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Apogeo del Renacimiento español: división, corrientes principales y pensamiento humanista
1.1. La época de oro de la literatura española y su periodización
El tránsito de la Edad Media al siglo XVI constituye, en la historia cultural española, un proceso de aceleración extraordinaria. No se trata de una mutación súbita, sino de la cristalización de tendencias políticas, sociales y artísticas que venían gestándose desde los reinados finales del medievo. La consolidación monárquica, la expansión exterior y la creciente articulación del poder favorecieron un marco histórico en el que la creación literaria pudo dejar de ser una suma dispersa de logros aislados para convertirse en un fenómeno de plenitud orgánica, sostenido y coherente.
La tradicional denominación de Siglo de Oro resulta útil, aunque en sentido estricto simplifica una realidad más extensa y compleja. La cultura hispánica de los siglos XVI y XVII no puede reducirse a una sola cima cronológica, pues abarca un largo proceso de madurez que va desde la afirmación renacentista hasta la culminación barroca. La crítica moderna ha tendido, por ello, a entender esta etapa como una verdadera época áurea, en la que la literatura, el pensamiento y las artes manifiestan una capacidad creadora difícilmente comparable con periodos anteriores o posteriores.
Lo decisivo es advertir que el siglo XVI introduce una floración general de géneros y estilos. Frente a la intermitencia medieval, ahora aparece una producción abundante, continua y articulada. La poesía, la prosa doctrinal, la narrativa idealista, la literatura religiosa y la reflexión lingüística participan de una misma conciencia de excelencia. Este fenómeno no solo responde a la imitación de modelos italianos o clásicos, sino a la percepción de que España entra en una fase histórica en la que sus posibilidades intelectuales y expresivas alcanzan una madurez nacional de primer orden.
Desde esa perspectiva, la periodización no debe entenderse como un esquema rígido, sino como una herramienta interpretativa. La historia literaria del Renacimiento admite matices, ritmos internos y figuras que desbordan cualquier clasificación excesivamente uniforme. De ahí que el estudio del período exija atender tanto a las grandes líneas generales como a las singularidades que anticipan o corrigen el modelo. Esta cautela crítica resulta esencial para comprender la complejidad del desarrollo de las letras españolas en su momento ascensional.
1.2. Las dos fases del Renacimiento español
El Renacimiento español suele dividirse en dos grandes momentos, vinculados respectivamente a los reinados de Carlos V y Felipe II. Durante la primera mitad del siglo XVI predomina una orientación universalista, abierta a la recepción de modelos italianos y a la participación de España en las corrientes europeas del humanismo. La poesía de raíz petrarquista, la imitación de los clásicos y el ideal cortesano encuentran en este ambiente una atmósfera propicia, favorecida por la amplitud política del imperio y por la circulación internacional de ideas, libros y personas.
En cambio, la segunda mitad del siglo, bajo Felipe II, muestra una clara inflexión. Las formas artísticas del Renacimiento no desaparecen, pero son sometidas a un proceso de asimilación cristiana. El humanismo deja de ser primordialmente apertura para convertirse en interiorización selectiva. La literatura religiosa, la ascética y la mística adquieren un relieve central, al tiempo que el clima de la Contrarreforma define un horizonte de mayor vigilancia doctrinal, menos permeable a la frivolidad cortesana y más atento a las exigencias de afirmación católica.
No obstante, conviene evitar interpretaciones esquemáticas. La fase carolina no fue puramente pagana ni la filipina exclusivamente espiritual. Entre ambas existe una continuidad profunda, y dentro de cada una se registran tensiones internas, evoluciones parciales y trayectorias individuales irreductibles. La historia literaria no avanza mediante compartimentos estancos, sino a través de coexistencias y solapamientos. Muchos autores del período mantienen un diálogo simultáneo con la tradición clásica, la sensibilidad religiosa y las formas heredadas del pasado medieval.
Precisamente en esa combinación reside buena parte de la riqueza del Renacimiento español. Más que una copia periférica del italiano, constituye una formulación original en la que se articulan recepción y transformación. El período de Carlos V representa la apertura y la recepción; el de Felipe II, la depuración y la reorientación. La diferencia, por tanto, no es de esencia, sino de acento histórico. Esta dualidad explica que el siglo XVI español pueda leerse a la vez como etapa de europeización y como inicio de una afirmación cada vez más nítida de sus perfiles propios.
2.1. El hombre renacentista
El rasgo definitorio del Renacimiento es la nueva posición concedida al ser humano en el orden del mundo. Allí donde la mentalidad medieval había privilegiado una visión teocéntrica y trascendente de la existencia, el siglo XVI promueve una mirada que otorga al individuo una dignidad inédita. El hombre deja de concebirse solo como peregrino hacia la eternidad y se entiende también como sujeto capaz de conocimiento, acción y goce. Esta mutación no elimina la dimensión religiosa, pero altera decisivamente la jerarquía de valores.
Tal transformación se traduce en una nueva confianza en la razón y en las facultades humanas. La inteligencia ya no aparece subordinada sin reservas a la autoridad heredada, sino como instrumento de indagación y conquista. De ahí el interés por la naturaleza, por la experiencia y por la exploración del mundo visible. La vida terrena deja de verse exclusivamente como valle de lágrimas para ser también espacio de belleza, de gloria y de actividad. Este cambio explica el impulso que reciben las artes, la ciencia, la filología y la reflexión moral.
La centralidad del hombre no equivale, sin embargo, a simple sensualismo. El ideal renacentista aspira a una armonía integral entre cuerpo y espíritu, entre ejercicio intelectual y energía práctica. La plenitud humana no se alcanza mediante la renuncia ascética a la realidad, sino mediante el desarrollo equilibrado de las capacidades personales. En ello se cifra una de las principales diferencias con la antropología medieval, más inclinada a la desconfianza respecto del cuerpo y del mundo sensible.
En términos culturales, esta nueva concepción antropológica se vincula con la admiración por la Antigüedad clásica y con la aparición de un humanismo activo. La literatura, el arte y la educación quedan subordinados a la formación de un individuo culto, dueño de sí y socialmente eficaz. El Renacimiento descubre al hombre no solo como criatura moral, sino como centro dinámico de la vida histórica. Esa valoración del sujeto constituye el trasfondo común de la política moderna, de la estética clasicista y del pensamiento humanista que informa todo el período.
2.2. Humanismo y recuperación de la Antigüedad
El humanismo no puede reducirse a una mera afición erudita por los textos griegos y latinos. Su significado más hondo radica en la convicción de que el contacto con los antiguos permite acceder a una nueva idea del hombre y de la cultura. Las lenguas clásicas, la filología y la retórica no son fines en sí mismos, sino caminos hacia una reformulación del saber, de la educación y de la vida civil. En este sentido, el humanismo constituye una revolución intelectual antes que un simple movimiento escolar.
La recuperación de la Antigüedad operó como un auténtico principio de reorganización cultural. En los autores clásicos se admiró no solo una perfección formal, sino un modelo de racionalidad, equilibrio y dignidad humana. La lectura de humanismo clásico impulsó una revisión de los métodos educativos, de la prosa latina, de la moral práctica y del lugar mismo del hombre en el universo. La tradición medieval no fue borrada de inmediato, pero quedó sometida a una crítica cada vez más severa, particularmente en lo que respecta a sus excesos escolásticos.
A esta expansión del humanismo contribuyeron decisivamente factores materiales. La imprenta multiplicó la difusión de libros; el crecimiento del comercio creó nuevas élites urbanas deseosas de formación; y la expansión geográfica, intensificada tras el descubrimiento de América, ensanchó la imaginación histórica de Europa. El nuevo horizonte hizo posible una conciencia de amplitud del mundo y de eficacia de la acción humana. En ese contexto, el estudio de la Antigüedad aparecía como una legitimación cultural del presente.
El humanismo español participó plenamente de este movimiento, aunque lo hizo desde coordenadas propias. No se limitó a importar lecciones italianas, sino que integró los estudios clásicos con la tradición religiosa, la preocupación moral y una intensa vocación pedagógica. De ahí que figuras como Nebrija o Vives no deban interpretarse solo como sabios, sino como agentes de una profunda reorganización cultural. El humanismo, en suma, constituye la base intelectual sobre la que se levantan el nuevo ideal literario, la reforma de la educación y el prestigio del castellano como lengua de alta cultura.
2.3. El ideal cortesano
La nueva antropología renacentista halla una de sus formulaciones más elocuentes en la figura del cortesano. Frente al hombre medieval, definido con frecuencia por una sola función —guerrero, clérigo o burgués—, el ideal renacentista propone una personalidad múltiple y armónica. El individuo excelente ha de reunir destreza militar, formación literaria, refinamiento social y capacidad de juicio. Esta aspiración a la totalidad expresa la confianza de la época en la perfectibilidad del ser humano mediante el ejercicio y la educación.
La formulación clásica de este modelo se encuentra en Castiglione, cuya influencia fue enorme en la Europa del siglo XVI. El cortesano no es solo un hombre elegante, sino un sujeto capaz de someter su conducta a una disciplina de naturalidad, mesura y gracia. La famosa sprezzatura, aunque de raíz italiana, se adapta en España a un ideal de nobleza que combina discreción exterior, dominio de sí y competencia efectiva en la vida pública. La cortesanía se convierte así en una forma de pedagogía social.
Este ideal comporta una ética de la moderación. El hombre excelente debe evitar la rudeza, pero también la afectación; ha de saber agradar sin caer en la frivolidad; y ha de cultivar las artes sin perder la firmeza del carácter. La formación humanística, la música, la conversación y el ejercicio físico no son actividades dispersas, sino partes de un mismo proyecto de educación integral. El refinamiento no implica blandura, sino plenitud equilibrada de facultades.
En el caso español, la figura del cortesano se ve afectada por la progresiva espiritualización del segundo Renacimiento. A medida que avanza el siglo, el ideal mundano se reinterpreta desde parámetros más graves, bajo la presión de la moral católica y de la disciplina cortesana de la monarquía hispánica. Sin embargo, incluso entonces persiste la noción de que la excelencia humana exige cultura, control, urbanidad y servicio. El cortesano, en definitiva, encarna la traducción social de la nueva dignidad del hombre propia del Renacimiento.
2.4. El ideal político del Renacimiento
Uno de los procesos más decisivos de la Edad Moderna es la sustitución gradual del fraccionamiento feudal por formas cada vez más centralizadas de autoridad. El Renacimiento político se inspira en la memoria del Imperio romano y en la recuperación del Derecho romano como instrumento conceptual para justificar la unidad del poder. En ese marco, la monarquía deja de ser solo cabeza de una red de vínculos personales para convertirse en centro de una estructura estatal de vocación unificadora. Tal mutación define una nueva racionalidad política.
La evolución venía preparándose desde siglos anteriores. Diversos monarcas europeos intentaron ya reducir la autonomía feudal y fortalecer la autoridad regia, pero fue en los siglos XV y XVI cuando esas tentativas adquirieron mayor consistencia histórica. En España, la culminación del proceso se relaciona con el fortalecimiento de la Corona y con la creciente articulación administrativa del reino. La cultura del Renacimiento acompaña esta transformación al ofrecer modelos jurídicos, históricos y retóricos favorables a la concentración del poder soberano.
Esta nueva visión política encuentra su formulación extrema en Maquiavelo, cuyas ideas simbolizan la autonomía de la razón de Estado respecto de la moral tradicional. Aunque la recepción española del maquiavelismo fue problemática, su figura sirve para entender un rasgo esencial del período: la política tiende a pensarse como esfera específica, regida por principios propios y orientada a la conservación y grandeza del Estado. La novedad no radica solo en el contenido de la doctrina, sino en la secularización parcial del análisis político.
En el ámbito hispánico, esta orientación se manifiesta asimismo en la valoración de figuras y proyectos que aspiraron a una España fuerte y unificada. Tal horizonte, entrevisto ya en el siglo XV por espíritus de sensibilidad prehumanista, favorece la conexión entre literatura y política. El Renacimiento no solo modifica la estética, sino también la comprensión del poder, de la legitimidad y de la función histórica de la monarquía. Por eso su estudio exige integrar las letras en una visión global del nacimiento del Estado moderno.
3.1. La filosofía renacentista
La filosofía del Renacimiento no constituye un sistema homogéneo ni una doctrina unitaria comparable a la gran síntesis escolástica medieval. Su originalidad reside, más bien, en una actitud crítica frente a esa escolástica y en la recuperación selectiva de corrientes antiguas que parecían más acordes con la nueva sensibilidad. La reflexión se desplaza desde la construcción metafísica cerrada hacia cuestiones de moral, educación, lenguaje y conocimiento del hombre. De ahí su fuerte carácter antidogmático y su vocación de examen.
Entre las escuelas clásicas recuperadas, el estoicismo tuvo especial arraigo en España, en parte por su afinidad con una sensibilidad grave, moralizadora y resistente al sufrimiento. También el escepticismo resultó útil como instrumento de crítica de las certezas heredadas, mientras que el epicureísmo, interpretado de forma moderada, respondía a la reivindicación del placer razonable y de la vida terrena. El interés del Renacimiento por estas corrientes no es arqueológico: cada una de ellas sirve para pensar la conducta humana desde una nueva centralidad del sujeto.
Especial relevancia alcanzó el platonismo, difundido por la Academia Florentina y por obras que reinterpretaron el amor, la belleza y la relación entre mundo sensible y trascendencia. El prestigio de Platón se impuso a menudo sobre el de Aristóteles, aunque no faltaron intentos de conciliación. La belleza material pasó a concebirse como reflejo de una belleza superior, lo que permitió espiritualizar la experiencia amorosa y artística. Esta lectura del amor y de la naturaleza influyó hondamente en la poesía y en la prosa idealista del siglo XVI.
Sin embargo, el pensamiento renacentista no rompe del todo con la religión. Más bien reordena sus términos, acercando lo divino a las mediaciones humanas de la belleza, la naturaleza y la interioridad. Esa tensión entre crítica racional y espiritualización del mundo sensible explica buena parte de la riqueza intelectual del período. La filosofía renacentista, por tanto, es menos un edificio doctrinal cerrado que una constelación de impulsos destinados a redefinir el lugar del hombre entre la tradición y la modernidad.
3.2. La literatura del Renacimiento
La literatura renacentista se caracteriza, ante todo, por una nueva conciencia del valor de la forma. Si en la Edad Media la expresión había quedado frecuentemente subordinada a finalidades doctrinales, ejemplares o edificantes, el Renacimiento afirma la belleza literaria como finalidad legítima y eminente. La obra de arte deja de justificarse solo por su utilidad moral y se reivindica como espacio de perfección formal. En esta mudanza se encuentra el fundamento de una estética basada en la excelencia expresiva y en el cultivo deliberado del estilo.
La imitación de los clásicos grecolatinos y de los autores italianos orienta decisivamente esta nueva literatura. Se restauran motivos mitológicos, escenarios bucólicos, cánones de serenidad y equilibrio, y una intensa disciplina métrica. En España, la influencia de Petrarca resulta capital, no solo por la difusión del endecasílabo, sino por la interiorización amorosa, el análisis sentimental y el cuidado del paisaje como correlato espiritual. La lírica adquiere así un tono más elaborado, introspectivo y musical.
Con todo, la literatura española no abandona su sustrato medieval. La tradición popular, la épica residual, el romancero y ciertas modulaciones expresivas siguen actuando como cimiento profundo de la nueva cultura. El resultado no es una simple italianización, sino una síntesis en la que conviven refinamiento humanista y memoria de formas anteriores. Esta dualidad explica que, incluso en obras muy cultas, sobrevivan inflexiones populares o una energía verbal extraña al clasicismo más puro de otras literaturas europeas.
El arte renacentista aspira, por lo demás, a una elegancia medida. La naturalidad, la selección léxica, la claridad y el decoro rigen el ideal de estilo, aunque esa misma búsqueda de perfección conducirá después a grados crecientes de artificio. La historia literaria del siglo XVI se mueve así entre moderación y sofisticación, entre sencillez ideal y complicación progresiva. En esa tensión se gesta no solo el clasicismo del Renacimiento, sino también la futura explosión barroca.
3.3. El idioma y la formación del castellano clásico
El siglo XVI representa una fase decisiva en la consolidación del castellano como lengua culta, literaria y de prestigio internacional. Aunque el proceso había comenzado antes, con la labor gramatical y humanística de Nebrija, todavía a comienzos del Quinientos se percibía la insuficiente fijación del idioma. La reflexión de Garcilaso y, sobre todo, de Juan de Valdés revela una conciencia viva de esta carencia y un propósito explícito de elevar la lengua vulgar a la altura de las clásicas. La lengua se convierte así en un proyecto cultural.
La defensa del castellano responde tanto a motivos literarios como políticos. La expansión de la monarquía hispánica, la presencia internacional de Carlos V y la circulación de libros españoles por Europa impulsaron la difusión del idioma. No se trató únicamente de una consecuencia del poder, sino también de una operación consciente de dignificación. El castellano fue dejando atrás sus asperezas medievales para convertirse en instrumento dúctil, apto para la poesía refinada, la prosa doctrinal, el diálogo humanístico y la meditación religiosa.
En el plano estilístico, el ideal dominante durante buena parte del período fue la naturalidad elegante. Valdés defendía un escribir próximo al hablar, pero depurado, preciso y libre de afectación. La claridad y la concisión, nutridas también por la tradición paremiológica y por la atención a lo mejor del habla viva, se convierten en criterios de excelencia. Esta naturalidad, sin embargo, no debe confundirse con llaneza vulgar: implica selección, equilibrio y conciencia artística, no abandono al descuido expresivo.
Con el avance del siglo, la tendencia a la sencillez convivirá cada vez más con formas de intensificación culta, especialmente en la línea heredera del petrarquismo y en algunos grandes estilistas posteriores. El idioma literario gana riqueza, flexibilidad y altura, pero también se hace más susceptible de rebuscamiento. Así, el castellano clásico nace de una tensión entre espontaneidad y elaboración que constituye una de las señas más fecundas de la prosa y la poesía españolas del Siglo de Oro.
4.1. Originalidad del Renacimiento español
Durante mucho tiempo se discutió si España había conocido un verdadero Renacimiento o si, por el contrario, su orientación religiosa impedía hablar de una recepción plena del movimiento europeo. Hoy esa duda carece de fundamento crítico suficiente. El Renacimiento español no solo existió, sino que alcanzó un alto grado de vigor y de originalidad. Su singularidad no reside en una pretendida ausencia de influjo italiano, sino en la capacidad de integrar ese influjo con una herencia medieval aún activa y poderosa. Esa síntesis constituye su rasgo diferencial.
Mientras otras literaturas europeas tendieron a romper más claramente con el pasado medieval, la española conservó una veta tradicional que penetró en el siglo XVI y aun en el XVII. Romancero, cancionero, pervivencias épicas y modalidades populares de expresión siguieron actuando como fondo vivo de la creación culta. La relación entre lo popular y lo humanístico no fue conflictiva, sino productiva: permitió que la literatura española combinara universalidad formal y arraigo histórico, refinamiento clásico y energía heredada.
A esa conjunción se añade otra no menos importante: la coexistencia entre tradición religiosa y humanismo pagano. En España, la recepción de la Antigüedad no desemboca necesariamente en secularización plena, sino en una reinterpretación cristiana de muchos de sus elementos. Esta peculiaridad explica la convivencia de idealismo y realismo, de finalidad ética y preocupación estética, de temas universales y sensibilidad nacional. El Renacimiento español no imita pasivamente: nacionaliza influencias y las incorpora a una visión propia del hombre y de la historia.
Por ello, el período debe leerse como un momento de fusión creadora. Su fuerza no nace de la pureza doctrinal, sino de la capacidad para armonizar elementos contrarios. En esa tensión fértil se asienta buena parte de la originalidad de las letras españolas. El Renacimiento hispánico es europeo por sus modelos y sus aspiraciones, pero también profundamente español por su continuidad con la tradición, por su sentido moral y por su aptitud para convertir lo recibido en materia de invención propia.
4.2. Luis Vives
Juan Luis Vives ocupa una posición privilegiada en el humanismo hispánico y europeo. Valenciano de nacimiento, formado en París y activo en centros intelectuales como Lovaina, Brujas y Oxford, representa como pocos la dimensión internacional del Renacimiento español. Su trayectoria vital, marcada por el contacto con Erasmo y Tomás Moro, lo sitúa en el corazón de la gran república europea de las letras. Aunque escribió en latín, su obra pertenece de pleno derecho a la historia intelectual española por la profundidad de su pensamiento renovador.
Vives destacó por su crítica de la escolástica rutinaria y por su empeño en reformar los estudios mediante la observación, la experiencia y la atención a la realidad humana concreta. Su invectiva contra los pseudodialécticos se inscribe en la misma corriente de modernización que había impulsado Nebrija en el terreno gramatical. Lejos de la sutileza vacía, defendió un saber útil, moralmente orientado y pedagógicamente eficaz. Esa actitud lo convierte en una figura clave de la reforma intelectual del siglo XVI [web:2].
Sus intereses abarcan la educación, la psicología, la moral, la filología y la organización social. En obras de gran relieve propuso métodos nuevos para la formación de la infancia, reflexionó sobre la vida del alma y subrayó la necesidad de vincular el saber con el bien común. Su pensamiento anticipa, en algunos aspectos, desarrollos posteriores de la pedagogía y de la psicología modernas. La originalidad de Vives no consiste en fundar un sistema cerrado, sino en captar con precisión el sentido profundo de la renovación humanística.
Además, su figura ilustra una dimensión esencial del Renacimiento español: la capacidad de participar activamente en la cultura europea sin perder la conexión con preocupaciones morales y sociales de raíz hispánica. En Vives confluyen el rigor del humanista, la sensibilidad del reformador y la prudencia del pensador práctico. Por ello ha sido considerado una de las personalidades más altas y complejas del siglo XVI. Su legado muestra hasta qué punto el humanismo español fue creador y no meramente receptivo [web:2].
4.3. El erasmismo
Entre las corrientes espirituales del Renacimiento, el erasmismo desempeñó un papel fundamental. Erasmo de Rotterdam defendió un cristianismo interior, moralmente exigente y crítico con el formalismo vacío, con la superstición y con los abusos eclesiásticos. Su ironía, su amplitud de saber y su ideal de reforma sin ruptura dogmática le dieron una enorme autoridad en la Europa del primer Quinientos. Más que un simple autor, Erasmo se convirtió en símbolo de una religiosidad ilustrada y de una conciencia crítica dentro del mundo cristiano.
España fue uno de los territorios donde su influjo resultó más intenso. Numerosos humanistas, escritores e incluso miembros destacados de la Iglesia recibieron con interés su llamada a la depuración interior de la fe y a la corrección de costumbres. El prestigio del erasmismo en tiempos de Carlos V se explica porque sintonizaba con tendencias reformadoras ya existentes y con una sensibilidad humanística que deseaba armonizar cultura clásica y espiritualidad. Su presencia ayudó a modelar una parte importante del debate religioso del período [file:1].
No obstante, el avance de la Contrarreforma alteró profundamente este escenario. La lucha contra el protestantismo generó un clima de vigilancia doctrinal en el que las ambigüedades o audacias de Erasmo dejaron de considerarse admisibles. El erasmismo retrocedió, y su memoria quedó asociada tanto a una fase de apertura como a un estímulo indirecto para la literatura apologética y espiritual posterior. Su derrota institucional no debe ocultar, sin embargo, la hondura de su huella en la sensibilidad moral y en la prosa del siglo XVI.
Desde una perspectiva histórica, el erasmismo revela la complejidad interna del Renacimiento español. Lejos de ser una cultura monolítica, el siglo XVI fue escenario de tensiones entre reforma y ortodoxia, entre apertura europea y afirmación confesional. En ese cruce de fuerzas, Erasmo actuó como catalizador de interrogantes decisivos acerca de la autenticidad religiosa, la educación cristiana y la relación entre saber y virtud. Su recepción española demuestra que el Renacimiento hispánico fue tan intenso en el terreno espiritual como en el literario.
BIBLIOGRAFÍA
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- BATALLON, Marcel: Erasmo y España. México, Fondo de Cultura Económica, 1966. Estudio fundamental sobre la recepción del erasmismo en la cultura española del siglo XVI y su proyección en la espiritualidad y la literatura.
- MENÉNDEZ PIDAL, Ramón: Mis páginas preferidas. Estudios lingüísticos e históricos. Madrid, Gredos, 1957. Reúne textos esenciales para comprender la evolución del idioma, la diversidad interna del siglo XVI y la formación del castellano clásico.
- DÁMASO ALONSO: Poesía española. Antología. Poesía de la Edad Media y poesía de tipo tradicional. Madrid, Gredos, 1935. Obra esclarecedora para valorar la pervivencia de la tradición medieval y popular en la literatura del Renacimiento español.
- VIVES, Juan Luis: Obras completas. Madrid, Aguilar, 1948. Edición indispensable para el estudio directo del humanista valenciano, su pensamiento pedagógico, su crítica de la escolástica y su aportación moral e intelectual.
- BURCKHARDT, Jacob: La cultura del Renacimiento en Italia. Madrid, varias ediciones. Clásico del pensamiento historiográfico sobre el Renacimiento, útil para contextualizar el fenómeno europeo y sus principales categorías culturales.
- PFANDL, Ludwig: Historia de la literatura nacional española en la Edad de Oro. Barcelona, Sucesores de Juan Gili, 1933. Síntesis rigurosa de la literatura áurea española, con atención al cruce entre tradición nacional y modelos europeos.
- VOSSLER, Karl: Introducción a la literatura española del Siglo de Oro. Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1945. Estudio de gran penetración estilística e histórica, particularmente valioso para analizar la coexistencia de registros populares, clásicos y cultos.
- BELL, Aubrey F. G.: El Renacimiento español. Zaragoza, Ebro, 1944. Obra esencial para la defensa del concepto de Renacimiento aplicado a España y para la valoración de su originalidad cultural.
- VALDÉS, Juan de: Diálogo de la lengua. Madrid, ediciones varias. Texto capital para comprender la conciencia lingüística del siglo XVI, la defensa del castellano y el ideal de naturalidad expresiva.
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!






