lingüísticas, psicológicas y pedagógicas

I. Comprensión y expresión de textos orales

1.1. Características de la lengua oral

La investigación lingüística contemporánea ha puesto de relieve una verdad fundamental largamente desatendida: la primacía del lenguaje oral en la comunicación humana. Durante siglos, la tradición occidental privilegió la lengua escrita, considerándola más perfecta, estable y digna de análisis sistemático que sus manifestaciones habladas. No obstante, el surgimiento de la psicolingüística y la sociolingüística ha invertido esta jerarquía, demostrando que la oralidad constituye no solo la forma comunicativa más antigua y fundamentalmente humana, sino también aquella en la que se invierte la mayor parte de nuestro esfuerzo comunicativo. Los individuos adquieren el lenguaje oral con anterioridad al escrito, el aprendizaje sintáctico alcanza mayor madurez en la modalidad hablada, y la mayoría de la población, incluyendo a los hablantes cultos, dedica significativamente más tiempo a hablar que a escribir.

Esta realidad sociolingüística evidencia que el sistema lingüístico oral debe constituir el centro de la reflexión didáctica sobre el lenguaje. La lengua oral presenta un conjunto de características diferenciadoras que la distinguen de manera sustancial de la modalidad escrita, no como deficiencias sino como propiedades inherentes a su naturaleza comunicativa. En primer lugar, el canal transmisivo es fundamentalmente auditivo, lo que determina que el código sea sonoro y que la información llegue al receptor mediante ondas acústicas procesadas por el aparato auditivo. Esta característica acústica implica la efemeridad del enunciado oral: una vez pronunciado, el mensaje desaparece salvo en los casos en que es registrado mediante sistemas tecnológicos.

Por el contrario, la escritura posee naturaleza perdurable, destinada a conservarse en el tiempo con la misma forma que el emisor la concibió. Igualmente relevante es que el aprendizaje de la lengua oral es anterior al de la escritura, fenómeno que se refleja en la madurez sintáctica, que se desarrolla primero en la modalidad hablada. Otro rasgo definidor de la oralidad radica en el carácter bilateral de la comunicación. A diferencia de la escritura, que instituye una relación unilateral entre emisor y texto, la comunicación oral implica un intercambio dinámico donde los participantes comparten frecuentemente la misma dimensión temporal y espacial. El receptor no es una entidad abstracta y potencial, sino un sujeto concreto, conocido y determinado con el cual el emisor establece una relación directa.

Esta proximidad relacional facilita la réplica inmediata y la transformación de roles, permitiendo que el receptor se convierta en emisor sin solución de continuidad. Sin embargo, la comunicación oral también se caracteriza por la ausencia de retroalimentación verdadera: aunque puede repetirse un enunciado, la situación comunicativa original ha sido ya modificada, impidiendo una restitución idéntica del contexto previo. La oralidad beneficia asimismo de un sistema comunicativo complementario que la escritura no posee con la misma inmediatez: el componente gestual. Los movimientos corporales, las expresiones faciales y la quinésica general constituyen un sistema de significación paralelo que enriquece exponencialmente la capacidad expresiva del hablante.

A través de estos elementos paraverbales, el locutor puede transmitir ironía, sarcasmo, burla, énfasis y matices emocionales que resultaría tremendamente difícil representar mediante símbolos gráficos. Este fenómeno explica por qué la escritura necesita desarrollar recursos sintácticos, puntuativos y tipográficos para reproducir parcialmente aquello que el lenguaje oral logra mediante la integración simultánea de lo verbal y lo kinésico. La heterogeneidad de la lengua oral constituye, finalmente, una característica de extraordinaria importancia: el discurso varía notablemente en función de factores contextuales, geográficos, socioculturales y situacionales, originando una riqueza dialectal y registral que refleja la vitalidad del sistema lingüístico.

1.1.1. La variación lingüística en los textos orales

La variación constituye una de las dimensiones más relevantes del análisis de la lengua oral contemporánea, manifestándose a través de tres tipos fundamentales que interactúan de manera compleja en cualquier acto comunicativo. La variación diatópica emerge de las diferencias geográficas que caracterizan el uso lingüístico en distintas regiones, originando sistemas dialectales diferenciados que poseen validez y legitimidad equivalente dentro de sus comunidades de hablantes. Estos dialectos territoriales reflejan procesos históricos de poblamiento, contacto lingüístico e innovaciones fonetosintácticas que se sedimentan geográficamente.

La variación diastrática, por su parte, responde a factores socioculturales como la edad, el sexo y, especialmente, el nivel sociocultural de los hablantes. Estos factores generan los denominados sociolectos, formas lingüísticas que marcan la pertenencia a estratos sociales específicos y que pueden reforzar o disminuir el capital social del hablante según el contexto en que se desplieguen. Finalmente, la variación diafásica alude a la plasticidad del discurso en función de la situación comunicativa concreta: el registro, estilo o nivel lingüístico se modula en respuesta a variables como la identidad del interlocutor, la formalidad del contexto, el propósito comunicativo y el estado emocional del hablante.

El dominio de los registros lingüísticos constituye un aspecto central de la competencia comunicativa auténtica. Contrariamente a un prejuicio persistente en la educación tradicional, la riqueza lingüística de un hablante no radica exclusivamente en el uso de un registro elevado o formal, sino en la capacidad de adecuación contextual y en la amplitud del repertorio registral que posee. Un individuo verdaderamente culto es aquel que domina múltiples registros y que logra emplearlos con precisión según las exigencias de cada situación comunicativa. El docente carece, por tanto, de fundamento cuando estigmatiza el lenguaje coloquial o familiar, pues estos constituyen registros legítimos cuyo dominio es imprescindible para la participación plena en la vida social.

1.2. La comprensión de textos orales

La comprensión oral constituye el proceso mediante el cual el receptor capta, procesa e interpreta un conjunto de respuestas verbales acústicamente transmitidas para descodificar su significado y establecer una representación mental coherente del contenido comunicado. Este proceso no es un acto pasivo de simple recepción, sino una actividad cognitiva compleja que requiere la movilización de múltiples niveles de procesamiento lingüístico simultaneados.

Para que la comprensión oral sea posible deben concurrir tres condiciones indispensables: que el receptor domine el código lingüístico del emisor en la medida suficiente para reconocer y procesar sus unidades constitutivas, que posea una motivación que le impulse a mantener la atención y el interés en el contenido del mensaje, y que compartan un conjunto de conocimientos previos que permita al receptor integrar la información nueva en sus esquemas cognitivos preexistentes. La ausencia de cualquiera de estas condiciones compromete la efectividad del acto comunicativo, generando malentendidos, comprensión incompleta o directamente fracaso en la comunicación.

El análisis pormenorizado de la comprensión oral identifica tres niveles de procesamiento que funcionan de manera integrada en el acto de comprensión. El nivel telefónico corresponde al procesamiento de la señal acústica en sus características físicas: frecuencia, duración, intensidad y patrones temporales de los sonidos. El nivel gramatical implica el reconocimiento de unidades lingüísticas complejas dotadas de significado específico, tales como fonemas, morfemas, palabras y estructuras sintácticas. Finalmente, el nivel semántico abarca la integración de la información extraída de los niveles inferiores con el conocimiento previo del receptor, la adecuación de esa información a las condiciones pragmáticas de la situación comunicativa y la formación de la intención que guiará la respuesta.

Estos niveles no operan de manera secuencial y aislada, sino que interactúan continuamente, permitiendo que información de niveles superiores influya retroactivamente en la interpretación de estímulos de niveles inferiores. La percepción del habla constituye la primera etapa en el proceso comprensivo, operando la transformación de una señal acústica compleja en unidades lingüísticas discretas a través de procesos de discriminación y categorización. El receptor realiza una segmentación del flujo fonético continuo, identificando unidades fonológicas que corresponden a patrones mentales almacenados en la memoria a largo plazo. Este proceso ocurre a velocidad extraordinaria y habitualmente fuera de la conciencia del receptor, automatizado casi por completo.

Simultáneamente, el procesamiento fonológico se sintetiza con información procedente de otros niveles: el léxico, las reglas morfosintácticas y los conocimientos semánticos. La comprensión del lenguaje, segunda etapa, supone procesos cognoscitivos de mayor complejidad, integrando múltiples fuentes de información y requiriendo la activación de estructuras conceptuales profundas. Sin embargo, el análisis científico de estos mecanismos revela dificultades fundamentales que han impedido la formulación de un modelo comprehensivo universalmente aceptado: la pluridimensionalidad de la comprensión lingüística, la estrecha interacción de componentes comunicativos, pragmáticos y meramente cognitivos, la naturaleza graduable y difusa de la comprensión misma, y la presencia ubicua de ambigüedad y vaguedad en los significados lingüísticos.

1.3. La expresión de textos orales

La expresión oral se define como la exposición de forma ordenada y coherente del contenido verbal que el emisor desea transmitir a su interlocutor, constituyendo el proceso inverso y complementario a la comprensión. Para que un individuo pueda expresar oralmente un mensaje se requieren dos elementos esenciales e inescindibles: en primer lugar, la existencia de una realidad acerca de la cual el sujeto pueda emitir un mensaje, generalmente una representación mental de conocimientos, sentimientos, intenciones u observaciones; en segundo término, que esa realidad sea formalizada mediante categorías lingüísticas específicas que permitan su transmisión a través del código de la lengua.

La producción de una secuencia de oraciones coherente que constituya un texto o discurso constituye una tarea de complejidad extraordinaria, cuya ejecución requiere la coordinación de una amplia serie de estrategias, reglas, estructuras y categorías organizadas jerárquicamente. El análisis del proceso de producción del habla identifica tres niveles distintos de representación que deben articularse de manera sincronizada para generar un enunciado coherente.

El nivel semántico-pragmático corresponde a la conceptualización del contenido que se desea comunicar, incluyendo ideas, significados, expectativas e intenciones del hablante vinculadas a la situación comunicativa específica. El nivel gramatical implica la codificación de esas representaciones semántico-pragmáticas en estructuras morfosintácticas específicas que la lengua pone a disposición del hablante. El nivel fónico representa la materialización acústica de esas estructuras mediante la emisión de sonidos articulados en palabras y enunciados. Entre estos niveles operan dos etapas de codificación sucesiva: la producción del lenguaje (transcodificación del nivel semántico-pragmático al gramatical) y la codificación fonética (transcodificación del nivel gramatical al fónico, desembocando finalmente en la emisión del discurso).

La etapa de codificación fónica y ejecución motriz implica procesos articulatorios de notable complejidad que raramente alcanzan la conciencia del hablante adulto competente. Supone la elaboración de un programa motor que especifica los movimientos precisos necesarios para la emisión de los sonidos correspondientes a los enunciados previamente codificados, seguida de la ejecución de esos movimientos mediante tres tipos de procesos diferenciados: los procesos respiratorios proveen la corriente de aire necesaria para la vibración de las estructuras fonatorias; los procesos fonatorios, centrados en la laringe y sus cuerdas vocales, generan las vibraciones fundamentales que determinan el tono y la frecuencia del habla; los procesos articulatorios, finalmente, implican la acción coordinada de mecanismos orales y nasales que modulan las vibraciones anteriores.

II. Bases lingüísticas, psicológicas y pedagógicas de los textos orales

2.1. Bases lingüísticas: forma y contenido de la expresión oral

El perfeccionamiento de la lengua oral requiere la atención sistemática a múltiples aspectos que operan simultáneamente en cualquier acto de expresión. Respecto a los aspectos formales, es imprescindible que el hablante desarrolle la capacidad de pronunciar con corrección y claridad fonética, evitando distorsiones que dificulten la percepción de los fonemas. Debe cultivar además la espontaneidad y viveza expresiva, cualidades que confieren naturalidad al discurso y evitan la afectación o la rigidez que ajena al auditorio. La entonación debe ser armoniosa con el contenido comunicado, modulada según la intención ilocutiva del mensaje sin caer en la gesticulación exagerada que puede parecer caricaturesca.

El control del tono de voz, el ritmo de emisión y la posición corporal del propio hablante son elementos que, aunque frecuentemente ignorados en la pedagogía tradicional, ejercen influencia significativa en la efectividad de la comunicación. Respecto a los aspectos de contenido, el hablante debe construir sus mensajes con orden preciso y rigurosa exactitud, destacando la idea central de su argumentación y apoyándola con informaciones secundarias que refuercen la línea argumentativa principal. El contenido debe ser depurado de todos aquellos elementos no directamente vinculados al mensaje que se desea transmitir, pues las digresiones y los incisos laterales fragmentan la atención del auditorio y oscurecen la estructura argumentativa.

Es fundamental el dominio adecuado del tema de la exposición, pues este dominio genera en el hablante la seguridad y la fluidez que caracterizan al orador experimentado, permitiendo además la respuesta improvisada y relevante ante objeciones inesperadas. Ligado a esto se encuentra la necesidad de desarrollar un vocabulario amplio y variado junto con la fluidez de ideas que permite expresar con precisión los conceptos sin necesidad de vacilaciones o repeticiones innecesarias. La riqueza léxica no implica afectación sino el dominio efectivo de la variedad de recursos que la lengua pone a disposición del hablante para expresar matices y graduaciones en el significado.

2.1.1. Expresión oral espontánea: la conversación

La conversación constituye la forma más habitual de expresión oral en la que dos o más interlocutores dialogan para transmitirse mutuamente mensajes de naturaleza diversa. Se trata del acto comunicativo oral más frecuente en las sociedades humanas, aunque su importancia en la pedagogía formal ha sido tradicionalmente subestimada. Las investigaciones sobre la estructura conversacional en español han identificado un conjunto de características definitorias que permiten distinguir la conversación de otras formas de expresión oral. En primer lugar destaca la utilización abundante de elementos deícticos —palabras cuyo referente depende del contexto de enunciación como pronombres demostrativos, adverbios de lugar y tiempo— que presuponen el conocimiento compartido del contexto entre los interlocutores.

La lengua de la conversación posee un carácter fuertemente egocéntrico, empleando la primera persona como punto de referencia constante y como elemento de articulación entre el yo del hablante y el resto del universo discursivo. Otro rasgo esencial es la importancia de la experiencia común de los hablantes, el mundo compartido que constituye el presupuesto fundamental sin el cual la conversación resultaría imposible. Esta comunidad de experiencia permite que muchos enunciados conversacionales sean altamente elípticos, comprimidos y fragmentarios, sin que por ello dejen de ser eficazmente comunicativos. Se observa asimismo un predominio de la función expresiva en los elementos suprasegmentales del habla —la entonación, el acento, la duración— que expresan la actitud emocional y las intenciones del hablante.

2.1.1.1. Estructuras de la conversación según el análisis de Van Dijk

El análisis científico sistemático de la conversación ha generado modelos analíticos de considerable utilidad para la comprensión de su arquitectura. La propuesta más influyente en este dominio procede del investigador holandés Teun A. van Dijk, quien postula la existencia de dos niveles de análisis diferenciados pero integrados. El nivel de la macroestructura se refiere a la conversación considerada como un todo organizacional, en el que aparecen un conjunto de acciones comunicativas de nivel superior. La macroestructura de una conversación debe comportar necesariamente las siguientes categorías jerarquizadas: la preparación, momento en el que se pretende llamar la atención del interlocutor y establecer el canal comunicativo (saludos iniciales, captatio benevolentiae); la apertura, que marca el inicio formal de la interacción y el reconocimiento mutuo de los participantes; la orientación, consistente en una serie de turnos cuya función es preparar temáticamente el asunto que se abordará.

Sigue el objeto o cuerpo de la conversación, la categoría de mayor duración que contiene el desarrollo efectivo del tema, donde se suceden los intercambios sustantivos. Esta fase es seguida por la conclusión, consistente en turnos de palabras cuya misión es el cierre del tema de conversación y la síntesis de lo tratado. Finalmente aparece la terminación, donde emergen las despedidas y los cierres sociales, que revelan la naturaleza de la relación social entre los interlocutores, su grado de formalidad, su proximidad afectiva. El nivel de la microestructura se corresponde con un análisis de menor escala en el que aparecen enunciados individuales relacionados con cada una de las personas que participan en el coloquio. Las unidades fundamentales de análisis en este nivel son los turnos de palabras —repartos alternativos del discurso que especifican quién habla en cada momento y durante qué segmento temporal— y los pares de adyacencia, turnos de palabras emparejados cuyo emparejamiento es exigido por convenciones lingüísticas, lógicas o socioculturales.

2.1.2. Expresión oral técnica: formas elaboradas de discurso oral

La expresión oral técnica se distingue de la conversación espontánea por poseer un carácter más formal, mediante un lenguaje habitualmente de registro culto, bien general o especializado, y por estar sometida a influencias externas de naturaleza metodológica y contextual. Estas formas de expresión oral se rodean de variables contextuales significativas tales como el lugar donde se llevan a cabo, el número de destinatarios, los temas predeterminados a tratar, la metodología prescrita a la que deben someterse y las técnicas específicas con que se realizan. La expresión oral técnica puede clasificarse en dos categorías amplias: la expresión oral colectiva, donde múltiples participantes comparten el acto comunicativo, y la expresión oral individual, donde un único emisor se dirige a un auditorio.

Entre las modalidades de expresión oral colectiva destaca el diálogo ordenado o coloquio, consistente en una conversación en la que intervienen varios participantes con la finalidad de intercambiar impresiones y puntos de vista sobre un tema predeterminado, generalmente bajo la dirección de un moderador que garantiza el orden y la pertinencia de las intervenciones. En el coloquio los participantes opinan con cierta libertad sobre el tema en una situación distendida, abierta y tolerante, aunque con límites establecidos por el moderador. El debate constituye una forma más estructurada en la que varios participantes discuten un tema previamente especificado. A diferencia del diálogo ordenado, en el debate el asunto a discutir es presentado formalmente por un ponente o un moderador, tras cuya exposición los asistentes aportan sus opiniones en formato de intervenciones ordenadas. El debate culmina en conclusiones que resumen y sintetizan las posiciones expuestas, proporcionando así un cierre estructurado a la controversia.

2.1.2.1. Técnicas oratorias y retóricas de la expresión oral

El conocimiento sistemático de las técnicas de la oratoria pertenece a la antigua disciplina de la Retórica, cuyo desarrollo remonta a la antigüedad grecorromana. Las distintas formas oratorias fueron clasificadas clásicamente según su temática y contexto de aplicación en dos categorías amplias: la oratoria religiosa, que abarca todas las manifestaciones de naturaleza religiosa adoptando formas tales como el sermón, la homilía, la plática o la oración fúnebre; y la oratoria profana, que engloba las manifestaciones de la vida social secular. La oratoria profana se subdivide tradicionalmente en tres ramas: la oratoria académica, caracterizada por la conferencia y la charla; la oratoria política, que adopta formas como el mitin, el discurso político o la arenga; y la oratoria forense, propia de contextos judiciales en sus vertientes penal y laboral.

La presentación retóricamente efectiva de argumentos debe ajustarse a ciertos principios fundamentales que la tradición ha identificado. En primer lugar, debe reinar la sencillez y claridad en la exposición de los argumentos, evitando la oscuridad deliberada o la complejidad innecesaria que pueda dificultar la comprensión del auditorio. Es imprescindible la definición previa del sentido de las principales palabras con que se expresan las propias opiniones, especialmente cuando estas palabras poseen polisemia o cuando su significado técnico difiere del significado cotidiano. Debe realizarse una cuidadosa selección de los argumentos según su adecuación a la capacidad intelectual, afectiva y moral del público, procurando encontrar un equilibrio entre la profundidad necesaria y la accesibilidad requerida.

Los objetivos que puede perseguir un orador vienen dados por la función pragmática del discurso: exponer información, convencer de la validez de una postura, distraer o entretener, formar o educar al auditorio, motivar la acción, o crear un estado de opinión colectiva. Cada uno de estos fines requiere técnicas y estrategias específicas diferenciadas. La técnica expositiva prioriza la claridad en la organización jerárquica de las ideas, el orden lógico en la presentación y el esfuerzo continuo por adecuarse al oyente, adoptando un registro lingüístico proporcionado al tema tratado y a la preparación previa del receptor. La técnica de convencimiento o persuasión, por el contrario, requiere la adopción por parte del emisor de una actitud de autoconvencimiento —ya sea real o estratégicamente fingida— basada en el conocimiento profundo del tema.

2.2. Bases psicológicas: procesamiento cognitivo de la lengua oral

El fundamento psicológico de la comprensión lingüística radica en la capacidad del ser humano de procesar información portada por señales sensoriales que constituyen estímulos acústicos o visuales. La psicolingüística contemporánea ha identificado un conjunto de principios psicológicos fundamentales que regulan la comprensión de la lengua oral. El primer principio establece que un hablante es capaz de aislar unidades discretas del flujo fonético continuo de la lengua; dicho en otros términos, el receptor puede segmentar una corriente sonora aparentemente ininterrumpida en unidades significativas diferenciadas. Este logro cognitivo es particularmente notable si consideramos que acústicamente no hay pausas evidentes entre las palabras.

El segundo principio fundamental es el de la categorización, proceso mediante el cual el receptor extrae características invariantes de señales potencialmente variables. Aunque un fonema específico sea pronunciado de maneras acústicamente distintas según el contexto, el ritmo o el hablante, es interpretado psicológicamente como la misma unidad fonológica. Este principio de categorización implica que los sonidos percibidos son continuamente comparados con formas de sonido abstractas o prototipos fonológicos almacenados en la memoria a largo plazo. El procesamiento en este nivel elemental está casi completamente automatizado, ocurriendo a velocidad extraordinaria sin acceso a la conciencia del hablante.

Sin embargo, la categorización no se limita al nivel fonológico sino que opera igualmente en niveles superiores: el reconocimiento de palabras familiares implica asignar una configuración acústica específica a una forma de palabra previamente almacenada; simultáneamente tiene lugar una categorización sintáctica, donde formas de palabras se asignan a categorías sintácticas como artículos, sustantivos o verbos. El tercer principio establece que las unidades se combinan con otras unidades según reglas de combinación que el hablante domina implícitamente, y que esas combinaciones son nuevamente categorizadas como unidades de nivel superior. Un grupo de morfemas puede funcionar, por ejemplo, como el sujeto de una oración, siendo categorizado como sintagma nominal.

2.2.1. Estrategias cognitivas y procesamiento de la información

Además del conocimiento de las reglas de validez general que rigen la lengua, la cognición lingüística requiere el dominio de estrategias específicas para la aplicación eficaz y rápida de esas reglas en tiempo real. Una de las estrategias más ampliamente extendidas se basa en la suposición de que en el uso ordinario de la lengua, el primer constituyente nominal que aparece en una oración actúa habitualmente como sujeto sintáctico y simultáneamente como el tema o tópico de la oración a nivel semántico-textual. Esta estrategia permite la categorización provisional incluso antes de que el resto de la oración haya sido completamente procesado, acelerando de manera considerable la elaboración de la información y favoreciendo una comprensión más rápida. Sin embargo, como todas las estrategias cognitivas, esta no es infalible y puede conducir a malinterpretaciones cuando la oración no se ajusta a este patrón prototípico.

La memoria constituye un componente absolutamente esencial en el procesamiento psicolingüístico del discurso. Durante la elaboración cognitiva de un enunciado, es necesario mantener disponible la información sobre la estructura y la comprensión de palabras o partes de oraciones hasta que esa información sea necesaria, por ejemplo, para establecer las relaciones gramaticales requeridas. Van Dijk distingue fundamentalmente dos tipos de memoria en función de la duración de retención de la información: la memoria a corto plazo, donde la información se retiene solo brevemente, y la memoria a largo plazo, donde la información persiste durante períodos más extensos o incluso indefinidamente.

La información fonológica, morfológica y sintáctica es requerida típicamente solo para la oración en sí y quizá para la oración inmediatamente anterior o posterior; sin embargo, la estructura semántica de una oración debe permanecer disponible durante un tiempo considerablemente más largo para establecer relaciones de cohesión y coherencia textual, permitiendo la transformación de la información en conocimiento conceptual duradero. Por esta razón, al menos una parte sustancial de esta información semántica se transporta a la memoria a largo plazo, también denominada memoria semántica o memoria conceptual. Existe un tercer tipo de memoria psicológicamente distinto llamado memoria episódica, en el cual quedan almacenadas circunstancias específicas: dónde, cuándo y bajo qué condiciones se percibió y comprendió una determinada información.

2.2.2. Marcos conceptuales y organización del conocimiento

Un concepto de particular relevancia para la comprensión de cómo la mente humana procesa la información lingüística es el de marco (frame). Los marcos constituyen la forma fundamental de organización del conocimiento convencionalmente establecido que poseemos del mundo. Representan esquemas mentales para acciones y sucesos complejos que frecuentemente aparecen en la experiencia humana, manifestándose en forma estereotipada. Van Dijk los describe como una estructura de conceptos en la memoria semántica compuesta de proposiciones que se refieren a sucesos o escenarios típicos. Estas proposiciones están organizadas jerárquicamente de tal manera que las propiedades necesarias y comunes de estos sucesos prevalecen sobre las informaciones acerca de detalles subsidiarios o periféricos.

Por ejemplo, el marco de un restaurante incluye conceptos como cliente, mesero, comida, pago; acciones típicas como ordenar, servir, comer; y relaciones entre estos elementos. Cuando escuchamos la palabra restaurante, se activa automáticamente toda esta red de conocimientos, permitiendo que completemos rápidamente la información implícita en los enunciados sobre restaurantes. Los marcos son cognitivamente económicos, reduciendo la cantidad de información que necesita ser procesada conscientemente.

2.3. Bases pedagógicas: la enseñanza de la lengua oral

La actividad lingüística puede considerarse en relación con la didáctica de la lengua tanto como instrumento para la evaluación del aprendizaje como en su condición de objetivo central de la instrucción. Durante décadas ha predominado el modelo didáctico denominado logocentrismo, que descansa sobre un programa de contenidos elaborados fundamentalmente en forma verbal y sobre la actividad lingüística casi exclusiva del profesor, a la que solo ocasionalmente y de manera rígida se suma la actividad lingüística de los alumnos. Este modelo, a pesar de las críticas fundamentadas que ha recibido de la investigación educativa, continúa siendo ampliamente utilizado en contextos educativos tradicionales.

No obstante, la pedagogía contemporánea reclama un giro radical en la enseñanza de la lengua, cuyo objetivo debe ser desplazado hacia la actividad lingüística del alumno como centro. El estudiante debe ser considerado como el agente activo de su propio aprendizaje, y los esfuerzos pedagógicos deben dirigirse a lograr tanto una competencia lingüística suficiente como una realización adecuada de esa competencia en contextos variados. Para alcanzar este objetivo es preciso que el alumno adquiera la habilidad necesaria para hacer un buen uso del lenguaje, tanto en su capacidad receptiva como productiva, en contextos que van desde la intimidad familiar hasta los espacios públicos formales.

El lenguaje debe convertirse en herramienta para la comunicación efectiva con los demás y para la potenciación de la actividad cognitiva del propio estudiante. Debe ocupar un lugar relevante en la enseñanza la habilidad para manejar textos y discursos, bien en su producción (expresión), bien en su comprensión. La psicolingüística inspirada en la teoría de los actos de habla y los modelos comunicativos, junto con las aportaciones de la sociolingüística, han proporcionado análisis profundos de la conversación y del diálogo que resultan imprescindibles en la didáctica actual de la lengua. El análisis de la estructura y del procesamiento del texto, tarea eminentemente interdisciplinar donde colaboran la lingüística textual, la crítica literaria, la psicolingüística y la sociolingüística, debe constituir uno de los ejes fundamentales sobre los que gire la enseñanza contemporánea de la lengua y la literatura.

2.3.1. El diálogo y la conversación como estrategia pedagógica

El medio fundamental y primario de todo intercambio intelectual y afectivo es la conversación, pues nuestros conocimientos y puntos de vista personales se enriquecen esencialmente con los conocimientos y perspectivas propugnados por otros. El docente debe facilitar sistemáticamente la comunicación a través de conversaciones autenticadas, destacando su valor social incuestionable y aprovechando su extraordinaria utilidad educativa. En el seno de la conversación, la interacción que se produce permite modificar, superar y readaptar los enfoques personales no solo por lo que otros expresan verbalmente, sino también por las aportaciones nuevas que debemos formular al argumentar y exponer nuestras propias razones.

Sin embargo, la proliferación de medios audiovisuales ha tendido a minar el hábito de la conversación genuina incluso en contextos familiares, donde el diálogo ha sido parcialmente sustituido por el consumo pasivo de contenidos. Por esta razón adquiere particular importancia el uso de la conversación colectiva en las aulas, fomentando la habilidad conversacional que constituye un bien común fundamental. Es esencial recordar que la modalidad conversacional no es idéntica a un interrogatorio docente, error metodológico frecuente. Cuando los alumnos simplemente responden a un cuestionario prefijado de preguntas del profesor, no están conversando realmente; tampoco hay conversación cuando se yuxtaponen monólogos sin verdadera relación.

En una situación de cuestionario, el profesor ostenta una posición privilegiada pues habla con varios alumnos y varios hablan con él, pero raramente entre ellos; además, es el profesor quien impone la estructura temática de la discusión. Este formato condiciona las respuestas esperadas y permite que alumnos con cierta incapacidad para la conversación auténtica respondan casi automáticamente mediante pensamiento convergente, reproduciendo simplemente los sonidos que el docente espera escuchar. La verdadera conversación exige que se oiga a los demás sin interrumpir e intervenir con auténticas aportaciones cuando estas sean relevantes, demandando esto una notable maduración cognitiva (prestar atención, relacionar ideas), fluidez expresiva considerable y especialmente una maduración emotivo-afectiva que permita la tolerancia, el respeto y la apertura mental.

2.3.2. La controversia como herramienta educativa

Si dejamos de lado las condiciones estructurales que organizan los grupos en las aulas y nos concentramos en las actitudes de los interlocutores ante los temas de conversación, encontramos una forma comunicativa de uso cotidiano pero que fue ampliamente estudiada en las retóricas antiguas y que sin embargo suele ser descuidada en la educación sistemática contemporánea. Nos referimos a la controversia o polémica, forma de discurso que surge cuando se enfrentan dos o más posiciones, concepciones del mundo o vivencias distintas. La lengua oral es frecuentemente de naturaleza apelativa, buscando convencer y persuadir, impulsando que el receptor coincida con las ideas del emisor. Hay situaciones en la vida social donde se enfrentan posiciones fundamentalmente diversas y se entabla una polémica argumentativa.

Sin embargo, si se debate es con la intención de llegar a una síntesis superadora que enriquezca la comprensión de todos los participantes. En el contexto pedagógico, nunca debe permitirse un enfrentamiento agresivo o descalificador; la meta consiste en capacitar al alumno para captar la posible validez relativa de perspectivas distintas a la suya o para matizar su propia posición. Para que la controversia sea verdaderamente fructífera es necesario enseñar explícitamente a los alumnos a fundamentar sus propios criterios, a desenmascarar razonamientos inválidos o falacias lógicas, y a utilizar técnicas argumentativas válidas y rigurosas. La fundamentación de una opinión exige tomar conciencia reflexiva de los motivos por los cuales se asume una postura determinada, se adopta un criterio específico o se propone una solución a un conflicto o problema.

El saber explicitar esos motivos demanda frecuentemente un pensamiento verbal lúcido de considerable complejidad, mecanismo ante el que los adolescentes suelen quedar paralizados, especialmente si la permisividad tanto familiar como escolar los ha acostumbrado a justificaciones triviales del tipo «porque sí». En las prácticas de controversia ordinarias es frecuente observar que se reiteren con distintas palabras las mismas afirmaciones (estrategia que puede ser útil para la comprensión del interlocutor pero que no avanza la discusión), se caiga en contradicciones lógicas, se mezclen inconvenientes con ventajas sin claridad. Para superar estas dificultades, especialmente en fases iniciales cuando estamos ante un tipo de elocución fuertemente condicionado, deben seguirse con cierto rigor ciertas normas explícitas.

La argumentación propiamente dicha se diferencia de la controversia ordinaria en que se aplica a temas que exigen objetividad y fundamentación rigurosa, no a asuntos donde predominan los gustos personales o las posturas irracionales. En la argumentación especializada, los participantes tienen obligación de responder a las objeciones formuladas por sus interlocutores con contraargumentos relevantes y válidos. Dado que nunca se sabe con certeza cuál será la naturaleza exacta de estas objeciones, la argumentación requiere una facilidad notable de réplica rápida, una serenidad expositiva que no deje que las emociones distorsionen el pensamiento, y un procedimiento rigorosamente ordenado que garantice que las premisas sobre las que se construye el razonamiento sean explicitadas y examinadas críticamente. La práctica de la expresión y comprensión oral en todas sus modalidades constituye un elemento fundamental en la enseñanza si se quiere atajar el problema creciente del empobrecimiento lingüístico de las generaciones jóvenes. En las aulas debe ejercitarse la comunicación oral en toda su gama, desde las formas más informales y próximas a la conversación cotidiana hasta aquellas de mayor grado de formalidad, elaboración y tecnicismo.


Bibliografía

Bernárdez, E.: Introducción a la lingüística del texto. Espasa-Calpe, Madrid, 1982. Obra fundamental que proporciona marcos teóricos para el análisis de discursos coherentes más allá de la oración, esencial para comprender la estructura de textos orales complejos.

Corder, S. P.: Introducción a la lingüística aplicada. Limusa, México, 1992. Texto que conecta la teoría lingüística con su aplicación práctica en contextos educativos, particularmente relevante para la enseñanza de lenguas vivas.

Van Dijk, T. A.: La ciencia del texto. Ediciones Paidós, Barcelona, 1989. Obra canónica que sistematiza el análisis del discurso, proporcionando las herramientas conceptuales para comprender la macroestructura y microestructura de conversaciones y textos extensos.

García Padrino, J. y Medina, A. (Dirs.): Didáctica de la lengua y la literatura. Anaya, Madrid, 1989. Manual que integra perspectivas lingüísticas, psicológicas y pedagógicas para la enseñanza de lengua y literatura en contextos escolares formales.

López Morales, H. (Ed.): La enseñanza del español como lengua materna. Actas del II Seminario Internacional sobre «Aportes de la lingüística a la enseñanza del español como lengua materna». Editorial de la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras, 1991. Compilación de aportaciones de especialistas que reflexionan sobre la transferencia de conocimientos lingüísticos hacia la pedagogía de la lengua materna.

López Morales, H. (Ed.): Enseñanza de la lengua materna. Lingüística para maestros de español. Playor, Madrid, 1986. Obra orientada específicamente hacia la formación inicial del profesorado, proporcionando fundamentos lingüísticos aplicables en las aulas.

Tusón, A.: Análisis de la conversación. Editorial Ariel, Barcelona, 1997. Trabajo monográfico dedicado específicamente al análisis de la conversación en español, proporcionando metodologías para el estudio científico del discurso oral espontáneo.

Halliday, M. A. K.: El lenguaje como semiótica social. Fondo de Cultura Económica, México, 1982. Perspectiva sistémica que concibe el lenguaje como acción social, crucial para entender cómo la lengua oral se enmarca en contextos socioculturales específicos.

Grice, H. P.: Lógica y conversación. En La búsqueda del significado. Tecnos, Madrid, 1989. Artículo seminario que establece las máximas conversacionales fundamentales que rigen la comunicación cooperativa, base teórica para comprender cómo funciona realmente el intercambio lingüístico.

Austin, J. L.: Cómo hacer cosas con palabras. Paidós, Barcelona, 1982. Obra fundacional de la teoría de los actos de habla, transformadora de nuestra comprensión de cómo el lenguaje no solo describe sino que realiza acciones en el mundo social.

Autor

  • yo e1742729738464

    Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
    Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!

    Ver todas las entradas

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies