Ana María Matute. El corderito pascual

Al hijo del ropavejero le regalaron un corderito pascual, para jugar con él. El hijo del ropavejero era un niño muy gordo, que no tenía amigos. Los niños del albañil, los del contable, los del zapatero, se reían de su barriga, de sus mofletes, de su repapada; y le llamaban gorrino, barril de cerveza, puerco de San Martín. El cordero pascual, en cambio, era blanco y dulce, y le pusieron un lazo verde al cuello. El hijo gordo del usurero, ropavejero, compraventa, salía a pasear junto a la tapia soleada, en busca de las hierbecillas del solar, llevando tras sí a su amigo corderillo, que tenía una mirada como no vio nunca a nadie el hijo del ropavejero. Llegaron los días de las golondrinas, de los nidos en el tejado, de la hierbecilla tierna, de los niños que venían a dejarse el abrigo a la tienda del ropavejero. De niños que, al quitarse el abrigo, se quedaban muy estrechos, muy delgados, en sus chalecos de punto, con las mangas cortas, con las muñecas desnudas. De niños que se iban luego a la plaza, junto al capazo de la madre, con los dos duros de la compra, llorando un poco porque no había llegado el sol del todo. Llegaron los días con niños de la mano, medio a rastras, con niños despojados, de ojos redondos, con niños de dos duros, de siete pesetas, de «esto no vale nada». Los abriguitos y los pantalones de lana se amontonaban en las estanterías, junto a la naftalina, junto a las palabras de «esto no vale nada», «esto tiene una mancha», «esto está roto». El niño gordo del ropavejero besaba las orejillas del cordero pascual, del amigo que no le llamaba cerdo, cebón, barril de cerveza. Y el día de Pascua, cuando el niño del ropavejero se sentó a la mesa llena de cuchillos y de sol sobre el mantel, vio de pronto los dientes de papá, los grandes y blancos dientes de papá-ropavejero, papá-compra-venta-no-vale-nada-prestamista-siete-pesetas-está-roto. Y el niño gordo saltó de la silla, corrió a la cocina con el corazón en la boca y vio, sobre una mesa, despellejada, la cabeza de su amigo. Mirándole, por última vez, con aquella mirada que no vio nunca en nadie.

Lo niños tontos, 1956

Autor del audio: Víctor Villoria

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