Rubén Darío. Prosas profanas, 1896

Prosas profanas, 1896

Era un aire suave.

Era un aire suave, de pausados giros;

el hada Harmonía ritmaba sus vuelos,

e iban frases vagas y tenues suspiros

entre los sollozos de los violoncelos.

 

Sobre la terraza, junto a los ramajes,

diríase un trémolo de liras eolias

cuando acariciaban los sedosos trajes,

sobre el tallo erguidas, las blancas magnolias.

 

La marquesa Eulalia risas y desvíos

daba a un tiempo mismo para dos rivales:

el vizconde rubio de los desafíos

y el abate joven de los madrigales.

 

Cerca, coronado con hojas de viña,

reía en su máscara Término barbudo,

y, como un efebo que fuese una niña,

mostraba una Diana su mármol desnudo.

 

Y bajo un boscaje del amor palestra,

sobre el rico zócalo al modo de Jonia,

con un candelabro prendido en la diestra

volaba el mercurio de Juan de Bolonia.

 

La orquesta perlaba sus mágicas notas;

un coro de sones alados se oía;

galantes pavanas, fugaces gavotas

cantaban los dulces violines de Hungría.

 

Al oír las quejas de sus caballeros,

ríe, ríe, ríe la divina Eulalia,

pues son un tesoro las flechas de Eros,

el cinto de Cipria, la rueca de Onfalia.

 

¡Ay de quien sus mieles y frases recoja!

¡Ay de quien del canto de su amor se fíe!

Con sus ojos lindos y su boca roja,

la divina Eulalia ríe, ríe, ríe.

 

Tiene azules ojos, es maligna y bella;

cuando mira, vierte viva luz extraña;

se asoma a las húmedas pupilas de estrella

el alma del rubio cristal de Champaña.

 

Es noche de fiesta, y el baile de trajes

ostenta su gloria de triunfos mundanos.

La divina Eulalia, vestida de encajes,

una flor destroza con sus tersas manos.

 

El teclado armónico de su risa fina

a la alegre música de un pájaro iguala.

Con los staccati de una bailarina

y las locas fugas de una colegiala.

 

¡Amoroso pájaro que trinos exhala

bajo el ala a veces ocultando el pico;

que desdenes rudos lanza bajo el ala,

bajo el ala aleve del leve abanico!

 

Cuando a medianoche sus notas arranque

y en arpegios áureos gima Filomela,

y el ebúrneo cisne, sobre el quieto estanque,

como blanca góndola imprima su estela,

 

la marquesa alegre llegará al boscaje,

boscaje que cubre la amable glorieta

donde han de estrecharla los brazos de un paje,

que, siendo su paje, será su poeta.

 

Al compás de un canto de artista de Italia

que en la brisa errante la orquesta deslíe,

junto a los rivales, la divina Eulalia

la divina Eulalia ríe, ríe, ríe.

 

¿Fue acaso en el tiempo del rey Luis de Francia,

sol con corte de astros, en campos de azur,

cuando los alcázares llenó de fragancia

la regia y pomposa rosa Pompadour?

 

¿Fue cuando la bella su falda cogía

con dedos de ninfas, bailando el minué,

y de los compases el ritmo seguía

sobre el tacón rojo, lindo y leve el pie?

 

¿O cuando pastoras de floridos valles

ornaban con cintas sus albos corderos,

y oían, divinas Tirsis de Versalles,

las declaraciones de sus caballeros?

 

¿Fue en ese buen tiempo de duques pastores,

de amantes princesas y tiernos galanes,

cuando entre sonrisas y perlas y flores

iban las casacas de los chambelanes?

 

¿Fue acaso en el Norte o en el Mediodía?

Yo el tiempo y el día y el país ignoro;

pero sé que Eulalia ríe todavía,

¡y es cruel y eterna su risa de oro!

Rubén Darío, Prosas profanas

Sonatina

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado de su clave sonoro,

y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

 

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.

Parlanchina, la dueña dice cosas banales,

y vestido de rojo piruetea el bufón.

La princesa no ríe, la princesa no siente;

la princesa persigue por el cielo de Oriente

la libélula vaga de una vaga ilusión.

 

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,

o en el que ha detenido su carroza argentina

para ver de sus ojos la dulzura de luz

o en el rey de las islas de las rosas fragantes,

o en el que es soberano de los claros diamantes,

o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

 

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa

quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,

tener alas ligeras, bajo el cielo volar;

ir al sol por la escala luminosa de un rayo,

saludar a los lirios con los versos de mayo

o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

 

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,

ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,

ni los cisnes unánimes en el lago de azur.

Y están tristes las flores por la flor de la corte,

los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,

de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

 

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!

Está presa en sus oros, está presa en sus tules,

en la jaula de mármol del palacio real;

el palacio soberbio que vigilan los guardas,

que custodian cien negros con sus cien alabardas,

un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

 

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!

(La princesa está triste, la princesa está pálida.)

¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!

¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,

(la princesa está pálida, la princesa está triste.)

más brillante que el alba, más hermoso que Abril!

 

«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;

en caballo, con alas, hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

el feliz caballero que te adora sin verte,

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,

a encenderte los labios con un beso de amor».

Rubén Darío, Prosas profanas,

Verlaine.

Responso.

 

Padre y maestro mágico, liróforo celeste

que al instrumento olímpico y a la siringa agreste

diste tu acento encantador;

¡Panida! ¡Pan tú mismo, con coros condujiste

hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,

al son del sistro y del tambor!

 

Que tu sepulcro cubra de flores Primavera,

que se humedezca el áspero hocico de la fiera

de amor, si pasa por allí;

que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;

que de sangrientas rosas el fresco Abril te adorne

y de claveles de rubí.

 

Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo,

ahuyenten la negrura del pájaro protervo

el dulce canto de cristal

que Filomela vierta sobre tus tristes huesos,

o la armonía dulce de risas y de besos

de culto oculto y florestal.

 

¡Que púberes canéforas te ofrenden el acanto,

que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,

sino rocío, vino, miel;

que el pámpano allí brote, las flores de Citeres,

y que se escuchen vagos suspiros de mujeres

bajo un simbólico laurel!

 

Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya,

en amorosos días, como en Virgilio ensaya,

tu nombre ponga en la canción;

y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche

con ansias y temores entre las linfas luche,

llena de miedo y de pasión.

 

De noche, en la montaña, en la negra montaña

de las Visiones, pase gigante sombra extraña,

sombra de un Sátiro espectral;

que ella al centauro adusto con su grandeza asuste;

de una extrahumana flauta la melodía ajuste

a la harmonía sideral.

 

Y huya el tropel equino por la montaña vasta;

tu rostro de ultratumba bañe la Luna casta

de compasiva y blanca luz;

y el Sátiro contemple sobre un lejano monte

una cruz que se eleve cubriendo el horizonte

¡y un resplandor sobre la cruz!

 

Rubén Darío, Prosas profanas, 1896