La prosa castellana y la historiografía medieval. 2026

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By Víctor Villoria

Contenidos

La prosa castellana y la historiografía entre la Edad Media tardía y el primer Renacimiento

I. Desarrollo de contenidos

1.1. Rasgos generales de la prosa del siglo XV

La prosa castellana del siglo XV se configura en un momento de intensa mutación cultural. Frente a la relativa sobriedad de la centuria precedente, los escritores incorporan un nuevo gusto por el aparato retórico, por la frase amplia y por la imitación de modelos latinos. Este cambio no debe entenderse como simple artificio externo, sino como síntoma de una nueva conciencia estilística, vinculada al prestigio de la Antigüedad y al ascenso de los ambientes cortesanos letrados. La lengua escrita busca elevarse, dignificarse y distinguirse, aunque a veces incurra en una afectación que delata una asimilación todavía incompleta del legado clásico.

En ese proceso, el vocabulario se llena de latinismos, la sintaxis se vuelve más compleja y el período oracional adquiere amplitud, con abundancia de hipérbatos, paralelismos y construcciones binarias. Tales recursos responden a una estética de la gravedad y de la pompa, pero también a la voluntad de dotar a la prosa de dignidad humanística. El fenómeno, sin embargo, no es uniforme. Junto a la tendencia cultista emerge otra que reivindica el refrán, la viveza coloquial y el pulso oral de la lengua común, de modo que la literatura del periodo se define, en buena medida, por la coexistencia de erudición y popularismo.

La tensión entre ambas direcciones produce resultados estéticos de extraordinario interés. Allí donde la prosa culta cae en el exceso, se advierte la inseguridad de un sistema expresivo en formación; allí donde se armonizan lo selecto y lo familiar, surge una de las mayores conquistas de la centuria. Este equilibrio será decisivo para el desarrollo ulterior de la literatura castellana, pues prepara el terreno para formas más flexibles, aptas tanto para el análisis sentimental como para la sátira social y la representación dramática. El siglo XV constituye, por ello, un laboratorio de modernización literaria.

Desde una perspectiva histórica amplia, esta renovación prosaica coincide con la difusión del humanismo, aunque todavía en una fase inicial y desigual. No se trata aún del humanismo filológico plenamente asentado, sino de un movimiento de aproximación a los clásicos, de curiosidad intelectual y de reformulación de géneros heredados. La prosa castellana del cuatrocientos participa así de un momento bisagra: conserva hábitos medievales, pero anuncia ya preocupaciones renacentistas, especialmente en la valoración del autor, en la estilización del discurso y en la creciente atención a la interioridad y a la experiencia histórica.

1.2. La didáctica durante el reinado de Juan II

La prosa didáctica del reinado de Juan II no puede reducirse a la mera transmisión de enseñanzas morales. Aunque conserva la finalidad ejemplar propia de la tradición medieval, incorpora una nueva complejidad intelectual y formal. Los autores ya no se limitan a compilar autoridades, sino que reelaboran materiales diversos, los interpretan desde su tiempo y los presentan mediante un lenguaje que aspira a la distinción. En este contexto, la didáctica se convierte en un espacio privilegiado para observar la transición entre la moralización medieval y el prehumanismo cortesano.

Durante este periodo, los escritos doctrinales muestran una notable amplitud temática: ética, política, astrología, costumbres, urbanidad, comportamiento amoroso o educación caballeresca. Tal diversidad responde a una sociedad cortesana que necesita ordenar simbólicamente sus prácticas y legitimar sus valores. La didáctica no solo instruye, sino que clasifica el mundo, define jerarquías y propone modelos de conducta. Por ello, incluso los textos aparentemente más librescos encierran una lectura social precisa y se vinculan con la consolidación de nuevas formas de sociabilidad aristocrática.

Enrique de Villena representa el polo erudito de esa tendencia, con su curiosidad por las ciencias, la mitología y las traducciones; el Arcipreste de Talavera, en cambio, encarna una modalidad más pegada a la experiencia concreta y a la oralidad. Entre ambos se dibuja el arco completo del periodo: de un lado, la apropiación de los saberes antiguos bajo esquemas medievales; de otro, la captación de la vida cotidiana mediante procedimientos satíricos y expresivos de gran novedad. La didáctica se sitúa así en el centro de una evolución que afecta tanto a la lengua literaria como a la visión del hombre.

Esa evolución permite entender por qué muchos textos didácticos del siglo XV poseen un valor literario superior al estrictamente doctrinal. El contenido moral se convierte con frecuencia en pretexto para desplegar retratos, escenas, debates o exempla de intensa fuerza verbal. El género, lejos de agotarse en la enseñanza abstracta, se abre a la complejidad psicológica y al dinamismo conversacional. Desde esta perspectiva, la didáctica del reinado de Juan II no es un residuo del pasado, sino una de las vías más eficaces de transformación de la prosa castellana.

1.3. Enrique de Villena y el prehumanismo castellano

La figura de Enrique de Villena ocupa una posición singular en las letras castellanas del siglo XV. Su fama se alimentó tanto de sus escritos como de la leyenda de mago y de sabio heterodoxo que lo rodeó ya en vida. Este halo legendario no debe ocultar lo esencial: nos hallamos ante un autor de enorme curiosidad, abierto a disciplinas diversas y decisivo en la introducción de nuevos intereses culturales. Su obra ilustra bien una forma de humanismo inicial que aún no ha roto del todo con los supuestos mentales de la Edad Media.

Los Doce trabajos de Hércules constituyen un ejemplo elocuente. Villena maneja un tema mitológico de ascendencia clásica, pero no lo contempla desde una sensibilidad estética autónoma, sino como soporte de exégesis moral y alegórica. La mitología se somete todavía a una lectura ejemplarizante, destinada a mostrar el triunfo de la virtud sobre el vicio y a ofrecer modelos adaptables a distintas condiciones sociales. Esto revela un estadio intermedio: los antiguos proporcionan materiales prestigiosos, aunque todavía no se los asimile con la plena libertad poética que caracterizará al Renacimiento maduro.

A la vez, Villena desempeña un papel muy relevante como mediador cultural. Sus versiones de la Eneida y de la Divina Comedia, aunque imperfectas, abrieron camino a una recepción castellana de grandes textos que iban a resultar fundamentales para los humanistas posteriores. La importancia histórica de estas traducciones supera sus limitaciones filológicas: ponen en circulación nuevos horizontes de lectura y consolidan la idea de que la lengua castellana puede aspirar a vehicular contenidos de alto prestigio cultural. En este sentido, Villena es un agente clave de la transferencia humanística.

También sus tratados menores, desde el Arte cisoria hasta los escritos astrológicos y supersticiosos, revelan un temperamento intelectual típicamente fronterizo. En ellos conviven la observación práctica, la erudición, la fantasía y una confianza aún no depurada en saberes mixtos, situados entre ciencia y creencia. Esa mezcla, lejos de disminuir su valor, lo convierte en testimonio privilegiado de una época que aún no ha separado con nitidez los dominios del conocimiento. Villena representa, por tanto, la riqueza contradictoria del prehumanismo castellano.

1.4. El Arcipreste de Talavera y el realismo verbal

Alfonso Martínez de Toledo, conocido como Arcipreste de Talavera, constituye una de las voces más poderosas y originales de la prosa castellana del siglo XV. Su obra capital, el Corbacho o Reprobación del amor mundano, se presenta externamente como tratado moral y sátira antifemenina; sin embargo, su verdadera trascendencia literaria reside en la energía del lenguaje, en la viveza de la observación y en la capacidad para transformar la prédica en espectáculo verbal. Bajo la severidad doctrinal se despliega un vasto repertorio de escenas, retratos y modulaciones de habla popular.

El autor conoce minuciosamente las costumbres de su tiempo: trajes, afeites, tretas amorosas, discusiones domésticas, supersticiones y formas de sociabilidad urbana. Esa materia concreta se integra en una prosa torrencial, cargada de refranes, enumeraciones, exclamaciones y giros familiares, que produce un efecto de inmediatez insólito para la época. No es exagerado afirmar que en el Arcipreste comparece por primera vez, con pleno vigor, una escritura capaz de elevar al rango de arte la lengua de la conversación, de la plaza y del mercado. De ahí el concepto de realismo verbal.

Conviene, sin embargo, evitar lecturas simplificadoras. El Arcipreste no es solo un observador festivo; es también un moralista rígido, a menudo adusto, cuya censura de las flaquezas humanas carece de la amplitud comprensiva de Juan Ruiz. Precisamente de esa tensión nace buena parte del interés del libro: el discurso doctrinal intenta dominar una materia viva que, una y otra vez, se le escapa y cobra autonomía estética. Lo más memorable del Corbacho no es la tesis moral, sino la densidad de sus voces, la teatralidad de sus escenas y la riqueza de su costumbrismo.

Por ello, el libro se ha considerado una obra liminar en la evolución de la narrativa y del diálogo castellanos. Sus monólogos femeninos, sus réplicas vivaces y la representación de pequeñas situaciones domésticas anticipan procedimientos que luego hallarán plenitud en obras mayores. El Arcipreste no compone todavía novela moderna ni drama pleno, pero abre las puertas a ambos al demostrar que la realidad cotidiana, vertida en una lengua dúctil y expresiva, posee una extraordinaria fecundidad literaria. Su contribución decisiva es la legitimación artística de la oralidad.

1.5. La novela sentimental

La llamada novela sentimental surge en la segunda mitad del siglo XV como una modalidad narrativa orientada hacia el análisis de la pasión amorosa y de sus efectos en sujetos cortesanos. Frente al predominio del cuento ejemplar o de la narración caballeresca centrada en la peripecia externa, estas obras desplazan el interés hacia la interioridad, la queja, la carta y el conflicto entre deseo, honra y servicio amoroso. Su ámbito es, por tanto, el de la subjetividad idealizada, aunque expresada mediante códigos retóricos muy marcados.

La crítica moderna ha discutido la homogeneidad del género. Algunos estudiosos han subrayado la diversidad de influencias, estructuras y finalidades de las obras incluidas bajo ese rótulo, mientras que otros han defendido la utilidad del concepto siempre que se maneje con cautela. En realidad, la novela sentimental no forma un bloque perfectamente uniforme, pero sí permite reconocer una serie de rasgos comunes: ambiente cortesano, intensificación de la pasión, análisis de estados afectivos, abundancia de alegoría y escaso interés por la causalidad realista. La categoría conserva, pues, un valor de descripción histórica.

Entre sus características más acusadas figuran la artificiosidad de la aventura, la idealización de personajes, la feminización emotiva del héroe amoroso y la sujeción a los códigos del amor cortés. El amante aparece como servidor absoluto de una dama inaccesible; la consumación del deseo no constituye la meta, sino que destruiría el propio sistema sentimental en el que se funda la obra. De ahí que la inaccesibilidad de la mujer, la renuncia y el sufrimiento se conviertan en principios estructurales. La narración tiende así a la hipertrofia afectiva.

Pese a su aparente lejanía respecto del gusto contemporáneo, estas novelas poseen una relevancia histórica indiscutible. En ellas se ensayan formas de introspección, se refinan recursos epistolares y se exploran las posibilidades de la primera persona como soporte de ejemplaridad amorosa. Además, su gran difusión europea demuestra que respondieron a necesidades culturales muy concretas de la nobleza y de los públicos cortesanos. No pueden juzgarse desde criterios realistas posteriores; deben interpretarse como expresión acabada de una sensibilidad tardogótica.

1.6. Juan Rodríguez del Padrón

Juan Rodríguez del Padrón ocupa un lugar destacado en la génesis de la novela sentimental, aunque su obra no encaje de modo pleno y simple en una fórmula genérica cerrada. Su Siervo libre de amor combina elementos autobiográficos, alegoría amorosa, discurso moral y pasajes narrativos, lo que explica las dudas de la crítica acerca de su clasificación. Precisamente esa condición híbrida lo vuelve especialmente significativo: en él se cruzan la tradición galaicoportuguesa, la cultura cortesana y un temprano interés por representar el drama interior del amante.

La obra se articula en primera persona y presenta un yo doliente que reflexiona sobre sus experiencias amorosas con fuerte carga ejemplar. Tal procedimiento no persigue la espontaneidad confesional moderna, sino una estilización retórica del sufrimiento. La subjetividad aparece sometida a códigos literarios heredados, pero ya no es mero pretexto: se convierte en centro organizador del relato. En ello reside buena parte de la originalidad de Padrón, quien ensaya una prosa capaz de vincular alegoría y psicología sin resolver del todo la tensión entre ambas.

Especial relieve posee la Estoria de dos amadores, inserta en la tercera parte del libro. Este relato, aunque todavía dependiente de convenciones cortesanas, introduce una valoración más intensa del paisaje y de la peripecia sentimental. Se ha señalado, con razón, que en ciertos pasajes asoma una percepción concreta del espacio, ligada incluso a la tierra gallega, muy poco frecuente en la literatura castellana del momento. Así, Padrón no solo cultiva el amor como abstracción literaria, sino que empieza a rodearlo de un mundo sensible y de una atmósfera narrativa.

Su importancia se amplía si se considera el conjunto de su producción. Obras como el Triunfo de las donas o la Cadira de honor revelan un escritor preocupado por las cuestiones de nobleza, reputación y dignidad femenina, en consonancia con los debates ideológicos del cuatrocientos. Aunque no posea la eficacia estructural de Diego de San Pedro, Rodríguez del Padrón representa una fase decisiva de experimentación, en la que la escritura castellana prueba nuevas maneras de organizar el sentimiento amoroso y la autorrepresentación.

1.7. Diego de San Pedro y la plenitud del género

Con Diego de San Pedro, la novela sentimental alcanza su formulación más influyente y acabada. Cárcel de amor reúne los rasgos esenciales del género —intensidad afectiva, ambiente cortesano, artificio alegórico y primacía del discurso amoroso—, pero los articula con una notable eficacia narrativa y una voluntad explícita de agradar a un público cultivado, especialmente femenino. El resultado es una obra de enorme resonancia europea, convertida en auténtico best seller de su tiempo y en hito fundamental de la prosa sentimental.

El núcleo argumental es conocido: Leriano, preso en una cárcel simbólica por su pasión hacia Laureola, confía al narrador el intercambio epistolar con la dama. La novela se desarrolla mediante cartas, súplicas, mediaciones y malentendidos que refuerzan la tensión entre pasión y honra. La peripecia externa importa menos que la progresiva intensificación del conflicto interior. San Pedro domina con soltura los recursos de la retórica epistolar y consigue que el sufrimiento amoroso, aun idealizado, adquiera una notable coherencia dramática.

Desde el punto de vista estilístico, la obra revela un avance decisivo hacia una prosa más contenida y funcional. Sin renunciar a la elegancia artística, Diego de San Pedro reduce ciertos excesos de la tradición inmediatamente anterior y busca una mayor brevedad en las partes narrativas. La influencia del humanismo se deja sentir en esa voluntad de mesura, sin que desaparezca del todo el sustrato retórico heredado. En consecuencia, Cárcel de amor puede leerse como un producto de transición, donde la sensibilidad tardomedieval se expresa ya con instrumentos próximos a la modernidad formal.

La relevancia de la obra no se agota en su éxito contemporáneo. Su huella se advierte en la literatura posterior, desde ecos en La Celestina hasta la sensibilidad sentimental que reaparecerá, transformada, en narraciones áureas. Además, su exacerbación del amor cortés, elevado casi a religión profana, la convierte en documento privilegiado de una cultura que espiritualiza lo amoroso hasta el límite. Diego de San Pedro llevó el género a su máxima concentración estética y a su expresión más influyente de dolor amoroso.

1.8. Juan de Flores y la proyección del sentimentalismo

Juan de Flores prolonga el impulso de la novela sentimental y contribuye decisivamente a su difusión europea. Sus obras más conocidas, Grisel y Mirabella y Grimalte y Gradisa, muestran cómo el modelo cortesano-amoroso podía adaptarse a nuevas combinaciones narrativas. En la primera confluyen el relato trágico y el debate sobre la mujer; en la segunda se percibe con mayor claridad la voluntad de continuidad respecto de modelos italianos. Flores representa, por ello, una fase de expansión y de internacionalización literaria del género.

Grisel y Mirabella posee un interés particular por la manera en que articula pasión amorosa y controversia ideológica. El amor de los protagonistas desemboca en una discusión sobre la responsabilidad de hombres y mujeres en los males del deseo, lo que enlaza la obra con el amplio debate misógino y profeminista del siglo XV. Este procedimiento permite a Flores integrar el gusto narrativo con la polémica cortesana, produciendo una obra donde la ficción se convierte en escenario de conflicto argumentativo y de discusión cultural.

Su narrativa no alcanza la densidad estética de Cárcel de amor, pero posee una indudable eficacia en la combinación de patetismo, debate y dramatización. Además, la difusión de sus textos en varias lenguas demuestra que respondían a códigos compartidos por la Europa cortesana de fines del Medievo. Esto confirma que la novela sentimental española no fue un fenómeno aislado, sino parte de una red de formas y sensibilidades transnacionales. La obra de Flores funciona, en este sentido, como puente entre la tradición castellana y un amplio circuito de recepción europea.

Desde el punto de vista histórico-literario, Juan de Flores interesa también porque evidencia la persistencia de los moldes sentimentales incluso cuando otras formas narrativas comenzaban a imponerse. Su producción confirma que el fin del siglo XV no es un tiempo de sustituciones bruscas, sino de convivencia de modelos. Caballerías, sentimentalismo, historiografía y drama dialogan entre sí y comparten públicos parcialmente coincidentes. Flores ilustra, por tanto, la capacidad de supervivencia y adaptación de una estética cortesana todavía vigorosa.

1.9. Los libros de caballerías y el Amadís

Si la novela sentimental encarna el ideal amoroso de la sociedad cortesana, los libros de caballerías expresan el otro gran sueño del siglo XV: la aventura heroica individual. En ellos se proyecta una nobleza que, transformada por la vida de corte, ya no canaliza su energía en la guerra feudal tradicional, sino en una imaginación novelesca donde el valor, el servicio amoroso y la justicia adquieren forma hiperbólica. El caballero andante se convierte así en síntesis de heroísmo y refinamiento, muy distinta del héroe épico antiguo.

El género procede de la tradición francesa del roman courtois y de la materia de Bretaña, difundida en la Península a través de traducciones y adaptaciones. Su éxito se explica tanto por la seducción de la fantasía como por los cambios sociales de la baja Edad Media, incluida la participación de una burguesía urbana que demandaba lecturas de entretenimiento y maravilla. La aventura deja de estar vinculada a fines históricos concretos y se emancipa como puro ejercicio de excelencia individual. Surge así una narrativa de ficción expansiva.

Dentro de este panorama, el Amadís de Gaula ocupa un lugar central. Aunque sus orígenes sean oscuros y su redacción definitiva pertenezca a la labor de Garci Rodríguez de Montalvo, la obra se apoya en materiales anteriores de amplia circulación. En ella cristalizan de forma ejemplar los rasgos del género: amor idealizado, aventuras extraordinarias, defensa de los débiles y exaltación del héroe perfecto. El Amadís no solo reúne tradiciones dispersas; establece un modelo de enorme fecundidad para la narrativa posterior.

Su importancia cultural es doble. Por un lado, ofrece un imaginario compensatorio para una aristocracia que sublima literariamente su vieja función guerrera; por otro, proporciona a públicos más amplios un universo de maravilla, sentimiento y aventura. El libro de caballerías no debe verse como simple evasión ingenua, sino como respuesta simbólica a transformaciones profundas de la sociedad tardomedieval. En el Amadís, la ficción caballeresca alcanza una extraordinaria capacidad de organizar deseos, valores y aspiraciones de heroísmo cortesano.

1.10. La historiografía del siglo XV

La historiografía castellana del siglo XV constituye uno de los ámbitos donde mejor se percibe la renovación de la prosa. Aunque la lengua de muchos cronistas participa del cultismo general de la época, el género histórico conserva una relativa sobriedad y, sobre todo, incorpora una amplitud de miras desconocida en etapas anteriores. La influencia de autores clásicos como César, Salustio, Tito Livio o Suetonio favorece una escritura más atenta a la motivación de los hechos, al retrato moral de los personajes y a la descripción del entorno. La historia se hace así más interpretativa.

Frente al esquematismo de ciertas crónicas medievales, los historiadores del cuatrocientos profundizan en la psicología, introducen discursos, atienden a costumbres, topografía y vida cortesana, y construyen biografías donde lo documental y lo literario se refuerzan mutuamente. El cronista ya no es solo un registrador de sucesos, sino un modelador del sentido histórico. A través de sus selecciones, valoraciones y retratos, participa activamente en la elaboración de una memoria política y moral. Ello explica el alto valor estético de muchas páginas de la prosa histórica.

Esta transformación se relaciona con el fortalecimiento de la corte y con la mayor complejidad de la vida política. En un mundo de facciones, validos, campañas, diplomacia y ceremonias, la historia se convierte en instrumento de legitimación y de examen moral. Las crónicas no son neutrales: responden a posiciones ideológicas, a fidelidades personales y a proyectos de memoria. Precisamente por ello resultan tan valiosas: permiten reconstruir no solo los hechos, sino también las formas en que la época se pensó a sí misma mediante el lenguaje de la ejemplaridad histórica.

En este terreno, la historiografía del siglo XV prepara asimismo algunos desarrollos del Renacimiento. El interés por la individualidad, por la coherencia del retrato y por la elegante disposición narrativa anuncia una prosa más consciente de su condición artística. No es casual que varias de las obras históricas de la centuria puedan leerse todavía con interés literario autónomo. Su mérito radica en haber sabido conciliar documentación, juicio moral y elaboración verbal en una forma de historia literaria de extraordinaria altura.

1.11. Cronistas y biógrafos principales

Entre los historiadores del siglo XV sobresale Fernán Pérez de Guzmán, cuya Generaciones y semblanzas constituye una de las cimas del retrato biográfico en castellano. En esta obra, incorporada a continuación de la Mar de historias, el autor compone perfiles de personajes de su tiempo con notable penetración moral. La historia se condensa en semblanza, y la semblanza se convierte en vía de conocimiento político. Pérez de Guzmán muestra una admirable capacidad para aislar rasgos esenciales de carácter y para relacionarlos con la conducta pública de los individuos.

Junto a él debe mencionarse a Gutierre Díaz de Games, autor de El Victorial, crónica biográfica de don Pero Niño. La obra mezcla relato de hazañas, observación de costumbres, episodios cortesanos y comentarios diversos, ofreciendo un cuadro vivo del ambiente caballeresco. A diferencia de la hipérbole novelesca de los libros de caballerías, aquí el héroe mantiene una base histórica reconocible, lo que permite advertir la porosidad entre historia y literatura. También la Crónica de don Álvaro de Luna destaca por la profundidad con que perfila a su protagonista, verdadero ejemplo de biografía política.

En el tramo final del siglo aparecen cronistas vinculados al reinado de los Reyes Católicos. Mosén Diego de Valera, con todas sus limitaciones de estilo y su gusto por la cita erudita, aporta noticias valiosas sobre el periodo; Andrés Bernáldez, el Cura de los Palacios, ofrece una prosa más llana y preciosa por su valor testimonial, especialmente en lo relativo al descubrimiento de América. Ambos revelan cómo la historiografía puede dirigirse a públicos distintos y adoptar registros diversos sin renunciar a su función de memoria nacional.

Finalmente, Hernando del Pulgar representa la confluencia de elegancia humanística, observación personal y servicio político. Su Crónica de los Reyes Católicos aspira deliberadamente a la dignidad de los modelos clásicos, pero se apoya en fuentes inmediatas y en conocimiento directo de la corte. Con él, la prosa histórica castellana alcanza un notable grado de madurez, donde la articulación artística del relato no disminuye, sino que refuerza, su valor documental. Todos estos autores prueban la extraordinaria vitalidad de la historiografía cuatrocentista.

1.12. Balance cultural del período

El estudio de la prosa castellana del siglo XV permite comprobar que nos hallamos ante una etapa de transición extraordinariamente rica. No se trata de un simple prólogo del Renacimiento ni de una prolongación inerte del Medievo, sino de un espacio de reordenación cultural en el que conviven modelos, lenguajes y sensibilidades diferentes. La didáctica, la sátira, la novela sentimental, los libros de caballerías y la historiografía participan todos de un mismo proceso de complejización formal. El periodo se define por su pluralidad estética.

Uno de los rasgos más significativos de esta transformación es la progresiva dignificación de la prosa como instrumento artístico. La lengua castellana se ensaya en registros cultos, en inflexiones coloquiales, en formas dialogales y en construcciones históricas de gran ambición. A través de estos experimentos, la literatura adquiere nuevas posibilidades de análisis moral, de representación social y de configuración de subjetividades. La prosa deja de ser mero vehículo secundario y se convierte en territorio de innovación literaria.

Al mismo tiempo, el periodo muestra una fecunda relación entre tradición y novedad. Villena relee la Antigüedad desde esquemas medievales; el Arcipreste da entrada a la lengua viva; Rodríguez del Padrón y San Pedro interiorizan el amor cortés; los cronistas transforman la historia en retrato y juicio moral. Cada uno, a su modo, opera sobre materiales heredados para producir formas nuevas. Esa capacidad de reelaboración es, quizá, la característica más precisa del siglo XV castellano como etapa de transición creadora.

En último término, este ciclo prepara algunas de las grandes conquistas de la literatura hispánica posterior. Sin el avance de la prosa histórica, sin la exploración del diálogo y de la interioridad, sin la armonización de lo culto y lo popular, resultarían difíciles de explicar fenómenos como La Celestina o, más adelante, la narrativa del Siglo de Oro. El siglo XV no es un umbral borroso: es una auténtica fase de fundación, en la que la literatura castellana aprende a pensarse desde la complejidad humana y desde una nueva ambición artística.


BIBLIOGRAFÍA

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    Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
    Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.

    Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!

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