Contenidos del artículo
ToggleLA LENGUA COMO SISTEMA. LA NORMA LINGÜÍSTICA. LAS VARIEDADES SOCIALES Y FUNCIONALES DE LA LENGUA
I. EL SISTEMA DE LA LENGUA: FUNDAMENTOS TEÓRICOS Y EVOLUCIÓN
1.1. De la gramática tradicional a la lingüística moderna
El estudio del lenguaje humano ha experimentado una transformación radical a lo largo de la historia, pasando de ser una disciplina auxiliar de la lógica o la filosofía a constituirse como una ciencia autónoma con objeto y método propios. La gramática tradicional, heredera del pensamiento grecolatino y vigente hasta bien entrado el siglo XIX, se caracterizaba por dos rasgos fundamentales: el normativismo y el logicismo. Por un lado, no se limitaba a describir cómo era la lengua, sino que prescribía cómo debía ser, basándose en criterios de autoridad literaria (el «buen uso») y estigmatizando cualquier desviación como corrupción. Por otro lado, operaba bajo la premisa de que las categorías gramaticales eran un reflejo directo de las categorías lógicas del pensamiento universal, subordinando el análisis lingüístico a esquemas extralingüísticos preestablecidos.
El siglo XIX trajo consigo el advenimiento de la gramática histórico-comparada, impulsada por el descubrimiento del sánscrito y las relaciones de parentesco entre las lenguas indoeuropeas. Autores como Franz Bopp o Rasmus Rask desplazaron el foco de atención hacia la evolución diacrónica de las lenguas y las leyes fonéticas que rigen sus cambios. Sin embargo, esta perspectiva, aun siendo más científica, seguía considerando la lengua como un producto del «espíritu del pueblo» (Volksgeist) o como un organismo vivo sujeto a leyes naturales, sin llegar a explicar la naturaleza interna de su funcionamiento en un momento dado. La lengua seguía siendo un medio para estudiar la historia o la psicología de los pueblos, no un fin en sí misma.
La verdadera revolución copernicana en los estudios del lenguaje se produce a principios del siglo XX con la figura del ginebrino Ferdinand de Saussure. Su Curso de lingüística general (1916) marca el nacimiento de la lingüística moderna al postular la necesidad de estudiar la lengua de manera inmanente, es decir, «en sí misma y por sí misma». Saussure rompe con la tradición historicista y atomística anterior para proponer un enfoque estructural: la lengua no es un mero inventario o nomenclatura de palabras que corresponden a cosas, sino un sistema de signos interdependientes donde el valor de cada elemento no reside en su sustancia física o conceptual, sino en las relaciones de oposición que mantiene con los demás elementos del sistema.
1.2. La teoría del signo y las dicotomías saussureanas
La piedra angular del estructuralismo es la definición del signo lingüístico como una entidad psíquica de dos caras, indisolublemente unidas como el anverso y el reverso de una hoja de papel. Estos dos componentes son el significante (imagen acústica) y el significado (concepto). Es crucial entender que el significante no es el sonido físico, sino la huella psíquica de ese sonido, y el significado no es la cosa real (el referente), sino la representación mental de la misma. La relación entre ambos es arbitraria o inmotivada; no existe ninguna razón natural para que el concepto de «árbol» se asocie a la secuencia fónica /á-r-b-o-l/ y no a otra, como demuestra la diversidad de lenguas en el mundo.
Otra dicotomía fundamental establecida por Saussure es la distinción entre Lengua (Langue) y Habla (Parole). La Lengua es el sistema de signos, el código social compartido por la comunidad que reside en la mente de todos los hablantes; es un producto social, psíquico, pasivo y esencial. El Habla, por el contrario, es el acto individual de voluntad e inteligencia mediante el cual el hablante utiliza el código de la lengua para expresar su pensamiento; es psicofísica, activa, momentánea y accesoria. La lingüística propiamente dicha debe ocuparse del estudio de la Lengua (el sistema constante), mientras que el estudio del Habla corresponde a una disciplina distinta, centrada en la ejecución variable.
Además, el sistema lingüístico se define por su carácter opositivo. Saussure afirma tajantemente que «en la lengua no hay más que diferencias». Un signo no se define por su contenido positivo, sino negativamente por lo que no es. El fonema /b/ existe en español porque se opone a /p/, /m/, /g/, etc.; si esta oposición desapareciera, la identidad del fonema se diluiría. Este concepto de valor lingüístico es similar al valor de una pieza de ajedrez: un caballo no se define por el material del que está hecho (madera, marfil), sino por su posición en el tablero y los movimientos que puede realizar en oposición a las otras piezas. Si sustituimos una pieza perdida por un tapón de corcho, el valor sigue siendo el mismo siempre que se le atribuyan las mismas funciones.
1.3. Relaciones sintagmáticas y paradigmáticas
El funcionamiento del sistema lingüístico se articula a través de dos tipos de relaciones que operan simultáneamente en la mente del hablante. Las relaciones sintagmáticas se establecen in praesentia, es decir, entre elementos que coexisten en la cadena hablada. Debido al carácter lineal del significante (que se desarrolla en el tiempo y no puede ser pronunciado simultáneamente), los elementos deben ordenarse uno tras otro. Estas combinaciones, denominadas sintagmas, están regidas por reglas de compatibilidad y orden. Por ejemplo, en «el niño corre», existe una relación sintagmática de concordancia y orden entre el artículo, el sustantivo y el verbo.
Por otro lado, las relaciones paradigmáticas (o asociativas, en términos de Saussure) se dan in absentia, vinculando el signo presente con otros signos que no están en el discurso pero que podrían haber ocupado su lugar por tener afinidad semántica o funcional. Forman series mnemotécnicas virtuales. En la frase anterior, «niño» se asocia paradigmáticamente con «hombre», «muchacho», «perro» (conmutación léxica) o con «los niños» (conmutación morfológica). Estas relaciones forman el eje de la selección, mientras que las sintagmáticas forman el eje de la combinación. La producción del habla consiste precisamente en seleccionar elementos del paradigma y combinarlos en el sintagma.
La comprensión de estos dos ejes es vital para el análisis estructural. Una unidad lingüística solo se puede describir exhaustivamente si definimos sus posibilidades combinatorias (distribución sintagmática) y sus oposiciones funcionales (valor paradigmático). Por ejemplo, un adjetivo en español se define sintagmáticamente por su capacidad de modificar al sustantivo y concordar con él, y paradigmáticamente por oponerse a otros adjetivos en escalas de antonimia o gradación. Cualquier alteración en uno de los ejes repercute inevitablemente en el equilibrio del sistema global.
1.4. Escuelas estructuralistas post-saussureanas
El legado de Saussure fructificó en diversas escuelas que desarrollaron y matizaron sus postulados. El Círculo Lingüístico de Praga, fundado en 1926, introdujo la perspectiva funcionalista. Figuras como Nikolái Trubetzkoy y Roman Jakobson se centraron no solo en la estructura, sino en la función que cumplen los elementos dentro del sistema de comunicación. Su mayor aportación fue la creación de la fonología como disciplina diferenciada de la fonética, estableciendo conceptos clave como la oposición privativa, gradual y equipolente, así como la noción de marca y neutralización.
Paralelamente, la Glosemática de Copenhague, liderada por Louis Hjelmslev, llevó el estructuralismo a su máxima abstracción lógica. Hjelmslev propuso una teoría algebraica del lenguaje, distinguiendo entre plano de la expresión y plano del contenido, y dentro de cada uno, entre forma y sustancia. Para la glosemática, lo único esencial en la lengua es la forma (la red de relaciones), siendo la sustancia (el sonido físico o el pensamiento psicológico) algo externo a la definición lingüística pura. Esta visión formalista radical influyó notablemente en la semiótica posterior.
En Estados Unidos, el estructuralismo siguió un camino propio, marcado por el conductismo y el pragmatismo. Leonard Bloomfield y sus seguidores (el distribucionalismo) desarrollaron métodos rigurosos para el análisis de lenguas indígenas no escritas, prescindiendo del significado (considerado mentalista y no observable) y centrándose exclusivamente en la distribución formal de los constituyentes. Este enfoque mecanicista dominó la lingüística norteamericana hasta la llegada de la Gramática Generativa de Noam Chomsky en los años 50, que cambió el foco del sistema estático (estructura) a la capacidad creativa de la mente humana (competencia).
II. NIVELES DE ANÁLISIS LINGÜÍSTICO
2.1. El nivel fonológico: rasgos distintivos y procesos
El nivel fonológico constituye la base material del sistema lingüístico, ocupándose de la segunda articulación del lenguaje. Es fundamental distinguir entre fonética y fonología. La fonética estudia los sonidos desde el punto de vista físico y fisiológico (alófonos), mientras que la fonología estudia los fonemas, que son modelos mentales abstractos con capacidad distintiva. El fonema no tiene significado por sí mismo, pero permite diferenciar significados. Esta propiedad se verifica mediante la prueba de la conmutación o pares mínimos: si al cambiar /p/ por /b/ en «pata» obtenemos «bata» (una palabra distinta), confirmamos que /p/ y /b/ son fonemas distintos en español.
Los fonemas no son átomos indivisibles, sino haces de rasgos distintivos simultáneos. Según la teoría de Jakobson y el Círculo de Praga, cada fonema se define por una serie de elecciones binarias (presencia/ausencia) de propiedades articulatorias o acústicas. Por ejemplo, el fonema /d/ en español se define por ser [+consonántico], [+dental], [+sonoro] y [-nasal]. La oposición entre /d/ y /t/ se basa únicamente en el rasgo de sonoridad. Cuando esta oposición deja de ser pertinente en determinado contexto (como la diferencia entre la *r* simple y múltiple a final de sílaba), se produce una neutralización, y la unidad resultante que solo posee los rasgos comunes se denomina archifonema.
Además de los fonemas (segmentos), el sistema incluye elementos suprasegmentales o prosodemas que afectan a secuencias mayores. El acento en español tiene valor fonológico libre y distintivo, permitiendo diferenciar palabras idénticas segmentalmente (cántara/cantara/cantará). La entonación, por su parte, cumple funciones demarcativas y modales, distinguiendo entre enunciados aseverativos, interrogativos y exclamativos. La curva melódica o tonema final es la clave para la interpretación de la modalidad oracional, siendo un elemento esencial de la sintaxis oral.
2.2. El nivel morfológico: estructura interna y formación
El nivel morfológico se ocupa de la primera articulación del lenguaje, donde las unidades ya poseen significado. La unidad mínima significativa es el monema (término de André Martinet), que se subdivide en lexemas (portadores del significado léxico o conceptual) y morfemas (portadores del significado gramatical o relacional). El análisis morfológico descompone las palabras en estas unidades constituyentes. Por ejemplo, en «niñas», identificamos el lexema niñ- y los morfemas flexivos -a (género) y -s (número). Es importante notar que los morfemas pueden ser libres (como las preposiciones) o trabados (afijos).
Los morfemas gramaticales permiten la flexión, que adapta la palabra a su función sintáctica sin cambiar su categoría ni su significado esencial. El sistema verbal español es particularmente rico en morfemas flexivos de amalgama, donde una sola terminación (como -ó en cantó) codifica simultáneamente tiempo, modo, aspecto, persona y número. Por el contrario, la morfología derivativa permite la creación de nuevas palabras mediante prefijación, sufijación o parasíntesis, alterando a menudo la categoría gramatical (de nación a nacional) o el matiz semántico.
Un fenómeno clave en morfología es la alomorfía, que es la variación formal de un mismo morfema condicionada por el contexto. El morfema de plural en español tiene los alomorfos /-s/ (tras vocal átona: casas) y /-es/ (tras consonante: árboles). Casos más extremos incluyen la supleción, donde lexemas totalmente distintos completan un paradigma (como ir / fui), desafiando la regularidad del sistema pero manteniendo la coherencia funcional. La morfología no es estática; es el motor de la productividad léxica, permitiendo al hablante generar términos nuevos (neologismos) aplicando reglas combinatorias recursivas.
2.3. El nivel sintáctico: funciones y combinatoria
La sintaxis estudia los modos en que las palabras se agrupan para formar unidades superiores de significación. La unidad básica de análisis sintáctico es el sintagma, un grupo de palabras articuladas en torno a un núcleo que desempeña una función unitaria. Los sintagmas pueden ser endocéntricos, cuando la distribución del conjunto es equivalente a la de su núcleo (un sintagma nominal funciona como un nombre), o exocéntricos, cuando el conjunto funciona de manera distinta a sus partes (como el sintagma preposicional, que no funciona como una preposición sino como un adjetivo o adverbio).
El análisis funcionalista concibe la oración como una estructura de dependencias. El verbo actúa como el núcleo central del predicado, exigiendo ciertos argumentos (valencia verbal) para completar su significado. Así, un verbo como «dar» exige tres argumentos (quién da, qué da, a quién da), que se materializan sintácticamente en sujeto, objeto directo y objeto indirecto. Las funciones sintácticas no son categorías absolutas de las palabras, sino roles relacionales que los sintagmas desempeñan en el marco de la oración concreta.
La Gramática Generativa introdujo una visión dinámica de la sintaxis, distinguiendo entre estructura profunda (la representación semántica lógica) y estructura superficial (la oración pronunciada). Las transformaciones son las operaciones que convierten una en otra. Esta perspectiva explica fenómenos como la ambigüedad estructural («La crítica de Cervantes» puede significar que Cervantes critica o que es criticado) y la recursividad, propiedad exclusiva del lenguaje humano que permite incrustar oraciones dentro de oraciones indefinidamente («Dice que cree que Juan piensa que…»), revelando la capacidad infinita del sistema sintáctico a partir de elementos finitos.
2.4. El nivel léxico-semántico: estructura del significado
Si bien el léxico es el nivel más abierto y cambiante, el estructuralismo demostró que también posee organización sistémica. La semántica estructural aplica el análisis componencial a los significados. Un semema (el significado de una palabra) se descompone en rasgos mínimos de significación llamados semas. Por ejemplo, «silla» contiene los semas [+asiento], [+para una persona], [+con respaldo], [+con patas]. Estos semas permiten establecer relaciones de oposición e inclusión dentro de campos semánticos, conjuntos de palabras que comparten una zona de significación común (el campo de los «asientos»).
Las relaciones semánticas estructuran el vocabulario mental de los hablantes. La sinonimia (identidad de significado), antonimia (oposición), hiponimia (inclusión de un término específico en uno general, como «rosa» en «flor») y polisemia (pluralidad de significados de un mismo significante) tejen una red compleja de asociaciones. Coseriu distinguió entre significación (valor dentro del sistema) y designación (referencia a la realidad extralingüística). El significado es un hecho de lengua intralingüístico; la designación es un hecho de habla que conecta el lenguaje con el mundo.
El cambio semántico obedece a causas psicológicas, sociales o históricas. Metáforas (semejanza) y metonimias (contigüidad) son mecanismos cognitivos constantes que expanden el significado de las palabras. Por ejemplo, «ratón» (animal) pasa a designar un dispositivo informático por semejanza formal. Este dinamismo semántico permite que la lengua se adapte a nuevas realidades sin necesidad de crear constantemente nuevas raíces léxicas, demostrando la economía y flexibilidad del sistema.
III. LA NORMA LINGÜÍSTICA: NATURALEZA Y FUNCIÓN
3.1. La distinción tripartita de Coseriu: Sistema, Norma y Habla
La dicotomía saussureana de Lengua/Habla se reveló insuficiente para explicar ciertos fenómenos de constancia que no eran estrictamente funcionales. En 1952, Eugenio Coseriu perfeccionó el modelo introduciendo un tercer término intermedio: la Norma. Para Coseriu, el Sistema es el conjunto de posibilidades funcionales, las «leyes» abstractas que permiten la comunicación (lo que se puede decir). La Norma, en cambio, es el conjunto de realizaciones obligadas socialmente, las selecciones que la comunidad ha hecho históricamente de entre las posibilidades del sistema (lo que se dice habitualmente). El Habla sigue siendo la realización individual concreta.
Esta distinción es crucial para entender la corrección lingüística. Una expresión puede ser correcta según el sistema pero incorrecta según la norma. Por ejemplo, la forma verbal «andé» (por anduve) es sistemáticamente irreprochable, pues sigue la analogía regular de la primera conjugación (canté, amé, soñé). El sistema permite su formación. Sin embargo, la norma social ha seleccionado la forma irregular etimológica «anduve» y sanciona «andé» como vulgarismo. La norma actúa, pues, como un filtro cultural y tradicional que restringe las libertades combinatorias del sistema abstracto, imponiendo usos preferentes que cohesionan a la comunidad.
La norma no es inmutable; es el producto de un equilibrio histórico. Lo que hoy es norma, ayer pudo ser una innovación individual rechazada. El cambio lingüístico comienza siempre en el habla (innovación), se difunde, vence la resistencia de la norma antigua y termina convirtiéndose en nueva norma. Si este cambio afecta a las oposiciones funcionales, acaba modificando el sistema. Por tanto, la norma es el aspecto estático y social de la lengua en un momento dado, pero es también el escenario dinámico donde se juega la evolución del idioma.
3.2. Tipología de normas: prescriptiva vs. descriptiva
Es necesario distinguir entre dos sentidos del término norma. La norma consuetudinaria (u objetiva) es simplemente el promedio estadístico de uso, lo que es normal en una comunidad (por ejemplo, el seseo es norma en Andalucía y América). La norma prescriptiva (o académica) es un modelo idealizado, codificado en gramáticas y diccionarios, que se propone como patrón de corrección y prestigio. Esta norma culta se basa generalmente en el uso de los escritores y la gente educada, y sirve para la enseñanza, la administración y los medios de comunicación.
El concepto de «corrección» no es lingüístico en sentido estricto, sino sociológico. Ninguna forma es intrínsecamente mejor que otra; «haiga» es tan eficaz comunicativamente como «haya». Sin embargo, la sociedad atribuye prestigio a ciertas formas y estigma a otras. La norma prescriptiva cumple una función social vital: mantener la unidad del idioma por encima de la fragmentación dialectal. Sin un estándar de referencia, la intercomprensión a larga distancia y a través del tiempo se vería comprometida. La tensión entre la fuerza centrífuga del habla local y la fuerza centrípeta de la norma culta garantiza la estabilidad del idioma.
En la lingüística moderna, se prefiere hablar de adecuación más que de corrección absoluta. Un uso puede ser inadecuado en un contexto formal (un examen) pero perfectamente adecuado en otro informal (una charla de bar). La competencia comunicativa de un hablante se mide por su capacidad para manejar diversas normas (o registros) y saber cuál aplicar en cada situación. El purismo extremo, que ignora la realidad del uso y condena todo cambio, es una postura anticientífica, pero el «todo vale» impide la enseñanza de un modelo común necesario para la vida pública.
3.3. La norma policéntrica del español
Históricamente, la norma del español se identificó con el uso de la corte de Madrid y el castellano septentrional. Sin embargo, la realidad demográfica actual, con más del 90% de hispanohablantes en América, ha obligado a un cambio de paradigma. La Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) ha adoptado una política panhispánica que reconoce el carácter policéntrico de la norma. Ya no existe un único centro irradiador de corrección; existen varios centros de prestigio (Madrid, Ciudad de México, Bogotá, Buenos Aires, etc.) con sus propias normas cultas válidas.
Esta visión se refleja en obras como la Nueva gramática de la lengua española (2009), que describe no solo el español peninsular, sino todas las variedades cultas del mundo hispánico. Se acepta, por ejemplo, que el voseo es norma culta en el Río de la Plata, aunque no lo sea en España. La unidad del español no se basa en la uniformidad, sino en la compatibilidad de sus normas cultas. El concepto de «español neutro» o estándar internacional es una abstracción útil para los medios globales, construida sobre los rasgos comunes a todas las normas cultas, eliminando los marcadores dialectales demasiado locales.
La gestión de la norma en el siglo XXI enfrenta nuevos retos con la comunicación digital. Las redes sociales e Internet aceleran la difusión de neologismos y calcos (especialmente del inglés), poniendo a prueba la capacidad de adaptación de la norma académica. Las instituciones normativas han pasado de una actitud de «policía del lenguaje» a una de «notario del uso», observando las tendencias y consolidando solo aquellas que arraigan en el uso culto general, en un intento de armonizar la tradición con la inevitable evolución de la sociedad de la información.
IV. LAS VARIEDADES DE LA LENGUA: UN ENFOQUE SOCIOLINGÜÍSTICO
4.1. La sociolingüística y la noción de variable
Hasta mediados del siglo XX, la lingüística idealizaba al «hablante-oyente ideal» en una comunidad homogénea. Sin embargo, la realidad es que la lengua es intrínsecamente variable. La sociolingüística, impulsada por William Labov en los años 60, demostró que la variación no es caótica ni libre, sino que está correlacionada sistemáticamente con factores sociales. Surge así el concepto de variable sociolingüística: un rasgo lingüístico que puede manifestarse de formas diferentes (variantes) sin alterar el significado referencial, y cuya elección depende de factores extralingüísticos como la edad, el sexo, la clase social o el estilo.
La variación es el mecanismo visible del cambio lingüístico en marcha. Cuando una variante (por ejemplo, la pronunciación aspirada de la -s) empieza a asociarse con un grupo de prestigio o, por el contrario, con la solidaridad de grupo, su frecuencia de uso cambia. Labov distinguió entre cambio desde arriba (consciente, imitando el modelo de prestigio) y cambio desde abajo (inconsciente, surgido en las clases bajas). El estudio de estas dinámicas permite entender por qué las lenguas se diversifican y cómo la identidad social se construye a través del discurso.
4.2. Variación diatópica: el continuo dialectal
La variación en el espacio geográfico se denomina diatópica y da lugar a los dialectos. Es fundamental desmontar el prejuicio jerárquico: lingüísticamente, toda lengua es un dialecto (o conjunto de dialectos) y todo dialecto es un sistema lingüístico completo. La distinción entre lengua y dialecto es de orden sociopolítico e histórico, no estructural. Una «lengua» suele ser un dialecto que ha sido estandarizado, posee una tradición escrita literaria y administrativa, y sirve de vehículo de comunicación supradialectal. El dialecto, en uso corriente, se refiere a las variedades geográficas orales sin dicha normalización.
En la realidad, las fronteras dialectales raramente son nítidas. Lo que encontramos es un continuum dialectal donde los rasgos cambian gradualmente de un pueblo a otro (isoglosas). En España, por ejemplo, el paso del castellano norteño al andaluz no se produce en una línea abrupta, sino a través de una zona de transición manchega y extremeña donde los rasgos meridionales (yeísmo, aspiración) van apareciendo progresivamente. La dialectología estudia estas distribuciones trazando atlas lingüísticos que cartografían la riqueza patrimonial de la variación espacial.
4.3. Variación diastrática: sociolectos y códigos
La variación diastrática se refiere a las diferencias en el uso de la lengua según el estrato sociocultural de los hablantes, dando lugar a los sociolectos. Factores como el nivel educativo, la profesión y el entorno económico determinan el acceso a la norma culta. El sociólogo Basil Bernstein propuso la distinción entre código elaborado y código restringido. El código elaborado (propio de las clases medias e instruidas) se caracteriza por una sintaxis compleja, un léxico preciso y variado, y una planificación discursiva que permite la abstracción y la descontextualización. El código restringido (clases desfavorecidas) depende más del contexto inmediato, usa frases cortas, muletillas y un léxico repetitivo.
El nivel vulgar se sitúa en el extremo bajo del espectro diastrático. Se caracteriza por la trasgresión sistemática de la norma académica debido a una carencia de instrucción. Fenómenos como las metatesis («cocreta», «Gabyriel»), las regularizaciones analógicas excesivas («ponido», «rompido»), la confusión de prefijos («antiojos») o los laísmos extremos marcan este nivel. Es vital diferenciar el vulgarismo (error por ignorancia) del rasgo dialectal o coloquial. El uso del sociolecto vulgar puede actuar como barrera social, perpetuando la desigualdad al limitar el acceso a puestos de trabajo o espacios de poder que requieren el dominio del estándar.
4.4. Variación diafásica: el registro y la adecuación
Finalmente, la variación diafásica depende de la situación comunicativa. El mismo hablante no habla igual en una conferencia académica que en una cena familiar. Estas variedades situacionales se denominan registros. La elección del registro viene determinada por tres factores principales: el campo (el tema tratado: técnico vs. cotidiano), el tenor (la relación entre interlocutores: jerárquica vs. solidaria) y el modo (el canal: oral vs. escrito). La competencia diafásica es la habilidad de moverse a lo largo del espectro formalidad-informalidad adecuadamente.
Dentro de las variedades funcionales, encontramos las lenguas especiales. Las jergas profesionales o tecnolectos (médica, jurídica, informática) buscan la precisión unívoca y la economía comunicativa entre especialistas, caracterizándose por un léxico específico (tecnicismos) y una sintaxis objetiva. Por otro lado, los argots o jergas de grupo (juvenil, delincuencial) tienen una función críptica y de cohesión identitaria. Buscan diferenciarse de la sociedad mayoritaria mediante un léxico cambiante, metafórico y expresivo («buga» por coche, «molar» por gustar), actuando como contraseña de pertenencia al grupo («nosotros» frente a «ellos»).
BIBLIOGRAFÍA
- ALARCOS LLORACH, E.: Gramática de la lengua española. Madrid, Espasa-Calpe, 1994. Obra de referencia que aplica el funcionalismo estructural a la descripción del español moderno.
- CHOMSKY, N.: Aspectos de la teoría de la sintaxis. Madrid, Aguilar, 1976. Obra fundamental para comprender el giro generativista y los conceptos de competencia y actuación.
- COSERIU, E.: Teoría del lenguaje y lingüística general. Madrid, Gredos, 1982. Texto capital donde se formula la distinción tripartita sistema/norma/habla y se profundiza en la semántica estructural.
- HJELMSLEV, L.: Prolegómenos a una teoría del lenguaje. Madrid, Gredos, 1971. La exposición más rigurosa de la glosemática y del análisis formal de la estructura lingüística.
- LABOV, W.: Modelos sociolingüísticos. Madrid, Cátedra, 1983. Estudio pionero que establece las bases metodológicas para el análisis de la variación y el cambio lingüístico en su contexto social.
- LÓPEZ MORALES, H.: Sociolingüística. Madrid, Gredos, 2004. Manual exhaustivo que revisa las principales teorías y aplicaciones de la disciplina en el ámbito hispánico.
- MARTINET, A.: Elementos de lingüística general. Madrid, Gredos, 1974. Texto clásico que desarrolla el concepto de la doble articulación y la economía de los cambios fonéticos.
- MORENO FERNÁNDEZ, F.: Principios de sociolingüística y sociología del lenguaje. Barcelona, Ariel, 1998. Visión panorámica y didáctica de las relaciones entre lengua y sociedad con numerosos ejemplos del español.
- REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Nueva gramática de la lengua española. Madrid, Espasa, 2009. El compendio normativo y descriptivo más actual que refleja la unidad y variedad del español panhispánico.
- SAUSSURE, F. de: Curso de lingüística general. Madrid, Alianza, 1983. La obra fundacional de la lingüística moderna, imprescindible para entender los conceptos de signo, sistema y estructura.
Pulsa para más...
Te interesará para tus clases.
Autor
-
Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!
Ver todas las entradas





