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El teatro castellano en el siglo XV: de la tradición medieval a la formulación prehumanista
I. Planteamiento histórico y problemas de interpretación
1.1. El problema del supuesto vacío teatral medieval
El estudio del teatro castellano del siglo XV obliga a partir de una cuestión historiográfica capital: la existencia o no de un prolongado intervalo de escasa documentación entre el Auto de los Reyes Magos y las primeras piezas conservadas de finales de la centuria. Durante mucho tiempo, esa discontinuidad documental se interpretó como prueba de una verdadera interrupción del desarrollo dramático. Sin embargo, una lectura crítica más exigente obliga a distinguir entre ausencia de textos conservados y ausencia efectiva de prácticas escénicas. La precariedad de los testimonios no autoriza, por sí sola, a negar la continuidad de manifestaciones representativas de carácter religioso, festivo o cortesano.
La historiografía literaria más atenta ha advertido que el problema no reside únicamente en la pérdida material de obras, sino también en la dificultad para definir con precisión qué debe entenderse por teatro medieval. Muchas formas dialogadas, ceremoniales o semidramáticas se mueven en una zona de frontera entre la liturgia, la poesía y el espectáculo festivo. Por ello, la visión lineal que reduce la historia dramática a una sucesión de textos plenamente teatrales resulta insuficiente. En la Castilla tardomedieval coexistieron múltiples grados de dramatización, algunos muy rudimentarios y otros notablemente elaborados, aunque no siempre fijados por escrito.
Desde esta perspectiva, conviene sustituir el tópico del vacío por la noción de continuidad irregular. Hubo sin duda carencia de documentos conservados y también una evolución desigual según ámbitos sociales y espacios de representación. Pero esa irregularidad no equivale a esterilidad absoluta. La pervivencia de ceremonias religiosas dramatizadas, de juegos festivos y de composiciones dialogadas sugiere un sustrato representativo persistente que la documentación escrita no siempre permite reconstruir con plenitud. En consecuencia, el siglo XV no debe entenderse como una resurrección ex nihilo del teatro, sino como la fase en que determinadas formas de escenificación adquieren nombres propios, mayor visibilidad y una nueva orientación literaria.
1.2. Lírica dialogada, ceremonia y teatralidad
Uno de los mayores riesgos del análisis consiste en confundir toda presencia de diálogo con verdadera acción dramática. La literatura medieval y prerrenacentista ofrece abundantes ejemplos de composiciones en las que intervienen varias voces, pero ello no implica necesariamente conflicto escénico, progresión argumental o conciencia estructural de representación. La teatralidad puede manifestarse en grados diversos: en la alternancia de parlamentos, en la escenificación implícita de una situación, en la posibilidad de declamación pública o en la existencia de personajes reconocibles. Pero el teatro, en sentido estricto, requiere además una articulación más compleja del tiempo, la acción y la presencia escénica.
En los siglos finales de la Edad Media abundan los híbridos genéricos: debates alegóricos, danzas macabras, lamentaciones, diálogos doctrinales, églogas y composiciones cortesanas con marcado sesgo representable. Tales formas muestran que el sistema literario castellano conocía una intensa permeabilidad entre géneros. Esa porosidad resulta decisiva para comprender por qué autores como Gómez Manrique o Juan del Encina pueden parecer, a la vez, poetas líricos y dramaturgos. No se trata de una indecisión accidental, sino de una característica estructural de una cultura en transición, en la que la palabra cantada, recitada y representada no se hallaba todavía rígidamente separada.
Por ello, el teatro castellano del siglo XV debe estudiarse desde la noción de hibridismo genérico. La influencia de la liturgia, de la poesía cancioneril, de la tradición pastoril y de los espectáculos festivos confluyó en un campo de experimentación especialmente fértil. Esa mezcla explica tanto las limitaciones como la originalidad de las primeras piezas conservadas. Lejos de constituir defectos aislados, la escasa acción o la preponderancia lírica revelan una etapa de búsqueda en la que lo dramático se afirmaba a partir de materiales heredados de muy distinta procedencia.
1.3. Del espacio público al ámbito cortesano
Un fenómeno decisivo de finales del siglo XV es el desplazamiento progresivo de ciertas prácticas escénicas desde espacios abiertos y celebraciones colectivas hacia ámbitos cortesanos o semiprivados. Este paso no supuso una mera reducción material del espectáculo, sino una profunda transformación estética. El teatro de plaza o de templo permitía amplitud visual, concurrencia popular y despliegue procesional; la representación palaciega, en cambio, exigía concentración verbal, economía de medios y adaptación a un auditorio selecto. El cambio espacial modificó la propia idea de acción dramática y favoreció el predominio del diálogo sobre la espectacularidad masiva.
La nobleza castellana del cuatrocientos, cada vez más inclinada a formas de refinamiento cortesano, integró en sus diversiones prácticas de índole representativa. En ese contexto prosperaron momos, entremeses, debates dramatizados y piezas breves para celebraciones concretas. Lo teatral pasó así a formar parte de la sociabilidad aristocrática, asociado tanto al entretenimiento como al prestigio cultural. Este marco favoreció una literatura más consciente de su factura artística y más orientada a la individualización autoral, rasgo especialmente visible en la obra de Encina.
El tránsito al interior no debe entenderse, por tanto, como signo de decadencia, sino como condición de una nueva literaturización escénica. La restricción del espacio impulsó formas más depuradas de diálogo, mayor densidad verbal y un tratamiento más calculado de la comicidad, el simbolismo y la alusión cortesana. En esta transformación se encuentra una de las claves para comprender la emergencia de un teatro propiamente preclásico, capaz de servirse de herencias medievales pero orientado ya hacia soluciones técnicas y temáticas de signo renacentista.
II. Gómez Manrique y la dramatización religiosa
2.1. Figura histórica y perfil literario
Gómez Manrique ocupa una posición relevante en la cultura castellana del siglo XV por la conjunción de su actividad política, militar y literaria. Perteneciente a un linaje de gran peso histórico, desarrolló una trayectoria pública estrechamente vinculada a los conflictos del reinado de Enrique IV y al ascenso de Isabel la Católica. Su biografía ilustra de manera ejemplar la compenetración entre letras y poder característica de la nobleza tardomedieval. No fue un escritor retirado del mundo, sino un hombre de acción que hizo de la escritura un instrumento de reflexión moral, intervención política y expresión cortesana.
Su producción poética manifiesta dos grandes orientaciones. Por un lado, cultivó la poesía amorosa de tradición cancioneril, heredera del prestigio galaico-provenzal y del gusto por los ejercicios formales, las preguntas y respuestas y las sutilezas conceptuales. Por otro, escribió composiciones doctrinales, elegíacas y morales de tono más grave, donde se advierte una preocupación más intensa por la fugacidad de los bienes terrenos, el buen gobierno y la ejemplaridad cristiana. En esa segunda vertiente se percibe un lenguaje más sobrio y una mayor cercanía a la meditación ética.
Precisamente esa doble condición de poeta cortesano y moralista explica el interés de su obra dramática. En Gómez Manrique no encontramos todavía una vocación teatral sistemática, sino una tendencia a la dramatización lírica que aflora en distintas composiciones y que cristaliza, de forma más visible, en sus piezas religiosas. Su aportación no consiste en fundar por sí solo un teatro nuevo, sino en mostrar cómo ciertas estructuras devotas y dialogadas podían adquirir relieve representativo y preparar, aunque de modo indirecto, una mayor conciencia escénica.
2.2. La Representación del Nacimiento de Nuestro Señor
La Representación del Nacimiento fue compuesta para un ámbito conventual femenino, circunstancia decisiva para interpretar correctamente su sentido. No se trata de un drama concebido para competir con grandes espectáculos litúrgicos o populares, sino de una pieza devota destinada a una celebración íntima de la Navidad. Su misma factura responde a esa finalidad: brevedad, intensidad lírica, sencillez estructural y una ternura expresiva que armoniza la emoción religiosa con leves toques de humanidad cotidiana. La obra alcanza una notable eficacia poética precisamente porque no aspira a una complejidad argumental excesiva.
Uno de los momentos más conocidos es la escena inicial de los celos de José, formulados con un realismo verbal que aproxima el misterio sagrado al horizonte emocional del oyente. Esta humanización, lejos de rebajar la dignidad religiosa del asunto, intensifica la cercanía afectiva de la situación y prepara la súplica de la Virgen, de hondo patetismo espiritual. A continuación, la pieza se orienta hacia los episodios navideños más tradicionales: nacimiento, adoración y canto angélico, resueltos con gracia delicada y sensibilidad musical. La inserción de un villancico final refuerza la fusión entre canto, devoción y representación.
Conviene subrayar, sin embargo, que la obra no desarrolla un conflicto propiamente dramático en sentido estricto. La duda inicial de José no se convierte en una intriga sostenida, y la acción avanza más por yuxtaposición de escenas piadosas que por encadenamiento causal. De ahí que su valor principal resida en la creación de una atmósfera de devoción escenificada antes que en la construcción de una auténtica dramaturgia. Con todo, la pieza evidencia ya una intuición representativa y una capacidad de modulación verbal que justifican su importancia en el conjunto del período.
2.3. Las Lamentaciones para Semana Santa
Las Lamentaciones compuestas para la Semana Santa se sitúan dentro del ciclo de la Pasión y muestran aún con mayor claridad el predominio del elemento lírico sobre el dramático. La disposición de voces y la presencia de personajes como la Virgen, San Juan y la Magdalena remiten a tradiciones devocionales muy antiguas, especialmente al Planctus Mariae, cuya difusión europea fue extensa y perdurable. La obra se articula como una sucesión de lamentaciones y anuncios, con escasa trama y fuerte concentración emocional. El centro ya no es la acción exterior, sino el dolor contemplado y verbalizado.
Esta estructura responde a una espiritualidad afectiva que buscaba mover al auditorio a la compasión, a la meditación del sufrimiento de Cristo y a la participación interior en la escena sagrada. En ese sentido, el texto funciona más como ejercicio de interiorización religiosa que como representación autónoma. La palabra se vuelve vehículo de una piedad visualizable, pero no necesariamente de un espectáculo plenamente escénico. La concisión de las acotaciones y la subordinación de la acción al lamento confirman esa orientación.
Pese a ello, las formas dialogadas desempeñan un papel nada desdeñable. La alternancia de voces, la espera de la noticia fatal y la presencia muda de la Magdalena configuran una mínima tensión que aproxima la composición a lo representable. En este punto, Gómez Manrique se sitúa en una zona de umbral: no alcanza todavía la autonomía técnica del teatro posterior, pero convierte la emoción religiosa en materia verbal escenificable. Esa capacidad de transición explica el interés de la obra para la historia literaria, aunque no deba exagerarse su entidad dramática.
2.4. Alcance y límites de la aportación manriqueña
La crítica ha discutido con frecuencia el lugar exacto que corresponde a Gómez Manrique en la historia del teatro español. Una posición excesivamente lineal lo convierte en eslabón decisivo de una secuencia evolutiva que enlazaría directamente el viejo drama litúrgico con las formas dramáticas del Renacimiento. Sin embargo, semejante lectura simplifica en exceso la realidad. Sus piezas no constituyen una prueba concluyente sobre el estado global del teatro castellano precedente, ni pueden asumirse como resumen suficiente de toda la experiencia escénica medieval.
Más exacto resulta entender su producción como una manifestación específica de un ambiente religioso y poético determinado. La escena conventual, la finalidad devocional, la preeminencia del canto y la relativa modestia del conflicto limitan su alcance si se la juzga con criterios de dramaturgia posterior. Pero esas mismas notas definen su autenticidad y su valor. Gómez Manrique no pretende ser un innovador teatral en sentido moderno, sino un poeta capaz de adecuar la expresión lírica a situaciones de representación piadosa.
Su importancia histórica radica, por tanto, en haber dado forma verbal de calidad a una experiencia intermedia entre poesía y representación. Desde esa perspectiva, su obra revela tanto los límites de una tradición heredada como la persistencia de una sensibilidad escénica que otros autores, en condiciones nuevas, desarrollarían con mayor plenitud. Gómez Manrique no clausura ni funda por sí solo una época, pero sí ofrece un testimonio significativo de la complejidad genérica y espiritual del tránsito final de la Edad Media.
III. Juan del Encina y la fundación de una nueva dramaturgia
3.1. Vida, formación y marco cultural
Juan del Encina representa con singular nitidez la figura del escritor situado en la frontera entre dos épocas. Formado en Salamanca, probablemente bajo el influjo intelectual de Nebrija, reunió en su persona las condiciones de poeta, músico y dramaturgo. Su vinculación con la casa de Alba favoreció las primeras representaciones de sus obras en un contexto palaciego particularmente propicio a la experimentación literaria. Más tarde, su estancia en Roma amplió su horizonte humano y eclesiástico, aunque la mayor parte de su producción creativa pertenece a la juventud y al ambiente salmantino.
La cronología de sus escritos reviste especial importancia. Frente a la tentación de atribuir a la experiencia italiana toda huella de renacimiento presente en su obra, conviene recordar que su Cancionero y la mayor parte de sus piezas dramáticas son anteriores a su viaje a Italia. Esto obliga a reconocer que el prerrenacimiento castellano poseía ya una dinámica propia, nutrida por la Universidad, por la circulación de modelos clásicos y por la sensibilidad cortesana de los Reyes Católicos. Encina no es simplemente el resultado de una italianización posterior, sino una figura madura en el interior mismo de la evolución peninsular.
Su biografía, además, ilustra el nuevo prestigio social del hombre de letras capaz de medrar mediante el talento artístico, la habilidad musical y la integración en redes de patronazgo. Esta dimensión no es accesoria: explica la cuidada conciencia autoral que aflora en sus obras y su tendencia a presentarse ante los poderosos como poeta de mérito singular. En él se consolida una noción más moderna de la individualidad creadora, inseparable del entorno cortesano y de la búsqueda de reconocimiento.
3.2. El poeta y el músico: tradición y nueva sensibilidad
El perfil de Encina no puede entenderse sin atender a la unidad profunda entre palabra y música que define su obra. Muchos de sus villancicos, tanto sacros como profanos, revelan una finísima capacidad para fundir ritmo verbal, melodía y emoción. En ellos convergen la tradición popular, la artesanía cortesana y una sensibilidad nueva que ennoblece sin desnaturalizar el sustrato tradicional. Esa alianza alcanza algunos de los momentos más delicados de la lírica castellana de fines del cuatrocientos.
Aunque Encina comparte con la poesía cancioneril numerosos motivos heredados, su arte no se reduce al virtuosismo formular. Allí donde mejor se advierte su singularidad es en la recreación de la voz pastoril, en la naturalidad aparente de ciertas cadencias y en la capacidad para conferir viveza emotiva a materiales muy codificados. La tradición no desaparece, pero se vuelve más dúctil y más expresiva. En ese aspecto, Encina se sitúa ya en la órbita de una estética de renovación moderada, en la que el artificio se pone al servicio de una impresión de frescura.
Su Arte de poesía castellana confirma asimismo esta posición de bisagra. El tratado conserva todavía una fuerte deuda con concepciones trovadorescas y con el mundo métrico del siglo XV, pero recibe también estímulos de la reflexión humanística. Encina no formula aún una poética plenamente renacentista; más bien filtra el pasado y lo transmite en condiciones nuevas. Esa función de puente cultural explica que su influjo sea tan decisivo: no rompe bruscamente con la tradición, sino que la reorganiza y la orienta hacia formas futuras.
3.3. Las primeras églogas religiosas
Las primeras obras dramáticas de Encina, muchas de ellas ligadas a celebraciones navideñas o pascuales, evidencian tanto la continuidad con formas anteriores como el inicio de un nuevo camino. Su denominación de églogas, heredada de Virgilio, no debe inducir a error: en su caso designa piezas representadas y no meras composiciones bucólicas para lectura. Sin embargo, estas obras iniciales muestran todavía una estructura elemental, con predominio del relato dialogado sobre la acción visible y una fuerte dependencia del marco festivo en que se insertan.
Las églogas de Navidad representadas en el palacio de los duques de Alba revelan bien esa situación. El tema religioso se articula mediante el diálogo de pastores y mediante anuncios del nacimiento de Cristo, pero no se desarrolla un conflicto sostenido ni una escena compleja de adoración. Lo más relevante es que Encina explota las posibilidades del espacio interior y de la proximidad entre intérpretes y espectadores. En lugar de imitar a gran escala los espectáculos públicos, adapta la materia sagrada a la intimidad cortesana y convierte la palabra en principal vehículo escénico.
Esa adaptación, en apariencia limitadora, resulta históricamente fecunda. Al verse obligado a prescindir de despliegues multitudinarios y a confiar en el diálogo, Encina ejercita una técnica que será fundamental para el porvenir del teatro. La interiorización escénica no empobrece necesariamente la representación; la conduce hacia una dramaturgia más verbal, más concentrada y más consciente de la caracterización. Las obras religiosas tempranas no alcanzan todavía gran complejidad, pero contienen en germen el método del que nacerán sus logros posteriores.
3.4. El mundo pastoril y el habla sayaguesa
Una de las contribuciones más características de Encina reside en la elaboración del personaje pastoril como figura dramática de enorme rendimiento literario. El pastor enciniano no es un simple reflejo etnográfico del campesino real, sino una construcción artística en la que se mezclan rusticidad, comicidad, ingenuidad y ocasionales resonancias líricas. Este personaje permite al autor desplegar registros de lenguaje diferenciados, introducir contrastes sociales y dar entrada a un humor de raíz popular sin abandonar la estilización cortesana.
En este contexto cobra especial importancia el llamado sayagués, modalidad literaria asociada al habla rústica y convertida en signo convencional de caracterización. Su empleo no debe entenderse como transcripción filológica exacta, sino como recurso expresivo que busca sugerir color local, distancia social y comicidad verbal. Encina hace del sayagués una lengua escénica, reconocible y funcional, apta para crear tipos de fuerte presencia dramática. Gracias a ella, sus obras alcanzan una viveza dialogal que supera la mera imitación libresca.
El pastor y el sayagués cumplen además una función de mediación entre lo culto y lo popular. En el marco de la corte, introducen un contrapunto de rusticidad que divierte, pero también permiten vehicular afectos religiosos, pasiones humanas y observaciones de experiencia cotidiana. Esa mezcla de comicidad y cercanía otorga a la dramaturgia de Encina una singular capacidad de comunicación. El resultado es una tipificación escénica de gran eficacia, llamada a ejercer influencia duradera en la tradición dramática peninsular.
3.5. Las églogas profanas y el avance de la acción dramática
Las piezas profanas de Encina marcan un progreso indudable respecto a las religiosas iniciales. En obras como el Auto del repela, la égloga de Antruejo o determinadas composiciones amorosas y burlescas, la escena se humaniza, se hace más próxima a la experiencia cotidiana y gana en dinamismo. El interés ya no descansa exclusivamente en la evocación devota o en la celebración festiva, sino en la relación entre personajes, en la comicidad situacional y en la plasmación de tensiones humanas reconocibles. La dramaturgia comienza así a separarse de la mera ilustración alegórica o litúrgica.
Este avance resulta visible en la mayor atención al incidente concreto, al diálogo con intención de réplica y a la construcción de escenas donde la palabra produce efectos sobre la situación. No se trata todavía de un teatro plenamente complejo, pero sí de una escritura que descubre el valor del conflicto humano como principio organizador. El amor, la burla, la rivalidad y el engaño empiezan a desplazar a la pura contemplación religiosa. En ello se anuncia ya una vía que desembocará, en décadas posteriores, en formas mucho más amplias de comedia y drama secular.
Además, la profanización de la materia dramática implica una profunda novedad cultural. El escenario deja de estar dominado exclusivamente por episodios sacros y da cabida al individuo, a sus deseos y a sus contradicciones. Esta apertura convierte a Encina en pionero de una dramaturgia antropocéntrica, donde la emoción humana adquiere centralidad estética. Sin abandonar del todo los esquemas heredados, sus obras avanzan hacia un tipo de teatro más atento a la psicología elemental y a la experiencia social.
3.6. Fileno, Zambardo y Cardonio; Cristino y Febea; Plácida y Vitoriano
Las obras de mayor elaboración de Encina representan un momento decisivo en la consolidación de su arte dramático. En Fileno, Zambardo y Cardonio, en Cristino y Febea y, sobre todo, en Plácida y Vitoriano, se advierte un desarrollo argumental más sostenido, una mayor diferenciación de personajes y una comprensión más rica del amor como experiencia conflictiva. El universo pastoril o alegórico se abre aquí a tensiones afectivas y a situaciones que exigen una arquitectura dramática más cuidada. La acción deja de ser mero pretexto y gana consistencia.
Estas piezas evidencian asimismo un contacto más claro con la sensibilidad renacentista. El amor se trata con una complejidad mayor, a veces próxima a la introspección sentimental y a la idealización humanística. Sin embargo, Encina no abandona de golpe su herencia medieval: persisten convenciones pastoriles, recursos alegóricos y soluciones todavía primitivas desde la perspectiva posterior. El interés de estas obras reside precisamente en esa fecunda tensión entre tradición y novedad, entre lo heredado y lo emergente.
Con Plácida y Vitoriano se alcanza uno de los hitos más altos de este proceso. La obra combina patetismo, comicidad, artificio cortesano y una acusada voluntad de construcción escénica. En ella se percibe ya una dramaturgia de mayor complejidad, en la que el diálogo no solo expone sentimientos, sino que organiza situaciones y encadena reacciones. Por eso Encina merece ser considerado iniciador de una nueva etapa: no por haber resuelto definitivamente todos los problemas del teatro naciente, sino por haber formulado con claridad los principios de su desarrollo.
3.7. Significación histórica de Juan del Encina
La importancia de Encina en la historia literaria española no depende solo de la calidad de algunas de sus obras, sino de su función inaugural. En él se integran corrientes diversas: la tradición lírica medieval, el influjo de la cultura clásica, la teatralidad cortesana, la música y una primera conciencia humanística de la creación artística. Tal convergencia produce una forma dramática nueva, todavía elemental en ciertos aspectos, pero suficientemente definida como para abrir posibilidades inéditas a la literatura castellana.
A diferencia de Gómez Manrique, Encina no se limita a ocasionales formas dialogadas o a composiciones devotas de leve representación. Su obra muestra una voluntad más firme de construir un repertorio dramático y de adaptarlo a las condiciones concretas de la escena cortesana. Desde ese punto de vista, puede hablarse de una verdadera fundación teatral, aunque todavía lejana de la plenitud de los Siglos de Oro. El paso decisivo consiste en haber comprendido que el diálogo, la situación y el personaje podían organizarse con una finalidad escénica autónoma.
Su legado fue doble. Por una parte, fijó modelos de personaje, lengua y estructura que tendrían larga descendencia. Por otra, demostró que el teatro podía ocupar un lugar relevante en la vida literaria castellana y no solo en la ceremonia religiosa o en la fiesta ocasional. En esa medida, Juan del Encina constituye un verdadero precursor del teatro español, no por simple convención historiográfica, sino por la efectiva novedad de su programa artístico.
IV. Lucas Fernández y la consolidación de la vía pastoril y religiosa
4.1. Situación de Lucas Fernández en el tránsito de siglo
Lucas Fernández ocupa un lugar muy significativo en la evolución del teatro castellano de fines del XV y comienzos del XVI. Su proximidad cronológica a Encina ha hecho que con frecuencia se le estudie a la sombra de este, pero una valoración cuidadosa muestra rasgos propios de notable relieve. Su obra participa de la tradición pastoril y del uso del sayagués, pero acentúa una tonalidad más directamente vinculada al realismo verbal, a la religiosidad expresiva y a un mayor apego al mundo castellano concreto. De este modo, prolonga ciertas innovaciones encinianas y, a la vez, las matiza.
No parece adecuado reducirlo a mero imitador. Es cierto que su teatro acusa la herencia de modelos ya establecidos, especialmente en la configuración de pastores y en determinadas convenciones de lengua literaria. Pero esa dependencia no impide la existencia de una voz particular. Fernández tiende a intensificar el espesor humano de sus personajes, a reforzar la expresividad afectiva y a dotar a las escenas de una corporeidad verbal particularmente viva. Hay en su obra una aspereza castiza que contrasta con la delicadeza cortesana de Encina.
Su relevancia procede, por tanto, de una capacidad de continuación creadora. Recibe una tradición aún reciente y la adapta a su propio temperamento, insistiendo menos en la elegancia humanística y más en la energía expresiva. Gracias a ello, el teatro castellano del tránsito de siglo muestra no una evolución uniforme, sino una pluralidad de cauces en los que conviven refinamiento cortesano, vigor popular y devoción dramática.
4.2. Farsas y églogas: lengua, tipos y comicidad
Las farsas y églogas de Lucas Fernández revelan una fuerte inclinación hacia la caracterización lingüística y hacia la presencia viva del habla rústica literariamente moldeada. El uso del sayagués, lejos de constituir mero adorno convencional, contribuye a dar densidad cómica y diferenciación social a los interlocutores. La lengua funciona aquí como instrumento principal de teatralidad: gracias a ella se dibujan temperamentos, se generan equívocos y se produce una comicidad basada tanto en la situación como en la expresión.
El universo pastoril aparece en estas piezas con una viveza menos idealizada que en otras formulaciones cortesanas. Los personajes se mueven en escenas de mayor fricción verbal, con un humor que a veces roza la rudeza y con una mayor cercanía a formas de experiencia colectiva. Este tono da a la obra de Fernández un relieve particular en la historia del primer teatro castellano, pues demuestra que la tradición pastoril podía orientarse no solo hacia la gracia refinada, sino también hacia un expresivismo de resonancias más populares.
En este sentido, Fernández consolida una línea donde el personaje tipificado adquiere gran eficacia escénica. Sus figuras no responden a un psicologismo complejo, pero sí poseen una consistencia verbal que las hace memorables. La reiteración de fórmulas y rasgos no empobrece necesariamente el resultado; antes bien, fortalece la convención dramática que permite al público identificar de inmediato funciones, tonos y expectativas dentro de la representación.
4.3. El Auto de la Pasión y la intensidad devocional
Entre las composiciones de Lucas Fernández destaca de manera especial el Auto de la Pasión, donde la materia religiosa alcanza una expresión de gran densidad patética. La obra se articula menos como intriga dramática que como intensificación verbal del sufrimiento sagrado. En ella importa, ante todo, la capacidad del lenguaje para suscitar compasión, gravedad y recogimiento. La técnica se aproxima en algunos momentos al sermón versificado o a la meditación dramatizada, más que a una acción teatral de compleja mecánica.
Esta orientación no debe interpretarse como simple limitación. Responde a una poética coherente con la función espiritual de la pieza y con la sensibilidad devota de su tiempo. La palabra dramática se carga aquí de valor afectivo y ritual, haciendo del escenario un espacio de contemplación intensificada. Lo que se gana no es tanto movilidad argumental como concentración emocional. De ahí la fuerza singular que la obra puede ejercer sobre un auditorio dispuesto a participar interiormente en el dolor de la Pasión.
Desde un punto de vista histórico, esta pieza muestra cómo la vía religiosa siguió siendo fecunda incluso en momentos de creciente secularización del teatro. La representación sacra no desaparece, sino que se reconfigura y busca nuevas formas de eficacia expresiva. En Lucas Fernández esa reconfiguración adopta el rostro de una elocuencia patética que, sin resolver plenamente el problema de la acción, ofrece uno de los testimonios más intensos de la religiosidad escénica de su tiempo.
4.4. Relación con Encina y perfil propio
La relación entre Lucas Fernández y Juan del Encina ha de formularse en términos de herencia y diferencia. Fernández recibe ya un repertorio de soluciones dramáticas relativamente asentadas: uso de pastores, empleo de lenguajes diferenciados, aprovechamiento del marco cortesano o semipopular y articulación de piezas breves orientadas a una función concreta. Sin embargo, su teatro no reproduce mecánicamente esos elementos. Allí donde Encina manifiesta una elegancia más musical y una voluntad de construcción literaria más visible, Fernández suele preferir una expresión más directa y un trazo más áspero.
Este contraste ilumina la diversidad interna del período. No hubo un único camino hacia el teatro moderno, sino varias tendencias simultáneas. Encina representa la formulación más consciente y prestigiosa de la dramaturgia naciente; Fernández encarna una línea de continuidad donde la fuerza del lenguaje, la escena devota y la comicidad rústica mantienen un notable peso. Ambos, por vías distintas, contribuyen a consolidar el hábito de la representación y el interés por la palabra escenificada.
Por ello, la figura de Lucas Fernández debe valorarse como complemento imprescindible de Encina. No alcanza quizá la misma amplitud de invención, pero ofrece un testimonio valioso de cómo las innovaciones teatrales podían arraigar en registros diferentes y prolongarse más allá del espacio estrictamente cortesano. Su obra confirma que la formación del primer teatro castellano fue un proceso de pluralidad creadora, en el que cada autor desarrolló de modo singular un legado compartido.
V. Síntesis crítica: del medievalismo a la escena preclásica
5.1. Rasgos de transición entre Edad Media y Renacimiento
El teatro castellano del siglo XV pertenece de lleno a una época de transición y precisamente en ello reside su mayor interés. Sus obras conservan muchos rasgos medievales: finalidad devota, tipificación de personajes, débil autonomía de la acción, mezcla de canto y palabra, y estrecho vínculo con contextos festivos o ceremoniales. Pero, al mismo tiempo, introducen elementos nuevos: conciencia autoral, adaptación al ámbito cortesano, mayor atención al individuo y progresiva secularización de los asuntos. La tensión entre ambos polos define su fisonomía profunda.
El paso de una sensibilidad teocéntrica a otra más orientada hacia la experiencia humana no se produce de manera súbita ni homogénea. En las mismas obras conviven devoción y deseo, símbolo y observación concreta, fórmula heredada e impulso innovador. Este mestizaje debe evitar lecturas simplificadoras. El prerrenacimiento no es ruptura pura, sino reorganización de materiales previos. En el terreno dramático, ello se traduce en una evolución desde las formas ceremoniales y lírico-dialogadas hacia estructuras de mayor entidad teatral.
La noción de transición estética permite comprender mejor a autores y obras. Gómez Manrique muestra la persistencia de lo devoto-lírico; Encina articula una nueva dramaturgia cortesana; Lucas Fernández consolida y modula esa herencia en clave más áspera y expresiva. Juntos componen un panorama en el que la escena castellana deja de ser una suma dispersa de indicios para adquirir progresivamente identidad literaria.
5.2. La importancia del marco cortesano y universitario
El desarrollo de la nueva dramaturgia no puede desligarse de los espacios en que se produce. La corte aristocrática y el ambiente universitario constituyeron focos decisivos para la renovación del teatro. En la corte se dieron las condiciones de patronazgo, refinamiento y sociabilidad que permitieron integrar la representación en el ciclo de las fiestas privadas y en la cultura del prestigio. En la universidad, por su parte, se reforzó el conocimiento de los clásicos, la reflexión sobre la lengua y la conciencia técnica del hacer literario.
Estos marcos propiciaron una transformación profunda del estatuto del escritor. El autor dramático dejó de ser una figura difusa o anónima para convertirse en sujeto visible, capaz de dirigirse a sus protectores, de exhibir su destreza y de competir por reconocimiento. Tal circunstancia resulta evidente en Encina, pero afecta también al conjunto del período. La escena se hace más literaria porque se produce en un ámbito donde la letra, la música y el prestigio social se encuentran estrechamente unidos.
Desde esta perspectiva, la consolidación del teatro castellano no fue únicamente un hecho estético, sino también institucional y social. El nuevo espectáculo se construyó en relación con redes de mecenazgo, hábitos cultos de recepción y una creciente valoración del ingenio. La cultura cortesana actuó así como laboratorio de formas que, con el tiempo, se proyectarían hacia espacios escénicos más amplios y hacia públicos diversos.
5.3. Hacia el teatro del siglo XVI
Las experiencias dramáticas del siglo XV no constituyen aún el teatro clásico español, pero hacen posible su advenimiento. En ellas se ensayan soluciones que más tarde adquirirán pleno rendimiento: personaje cómico tipificado, diálogo como eje de la acción, combinación de registros elevados y humildes, aprovechamiento de la música y construcción de escenas aptas para espacios interiores. Incluso allí donde subsisten fuertes limitaciones, el teatro aprende ya a organizarse como forma autónoma y no solo como apéndice de la ceremonia.
El siglo XVI recogerá este legado y lo ampliará mediante nuevas influencias italianas, nuevas condiciones de representación y una conciencia más madura de los géneros. Pero ese desarrollo posterior sería incomprensible sin la labor fundacional de los autores del cuatrocientos. La escena renacentista y prelopista heredará de ellos no solo temas y tipos, sino sobre todo la convicción de que la lengua castellana podía sostener con dignidad un repertorio dramático propio. La historia del teatro español comienza a adquirir, desde entonces, continuidad efectiva.
En suma, el siglo XV debe ser entendido como etapa de gestación decisiva. Sus logros no son todavía definitivos, pero sí imprescindibles. Al estudiar a Gómez Manrique, a Juan del Encina y a Lucas Fernández se advierte con claridad cómo la literatura castellana transforma viejas formas religiosas y dialogadas en un arte escénico cada vez más consciente de sí mismo. Esa lenta conquista de la escena constituye uno de los procesos más fecundos de la transición de la Edad Media al Renacimiento.
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- ANDREWS, J. Richard: Juan del Encina: Prometheus in Search of Prestige. Berkeley, University of California Press, 1959. Estudia la personalidad literaria de Encina, su conciencia autoral y su inserción en los mecanismos de patronazgo cortesano y eclesiástico.
- CAÑETE, Manuel, y BARBIERI, Francisco Asenjo (eds.): Teatro completo de Juan del Encina. Madrid, Real Academia Española, 1893. Edición histórica indispensable para el conocimiento textual del corpus dramático enciniano y de su transmisión editorial.
- DÍEZ BORQUE, José María: Historia del teatro en España. I. Edad Media, Siglo XVI, Siglo XVII. Madrid, Taurus, 1983. Síntesis académica de gran utilidad para contextualizar la evolución del teatro español desde sus manifestaciones medievales hasta la consolidación de la escena áurea.
- CANAVAGGIO, Jean (dir.): Historia de la literatura española. Barcelona, Ariel, 1994. Manual universitario de referencia que revisa con criterio crítico la periodización, los géneros y las continuidades entre Edad Media y Renacimiento.
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Ver todas las entradasHola. Soy Víctor Villoria, profesor de Lengua y Literatura actualmente JUBILADO.
Mí último destino fue la Sección Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en Francia. Llevaba más de treinta años como profesor interesado por las nuevas tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho fui asesor en varios centros del profesorado y me dediqué, entre otras cosas, a la formación de docentes; trabajé durante cinco años en el área de Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante estuve en el aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.Ahora, desde este retiro, soy responsable de esta página en la que intento seguir difundiendo materiales útiles para el área de Lengua castellana y Literatura. ¡Disfrútala!






